“Siempre digo que hay que mirar la parte llena del vaso, no la vacía”

FLAVIO 1

Flavio Gelbard (49) sufrió un infarto de miocardio en el año 2010. Sin embargo, gracias a su amor por la vida y al apoyo de su familia y de sus amigos de fútbol pudo salir adelante. Y cuando se recuperó logró cumplir el sueño de volver a las canchas. Y ya planea los festejos para sus 50 años.

Hasta el año 2010, Flavio Gelbard (49) hacía una vida normal. Casado y padre de tres varones de 18, 11 y 8 años, trabajaba en una empresa familiar dedicada a la bijouterie. Jugaba al fútbol profesional con sus amigos en el club Hebraica y, como muchos argentinos, se hacía mala sangre por alguna preocupación laboral de rutina.

Pasados los 30 años se había hecho unos chequeos generales que habían arrojado que tenía 300 de colesterol, una cifra bastante más alta de lo sugerido.  Con antecedentes cardíacos en la familia (a su padre el recordado médico René Favaloro le había efectuado tres by pass en la fundación que lleva su nombre) su cardiólogo e íntimo amigo Gabriel  Berenbaum le recomendaba que tomara la medicación correspondiente. Sin embargo, como no sentía dolor no le hacía caso.

“Mi mujer también me decía que la tomara. En ese momento entrenaba, no me cuidaba con las comidas, iba y venía, viajaba por trabajo y no le prestaba atención a las pastillas. Sabía las consecuencias que podía tener un colesterol alto sin medicarme pero como tener alto el colesterol no duele y es asintomático no me hacía demasiados problemas. Además, todos los años me hacían la ergometría para jugar al fútbol y salía perfecta”, dice.

Tras disputar un torneo de veteranos en noviembre de 2010 en Villa Gessell, un examen pre-quirúrgico que le realizaron para hacerse una video-colonoscopia fue el indicio de que su salud no estaba nada bien. En ese momento pesaba 95 kilos, 15 más que en la actualidad. “Yo salía de la fiesta de fin de año del colegio de mis hijos que se había hecho en teatro Astral. En ese momento lo llamé a mi amigo para preguntarle cómo habían salido los estudios y me dijo: Mirá gordo, te voy a explicar: el 50% de la gente que tiene lo que vos tenés se llama muerte súbita”, dice que le dijo su amigo.

Por eso días, Flavio, según los médicos que lo atendieron, había sufrido un infarto leve de miocardio, aunque no había sido consciente en el momento de haberlo padecido. “En ese momento me puse a llorar. Pensé en mis hijos que eran chicos. Cuando tenés hijos tenés un miedo bárbaro de dejarlos solos. Al mayor le dije lo que había pasado, me preguntó si me iba a morir y le dije que se quedara tranquilo que no porque los médicos me habían dicho que mi vida no corría peligro siempre y cuando hiciera las cosas que tenía que hacer. A los más chicos les dije que papá estaba mal pero que no se preocuparan porque no iba a pasar nada, era difícil explicarles lo que era un infarto. El apoyo de ellos y el de mi mujer fue clave para salir adelante”, se emociona.

Además del Dr. Gabriel Berenbaum, por recomendación de su padre comenzó a atenderlo el Dr. Gerardo Bozovich, director médico de la Fundación Favaloro, quien decidió colocarle tres stents. “En ese momento comencé un entrenamiento en un gimnasio de la Fundación en la calle Pasco. Me atendieron bárbaro. Tenía que empezar de nuevo. Es empezar a entrenar, a vivir una vida nueva. A mí me dijeron que el 50% de los tipos con esto se mueren y gracia a Dios yo lo cuento. Empecé a entrenar más asiduamente, antes lo hacía una sola vez por semana. Al principio caminaba, después comencé el trote y de a poquito me permitieron correr”, recuerda.

Desde ese momento Flavio comenzó a cuidarse con las comidas. También debe tomar una pastilla para tranquilizar la periferia cardíaca, una aspirina bloqueante, otro medicamento para el colesterol y otro más para bajar la presión sanguínea.

Una de las principales metas que se puso Flavio tras sufrir el infarto y la colocación de los stents fue volver a jugar al fútbol. Ese era, sin dudas, su sueño. Los médicos le habían dicho que no iba a poder realizar nunca más esa actividad a nivel competitivo. Pero él nunca bajó los brazos, seguía entrenando y tomando la medicación porque pensaba que de esa forma los estudios, finalmente, le permitirían volver. Después de un año y medio lo fue a ver a Bozovich y le expresó que quería jugar al fútbol con gente de su edad, no con chicos de 20 o 30 años que lo exigirían mucho más. Y le dijo que se sentía bien, entrenado y flaco. “No quiero que vos me dejes, quiero que la medicina lo haga. Haceme todos los estudios que me tengas que hacer y decime”.

Su mujer tenía miedo, no quería volver a pasar por una situación similar. Sin embargo, los estudios arrojaron que su médico no podía prohibirle jugar al fútbol, que estaba sano para volver a jugar. En ese momento la alegría desbordó su rostro, no lo podía creer. Estaba a muy pocos pasos de reencontrarse con sus amigos, pero esta vez nuevamente dentro de la cancha. Y así fue como participó  en el campeonato de veteranos de Paraguay a mediados del 2012 y más adelante vinieron los torneos con la comunidad judía de Chile.

“Me acuerdo que el día que volví todos me vinieron a dar la bienvenida, yo estaba muy emocionado y ansioso. No veía la hora de que empezara el partido. Mis amigos fueron muy importantes para ese retorno. Es más, hasta me cargaban que después del infarto corría más que antes. El fútbol es mi cable a tierra”, dice Flavio, que se define como un jugador “picapedrero” que a veces juega de 5 y otras veces de 4 o de 8.

En la actualidad, Flavio se sigue cuidando con las comidas, se entrena más y está muy atento a su problema cardíaco. “No sé de que me voy a morir pero no de un problema cardíaco”, dice entre risas.

Desde que comenzó su recuperación, asegura que más allá de tener proyectos como la mayoría de la gente, trata de vivir y de disfrutar del día a día acompañado del amor que le brindan su mujer y sus hijos. “En el mes de julio estuvimos en Israel porque mi hijo fue parte de la selección futsal campeona del mundo y estuvo genial”, rememora sin poder evitar el llanto. “Pasamos una vacaciones bárbaras. Disfruté más el campeonato de mi hijo que el mío propio. También fuimos al muro de los lamentos. Es una cosa increíble”.

Flavio está convencido que el éxito en su vida no pasa en lo absoluto por lo material sino por las satisfacciones que obtiene en el día a día de su familia y en el encuentro con sus seres queridos. “Hay que trabajar para tener una buena vida. No me interesa ser el más rico del cementerio, sino tener una buena calidad de vida, de salir a pasear con mi mujer y ms hijos. Disfruto mucho ir a trabajar, me levanto con una sonrisa todas las mañanas de mi vida y todas las noches me acuesto de la misma manera, una bronca me puede durar sólo 10 minutos. Siempre digo que hay que mirar la parte llena del vaso, no la vacía. La parte llena te tiene que alcanzar dentro de lo que uno proyecta y necesita”.

Flavio dice que en su vida hay un antes y un después de su infarto. “Antes era inmortal, pensaba que todo se podía y no había dolores porque el colesterol no da dolor, es un enemigo silencioso. Después tuve que empezar a cuidarme y a pensar más en no agredirme con comidas, a preservar mi físico y mi salud. Todo derivado del miedo a la muerte y del amor a mi mujer y mis hijos”.

Mientras prepara su bolso de entrenamiento para reencontrarse con sus amigos de Hebraica, Flavio piensa en voz alto algunas cuestiones sobre la fiesta de sus 50 años que está organizando para fin de año. “En esta reunión de los 50 le digo a la gente que voy a invitar que tengo 50 + 3. Porque son 50 años reales más los tres que llevo desde que tuve el infarto”, sonríe. Y se anima tibiamente a dar un consejo sobre la importancia que tiene disfrutar los pequeños momentos de la vida. “Tuve un infarto y ahora estamos tomando un café. Los problemas vienen solos, hay que buscar la solución, disfrutar de la vida, tenemos que agasajarnos, si hay algún motivo para festejar, sin dudas que hay que hacerlo. Yo trato de disfrutar la vida de lo mejor manera que puedo”.

PUBLICADO EN PHARMAREPUBLIC.NET

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