“No podía entender que había estado el día anterior con ella y que me la quitaran de esta forma”

Judi tenisLa mamá de Judit Fail, Esther Klin, fue una de las 85 víctimas que dejó el atentado a la AMIA. “Si ella pudiera ver todo lo que logramos en estos 19 años estaría muy orgullosa de la familia que formé y seguramente tendría un vínculo muy cercano con sus nietos”, dice.

Judit Fail (45) prepara café ante la atenta mirada de su perra Kity, una  simpática Bichon frise que acaba de ser madre. En lo que antiguamente funcionaba como la habitación de servicio de su coqueta casa en Villa Crespo, desde hace unos años  la reacondicionó para dar clases sobre Autocad y Revit, dos de los programas de dibujo que más utilizan los arquitectos. En una larga mesa sobresalen tres PC, una notebook y los infaltables caramelos de colores que resaltan sobre un pocillo blanco. Detrás se observa el pizarrón, con tres fibrones y un borrador, y a pocos metros una repisa con revistas relacionadas con la arquitectura, su gran pasión.

Judit se muestra amable, alegre y confiesa que disfruta de su marido y de sus dos hijos. Sin embargo, hace 19 años  la bomba asesina que destruyó la AMIA le arrancó de un día para otro a su mamá, Esther Klin, que al momento del atentado tenía 49 años. Y desde ese momento su vida cambió por completo, aunque dice que aprendió a vivir con esa ausencia gracias al amor que día a día le brinda su familia. “Tengo un retrato hermoso en el que estamos con mamá en mi casamiento”, comienza, mientras pasa rápidamente una a una las fotos del álbum hasta que la encuentra, mientras se le dibuja una dulce sonrisa en su rostro.

La bomba asesina, en el mejor momento de su vida

Judit comienza relatando que con su mamá tenían una “excelente relación”, que eran amigas y que hablaban todos los días por teléfono. Como sus padres se habían separado unos años antes del atentado, Esther se había mudado a un departamento muy cerquita del suyo y la relación se había hecho mucho más fluida.

“Yo la había ayudado a arreglar el departamento, ella estaba muy contenta y en ese momento se había puesto en pareja con un hombre que había conocido en una reunión de solos y solas. En poco tiempo había empezado a vivir la vida que no había vivido con mi papa, pero lamentablemente esa alegría le duró muy poco”.

Cuando Esther se separó del padre de Judit trabajó durante varios años en un local de cueros que cerró a principios de los años 90, en el momento en que los dueños decidieron cerrarlo para irse del país. Desde ese entonces, cuenta Judit, su mamá comenzó una incesante búsqueda para reinsertarse en el mercado laboral. Incluso, en varias oportunidades había estado en la mutual judía y se había ido decepcionada ante la falta de respuestas para su situación.

El domingo 17 de julio de 1994 su mamá la visitó en su casa y charlaron durante varias horas en la cocina, mientras su marido –Daniel– observaba muy atentamente la final del mundial de fútbol que consagró campeón a Brasil tras derrotar por penales a Italia.  “Esa tarde me comentó que había leído un aviso en el diario que solicitaba empleada hasta los 42 años de edad, y yo le dije que igual se presentara porque no parecía la edad que tenía, tenía una actitud muy jovial. Finalmente la convencí, pero me dijo que después de ir a esa entrevista volvería una vez más a la bolsa de empleo de AMIA ya que hacía mucho que no concurría”, recuerda.

Al día siguiente, como todos los días, Judit se dirigió a la empresa constructora en la que trabajaba, en Villa del Parque, y como era su costumbre aprovechó que su jefe llegaba más tarde para imprimir currículums  ya que hacía tiempo que tenía ganas de cambiar de aire. “Fui al kiosco de la vuelta a comprar unos sobres y vi a unas cuatro personas que estaban como horrorizadas mirando la tele. Les pregunté que había pasado y me contestaron que había explotado la AMIA. En ese momento se me cayó todo lo que tenía en la mano, salí corriendo y les fui a avisar a mis compañeras”.

En esos momentos de confusión y preocupación, Judit se dirigió para la casa de su mamá con la esperanza de encontrarla. Sin embargo, al llegar al domicilio observó el suplemento de clasificados del diario, entreabierto justo en la página que marcaba con un círculo el aviso en el que se iría a presentar. Entonces pasó a buscar a su tía Alicia y juntas se trasladaron a la calle Valentín Gómez al 3000, la dirección que se consignaba en ese anuncio. “Lo peor es que cuando llegamos a ese lugar nos dijeron que mi mamá les había gustado como para tomarla, pero evidentemente ella igual quiso pasar por la AMIA”, se lamenta.

Inmediatamente, se fueron las dos para la AMIA y cuando llegaron las personas de seguridad las derivaron hacia una escuela judía, ubicada a unas cuadras de la mutual, pero como no obtuvieron respuesta recorrieron todos los hospitales públicos de la ciudad donde tampoco pudieron dar con el paradero de Esther.

Judit permaneció una semana buscando a su madre hasta que el domingo 24 de julio recibió el llamado desde una comisaría para que fuera a reconocer el cuerpo. “Fuimos con mi hermano y con  mi tía a la comisaria y nos dieron sus pertenencias, sabíamos que eran de ella. Fue la peor semana de mi vida, no podía entender que había estado el día anterior con ella y que me la quitaran de esta forma”.

Esos primeros días fueron muy difíciles para Judit ya que tuvo que realizar muchos trámites y participar en algunas reuniones.  Sin embargo, contó con el apoyo de su jefe que le permitió tomarse un mes con goce de sueldo, aunque al poco tiempo, de común acuerdo,  terminó alejándose de ese trabajo. Paralelamente, y sin formar parte de ninguno de los grupos de familiares de las víctimas del atentado, comenzó a asistir todos los días 18 a los actos que se llevaban a cabo para pedir justicia.

El click

Durante algunos meses, cuenta, estuvo deprimida y le costó mucho tiempo aceptar la muerte de su mamá. “Cuando llegaba el momento de irme a dormir, pasaban mil cosas por mi cabeza y no conciliaba el sueño, hasta que caía rendida por todo el estrés de la situación. En esos primeros meses veía a mi mamá en todas partes: en un colectivo, en la calle. Yo antes era una persona muy alegre, chistosa, graciosa, muy risueña, después perdí un poco de esos dones”, confiesa.

Por aquel entonces se desilusionó una y otra vez con la impunidad que se empezaba a construir desde el estado para impedir que se encontrara y se juzgara a los responsables de la masacre.  Sin embargo, al poco tiempo quedó embarazada y la llegada de Sabrina (que hoy tiene 17 años) la conectó nuevamente con la vida. “Sabri fue lo más hermoso que me pasó en la vida al igual que el nacimiento de Rony” (hoy tiene 14 años), dice orgullosa aunque con cierto dejo de nostalgia de no haber podido tener a su mamá a la hora de criar a sus hijos: “Mi mamá siempre me dejaba enseñanzas de todo, me faltaron esas cosas de madre a madre, le faltó a mi hija una abuela.  Me hubiese manejado mucho mejor con mi mamá al lado para recibir un consejo, una mano o una oreja para escuchar mis dudas”.

Otro de los factores que le permitieron seguir adelante fue la terapia, que la ayudó a poder vivir sin su mamá aunque confiesa que no deja de pensar en ella ni de extrañarla desde hace 18 años. El análisis también le posibilitó mejorar el vínculo con su papá, con quien hasta ese entonces no había tenido una buena relación. “Cuando falleció mi mamá él estuvo muy mal y nos acompañó en todo. Cuando quedé embarazada nos volvimos a distanciar  y pensé que el vínculo se había roto para siempre. Pero después de siete años, un tarde lo llamé, era el día del padre, él se puso muy contento y nos volvimos a rencontrar y pudo conocer a sus nietos. En el 2006 falleció pero al menos me pude quedar tranquila que lo pude despedir a pesar de la mala relación que habíamos tenido durante toda la vida”.

Otro de los bastones en los que Judit se apoyó para continuar adelante con su vida y con sus proyectos fueron las clases de rikudím (danzas folklóricas israelíes) que desde hace 14 años realiza en el club Macabi. “Una mamá de una compañera de Sabri me invitó al grupo y si bien no soy amiga de todas, siento que es como mi grupo de pertenencia y el hecho de bailar me hace desenchufarme de un montón de cosas. La música me llena, bailar me encanta y me conecta con cosas alegres”, dice.

En el ámbito laboral, hace unos años empezó a trabajar en la Sociedad Central de Arquitectos, donde aprendió algunos programas más modernos y desde ese momento comenzó a picarle el bichito de largarse por su cuenta. Fue así que desde hace poco más de dos años comenzó a dar cursos en su casa a colegas y a estudiantes universitarios que buscan una salida laboral.

“De a poco fui creciendo, en casa se liberaba un espacio porque los chicos ya eran grandes y no necesitaba que la empleada doméstica se quedara a dormir. Entonces se me ocurrió poner computadoras y armar mi propia aula, mi propio instituto”, dice sonriente. “Por lo general, trato de armar grupos de cuatro personas y más allá del dinero lo que más satisfacción me da son los resultados que la gente me comenta como, por ejemplo, que gracias a estas clases pudo conseguir trabajo o llevar a cabo una mejor presentación en la facultad”, agrega.

Si bien Judit mira hacia adelante, el recuerdo de su mamá siempre está en su corazón y en el de sus hijos, que no tuvieron la posibilidad de conocer a su abuela. “Ellos preguntan por mi mamá, yo les conté lo que pasó y se interesan en saber cómo era ella, por qué estaba en la AMIA y no entienden la mente de esos asesinos que colocaron la bomba. Yo entiendo el odio que existe en el mundo, pero no acepto por qué ella tuvo que estar ahí y por qué los terroristas se ensañaron tanto con esta comunidad, con este país”.

Judit y su marido todos los 18 de julio se hacen presentes en el acto de la AMIA y desde hace unos años cuentan con la compañía de Sabrina y de Rony que también exclaman que se termine con tantos años de dolor e impunidad.

Antes de finalizar la charla, Judit nuevamente fija su mirada en aquel retrato que la ubica junto a su madre el 14 de marzo de 1993, el día de su casamiento, en tiempos muy felices. “Si bien tengo amigas cercanas con quienes hablo de mis cosas, no les cuento todo, me falta mi compañera a la que le confiaba todo, con quien no tenía secretos, eso no lo voy a tener mas, nadie la va a remplazar”, expresa. Y finaliza: “Si mi mamá pudiera ver todo lo que logramos en estos 18 años estaría muy orgullosa de la familia que formé y seguramente tendría un vínculo muy cercano con sus nietos”.

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