La historia de una mujer que se recuperó de la anorexia y cumplió con su sueño de ser bailarina

María Massa comenzó a padecer la enfermedad a los 13 años cuando estudiaba en el colegio secundario, mientras paralelamente cursaba el cuarto año de la carrera de Danza Clásica en el teatro Colón.  “Estaba desesperada y decepcionada de la vida”, cuenta. El amor la ayudó a salir adelante.

Tras haber dejado a su pequeño hijo Mateo en el jardín de infantes, María Massa llega bien temprano a la entrevista en un coqueto bar de la zona de Plaza Serrano en Palermo. Antes de pedir su segundo cortado recalca lo importante que es para ella poder contar su pasado para ayudar a muchas chicas que hoy en día padecen anorexia, enfermedad que padeció desde el comienzo de su adolescencia. “Nunca pensé que después de tantas cosas feas, vinieron cosas tan lindas”, reconoce a sus 38 años.

María tenía 13 años y una vida muy distinta a la de cualquier chica de su edad. Mientras estudiaba en el colegio secundario, paralelamente cursaba el cuarto año de la carrera de Danza Clásica en el teatro Colón.

Ser bailarina era su vocación. Por aquel entonces corría de un lado para otro. De su casa al colegio, del colegio al Colón, del Colón a las clases particulares. En medio de su desarrollo hormonal, vivía muy auto-exigida para poder superar ese famoso cuarto año eliminatorio y de esta forma llegar a cumplir con su mayor anhelo. Sin embargo, esa presión que ella misma se generaba le jugó en contra y comenzó a hacer desarreglos con las comidas.

“Mi sensación era que no quería vivir, era algo horrible. El cuerpo era lo fundamental y yo estaba desesperada por llegar al mejor peso. Trataba de hacer dietas lo más serias posibles, pero cuando comía algo que me gustaba y me lo privaba, me provocaba vómitos y eso me daba mucha culpa, era un secreto horrible”, recuerda.

María reconoce que por aquel entonces todas sus metas eran excesivas. Cuenta que nadaba 10 largos en las clases de pileta, pero que se exigía 40 o 50. Y cuando llegaba a esa meta, tampoco le alcanzaba. Si bien hacía terapia una vez a la semana, no podía controlar toda esa presión y ansiedad que tenía.

“No comía ni milanesas ni papas fritas como las chicas de esa edad. Era un gusto que no me permitía ni siquiera los fines de semana. No comía cosas dulces. Yo no era conciente de lo que me pasaba, pero estaba desesperada, sentía que no tenía salida, estaba decepcionada de la vida, no era feliz, me sentía, gorda, fea y no exitosa”.

A María, lo que más le dolía en aquellos días de tristeza y desesperanza era tener que ocultar los vómitos delante de su familia. Cuenta que una vez la mamá la pescó in fraganti y ella tuvo que decirle que estaba descompuesta.

“Tenía que disimular, lavar los baños. Una vez en casa la señora que cuidaba a mis hermanos había hecho manzanas asadas y cuando me enteré que les había puesto azúcar, en vez de edulcorante, las vomite. Ya era el extremo. Me sentía la peor persona por haber comido, por haber vomitado y por haberlo ocultado y no salir de eso”, confiesa.

Mucho más que un preceptor

Mientras vivía toda esa pesadilla, a los 14 años conoció a Alejandro –su marido y padre de su hijo- que por aquel entonces era preceptor en su colegio. Al principio fueron amigos, luego fue su confidente y más tarde iniciaron una relación que al principio fue complicado porque él le llevaba 10 años. Además, había estado en pareja con una profesora de la misma escuela.

Ella estaba enamorada de él, aunque en esos días negros sólo pensaba en que esa relación era un imposible por su enfermedad: “Yo no quería perderlo. Alejandro era la luz que estaba en toda mi sombra. Era buen mozo, era mi único lugar de tranquilidad.  Él sabía todo lo que me pasaba, sabía cómo preguntarme y por sobre todas las cosas me escuchaba y me comprendía”.

Fueron Alejandro y la profesora de Geografía María Eugenia –otra de las confidentes que sabían lo que le estaba pasando a María- los que propiciaron el acercamiento entre ella y sus padres para allanar la puerta e iniciar un tratamiento con el fin de lograr su recuperación. Fue entonces que comenzó a atenderse en ALUBA, una vez que se entrevistó con la doctora Mabel Bello, fundadora de la entidad en el año 1985.

Por aquellos años ALUBA funcionaba dentro del Hospital Udaondo y María recuerda sus primeras sensaciones ante esos primeros contactos. “Era un lugar medio tristón, un pasillo largo, había salones chiquitos como pequeñas salas de internación con sillitas”. También recuerda que le dieron la posibilidad de terminar ese año el colegio y el Colón para internarse al otro año, pero ella prefirió comenzar el tratamiento cuanto antes.

Así fue como empezó el tratamiento que en esa época funcionaba como Hospital de Día de lunes a domingo de 8 a 17. Entre otras cosas, aprendió lo trascendente que era hacer las seis comidas diarias, pero principalmente que ella no era la única que pasaba por esa situación.

“Me acuerdo que el salón naranja era como si estuviéramos en el jardín con los cubiertos, vasos, era como que te enseñaban a empezar a vivir otra vez. Cuando observé que había gente que le pasaba lo mismo que a mi, me sentí muy identificada. Nos ayudábamos entre nosotros. Eso me quedó para toda la vida”.

Mientras estaba en ALUBA, María rindió libre el cuarto año en el Colón y cuando cursaba quinto año ingresó a una compañía de jazz. Continuó su relación con Alejandro y antes de cumplir los 20 se casaron.

“Todo lo que era un tabú dejo de serlo con el tiempo. Estaba anímicamente mejor. Empecé a mejorar la relación en mi casa, compartíamos actividades con mis hermanos menores y mis padres siempre me acompañaron en todo este proceso”, rememora.

Tras cuatro años de cumplir con el tratamiento, María recibió el alta médico de ALUBA y al poco tiempo ingresó al Teatro Argentina deLa Plata, donde hoy en día continua bailando.

También supo darse el lujo de bailar unas temporadas junto a Iñaki Urlezaga, cuando este gran bailarín recién comenzaba a dar sus primeros pasos. “Fue una experiencia hermosa y de mucha exigencia. Llegué a lo máximo al bailar a su lado con mucho esfuerzo. Mi marido me bancó mucho cuando me iba de gira por el interior y viajábamos toda la noche en micro”, dice.

La llegada de Mateo

Desde que se casó con Alejandro, María supo que quería ser madre.  Como no podía quedar embarazada, junto a su marido comenzaron los trámites de adopción. Por esas cosas del destino, por aquellos tiempos se rompió los ligamentos cruzados de una de sus rodillas y tuvo que dejar en stand by esa búsqueda.

Al poco tiempo intentaron un tratamiento de fertilización asistida y pudo quedar embarazada de Mateo, que hoy tiene tres años y medio. “El hecho de haberme visto embarazada, con algunos kilos demás, fue muy bueno para mi”. Y agrega: “Yo no considero que esté curada. Una y la familia tienen que estar siempre atentos. No tengo miedo de volver a ser anoréxica pero lo tengo presente. Siento que la comida es un tema para mi y quiero que mi hijo coma bien. Lo peor que me puede pasar es que a él le pase algo con ese tema porque lo viviría como un fracaso”.

Tras el nacimiento de su hijo, escribió –junto a Elvira Ibarbuen- “Salir al Toro”, un libro que relaciona su vida, sus experiencias con la anorexia, su carrera y la búsqueda y llegada de su hijo.

Actualmente trabaja de martes a sábado en el Teatro Argentino de La Plata y todo el tiempo libre se lo dedica a su hijo, a quien lleva todas las mañanas al jardín.

“Sueño con poder tener otro hijo y estar casada para toda la vida. Quiero jubilarme feliz y después dar clases de balet para niños, pero mi prioridad es mi familia y disfrutar más del día a día sin exigirme tanto”.

ESTA ENTREVISTA SE PUBLICÓ EN LA REVISTA MÍA Y ES UNA DE LAS 25 HISTORIA QUE COMPONEN “VIDAS QUE ENSEÑAN”, MI PRIMER LIBRO QUE  PUBLICÓ LA EDITORIAL DEL NUEVO EXTREMO.

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