El síndrome del doble desarraigo

valijas malas

Hoy en día son muchas las personas que sufren un conjunto de síntomas psicológicos que padecen algunos emigrantes al localizarse en una nueva residencia. Extranjeros que son extraños en la tierra  a la que llegan y también de la que partieron, una problemática en boga en esta época de crisis.

 “No soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir y ser feliz es mi color de identidad”.  Estos sentimientos de incertidumbre, nostalgia y melancolía forman parte de la letra de una de las canciones más recordadas del cantautor y escritor argentino Facundo Cabral que compuso este tema en el año 1970, apenas seis años antes de partir para su exilio en México. Hoy en día son muchas las personas que sufren el llamado síndrome del Doble Desarraigo, también conocido como síndrome de Ulises , que son un conjunto de síntomas psicológicos que vienen asociados a la problemática de los emigrantes al localizarse en una nueva residencia.

Se habla de doble desarraigo porque cuando las personas, después de un tiempo pueden volver (permanente o transitoriamente) a su lugar de origen, éste ya no es el mismo y ellos también han cambiado. Partieron hacia un lugar que tenía lo que en su lugar de origen no había; trabajo, organización social, seguridad, pero ese nuevo lugar tampoco posee los argumentos con los que se identificaban en su lugar de origen como, por ejemplo, el mate, el asado de los domingos, el tango y el dulce de leche.

“El desarraigo es doble porque entonces ninguno de los lugares es su lugar, en ninguno de los dos lugares están completos, en ambos añoran lo que quedó del otro lado de la frontera. Por otra parte, la añoranza lleva a idealizar en muchos casos lo perdido y en otros por el contrario, se lo defenestra para evitar el dolor de no tenerlo”, puntualiza la licenciada  en Psicología Maria Silvia Dameno, profesora titular de diversas materias de la Escuela de Formacion en Gestalt de AGBA.

Los que mas lo sufren, explica Dameno,  son aquellos que emigraron acompañando el proyecto de otro (como los hijos cuando la decisión fue de los padres o las esposas que se mudan por el trabajo del marido) porque sienten que no pudieron decidirlo, que se fueron contra su voluntad. También lo padecen mucho aquellos que, aun habiendo sido los que eligieron mudarse de país, lo hicieron no por creerlo una opción mejor, sino por no encontrar ninguna en su lugar de origen.

Los síntomas de quienes padecen el doble desarraigo son variados y van desde distintos grados de depresión y angustia, sentimientos de vacío, trastornos de identidad, crisis de pánico, diversas manifestaciones psicosomáticas, alteración del carácter, irritabilidad y trastornos del sueño.

Uno de los temas más trascendentes que deben abordar quienes padecen estos síntomas es el duelo. “No sólo nos enfrentamos al estudio del duelo, sino también al del narcisismo y sus avatares. A la distancia se idealiza lo perdido, surge la nostalgia, y la evocación de un tiempo y un lugar que ya no vuelve. Se extraña y aparecen consecuencias en la estructura familiar, se crean nuevos reagrupamientos, se inquietan los amigos, se revuelven los afectos. Y también surgen sentimientos de hostilidad hacia quienes parten, y ambivalencia de quienes se van con respecto a los que se quedan. Un recíproco trabajo de duelo se efectúa en el que parte y en el que es abandonado”, explica la Dra. Ana Rozenbaum de Schvartzman, miembro de la Asociación Psicoanalítica (APA).

La licenciada Carmen Crespo, miembro titular de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA) sostiene que en el proceso de duelo – adaptación  se debería realizar en tres etapas sin que esto signifique que todos los individuos recorran el mismo camino. En la primera predominan los sentimientos de dolor por lo abandonado y perdido, el temor a lo desconocido y vivencias muy profundas de soledad. En la segunda, tras un período que varía de una persona a otra, aflora la nostalgia y pena al mismo tiempo que se empieza a realizar la incorporación de las nuevas costumbres. Finalmente, si el proceso ha sido exitoso a nivel interno,  el individuo podrá disfrutar de lo que su nueva situación le brinde, adoptar el nuevo país y extrañar sin dramatismo lo irrecuperable. Y de igual forma se podría elaborar un nuevo duelo ante un eventual regreso a su país de origen.

“Las personas que por limitaciones personales son incapaces de realizar este proceso quedan atadas a un pasado, generalmente idealizado lo que impide el desarrollo de sus potencialidades y crecimiento mental  a lo que a veces se le suma una y suelen ser victimas de distinta sintomatología”, puntualiza Crespo.

Dameno explica que el entorno que permaneció en el lugar de origen suele ver a estas personas como héroes (“vos si que la hiciste bien“) por lo tanto ninguna queja que tengan será escuchada, o como villanos, traidores (“que fácil que es abandonar el barco”).

“Aun aquellos que migran en las mejores condiciones, legales y laborales nunca dejan de ser, en alguna medida “extranjeros” o sea extraños. Si ambos entornos, el de origen y el de acogida, pudieran ver al inmigrante como un ser humano que atraviesa un duelo difícil y sustituir la hostilidad por comprensión y compasión, ayudaría mucho para superar ese duelo”, concluye Dameno.

“Todo por amor”

Cuando conoció en un viaje que hizo por Europa a Ian, Yanina (27) sintió que esa historia no debía quedar en un simple amor de verano. A los pocos meses decidió emigrar hacia Londres siguiendo los pasos de su corazón. “Si bien él era un dulce y me contenía yo me sentía totalmente infeliz,  continuamente en desacuerdo con el entorno, inconsolable respecto del pasado y amargada respecto del presente y del futuro”, confiesa.

Yanina estuvo viviendo sólo cuatro meses en Inglaterra hasta que decidió regresar a la Argentina. “Estaba en un estado intermedio, ni completamente adaptada e integrada en la nueva sociedad, ni completamente despejada de mi país, nostálgica y sentimental, situación que no me permitió disfrutar de la historia con Ian”, concluye.

 “Buscando un futuro mejor”

Hernán (48) se quedó sin trabajo por la crisis del 2001 y decidió viajar, junto a su mujer y a sus dos hijas a Israel. Cuenta que los primeros meses fueron muy “difíciles” porque le costó mucho adaptarse a una sociedad mucho más “fría” y distante que la argentina. “Extrañaba mucho a mis viejos, a mis amigos, ir a la cancha a ver a Racing. Los primeros meses había momentos del día que lloraba pero no querían que mi esposa y las nenas me vieran”, recuerda Hernán.

En mayo del 2005 Hernán regresó de vacaciones un mes a Buenos Aires y él mismo se sorprendió de los sentimientos que le provocó ese viaje. “Estaba muy raro, sentía que me había ido hacía décadas del país. Había días que estaba de mal humor, ansioso y por sobre todas las cosas muy irritado”.

Cuando retornó a Israel decidió empezar una terapia a través de Skype con una psicóloga argentina que lo había atendido durante su juventud y con el tiempo comprendió que para vivir una nueva vida, en un nuevo lugar, no era necesario borrar sus historias del pasado y sus recuerdos.

PUBLICADO EN REVISTA LUZ.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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