“Para quienes padecen cáncer, la terapia permite poner en palabras los temores más profundos y las fantasías que les despierta la enfermedad”

raquel duek

Raquel Duek, psicoanalista y miembro de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA), se refiere a cómo puede impactar un diagnóstico de cáncer en las personas que lo reciben. La importancia de la relación médico-paciente y el apoyo de los seres queridos.

¿Cuáles suelen ser las sensaciones de las personas cuando se enteran que padecen algún tipo de cáncer?

No importa la edad, si hubo pre aviso o antecedentes genéticos, la primera reacción ante la noticia produce conmoción y rechazo. “No puede ser. No lo puedo creer. Hay un error diagnóstico. Una equivocación en el laboratorio”. Aun hoy, en que las posibilidades de curación del cáncer se amplían, tener “esa enfermedad” pone en crisis una organización personal relativamente estable y da miedo, porque inevitablemente se la vincula con dolor físico y muerte.

 

¿Qué reacciones pueden ser esperables en el corto plazo?

Pasado el primer momento en que la negación impone una pausa necesaria entre la intrusión de una dura realidad y su admisión en la mente y en la vida cotidiana, observamos reacciones de enojo y rencor: ¿por qué a mí?

Qué injusto que me haya tocado a mí, no me lo merezco!  Lo que viene después  depende del grado de agresividad del tipo tumoral y del ciclo vital en que surge la enfermedad. No es lo mismo un cáncer en la vejez, en que el reloj de la cuenta regresiva se puso en marcha, que su amenaza en la plenitud de una vida joven.

¿Cómo pueden evolucionar esos pensamientos con el correr de los tratamientos?

La noticia golpea en el corazón y produce dolor psíquico, un dolor que suele ser más difícil de tolerar que el corporal. Es el dolor de una angustia que puede ser momentáneamente anestesiada y que puede llegar a sensaciones de derrumbe, impotencia o desesperación. Produce consternación el momento en que la incertidumbre se vuelve certeza, sobre todo si se confirma un diagnóstico inexorable. Comienza el camino de aceptar la enfermedad, la tarea de evaluar las alternativas de tratamiento y curación para colaborar y participar en una nueva agenda que incluye tiempos para los análisis, tolerancia a la espera ansiosa de los resultados, aceptación de las distintas intervenciones terapéuticas, muchas de ellas dolorosas e invasivas pero imprescindibles para recuperar la salud.

 ¿Cómo puede ayudar el entorno a la hora de sobrellevar la enfermedad?

La enfermedad puede avanzar hacia un estado de indefensión y dependencia. La familia, la pareja, el grupo de pares, los amigos, las relaciones laborales, se vuelven protagonistas significativos con su presencia afectiva. Cualesquiera sean las modalidades vinculares, todas ellas inciden en el curso de la enfermedad. Suele observarse una respuesta solidaria inicial en el entorno que puede continuarse en indiferencia o desgaste si la enfermedad se cronifica o el deterioro progresa hacia un diagnóstico de gravedad irreversible. Alternan los miembros más vulnerables y los más fuertes, los más racionales y los más sensibles.

La dependencia requiere contención y apoyo porque es fundamental que quienes estén cerca de quien se enfermó colaboren con él en sostener su interés por seguir viviendo. Admitiendo y trasmitiendo, aun en las circunstancias más difíciles, que sigue siendo persona, existe para los demás, juega un rol importante  en sus relaciones, su opinión vale,  es reconocido y amado y sigue amando, siente y desea.  Confiar en él, en sus posibilidades, genera un sentimiento de esperanza,  evita que la pulsión de vida baje los brazos sin antes dar toda la lucha que le sea posible dar.

¿En qué radica el buen vínculo médico-paciente para afrontar los tratamientos?

Ni demasiado cerca el médico del paciente como para confundirse emocionalmente, ni demasiado lejos como para no involucrarse. Esa sería la distancia prudente en un buen vínculo entre médico y paciente para que progrese el tratamiento. Cuando es la vida lo que se juega, el paciente siente que la suya está en manos de su médico. Pone expectativas en sus conocimientos y experiencia y confía en que él y su equipo tratante le permitirán curarse. Pero junto a este reconocimiento el médico puede ser blanco de ansiedades incontrolables, de exigencias desmedidas no sólo por parte del paciente sino también de la familia.  Es fundamental que el profesional tenga una formación que incluya un conocimiento acerca de las respuestas humanas que moviliza la enfermedad y que esté muy en contacto con sus propias emociones que cada caso en particular le despiertan.

¿Cómo pueden ayudar la religión o las creencias espirituales?

Aferrarse a las creencias tiene valor para quienes buscan en ellas posibles respuestas a los enigmas de la vida acerca del enfermar y el morir. Escuchar palabras de consuelo vinculadas con la voluntad divina, que se generen cadenas de oración por su estado o encontrar en la confesión religiosa alivio por sentimientos de culpa inconscientes o responsabilidad  por haberse enfermado, son sólo algunas manifestaciones que se centran en estar solidariamente acompañado y eso a muchos pacientes les hace bien.

  ¿Qué aportes puede generar la terapia?

 La experiencia del encuentro con un paciente enfermo de cáncer, en el marco de una terapia psicoanalítica, está motivada por la urgencia de sobrellevar una realidad que ha atropellado su autoestima. Un estado de tristeza que será auxiliado o no por una historia subjetiva que de cuenta de los recursos vitales disponibles para enfrentar la adversidad y el sufrimiento. Si el paciente está contenido emocionalmente por un entorno que incluye no sólo a su familia sino también al equipo médico… ¿qué le agrega una terapia? Le brinda la oportunidad de poner en palabras sus temores más profundos, hacer conscientes los pensamientos más siniestros y las fantasías que le despierta la enfermedad. Pero, por sobre todo, sentir que puede expresarse libremente sin temer al efecto penoso que su padecimiento produce en los demás. El analista se compromete con una escucha conmovida pero calma y entrenada. Es una oportunidad en que el paciente puede mirarse hasta donde él quiera mirar, preguntarse en qué circunstancias se enfermó, aceptar manifestaciones depresivas cuando se conecta con su padecer y la falta de respuestas cerradas, cómo distribuir los tiempos en función de la enfermedad que toma el comando y de ser posible rescatar alguna asignatura pendiente.

PUBLICADO EN PHARMAREPUBLIC.NET

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