Silvio Katz: “En Malvinas mi superior me decía judío de mierda, judío cagón y hasta me acusó de haber matado a Cristo”

Además del frío, del hambre y de los maltratos que les propinaron a los jóvenes que combatieron en Malvinas, los 31 soldados judíos recibieron más castigos por el simple hecho de pertenecer a esa religión. Crónica de una historia que puede llevar a la cárcel a los torturadores que estaban al frente de las tropas.

Tras pasar más de 20 años en silencio sin contar una sola palabra de los horrores que sufrió como soldado en la guerra de Malvinas, Silvio Katz ahora se siente más liberado y puede mirar a los ojos y disfrutar del amor que le brindan sus dos hijos y su mujer, incondicionales y principales sostenes emocionales en su recuperación.

Como todos los jóvenes soldados argentinos que viajaron a Malvinas con la ilusión de recuperar las Islas en una guerra injusta e inviable que sólo podía formar parte del macabro plan de la última Dictadura Militar, Silvio pasó hambre, frío, maltrato de sus superiores y tuvo que combatir en inferioridad de condiciones contra el poderoso ejército británico. Pero además, debió soportar la inexplicable e injustificable tortura –física y simbólica- por el hecho de ser judío.

 “Judío de mierda, judío cagón”

Silvio recuerda que ya en el regimiento lo trataban distinto por ser judío. “El judío era el que limpiaba el baño. En Malvinas me decían “judío de mierda, judío cagón. Si sos judío por que no te vas a pelear por Israel”, recuerda.

A la hora de rememorar todas estas vivencias traumáticas,  le coloca nombre y apellido al responsable de tantos años de dolor: Eduardo Flores Ardoino, su superior en la guerra, que fue su sombra y por el que durante muchos años no pudo conciliar el sueño.

“Era común que como castigo nos ataran los pies y las manos en el agua congelada (algunos soldados lo denominaban  “el lago de los lamentos”) y si la mayoría de los soldados tenía que mantener esa postura durante 10 minutos a mi por ser judío Flores Ardoino me hacía poner también la cabeza en el agua congelada durante 20 minutos hasta sentir calambres y gritar del dolor como si me estuviera muriendo”.

En una oportunidad Silvio, junto a otros soldados, robó una oveja porque la comida escaseaba en el campamento argentino y cuando se enteró su superior le clavó cuatro estacas y lo hizo orinar por sus propios compañeros. “No conforme con eso, me llevó al lugar donde nosotros defecábamos, tiró mi tacho con la comida, me apuntó con una pistola en la cabeza y me obligó a comer nuestra propia defecación. Me decía “vos vas a comer de la mierda porque sos un judío de mierda”.

Después del 1de mayo de 1982, día en que comenzaron los ataques británicos, Silvio recuerda que Flores Ardoino reunió una noche a todos los soldados a quienes les ofreció un trago de whisky ya que consideraba que la tropa debía tener el pecho caliente para entrar a combate. “Cuando llegó mi turno me dijo que a mi no me iba a dar porque era un judío traidor y me acusó de haber matado a Cristo”.

La pesadilla post Malvinas

Silvio tuve la suerte de sobrevivir a la guerra, a una guerra desproporcionada que se llevó la vida de 649 adolescentes soldados que dieron la vida por la Patria. Sin embargo, como la gran mayoría de los sobrevivientes tardó muchos años en reinsertarse en una sociedad que, en muchos casos, les cerró puertas y los dejó solos.

Gracias a su mamá tuvo la suerte de conseguir un empleo en una mercería en el barrio de Once a los pocos meses de regresar de las Islas. Una tarde regresando desde su trabajo en el colectivo 26 divisó a través de una de las ventanillas a la persona que le hizo padecer todas esas torturas en Malvinas. “Estaba con el mismo peinado y postura nazi que él tenía y en ese momento sentí que estaba de nuevo en la guerra. Me paralicé y me oriné encima. La gente me empezó a mirar, me baje del colectivo con mucha  vergüenza  y caminé como unas 60 cuadras hasta mi casa todo orinado”, relata.

“No hubo noche que no tuviera algún sueño sobre Malvinas. Yo me imaginaba con un amigo tomando mate pero en la isla o soñaba que estaba jugando al fútbol y estallaban las bombas atrás. Pero lo peor es que durante varios años no me podía dormir escuchando la voz de mi torturador.

La terapia, el humor, pero principalmente su mujer y sus dos hijos fueron los motores que le posibilitaron poder contar su historia con el objetivo de liberarse y de buscar justicia. Después de 22 años pudo comenzar a transitar por ese triste e imborrable capítulo de su vida.

“Empecé a reaccionar con el nacimiento de mi primer hijo. Sentía que debía darle un mejor padre, pero no encontraba la vuelta. Cuando nació el segundo de los nenes me di cuenta que tenía una personalidad violenta y yo no era así. Sentía que tenía que liberarme para poder rencontrarme conmigo mismo”.

Sed de justicia

Fue así como empezó a contar sus vivencias en su terapia y luego en el seno familiar.  También prestó su testimonio para dos libros (“Los rabinos de Malvinas” de Hernán Dobry  y “Lagrimas de Hielo” de Natasha Niebieskikwiat) que relatan el antisemitismo en Malvinas.

Un grupo de combatiente de La Plata escucharon su historia y le sugirieron que denunciara a Flores Ardoino, situación que sucedió en el año 2009. Si bien la causa prescribió por el paso del tiempo, la Corte Suprema de la Nación podría intervenir ya que la causa debería tratarse de un Delito de Lesa Humanidad sin prescripción.

“Ahora que pude hablar me siento liberado y puedo borrar todos esos fantasmas del pasado y tengo una vida plena. Quiero que haya justicia, quiero que a esa persona le saquen los honores  y las pensiones que tiene por ser ex combatiente porque es un torturador y que vaya preso. Mis hijos sienten orgullo del padre que tienen y no hay día en que no me apoyen y no me amen. Me gustaría que los hijos de Flores Ardoino sepan la clase de persona que tienen en la casa”, se ilusiona.

A la hora de buscar las razones por las cuales pudo sobrevivir a Malvinas y continuar con proyectos todos estos años, Silvio hace hincapié en la enseñanza de vida que le transmitió su mamá que padeció durante 13 años cáncer y “siempre luchó por seguir viviendo”. “Además, soy una persona que me refugio en el humor y eso me ha hecho salir de las peores situaciones. Y también me da fuerzas que hace 30 años no paro de buscar justicia. Y principalmente tengo la suerte de tener a mi familia que es el bastón más importante en esta lucha de todos los días”.

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