Perdió tres embarazos, se deprimió, no bajó los brazos y ahora disfruta del amor de su beba

 “Chloe hizo que todo el sacrificio valiera la pena”

 Brenda Leitefuter sufrió experiencias traumáticas cada vez que perdía sus embarazos. Sin embargo, a pesar del llanto nunca se rindió. Finalmente diagnosticaron su problema de salud, hizo  un tratamiento y consiguió ser mamá. Ahora es feliz.

Su madre dice que Chloe es feliz. Y a decir por las decenas de sonrisas que regala mientras el fotógrafo se dispone a hacer su tarea no parece estar equivocada. Con un pantalóncito rojo, una remerita blanca cuyas flores hacen juego con una hebilla que sostiene su pelo rubio y unos simpatiiquísimos zapatitos rosas que dicen su nombre, Chloe disfruta de la compañía de su tía Karen en el sillón del living de su casa en La Paternal. Su mirada parece hipnotizada frente al televisor. Los dibujitos del canal israelí Baby Tv son sus preferidos, aunque la señal local Paka Paka también llama su atención.

 Brenda Leitefuter (30) también está feliz. Mientras insiste en ofrecer café o gaseosa, bombones y unas galletitas de agua, sube rápidamente por las escaleras para buscar el oso preferido de su hija que no puede estar ausente en la sesión de fotos. Madre e hija sonríen felices. Y no es para menos. Chloe llegó al mundo hace siete meses para iluminar el corazón de su madre que la esperó cuatro años, luego de perder tres embarazos.

“A Chloe le gusta mucho comer. Come puré de papa, de batata, de zanahoria, vitina, polenta, manzana y banana. Día a día estamos probando cosas nuevas. Ella aprende de mi y yo de ella”, dice, mientras duerme a su hija en sus brazos con la receta más efectiva: la teta.

El presente actual de Brenda, contrasta mucho con las desilusiones que vivió en sus tres intentos por dar a luz. Desde chiquita siempre supo que en algún momento quería formar a su familia, más aún cuando a los 17 años conoció a Damián, el amor de su vida.

La primera desilusión

En 2006 se casó con Damián y al año siguiente quedó embarazada. Brenda cuenta que su embarazo venía sin ningún problema hasta que una tarde (cuando transcurría la semana 14) se sintió mal y presintió que algo malo estaba pasando. Decidió ir al hospital de urgencia  y la ecografía confirmó que el corazón de su bebé había dejado de funcionar.

Ella recuerda que su obstetra trató de consolarla diciéndole que era muy común que esto sucediera durante el primer trimestre. “Llegamos a casa y fue muy duro porque me dieron una pastilla para tomar para poder largar al bebé. Yo lo sentí como salió de mi cuerpo y como cayó en el agua del inodoro. Estaba con los ojos cerrados, mi hermana abrazándome y tirando la cadena”, recuerda Brenda.

Si bien sintió el impacto, en ese momento se mostró positiva y confiada en que en el corto plazo iba a quedar nuevamente embarazada. Mientras diseñaba unos cinturones de cuero junto a su cuñada, no veía la hora de volver a verse con panza.

Fue así que al año siguiente volvió a quedar embarazada. Sin embargo, su felicidad no era tan explícita como la primera vez. Tenía mucho miedo de que le volviera a pasar lo mismo. “Esta vez no guardé la primer ecografía en la billetera como hacen la mayoría de las mamás ni me saqué fotos con la panza. Tomé más recaudos y principalmente no me ilusioné tanto como la primera vez. No estaba efusiva y me decía a mi misma que no iba a depender de mi que mi que mi hijo prosperara o no”, confiesa.

Todos sus temores se hicieron realidad cuando en la semana siete empezó con pérdidas, razón por la cual decidió ir inmediatamente a la clínica de la Trinidad. Lerealizaron una ecografía transvaginal y ahí empezó a perder su segundo embarazo.

“Fue durísimo. Me preguntaba por qué otra vez me pasaba esto a y los médicos me respondieron lo mismo que la primera vez. Me deprimí mucho, lloraba y estaba mucho tiempo en cama”, cuenta. “Pensaba que nunca iba a poder ser mamá que era mi sueño desde que era chica”, agrega.

Sin embargo, Brenda contó con el apoyo de toda su familia que no la dejó sola en ningún momento y esa contención fue muy importante para no abandonar su trabajo y principalmente las ganas de ser mamá. Además, se metió en los foros de Internet y dialogó con otras mujeres que habían pasado por su situación más de una vez, lo que le permitió comprender que no era a la única que le sucedía.

El tercer intento, el más doloroso

Después de los dos primeros intentos fallidos por ser madre, Brenda cambió de obstetra y a principios  de 2009 volvió a quedar embarazada. Su tercer embarazo venía sin complicaciones, hasta que una tarde de mayo le comentó a su médico que sentía fuertes dolores en el abdomen. El profesional le dijo que era normal porque se le estaba estirando el útero y que se quedara tranquila. Sin embargo, a los dos días comenzó a tener contracciones y su médico le aconsejó reposo y le recetó unas pastillas.  Por el contrario, las contracciones seguían y eran cada vez más fuertes. Fue en ese momento que se trasladó hacia la clínica Suizo Argentina donde una enfermera le comunicó que si las contracciones no cesaban “no se iba a poder hacer nada”.

Brenda recuerda que se puso a rezar para que paren las contracciones, pero a la madrugada sintió que ya no daba más y rompió bolsa. La enfermera le dijo que tenía que ir a parir. No se podía hacer nada porque tenía desprendimiento de placenta y el bebé se estaba quedando sin alimento ni oxígeno.

“Entrar al quirófano fue terrible porque fue una situación igual que cuando un padre y una madre van a dar a luz. Me abrí de piernas, Damián se puso su bata y su gorro, me agarró la mano fuerte y empecé a pujar sabiendo que el bebé iba a nacer muerto. Estaba conciente de todo, los dolores eran impresionantes porque no llegaron ni a darme la anestesia”, recuerda con un nudo en la garganta. “Gracias a Dios que en dos pujos la pude largar a Uma. Sentí un dolor emocional terrible. No quise ni verla y en ese momento se me vino el mundo abajo”.

Brenda estaba triste por su tercer embarazo perdido y cuenta que sin quererlo se la agarraba seguido con su marido. “Mi bronca eran hacia Damián porque era la persona con la que convivía, no me la iba a agarrar con mis padres. Él llegaba tarde de trabajar,  me veía angustiada y en la cama. Igual esto te une como pareja y realmente el es muy contenedor”, expresa.

Nunca bajó los brazos

Brenda resalta que pese a los tres intentos fallidos por ser mamá, nunca perdió las esperanzas de poder cumplir con su anhelo. Fue entonces que volvió a cambiar de obstetra, quien le recomendó una hematóloga para que se hiciera estudios complementarios para ver si existía algún problema en su sangre que impedía la formación de sus bebés.

Y fue la doctora Adriana Sarto, especialista en Hematología de la Reproducción, quien le diagnóstico trombofilia, una enfermedad que estimula la coagulación sanguínea.

Una vez que Brenda se enteró del motivo por el cual perdía sus embarazos, estaba convencida que el cuarto intento sería definitivo. Para ello, una vez que quedó embarazadas comenzó un tratamiento con inyecciones (para licuar más la sangre de su cuerpo) que se inyectó dos veces por día en la panza durante los nueve meses del embarazo.

“Fui a la farmacia, compré las inyecciones que por suerte OSDE me cubrió porque son muy caras. En cada caja vienen 10 y cuestan $ 800. Chloe valió $ 40.000”, dice con una sonrisa de oreja a oreja mientras su hijita se duerme tomando su teta”.

Reconoce que en ese momento comenzó un camino complicado. No quiso sacarse fotos, hizo reposo absoluto, no trabajó un solo día de su embarazo pero estaba convencida que esta vez sí iba a poder ser madre.

“El embarazo fue excelente, no tuve ningún problema, pero recién pude disfrutarlo en el octavo mes y ahí le dije a un amigo de mi marido que es fotógrafo que me hiciera un book de fotos de la panza”, cuenta orgullosa y feliz, mientras señala una de esas fotos que se puede ver en su coqueto y amplio living.

No quiso saber el sexo de su bebé. Para la mañana del sábado 9 de octubre de 2010 tenía fecha para una cesárea programada. “La noche anterior fui a comer con mi hermana y mi cuñada. El bebé me pateaba más que nunca, sabía que esta vez no se me escapaba”.

Es una nena

En medio del parto, le gritaba a su médico preguntándole sobre el sexo de su hijo. Cuando le dijo que era una nena, supo que se llamaría Chloe. Producto de la anestesia y la falta de aire, recién tomó conciencia de que había nacido su hija en la habitación cuando la vio prendida sobre su teta.

“La verdad que tanto sacrificio valió la pena. Tengo la felicidad a flor de piel. Chloe es sumamente sana, es pura teta y yo estoy las 24 horas del día con ella. No la dejo ni a sol ni sombra. No hay nada que me importe más que mi hija. No me importa no dormir con tal de verla bien a ella con esa sonrisa”, dice mirándola a los ojos”.

Mientras Chloe ya se aburrió de la teta de su madre y está mas despierta que nunca queriendo tocar el aparato que graba la entrevista, Brenda dice que Chloe “es la perdición de sus abuelos” y que anhela en darle uno o dos hermanitos a su hija “más allá de todo el esfuerzo que eso implica”.

Chloe es la luz de mis ojos, está ella y el resto. Es especial porque la esperé cuatro años. Esto me reconforta y me hace sentir más sana y más viva que nunca”, finaliza.

ESTA ENTREVISTA SE PUBLICÓ EN LA REVISTA MÍA Y ES UNA DE LAS 25 HISTORIA QUE COMPONEN “VIDAS QUE ENSEÑAN”, MI PRIMER LIBRO QUE PUBLICÓ LA EDITORIAL DEL NUEVO EXTREMO.

 

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