La hepatitis C o la enfermedad callada

hepatitis C 1

Es un padecimiento viral que causa inflamación hepática y que se caracteriza por producir un cuadro crónico y silencioso en el 80% de los casos. En la Argentina la padecen aproximadamente 400.000 personas.

La hepatitis C es una enfermedad viral que causa inflamación hepática, suele ser asintomática y si no es detectada y tratada en forma temprana puede producir fibrosis, cirrosis, e incluso cáncer hepático.

Se caracteriza por producir un cuadro crónico y silencioso en el 80% de los casos. La forma aguda puede pasar desapercibida y curarse solo en un 20 % de los que la padecen. Las formas sintomáticas de presentación aguda dan ictericia (color amarillo de piel) sólo en el 15 % de los pacientes  por lo que la mayor parte de los portadores del virus no tiene conciencia de estar infectados.

Clínicamente puede confundirse con varias enfermedades crónicas del hígado simplemente por presentar cansancio y por palparse un hígado aumentado de tamaño en la mayoría de los casos. El porcentaje de pacientes que refiere síntomas con la hepatitis C es muy bajo y sólo el 30% relata una historia de astenia (cansancio) de larga data.

Como la prevalencia del virus C en la Argentina es alrededor del 1% de la población, la cantidad de infectados rondaría aproximadamente los 400.000 enfermos. Sin embargo, existen estudios realizados en pequeños pueblos de nuestro país que muestran cifras muy superiores a las mencionadas y que llegan a superar el 5% de prevalencia poblacional.

La hepatitis C tiene un curso muy benigno en un porcentaje elevado de casos (alrededor del 50%), una forma evolutiva más importante en un 30% y solamente evolución a cirrósis en un 20% de los enfermos afectados.

Por eso es muy importante entender que hepatitis C no es sinónimo de cirrósis y que existe un grupo grande de pacientes que tienen una excelente evolución sin tratamiento y que jamás llegarán a los estadíos finales de la enfermedad.

Como apenas un 30% de los pacientes suelen relatar algo de cansancio y un número menor dolor en articulaciones, los especialistas están convencidos de que es una enfermedad que “hay que ir a buscarla” y no esperar que se muestre con algún síntoma típico. ¿Cómo? Un hallazgo frecuente de laboratorio es encontrar las transaminasas elevadas (sustancia que se eleva en sangre frente a inflamación hepática).

Desafortunadamente, muchos médicos subestiman este dato y no solicitan sistemáticamente el virus de la hepatitis C frente a esta anormalidad de laboratorio. Por tal motivo es muy importante chequear en estudios de rutina el nivel de estos marcadores de inflamación hepática en forma sistemática.

Algunas personas con hepatitis C pueden sentir una sensación similar a la del estado gripal y síntomas como cansancio, naúseas, pérdida del apetito, dolor abdominal, prurito, picazón, picor.

Es muy importante tener presente que toda persona que haya sido transfundida antes de 1993 (momento donde aparecieron las determinaciones del virus C en banco de sangre), debe ser chequeada para descartar la enfermedad. De la misma forma, deben estar atentos todos aquellos que tienen alguna alteración en el laboratorio hepático, o personal de salud (que trabajan con productos de la sangre), o adictos a drogas que comparten jeringas.

El diagnóstico inicial se realiza con un anticuerpo que tiene una alta sensibilidad y bajo costo y se da positivo se confirma por un método más sofisticado y costoso.

La enfermedad, una vez diagnosticada, tiene que estudiarse virológicamente para saber que tipo de virus tiene el paciente (existen 6 genotipos de los cuales tres existen en la Argentina) y que nivel de carga viral hay en la sangre. Con estos datos, sumado en algunas ocasiones al resultado de una punción hepática ( tejido para diagnosticar estadio de enfermedad), se decidirá o no un tratamiento.

El virus se transmite fundamentalmente por sangre. Esto significa que todo lo que esté en contacto con ella y luego sea introducido al organismo a través de elementos cortantes, punzantes o directamente como transfusión puede contagiar la enfermedad. Sin embargo, el 40% de los contagiados por el virus C no pueden relatar un foco de infección. De este 40%, una gran mayoría de los portadores seguramente fueron contagiados por el odontólogo en épocas donde se desconocía la participación de estos virus en las enfermedades del hígado. Actualmente con las medidas de esterilización y profilaxis (estufa a 160 grados, material descartable) las probabilidades de contagio por esta vía son prácticamente inexistentes.

Los grupos de riesgo están fundamentalmente representados por gente que trabaje con sangre o sus derivados. En ellos se incluyen enfermeras, médicos, bioquímicos, odontólogos, etc. A pesar de que el contagio por un pinchazo accidental no suele ser frecuente, es importante tener en cuenta que para este virus aún no existe vacuna ni gammaglobulina profiláctica, por lo cual debemos extremar los cuidados para evitar el contagio.

Un sector aparte esta representado por los adictos a drogas endovenosas que comparten jeringas, donde el riesgo de contaminación por virus C es muy elevado y se suma a la posibilidad concomitante de adquirir una infección por HIV.

El contagio sexual es raro, a pesar de que en algunos estudios se encontraron fragmentos del virus en el semen. Son muy frecuentes los casos en el consultorio donde uno de los miembros de la pareja es portador del virus y el otro no está contagiado a pesar de varias décadas de convivencia. Un situación similar ocurre con las embarazadas, donde las probabilidades de la madre portadora de virus C de contagiar al feto no superan el 3%. Se ha establecido además que la reciente mamá puede amamantar sin riesgo de contagio.

El tratamiento en la actualidad se realiza con la combinación de las dos únicas drogas aprobadas para tratar este virus: Interferón más Ribavirina.

El Interferon que se usa actualmente para el tratamiento de la hepatitis C se aplica de forma subcutánea una vez a la semana. Su nombre es interferon pegilado debido a que tiene una composición que le permite mantener un efecto terapéutico estable y sostenido durante siete días.

Un 50% de los pacientes presentan decaimiento y dolores musculares frecuentes,  situación que los obliga a descansar más horas de lo habitual para lograr un rendimiento laboral similar al experimentado antes del tratamiento.

Puede además producir cambios de estado de ánimo e irritabilidad, manifestaciones manejadas en forma satisfactoria con la administración de ansiolíticos. Sin embargo, otro grupo no refiere este tipo de dolencias y puede continuar con su calidad de vida habitual.

A veces el problema no es el Interferón sino la Ribavirina , que es la otra droga que se asocia al Interferón en el tratamiento. Esta puede producir en un 30 % de los casos cierto grado de anemia que en general puede ser manejada con éxito con el agregado de un factor estimulante de glóbulos rojos.

Es raro tener que suspender el tratamiento debido a que la mayoría de los eventos adversos asociados a estos compuestos tienen un manejo exitoso ya sea disminuyendo la dosis o agregando medicación para tratar la complicación generada por la terapia. Con este esquema se cura alrededor de un 55-60 % de los pacientes con genotipo 1 y un 80% de los genotipos 2 y 3.

Por lo tanto, si no hubo respuesta al tratamiento médico o el enfermo debutó con alguna de las complicaciones de la cirrósis,  invalidando la posibilidad  de tratamiento con drogas,  debe ser  puesto en lista para recibir un transplante hepático. Esta intervención quirúrgica tiene actualmente excelentes resultados y el paciente goza de una calidad de vida similar al no transplantado.

 

PUBLICADO EN REVISTA MÍA

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