Martín y Carolina Renzacci: “Si pudimos salir juntos de todo esto, vamos a salir de cualquier otra cosa”

Martín Renzacci se encuentra recuperado del síndrome de Guillain-Barré que lo tuvo al borde de la muerte durante su luna de miel.  Y en el libro “Despertar en Tasmania” cuenta cómo salió adelante grcias a sus ganas de vivir, al apoyo incondicional de su mujer y de su familia y al excelente trabajo de los médicos.

Tras estar de novios durante dos años y medio, Martín Renzacci y Carolina Santori se casaron el sábado 2 de julio de 2011. Ambos estaban cumpliendo un sueño, junto a la presencia de todas sus familias y sus amigos. Él recuerda que la fiesta duró hasta las 7:30, aunque en el contrato que habían firmado decía que debían dejar el salón entre las 6:00 y las 6:30hs.

“Parecía que nadie se quería ir. Cuando nos apagaron las luces los chicos empezaron a cantar “no nos vamos nada, que nos echen a patadas”. Les hicieron caso y volvieron a encenderlas. Bailamos un par de temas más y se terminó la fiesta.  Y nos fuimos para casa muertos de cansancio, pero felices. Descansamos todo lo que pudimos y en el resto del tiempo que nos quedó del día lo aprovechamos para terminar de preparar nuestras valijas para viajar a Australia”, cuenta Martín un año después.

Sin embargo, ninguno de los dos era consciente en ese momento de todo lo que iban a tener que padecer a tantos kilómetros de distancia. Ya en el viaje de ida Martín comenzó a tener fiebre y chuchos de frío,  que con el tiempo se enteró que eran los primeros síntomas de su enfermedad. Durante los cinco días que estuvieron en Sydney, cuenta Martín, disfrutaron de los días soleados y, entre otras cosas, tomaron sol en la espléndida Bondi Beach. La luna de miel continuó en la ciudad de Melbourne y la última noche antes de viajar a Tasmania él se volvió a sentir mal: “Cuando nos levantamos a la mañana siguiente para ir al aeropuerto me desperté con calambres muy raros en las piernas. Llegamos muy temprano al aeropuerto y quise ir al baño para vomitar. No pude. Me saqué las zapatillas y levanté los pies porque me dolía mucho de las rodillas para abajo. Y además tenía mucho dolor de cabeza, estaba mareado, me sentía –otra vez- sin energías”, recuerda.

Martín confiesa que si bien no se sentía del todo bien, trataba de ponerle mucha fuerza y energía a la situación para que esos dolores no empañaran la tan anhelada luna de miel. Pese a todos esos esfuerzos por seguir adelante,  cuando llegaron a Hobart desde Launceston cada vez tenía menos fuerzas.  Se bajó del auto y todavía hoy, dice, no logra entender cómo hizo para subir las valijas ya que “las piernas se me doblaban en la escalera”. Una vez que subieron a la habitación se dio una ducha pero se sentía cada vez peor. “Traté de dormirme pero no hubo caso. Vomité, tuve diarrea. A todo esto se habían hecho como las dos o tres de la madrugada. Me levanté para ir al baño y cuando me bajé de la cama otra vez no sentí las piernas, era una sensación horrible,  como estar parado en las nubes. Hice un paso y me desplomé. Tengo la imagen de que me iba cayendo de frente al piso, como que torcí el cuerpo porque las manos no me respondían. Quedé de la cintura para arriba dentro del baño y de la cintura para abajo en la habitación”.

En ese momento se despertó Carolina y él le dijo que no se asustara pero que se sentía muy mal. Ella logró reincorporarlo y de esta forma pudo llegar a la cama. Inmediatamente llamó a la ambulancia y unos minutos después Martín se encontraba internado en el Royal Hobart Hospital de Tasmania.

 “El síndrome de Guillain-Barré”

La punción lumbar que le realizaron detectó que padecía el síndrome de Guillain-Barré, una enfermedad auto-inmune grave que ocurre cuando el sistema de defensa del cuerpo ataca parte del sistema nervioso por error. Esta enfermedad daña partes de los nervios ocasionando debilidad muscular y parálisis. También suele afectar la capacidad respiratoria, como le ocurrió a Martín, por lo que a las pocas horas decidieron trasladarlo a la sala de Terapia Intensiva. Pero como su cuadro empeoraba minuto a minuto y ya no podía respirar por sus propios medios los médicos tomaron la determinación de inducirlo al coma.

“Enseguida me senté a su lado e hice lo que me dijeron que tenía que hacer: hablarle y acariciarle la mano. También le dije varias veces que iba a salir adelante, que iba a estar bien. Al principio tenía miedo de que no pudiera sobrevivir, pero en general siempre fui bastante optimista tratando de ahuyentar los pensamientos negativos”, expresa Carolina. “Durante esos primeros días me llamaban a varias reuniones con los médicos. Me acuerdo que había venido una traductora y le pregunté por cuánto tiempo tenía que abrir los pasajes de vuelta ya que teníamos fecha para el 27 de julio pero sabía que iba a ser imposible estar viajando ese día. Muy sutilmente me dijeron que lo extendiera entre seis meses y un año. De esa reunión salí llorando. Me puse a pensar en mi cumpleaños, en el suyo, en Navidad, en Año nuevo y nosotros seguiríamos estando en Australia”, agrega.

En esos momentos de incertidumbre, Carolina contó durante unos días con la visita de Juan, el hermano mayor de Martín, con quien compartió toda su angustia y preocupación. Juntos se apoyaron mutualmente, mientras le daban fuerza a Martín para que no bajara los brazos en su lucha por seguir viviendo. Mientras tanto, en Buenos Aires la noticia comenzó a aparecer en los medios y se hicieron muchos eventos en todo el país para ayudar económicamente porque el tratamiento era muy costoso.

Mientras el tiempo que Martín estuvo en coma (durante ese lapso le hicieron una traqueotomía) prácticamente no tuvo mejoras. Una vez que retornó a la conciencia, uno de los principales temores de Carolina era que la parálisis que le había provocado la enfermedad le llegara al corazón y le produjera la muerte. Pero cuando se lo consultó a los médicos le manifestaron que, en general, ese tipo de complicación no era característica en Guillain-Barré y que creían que la enfermedad ya había alcanzado su piso máximo y que de ahora en adelante vendría la etapa de amesetamiento y que lentamente el cuadro comenzaría a ceder.

Durante esos días empezaron a visitar la habitación de Martín un poquito más seguido los kinesiólogos que le explicaban a Carolina los ejercicios que debía hacerle dos o tres veces por día. Y a medida que fueron pasando los días los médicos querían intentar quitarle el respirador que tenía para conectarlo a uno más pequeño. “La primera prueba resultó un fracaso absoluto porque ellos esperaban que aguantara cinco minutos y no pude lograrlo. Estaba muy nervioso, traspiraba muchísimo y cuando me pasaban de un equipo a otro estaba todo morado y con las palpitaciones a mil”, dice Martín, quien agrega que a los pocos días intentaron de nuevo y paulatinamente fue aguantando los minutos en que respiraba con esa otra máquina.

Los avances continuaron el sábado 6 de agosto cuando Carolina estaba ejercitando su brazo izquierdo y en el momento en el que se lo iba a levantar sintió que él la estaba ayudando con el movimiento. Al segundo apoyó su brazo en la cama, diciéndole que lo intentara él sólo. “Y por primera vez despegué el brazo de la cama, habrán sido tres unos centímetros, pero fue el primer movimiento después de un mes”.

Volver a casa

Después de permanecer casi dos meses internado en Tasmania,  Martín regresó junto a Carolina a la Argentina donde los aguardaban sus familias y sus amigos que no los abandonaron en ningún momento. Tras permanecer unos días en la Clínica Bazterrica, fue trasladado a la Clínica de Rehabilitación ULME donde comenzó el proceso de rehabilitación que no fue nada sencillo. “Estaba sacado, enojado con todo el mundo. Me sentía molesto, muy dolorido y a todos los doctores les respondía de mala forma. Para colmo, los primeros tres días me dejaron en la habitación a modo de aislamiento. Sólo me hicieron chequeos de sangre y orina esperando los resultados para ver si estaba en condiciones de compartir el gimnasio de rehabilitación con los otros pacientes”, cuenta.

Sin embargo, con el correr de los días comenzó a tener muy buena relación con todos los profesionales que lo ayudaron a salir adelante con su enfermedad. Día a día, gracias a su voluntad por progresar y al trabajo de todos los profesionales que lo atendieron, pudo avanzar tanto en kinesiología, en terapia ocupacional como en fonoaudiología.

“Una vez que logré pararme todos fueron avances. Los kinesiólogos me decían que iba a notar muchos cambios y que en algún momento mi recuperación podía entrar en una meseta. Los primeros días para levantarme de la cama necesitaba que Caro me colocara unos elásticos y que me llevara con el bastón hasta el baño para hacer mis necesidades. Un día no utilicé más los elásticos, ni el bastón,  hasta que llegó el momento en que ya no la despertaba a Caro porque podía arreglarme sólo. Poco a poco pude ir encontrando el equilibrio ya que al principio caminaba como un robot y en la clínica querían que lo hiciera más relajado. Con el tiempo logré caminar para adelante, para atrás, y en febrero comencé a trotar. Al principio lo hacía muy torpemente, hasta que con la práctica diaria lo estoy haciendo mucho mejor”.

Martín y Carolina no olvidan todo lo que pasaron durante este último año, aunque también les sirvió para fortalecerse mucho más como pareja. “Haber pasado por esta experiencia, entre otras cosas, ratificó y fortaleció aún más nuestro amor. Nosotros siempre fuimos muy unidos,  muy compañeros, de pasar mucho tiempo juntos, pero con discusiones como cualquier pareja. Ahora las seguimos teniendo pero, tal vez, le ponemos un freno más rápido. Creo que ahora nos estamos divirtiendo más y nos damos espacio para las pequeñas cosas. Si pudimos salir juntos de todo esto, el día de mañana podremos afrontar una crisis de pareja. Es como decir que si salimos de eso, vamos a salir de cualquier otra cosa”, concluye Carolina.

ESTA ENTREVISTA ES UN EXTRACTO DEL LIBRO “DESPERTAR EN TASMANIA: EL SINDROME DE GUILLAIN-BARRÉ Y LA RESILIENCIA EN PRIMERA PERSONA” QUE FUE ESCRITO POR MI Y CUYOS AUTORES SON MARTÍN Y CAROLINA RENZACCI

 

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