El síndrome del nido lleno

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En algunos casos, los hijos demoran la salida del hogar por un impedimento económico real. En estas circunstancias, son jóvenes que aún se encuentran estudiando y poseen un trabajo que no les permite pagar un alquiler para independizarse. Sin embargo, hay otros que pudiendo vivir solos prefieren seguir con mamá y papá. ¿Cómo influye esta situación en los adultos?

Ariel (31) es licenciando en Computación y a pesar de que por sus ingresos podría vivir sólo, se muestra feliz y contento de continuar en su hogar paterno. Sus padres estaban preocupados por su falta de independencia y hasta decidieron buscar ayuda profesional. Recurrieron a un psicólogo que les brindó varios consejos que pusieron en práctica para demostrarle a su hijo que ellos ya no se iban a ocupar más de él. Sin embargo, pese a que su mamá dejó de prepararle la comida que a él le gustaba y de lavarle la ropa, entre otras cosas, Ariel no se queja para nada y se acomoda a cada nueva disposición que implementan sus progenitores, sin demostrar interés de hacerse cargo de sí mismo.

Si bien no hay ninguna reglamentación al respecto y cada familia es un mundo, se considera que un buen momento para que los chicos abandonen la casa de sus padres podría ser cuando alcancen la mayoría de edad o un par de años después. En algunos casos, los hijos demoran la salida del hogar por un impedimento económico real, pese a que muchos vienen planeando desde hace tiempo irse a vivir solos. En estas circunstancias, son jóvenes que aún se encuentran estudiando y poseen un trabajo que no les permite pagar un alquiler para independizarse.

La situación opuesta es cuando el hijo, como en el caso de Ariel, ya finalizó sus estudios y tiene un buen trabajo que le permite poder soñar con abandonar la casa de los padres. Sin embargo, se sienten muy cómodos viviendo con mamá y papá a los 30 y pico y no manifiestan interés en lograr su autonomía. Incluso, estos comportamientos algunos especialistas los han denominado como el síndrome del nido lleno, en oposición al síndrome del nido vacío, que describe la sensación de vacío que suelen manifestar los adultos cuando sus hijos emigran de la casa.

“Si bien los padres se sienten importantes por ser necesitados y útiles de poder contenerlos en un momento difícil,  los hijos no deben perder de vista que los dueños de casa son los padres y que es importante respetar las rutinas y los espacios. Desde el punto de vista de los padres, muchas veces se culpabilizan o se frustran cuando los hijos no cumplen el “ciclo natural”  y se preguntan una y otra vez qué hicieron  mal, en qué se equivocaron para que después de tantos años de dedicación y esfuerzo no logran la tranquilidad de decir “bueno, ya está” se pueden arreglar por su cuenta”, explica la licenciada Adriana Guraieb, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina y de la Asociación Psicoanalítica Internacional.

Gabriela (33) es licenciada en Ciencias de la Comunicación y trabaja en una consultora de prensa como directora de cuentas. Confiesa que por su sueldo “tranquilamente” podría alquilar un departamento y vivir sin pasar zozobras económicas, pero siente que todavía no está preparada para abandonar el departamento en el que vive junto a sus padres y a su hermano de 29.

“La verdad que no siento que mis padres quieran que nos vayamos de casa, especialmente mi mamá con la que somos muy compinches. Todas las noches, después de cenar, nos quedamos charlando en el living y ambas lo disfrutamos mucho. Pienso que me costaría mucho dejar de compartir eso con ella”, cuenta.

Los especialistas sostienen que hay padres a los que se les dificulta mucho pensar en la posibilidad de “soltar” a sus hijos, dadas las dificultades económicas y el estado de inseguridad social y laboral que viven los jóvenes en la actualidad. Son adultos que simplemente se sienten más tranquilos si pueden prolongar lo más posible el control sobre ellos. En este sentido impiden a sus hijos recurrir a sus propios recursos para salir a la vida.

 

“Los adultos deberían colaborar en promover la exogamia, la salida de los hijos del hogar, prepararlos desde niños para que, llegado el momento, no tengan miedo de volar solos. Educarlos para ser independientes, autónomos y responsables. Esto quiere decir hacer las cosas por sí solos, tener criterio propio, que sepan que cada conducta tiene su consecuencia. La responsabilidad de los hijos es proyectar su futuro soltando la mano de sus padres, utilizar sus propios recursos y habilidades para generar la independencia global y sustentable, para poder construir su propia vida”, puntualiza Débora Bottwin, licenciada en Psicología de la Fundación Buenos Aires.

Graciela (56) tiene un hijo de 30 años (David) que es psicólogo y que aún vive en la casa junto a ella y a su marido. Si bien sostiene que a ninguno de los dos le molesta la presencia de él, está convencida que la salida del hogar implicaría un crecimiento muy importante para su hijo.

“Nosotros no lo presionamos ni lo echamos pero sentimos que ya es momento que David, al menos, empiece a pensar en la posibilidad de irse a vivir solo porque estoy segura que nuestra relación con él va a ser mucho mejor a partir de ese cambio”, dice.

Muchos adultos que no tienen proyectos tienen miedo a quedarse solos y es por eso que han centrado sus actividades en satisfacer las demandas de sus hijos. Y siempre encuentran una excusa con el objetivo de prolongar la estadía de ellos en el hogar. En otros casos, los hijos muchas veces no son conscientes de la necesidad que tienen los padres de volver a estar solos para recuperar la intimidad de la pareja y proyectar solamente de a dos.

“Para el hijo las consecuencias tienen que ver con el retraso de su autonomía, de su adultez. Lo que caracteriza la vida adulta, es la capacidad de hacerse cargo de sí mismo, en todo sentido. Para los padres, las consecuencias de retener a los hijos o de encontrarse con hijos cómodamente instalados en una larga adolescencia es retrasar el aprovechamiento del tiempo que hoy se ha prolongado, y permite realizar proyectos de pareja que tuvieron que postergarse, como viajes o nuevos emprendimientos”, expresa la licenciada en Psicología Graciela Fernández.

Los especialistas sostienen que este tipo de escenarios se pueden comenzar a resolver con una consulta a un terapeuta familiar que hará un diagnóstico del funcionamiento del sistema familiar y los orientará para resolver de la mejor manera las consecuencias del nido lleno.

¿Cómo son estos jóvenes?

a Son hombres y mujeres de entre 25 y 35 años.

a Son temerosos de enfrentar desafíos.

a Evitan las responsabilidades implícitas en la autonomía.

a Tienen a sus padres que les resuelven los problemas.

a Ingresan a la universidad, luego siguen con postgrado y todavía alguna maestría.

a Son mantenidos por sus padres.

a Manejan sus propios horarios.

a Algunos ni estudian ni trabajan.

a Les falta madurez.

a Tienen temor a estar solos.

 

PUBLICADO EN REVISTA SUSANA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FOTO: pequebebes.co,

 

 

 

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