“No podía parar, estaba perdida”

Mildred González (62) vivía para su actividad laboral, hasta que se encontró en crisis. Hoy, recuperada de ese padecimiento, se define como “otra persona”.

Una cálida sonrisa de oreja a oreja espera del otro lado de la puerta de su negocio de depilación en pleno corazón de Parque de los Patricios. Mildred González se muestra relajada, tranquila.  Lejos quedaron los recuerdos de muchos años de angustia en la que su vida se vio dominada por una sola palabra: trabajo.

Mildred nació hace 62 años en San José (Uruguay) y a los nueve se mudó junto a su familia a Montevideo hasta que a los 19 se casó con un uruguayo que trabajaba en la Argentina y se vinieron a vivir a Buenos Aires. Cuando sus hijos tenían nueve y cuatro años su esposo falleció y desde ese momento comenzó a sentir una presión por llegar a fin de mes que de a poquito la fue llevando a obsesionarse cada vez más con el trabajo. En el año 1984 volvió a formar pareja y tuvo otro hijo.

Por aquellos años se desempeñó como empleada en un instituto de depilación ubicado en Cabildo y Republiqueta. Cuenta que se iba de su casa a las siete y que regresaba cerca de las 21 para atender a más clientes en su casa. Al poco tiempo, advirtió que le dedicaba muchas horas a su empleo y que pasaba poco tiempo con sus hijos, por lo que decidió abrir su propio negocio –que actualmente mantiene- en un local debajo de su casa. Así y todo no podía dejar de pensar ni un segundo en su trabajo.

“Eran las 12 de la noche y seguía limpiando la cera, no delegaba nada, tenía ese miedo de que no funcionen las cosas si no las hacía yo misma. Tenía placer de tener trabajo, pero cuánto más hacés, más querés hacer, no descansaba y cada vez era peor. Era como que no podía cambiar eso de trabajar, trabajar y trabajar”, reconoce.

Llegó un momento en el que Mildred pensó que ofreciendo solamente el servicio de depilación no iba a poder seguir teniendo éxito y fue entonces que comenzó a estudiar cosmetología y cosmeatría para seguir aumentando su caudal de clientas.

Cuando nada alcanza

“Es inexplicable el temor que tenía porque llegaba bien a fin de mes, pagaba el sueldo a mis empleados, pero tenía el miedo de que todo lo que hacía nunca alcanzaba. Y por las dudas hacía más cursos y talleres y mi vida era sólo el trabajo”, confiesa.

Una de las cosas que más le angustiaban a Mildred era no poder disfrutar de las vacaciones junto a su esposo y sus tres hijos. Cuenta que su familia, durante el verano,  se iba 15 días y que ella salía los sábados a la noche después de atender a la última clienta y que regresaba a primera era del lunes para abrir el negocio.

“Todos los años nos íbamos a Punta del Este. Mi esposo y los chicos disfrutaban viendo los barquitos y los veleros en la Playa Mansa, mientras yo hacía pozos en la arena sin poderme relajar. Pensaba qué estaría pasando en el negocio,  cuántas clientas se habrían atendido. Constantemente me pasaba eso. Me decía a mi misma que no podía ser que no disfrutara de ese paisaje que era hermoso”.

A diferencia de la mayoría de la gente que desea que legue el día para armar las valijas para partir hacia el lugar elegido de descanso, Mildred vivía esos días con mucha angustia porque no podía dejar su trabajo. “Una vez fuimos a Cancún (México) a un hotel frente al mar que era bellísimo y yo sentía que no era feliz. Me era imposible delegar y si delegaba estaba seguro que iban a hacer mal las cosas, o al menos no como las hacía yo”, dice.

El click

Cuando empezó a darse cuenta que su vida no iba por los caminos que ella deseaba se analizó con un terapeuta, aunque todavía estaba lejos de hacer el click que le permitiera comenzar una nueva página de su historia. Ese antes y después se produjo en agosto del año pasado cuando se separó, tras 27 años en pareja.

“En ese momento dejé de tenerlo a él que era como un bastón para mi y sentí  que se me venía el mundo abajo. Pensé que todo lo que había trabajado no había valido la pena para nada. Yo siempre quise cumplir con mi trabajo, con mi pareja, con mis hijos, con la casa y no quería fallar en nada, siempre fui muy autoexigente. Por eso no entendía cómo no había podido mantener un matrimonio de tanto tiempo”.

En esos momentos de tristeza un amigo le recomendó que asistiera al Fobia Club, una ONG dedicada a la orientación, investigación y ayuda solidaria de personas que sufren trastornos de ansiedad.  Recuerda que esa primera vez no paraba de llorar de la angustia que tenía y que le dijo al Dr. Bustamante, director de la institución, que se sentía muy mal pero que no sabía qué era exactamente lo que le estaba pasando. Después de esa breve charla, el segundo paso consistió en una entrevista con una de las psicólogas de la fundación. Después le realizaron unos tests, unos análisis de sangre y un mapeo cerebral.

Los estudiaron arrojaron que Mildred padecía trastorno generalizado de la ansiedad y adicción al trabajo y desde ese momento comenzó su tratamiento y a leer alguno de los libros relacionados con esos padecimientos que publicó el Fobia Club.

“Hice terapia grupal y me sirvió porque cada uno contaba sus progresos, sus historias y te vas identificando con lo que te pasa a vos. Todas las reuniones son muy ricas. En ese momento me empecé a dar cuenta que estaba demasiado obsesionada con el trabajo, con la limpieza, con las empleadas y que eso ocupaba todo el tiempo de mi vida”.

Además de las charlas grupales e individuales con los analistas, desde hace un año Mildred ingiere todos los días un regulador de los estados anímicos y una medicación que la afloja ya que, según cuenta, dormía muy tensionada.  Y desde hace un año siente que es otra persona.

“Empecé a sentir por primera vez en mi vida tranquilidad y paz y un alivio inmenso. Ahora siento placer si un día quiero quedarme más tiempo en la cama y decir no me voy a levantar. Me traigo el desayuno a la cama, me río sola y digo por qué no lo habré hecho antes”, dice. Y agrega: “Hace un año que empecé a salir con amigas, vamos al teatro o un fin de semana a pasear al campo y ni me acuerdo del trabajo”.

Y una de las cosas que cambió en estos últimos meses es su rutina laboral. Dos días a la semana trabaja en un spa y sólo los martes y los sábados atiende a algunas clientas en su local de Parque Patricios pero recién a partir del mediodía. Y por estos días está abocada a un proyecto familiar relacionado con la apertura de un laboratorio para exportar cera al interior y al exterior. “Lo maneja mi hijo Nicolás. Yo sólo lo voy a asesorar desde afuera, como para empezar a desligarme, pero voy a viajar a otros países para enseñar como se depila, eso me encanta y lo voy a hacer desde el placer”, aclara.

A la hora de agradecer por su recuperación,  Mildred no ahorra elogios a los especialistas del Fobia Club y a sus tres hijos, pero confiesa que su nieta Camila, que en octubre cumple 11 años,  es su cable a tierra. “Ella es lo más dulce y maravilloso de la tierra. Como a ella le va muy bien en la escuela en diciembre nos fuimos juntas una semana a Punta del Este y nos divertimos mucho. Anduvimos en bicicleta, caminamos y jugamos mucho, cosa que nunca hice con mis hijos”.

Esta hincha de Huracán que ama tanto la Argentina como el Uruguay, confiesa que después de tantos años de sufrimiento ahora sí disfruta plenamente de su vida. “A los 62 años puedo darme cuenta que existe la felicidad, el placer y la alegría. Ahora disfruto de salir a la calle, de caminar, de mirar una planta. Simplemente soy feliz”, concluye.

PUBLICADA EN SUPLEMENTO MUJER (CLARÍN)

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