“Cuando estaba en Senegal no me imaginaba que iba a sentir la alegría y la felicidad que tengo ahora”

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Tras vivir en primera persona las consecuencias de las guerras étnicas que azotaron su país, Sanckou Sane llegó como refugiado a la Argentina. Al poco tiempo pudo traer a su esposa y luego a sus hijos. Crónica de un sobreviviente que nunca bajó los brazos.

A Sanckou Sane se lo nota feliz. Y no es para es menos. Hace menos de un mes se reencontró con sus dos hijos mayores a los que logró traer desde Senegal, país que se vio obligado a abandonar en 1998 como consecuencia de una guerra interna que puso en riesgo su vida y la de su familia.

Tras superar uno de los clásicos piquetes en el Puente Pueyrredón, este simpático senegalés de 43 años ingresa en una confitería ubicada en Caseros y Rioja, en pleno corazón de Parque de los Patricios, el barrio en el que vivió durante muchos años desde que llegó a la Argentina como refugiado.

Huir para salvar su vida

Desde niño, Sanckou vivió en el área de Casamanza, una región ubicada al suroeste de Senegal , entre Gambia  y Guinea-Bissau. Y desde los años 80 comenzó a ser testigo de los enfrentamientos entre el gobierno de su país y el   movimiento separatista que busca la independencia o autonomía de dicha región.

En todos esos años de conflicto, fue testigo de las bombas y los cohetes que cayeron en zonas muy cercanas a su casa, ubicada en un pueblo que aún no cuenta con los servicios de electricidad y teléfono.

Cuando finalizó la secundaria decidió que, para proteger su vida, lo mejor era viajar a Egipto. Allí permaneció un par de años y se recibió de profesor de árabe. El regreso a su país natal le permitió conocer al amor de su vida, Marie, con quien se casó en 1993 y a los dos años nació su primer hijo: Demba.

Sin embargo, las condiciones de vida empeoraban día a día y como el gobierno perseguía a su hermano, a quien acusaba de liderar esa guerrilla, no le quedó otra opción que abandonar su país en busca de aires más tranquilos.

“Sufrimos los ataques del gobierno y de las guerrillas de mi país. Entraban a las casas, robaban nuestras pertenencias y también violaban mujeres. Así no se podía seguir. Mi padre me aconsejó que lo mejor era escaparme porque mi vida corría riesgo”, cuenta.

Al primer lugar que huyó fue a Sudáfrica. Pero como en ese país no le permitieron la entrada, retornó en secreto a Casamanza porque las fuerzas militares lo estaban persiguiendo. Al regresar se enteró que su esposa estaba embarazada, una noticia que ni siquiera pudo disfrutar por las constantes amenazas que recibía. Si bien no le quedó otra opción que huir, cuenta que su intención fue, con el tiempo, poder traer a su mujer y a sus hijos a su nuevo hogar.

Sanckou caminó más de 200 kilómetros, descansando algo en la noche para retomar fuerza y seguir con su viaje. Cuando se encontraba a unos pocos kilómetros de Dakar, la capital de Senegal, se le acercaron varias personas que le recomendaron no recorrer a pié esa ciudad a altas horas de la noche ya que podía ser muy peligroso.

“Como yo hablaba varios dialectos pude hacerme entender y ellos me dijeron que iban a buscar una solución. Enseguida me trajeron comida y me dijeron que me iban a sacar del país. Yo no estaba tranquilo y tenía miedo que me metieran preso”.

Para su suerte, su pronóstico fue errado y en menos de una semana esos hombres le alcanzaron un pasaporte, le tomaron una fotografía, le consiguieron un pasaje para emigrar y lo subieron a un avión sin controles previos de migraciones.

Bienvenido a la Argentina

Sanckou no supo a qué lugar estaba viajando hasta que leyó el cartel de bienvenido a la Argentina en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza. “Había escuchado hablar de la Argentina pero no sabía que iba a venir para acá. Fue una alegría llegar a este país. Yo pensé que me iban a mandar a un lugar más cerca como Marruecos o España. Pero lo bueno es que estaba muy, pero muy lejos de todo lo triste que había vivido en mi país”.

Como escapó con lo puesto, sin la posibilidad de contar con algo de ropa en una valija, cuenta que el primer día sintió mucho frío. Esa mañana de junio de 1998, le preguntó al taxista que lo trasladó en qué zona podía encontrar africanos y éste le respondió que en el barrio de San Telmo. Entonces, comenzó a buscar por la zona hasta que detectó a una persona de color, a quién le contó su historia. Luego de escucharlo atentamente,  el hombre lo llevó al hotel donde estaba viviendo. Como no tenía plata, le recomendó que fuera a la Comisión Católica para pedir algo de dinero y ropa.

Los primeros días cuenta que durmió en la puerta de ese hotel, hasta que esa entidad católica, ubicada en Córdoba y Laprida, le brindó dinero que le permitió alquilar una habitación y comprarse algo de comida.

Al poco tiempo se hizo de amigos y se quedó fascinado con Puerto Madero,  San Telmo y el Obelisco. En la Comisión Católica aprendió español y a los pocos meses entró a trabajar en una papelera en Parque de los Patricios, donde se sigue desempañando actualmente, por recomendación de la esposa de un amigo también senegalés.

“Con mi primer sueldo le envié dinero a mi mujer y me la pasaba pensando de qué forma podía traerla a ella y a mis hijos conmigo. Pero todavía no tenía lo suficiente para soñar con eso”, dice.

Luego de trabajar durante tres años y juntar cada peso para poder pagarle el pasaje, en 2001 logró traer a su esposa mientras que sus dos hijos se quedaron junto a sus abuelos en Casamanza con la ilusión de poder reencontrarse lo antes posible con sus padres.

Mientras sus hijos mayores crecieron bajo el cuidado de sus abuelos, Sanckou y Marie tuvieron otros tres niños en la Argentina: Issa (9), Ali (6) y Marlene (3). “Los chicos van al colegio y hablan español mucho mejor que nosotros”, se ríe. “Tienen muchos amigos, están muy bien. Les encanta pasear por la Costanera Sur y la zona del Aeropuerto. La verdad que este país nos abrió las puertas y su gente es muy amable”, continúa.

Pese a haber vivido muchos años en Parque de los Patricios, este fanático del fútbol se hizo hincha de San Lorenzo y no de Huracán, su clásico rival. Y cada vez que puede concurre al estadio a ver al equipo de sus amores. Otra de sus pasiones es la carne argentina y confiesa que cada tanto invita a sus amigos, a quienes agasaja con un “rico asado”.

El reencuentro con sus hijos

Hace un mes, Sanckou cumplió con lo que se había prometido desde el primer momento en que abandonó Senegal. Después de muchos años de espera, y gracias al trabajo de la ACNUR, la agencia para la ONU de los refugiados, Demba (16) y Adama (12) pudieron reencontrarse con sus padres y conocer a sus hermanitos argentinos.

“La gente de la ACNUR me dio una alegría enorme porque me ayudaron a traerlos. Y pensar que a la nena sólo la conocía a través de las fotos. Había pasado una semana de que habíamos vuelto todos a casa y no podía creer que tenía a toda la familia junta. Es una alegría enorme y estoy muy feliz”.

Los siete integrantes de la familia Sane viven en una casa de Quilmes Oeste y para mantener tantas bocas, muchas veces Sanckou solicita hacer horas extras en la empresa para juntar unos pesos más. “Tratamos de no salir a comer afuera porque se va mucho dinero. A veces se hace difícil llegar a fin de mes, pero estoy feliz de que estamos todos juntos. Cuando estaba en Senegal no me imaginaba que iba a sentir la alegría y la felicidad que siento ahora”, insiste.

Sanckou dice que extraña a sus amigos en Senegal, aunque se enteró que algunos murieron y que otros escaparon, al igual que él, a otros países en calidad de refugiados.  Cuenta que a veces se puede comunicar por teléfono con su familia cuando los llama a un celular, ya que le electricidad en Casamanza, todavía brilla por su ausencia.

Por último, se permite soñar con algo para el futuro. “Quiero tener una confitería donde la gente pueda comprar y sentarse a tomar un café. Estoy juntando plata para poder llegar a hacer realidad este sueño y la idea es que en el futuro mis hijos puedan trabajar conmigo”.

ESTA ENTREVISTA FORMA PARTE DE MI PRIMER LIBRO: “VIDAS QUE ENSEÑAN”

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