Confesiones de una chica anoréxica y bulímica

Es la historia de Ana Stoccafisso que desde los 16 años comenzó a padecer estas enfermedades relacionadas a los trastornos de la alimentación.

Cuando tenía 16 años Ana Stoccafisso –que vivía en la localidad bonaerense de Pérez Millán junto a sus padres y hermano menor- empezó a padecer anorexia y bulimia. Comenzó a vomitar lo poco que comía y casi no tenía vida social.

A los 18 años su problema se agravó cuando se trasladó a Buenos Aires para estudiar en la facultad y llegó a devolver seisveces al día hasta que en un momento no pudo más y decidió compartir esa desesperación con su familia. Inmediatamente comenzó su tratamiento en un centro especializado. Hoy, a los 21 años , Ana no sólo dejó de vomitar sino que recuperó la confianza en si misma y sueña con trabajar en lo que le gusta y en formar una familia.

El infierno comenzó para Ana el día de su cumpleaños número 16. “Me daba pánico superar los 15 y tenía una negación a seguir creciendo”, expresó. En ese momento Ana –que siempre había tenido un peso normal- empezó a verse “grandota y gorda”,

y por momentos comía en forma compulsiva y vomitaba, y llegó a pasar semanas enteras sin comer nada. Estaba obsesiva con la forma de su cuerpo y a nivel social se encontraba sola, aislada, y tenía miedo de estar con gente.

“Uno no es anoréxico sólo con la comida sino con todos los aspectos de la vida. Nos restringimos en todo y el deseo lo tenis inhibido . No salía con la excusa de que me veía gorda, no me gustaba como estaba”, puntualizó.

En algunas oportunidades su mamá la había descubierto vomitando en el baño, pero Ana le había prometido que no lo iba a a hacer mas y pese a que confió en su hija la envió a una psicóloga para que la viera. Para Ana, si bien con esa profesional se sentía a gusto, “no se especializaba en lo que a mi me pasaba”.

Vacaciones explosivas y ausencia de la menstruación

Por entonces Ana vivía con su familia en la localidad bonaerense de Pérez Millán -partido de Ramallo- y sus vómitos se iban acrecentando y se hacían costumbre. Fue en unas vacaciones de verano cuando su hermano –que por entonces tenía 11 años- comenzó a fastidiarla con que estaba gorda y eso la puso muy mal. “ Basta de cargarme con eso porque yo estoy vomitando“, le gritó delante de su padres y desde ese momento toda su familia sabía de su padecimiento. Ana ya tenía tenia 18.

Los problemas comenzaron a agravarse para Ana cuando en esos momentos dejó de menstruar pero una ginecóloga le hizo estudios hormonales que “salieron perfectos”y atribuían ese problema al estrés que le producían las competencias en natación y gimnasia aeróbica. En esos últimos años de su vida Ana se la pasaba vomitando y sólo comía productos dietéticos o alguna manzana.

En esa misma época se trasladó a la ciudad de Buenos Aires, comenzó a estudiar Traductorado de ingles en la UBA y compartió un departamento con una compañera de la universidad.

“Tenía más libertades que antes en cuanto a la comida. Seguía con los vomitos. Yo decía: me prometo no vomitar más, pero no podía, era más fuerte que yo”. Por aquellos días devolvía hasta seis veces al día, siempre a escondidas.

Paralelamente, en la facultad le iba muy bien ya que, según comentó, siempre fue muy exigente consigo misma pero su vida social se acotaba cada vez más porque le daba mucho miedo tomar la iniciativa de conocer gente nueva. “Me daba pánico estar afuera de mi casa. Pensaba en todo lo que me estaba pasando y no me bancaba más la situación. Llevaba casi tres años de una vida muy triste” recordó.

La confesión más deseada

Cuando Ana cumplió 20años decidió confesarle ese infierno a una amiga de su pueblo para que se lo transmitiera a su mamá que ni bien se enteró de la triste noticia viajó inmediatamente a Buenos Aires para iniciar el tratamiento junto a su hija.

“Fue volver a tener a mis papás encima. No me dejaban sola en ningún momento. Ellos tomaron conciencia de lo grave que estaba”. Cada vez que iba al baño para bañarse o hacer sus necesidades ellos se turnaban para vigilar sus movimientos y comenzó a poner mucha voluntad para poder cambiar esa realidad.

A los 18 años se trasladó a Buenos Aires para estudiar Traductorado de inglés y tenía mayores libertades para devolver. Llegó a vomitar hasta seis veces en un mismo día.

 “Yo se muy bien donde tengo que ir para empezar el tratamiento” le dijo Ana a sus padres y comenzó en ALUBA, un centro que atiende a más de 350 jóvenes con anorexia y bulimia. Eso fue en abril de 2005y desde que tuvo esa primer entrevista comentó que nunca más volvió a vomitar.

Al principio estuvo en el hospital de día de esa institución a la que asistía diariamente entre las 8 y las 17, y donde realizaba todas las ingestas y la terapia grupal enla que cada joven comparte con los demás las sensaciones con su cuerpo y la comida ante la presencia de un terapeuta. Cuando Ana comenzó a tener control con la comida –no puede ingerir ningún producto dietético- adquirió confianza y seguridad en si misma y le autorizaron a asistir a ALUBA solamente dos veces por semana.

¿Cómo es su alimentación actual?

Desde que inició su tratamiento comprendió la importancia de cumplir con las seis comidas diarias. Ella no cocina pero tiene en su casa a una persona de confianza –trabajó en su hogar en Perez Millán- que todos los días le prepara el menú. En un día típico se alimenta de la siguiente manera:

 -Desayuno: café con leche con galletitas dulces o saladas.

– Colación a media mañana: una golosina o una fruta.

– Almuerzo: una porción de pollo con arroz con queso y helado.

-Colación de la tarde: una barrita de cereales.

-Merienda: café con leche con dos medialunas.

-Cena:un plato de pasta con un flan o banana con dulce de leche.

“Me veo atractiva, me gusto”

El tratamiento que inició hace casi dosaños la ayudó mucho para empezar a animarse a conocer gente y hasta estuvo en pareja con un chico que conoció en la facultad con el que terminó la relación hace dos meses. “Ahora me veo atractiva, me gusto”, confesó.

Solamente dejó de cursar un solo cuatrimestre de su carrera – en el momento en que ingresó a ALUBA- pero adelantó materias en cursos de invierno y verano y en dos años podrá recibirse de traductora de inglés. Sueña con trabajar en lo que le gusta y se imagina casada y con hijos.

 Ana está curándose día a día porque el proceso es largo y depende de la voluntad que cada uno le ponga. ¿Qué le aconsejarías a otras chicas que están viviendo lo mismo que pasaste vos? “Lo más importante es que se animen a pedir ayuda porque sola no se puede salir, pero hay una salida” , concluyó.

Link a nota minutouno.com

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