El futbolista que dejó de comer porque no jugaba

Se llama Edgardo Gonzalez, tiene 22 años y desde los 16 comenzó a padecer anorexia.  Llegó a un punto en que deseó su propia muerte porque no soportaba el infierno que estaba viviendo.

Edgardo González (22) vivió en primera persona el infierno de la anorexia. A los 16 años integraba el equipo de sexta división del club Deportivo Español y dejó de comer porque no se veía bien físicamente. Llegó hasta desear su propia muerte porque no podía convivir con tanta angustia y tristeza. Cuando comenzó el tratamiento en Aluba  volvió a comer y a tener ganas de vivir. Esta es parte de su historia.

Edgardo era nuevo en el club y como todo jugador deseaba ganarse la confianza de su entrenador que no lo incluía entre los titulares, razón por la cual dejó de comer y hacía cualquier cosa como darle la comida a su perro para que su familia no se diera cuenta de la pesadilla por la que estaba atravesando. “Estaba agresivo en mi casa, tenía malas contestaciones. Sentía ganas de morirme  para descansar un poco de toda esa depresión que sentía”, confesó.

Por aquel entonces Edgardo no almorzaba, ni cenaba. Unicamente -obligado por un médico al que consultó su familia- desayunaba leche con cereales pero sin ninguna motivación. Trataba lo menos posible de estar en su casa porque no soportaba enfrentarse con sus padres que lo cuestionaban por su estado anímico. Iba al colegio a la mañana, luego a entrenar y llegaba cerca de las nueve de la noche.

Una cargada que le salvó la vida

“Un día en el colegio me hicieron un chiste de que estaba gordo. Yo me puse muy mal y un compañero me preguntó qué me pasaba y no aguanté más y le conté que no comía y que me sentía muy mal con mi cuerpo”, comentó. Fue en ese momento que una amiga del colegio le prometió que pediría ayuda en Aluba, una institución que atiende a más de 350 jóvenes que padecen anorexia y bulimia. Comenzó el tratamiento en julio de 2001, casi siete meses después de haber empezado con la enfermedad.

Allí le diagnosticaron anorexia nerviosa pero lo más duro para Edgardo fue cuando le comentaron que no podía jugar al fútbol ni ir al colegio por lo menos en los primeros meses del tratamiento. “Todas mis expectativas estaban puestas en jugar a la pelota. En ese momento se me vino el mundo abajo”, expresó.

En Aluba aprendió la importancia que tienen las seis comidas del día y las entrevistas terapeúticas grupales e individuales hicieron que de a poquito retomara las ganas de comer, pero por sobre todas las cosas de vivir. Lugo de los primeros seis meses de tratamiento –iba todos los días de 8 a 17- lo dejaban estudiar en la casa para poder rendir los exámenes en la secundaria como alumno libre.

Edgardo estuvo casi cinco años en Aluba y ahora sólo debe hacerse chequeos todos los meses. Cuando comenzó a progresar con su tratamiento intentó volver al fútbol pero un técnico que le había prometido que lo iba a fichar se decidió por otro futbolista ya que Edgardo tardó en darle el si por resistencia de su padre.

Sin embargo sigue ligado al deporte ya que se recibió de maestro de Educación Física y le queda una materia para recibirse de profesor. “Ahora que volví a vivir mi idea es empezar a estudiar medicina y conseguir un trabajo en mi profesión”, concluyó.

PUBLICADO EN MINUTOUNO.COM

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