“La discapacidad no contagia, el deporte si”

Diego Cerega, uno de los integrantes de “Los Murciélagos”,  cuenta cómo es el antes y el después de su vida desde que perdió la visión a los 17 años. “Al estar con pares acepté mi discapacidad. Entendí que ser ciego significaba no ver, no que no podía hacer cosas”, dice.

El frío y la lluvia otoñal no le impiden a Diego Cerega realizar sus primeros movimientos físicos en el Patinódromo del Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (CENARD), lugar donde todas las tardes se entrena con los Murciélagos, la selección Argentina de fútbol para no videntes. Son las 13:30 y en una hora comienza la práctica. Conversa con un colega –también ciego- que juega en Estudiantes y vino a visitarlo, mientras saca una pelota de su mochila celeste que apoya en unos de los laterales de la cancha.

Sus botines negros y amarillos van tomando contacto con la pelota, cuando el flash de las fotos lo sorprende levantándola por encima de su cuerpo. Una vez que entra en calor, se quita la campera blanca con el logo en su pecho de la AFA y muestra orgulloso la remera blanqui-celeste con el número 6 y su apellido en el dorsal. Mientras remata varias veces, Sebastián (el preparador físico) le aconseja no moverse por el sector izquierdo, el más afectado por las precipitaciones.

 El glaucoma que le quitó la visión

Cuando tenía seis meses de vida a Diego le detectaron glaucoma y fue operado preventivamente de niño de los dos ojos. Su infancia transcurrió en su Las Heras (provincia de Buenos Aires) natal rodeado de vacas, caballos y palomas.  Esa tranquilidad de vida de pueblo comenzó a alterarse a sus nueve años cuando un compañero del colegio le arrojó un avión de papel con alfiler en la punta que le dañó severamente la visión de su ojo derecho.

Desde ese momento sólo pudo utilizar el ojo izquierdo que se le empezó a deteriorar a partir de los 13 hasta que a los 17 tuvo un desprendimiento de retina que le causó la ceguera.

“Me habían hecho cuatro operaciones para evitar quedar ciego y en el post operatorio de la última sentí un pinchazo muy fuerte en el ojo porque se me había reventado. Ese día ya no vi más nada. Cuando se me bajó la persiana fue algo trágico, tenía una impotencia muy grande porque a esa edad vos tenés agarrado al mundo del cuello y sentía que perdía todas mis ilusiones”, recuerda hoy a sus 34 años.

Sin embargo, la misma noche que perdió la visión en forma completa se pegó un baño y le pidió a sus amigos que lo pasaran a buscar para ir a bailar al boliche del pueblo, como todos los fines de semana. Esa noche tomó algunos tragos, disfrutó de la música y conversó con más de una chica.

“Lo que más me afectó fue no haber podido ir de viaje de egresados con mis compañeros. Y en ese instante sentí que nunca más me iba a ir de mochilero que me encantaba, jugar al fútbol ni estudiar Administración de Empresas que era mi sueño”, rememora.

Diego cuenta que al principio cayó en un pozo depresivo, pero con el apoyo de su familia y de sus amigos que estaban “al pié del cañón” comenzó a darse cuenta que aún estando discapacitado podía hacer otras tantas cosas.

Como no pudo ni siquiera comenzar el quinto año del colegio, se las rebuscó para poder trabajar y de esta forma ayudar a su madre, abuela y hermana con quienes vivía. En ese momento compró un espacio de radio en una emisora local, consiguió publicidad y condujo un programa que pasaba todo tipo de música, durante tres horas de lunes a viernes. “Tenía buen oído y aprovechaba esa virtud. Eso me tenía ocupado. Siempre pensé en positivo, fijándome que más podía hacer. La vida no se iba a detener porque era ciego. El mundo seguía y yo tenía que hacerlo a la par de él”, enfatiza.

Sin embargo, hasta el año 99 se rehusó a utilizar un bastón para manejarse y orientarse mejor en la calle. En ese año se trasladó a Buenos Aires e ingresó al Instituto Nacional para Ciegos Román Rosell, en San Isidro, para comenzar la rehabilitación. En la institución aprendió el sistema braille para ciegos y realizó el curso de terapia ocupacional (donde le enseñaron desde cortar una carne hasta tender una cama) y los talleres de comunicación, deportes y principalmente el de orientación y movilidad.

 “Al estar con pares acepté mi discapacidad. Entendí que ser ciego significaba no ver, no que no podía hacer cosas.  Aprendí a no renegar lo que me faltaba y a aprovechar lo que tenia. Y desde ese momento hice el click”, dice, mientras pregunta la hora para no llegar tarde al entrenamiento.

Diego se define como una persona “sociable, extrovertida, muy amiguero”, le gusta mucho agasajar a su familia preparando platos especiales, y se considera muy pegado a su entorno. Y por lo visto en la charla no parece exagerar. Todos lo conocen en el Cenard. Todos saben de su historia. No pasa desapercibido, le dan un beso o lo saludan con un gesto y le preguntan cómo está. Otros lo invitan a entrenar al gimnasio como una bonita mujer que lo para en la puerta del bar con quien acuerda encontrarse por la tarde junto a un grupo de deportistas.

La convocatoria a los Murciélagos

En el año 2002, Diego pesaba 110 kilos y fumaba hasta tres atados de cigarrillos por día en los momentos en que se sentía más angustiado por su discapacidad. Pese a ese sobrepeso, salió campeón del torneo nacional de fútbol para ciegos representando al instituto Rosell. Como conocía a muchos colegas que jugaban en diferentes equipos, le llegó la propuesta para integrar el equipo de “Los Murciélagos”.

 “La discapacidad no contagia, el deporte si”. Yo a un futbolista no le puedo enseñar a ser un buen tipo, pero a un buen tipo le puedo enseñar cosas para que sea un buen futbolista”, cuenta que le dijo Enrique Cardona, por aquel entonces entrenador del seleccionado.

Tras ese gran halago, comenzó a entrenar en doble turno y se instaló definitivamente en el Cenard donde vive de lunes a viernes. Conjuntamente con la dieta, en cinco meses bajó 32 kilos.

“En cinco meses fui titular y salimos campeones en el mundial de Niteroi (Río de Janeiro- Brasil) en 2002 y eso me cambió la vida. Ganar ese título me levanto el ego que estaba bastante baqueteado por la perdida de la vista”, expresa Diego,  quien se define como un volante defensivo, “un jugador duro, áspero, de mucha marca y muy agresivo en la marca”.

Los logros deportivos continuaron para “Los Murciélagos” al obtener la medalla de plata en los Juegos Paralímpicos de Atenas 2004, la de oro en el Mundial del 2006 disputado en la Argentina y cuando se quedaron con el bronce en Beijing 2008, convirtiendo él el penal decisivo en el partido por el tercer puesto ante España, tras empatar 1 a 1 en el tiempo suplementario.

En el plano sentimental, tras algunas breves historias de amor, desde el 2009 está de novia con Julia, profesora de Educación Física, a quien conoció en 2006 en el CENARD. Ella es vidente y durante su carrera se especializó en el trabajo con personas no videntes. “Nuestra relación es normal, con la única diferencia de que yo no veo y ella si. Julia me contiene en algunas cosas y yo a ella en otras”.

Además de integrar el equipo de “Los Murciélagos”, forma parte del equipo de fútbol para ciegos de River que participa del torneo argentino. Pero no sólo vive del fútbol: desde hace algunos años es contratado por diversas empresas que necesitan ciegos para sus publicidades. Además, brinda charlas de coaching motivacional en empresas y participa en eventos solidarios.

Paralelamente, está finalizando el quinto año de la secundaria en el plan Adultos 2000 y se prepara para cumplir su sueño de estudiar Psicología y así desempeñarse como psicólogo deportivo.

“Lo primero que le diría a alguien que sufre alguna perdida física o sensorial es que no renieguen de la vida. Las cosas a veces pasan porque tienen que pasar, por más doloroso que sea. Negando lo que falta, lo único que se pierde es tiempo y el tiempo es algo que no se puede reciclar”, aconseja.  “A esa gente les digo que aprovechen lo que tienen, sea una pierna o un brazo y que sepan que si tienen una cabeza lúcida se puede hacer de todo”, concluye, para concurrir puntualmente a su entrenamiento vespertino.

PUBLICADO EN REVISTA MÍA

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