“Volví a mi esencia, a mi sensibilidad porque cada logro, aunque parezca pequeño, me emociona”

NIDIA RAQUEL KELLY ALVAREZ

Tras padecer un trastorno obsesivo compulsivo, Nidia Raquel Alvarez se pudo recuperar gracias a los profesionales que la trataron y al amor de sus tres hijas. Una historia que demuestra que, pese a todo, siempre se puede salir adelante.

Los síntomas para Nidia Raquel Alvarez (47) comenzaron hace unos años cuando como directora de colegio primario decidió mudarse a una escuela de campo. La nueva vida parecía sonreírle hasta que al poco tiempo sus hijas evidenciaron que no se sentían muy cómodas con este nuevo esquema y su mamá decidió volverlas nuevamente a la ciudad. Sin embargo, ella viajaba a dedo todos los días los 130 km de ida y de vuelta que la separaban de su trabajo. Y las consecuencias físicas del desgaste que sufría y la separación de sus hijas no tardaron en llegar.

“El físico, el tiempo y la mente no me alcanzaban. Comencé a sentirme mal, a tener frecuencia cardíaca muy rápida, temblores, mareos. Fui al médico, me hice algunos estudios que salieron bien, pero ya no tenía reacción ni para tomar decisiones. Mi familia y mi casa habían decaído tanto que mi angustia dolía demasiado”, recuerda.

Al poco tiempo, un médico la derivó a una psiquiatra porque su “verborragia” tenías similitudes con los síntomas de los ataques de ansiedad. Luego de someterla a varios estudios, ese profesional le diagnosticó Trastorno de Ansiedad Generalizado (TAG) y le otorgó licencia en el trabajo. En ese momento, Nidia se deprimió mucho. Se sentía frustrada, desilusionada, cansada. Y pasaba todo el tiempo adentro de su casa, buscando excusas para no salir. Pero el mayor problema, confiesa, fue que al estar sola aparecieron de manera más reiterativas los “fantasmas”.

“Tenía conductas repetitivas como tocar algo varias veces, como la palanquita de la luz, los estantes de la heladera, se me venían a la cabeza todo el tiempo imágenes de santos, rituales de persignarme arrodillada una y otra vez; como así también acciones mentales, como contar todo, una y otra vez, contar las vocales de palabras y si no lo hacía sentía que algo malo iba a suceder, pero lo peor es que cada vez agregaba algo al ritual, por eso se pierde la libertad”, dice. “Quería acostarme pero era algo interminable. Prender y apagar la luz, tocar y tocar, mirar las nenas una y otra vez, arrodillarme, parame y volverme a arrodillar mientras rezaba, correr el colchón y ponerlo perfecto. Y cuando ya me iba a acostar, sentir que no lo hice bien y levantarme para volver a hacerlo. Perdés tanto tiempo de tu vida y el desgaste es tan grande”, insiste.

Con mucha vergüenza, una tarde tomó coraje y le contó a la psiquiatra cada uno de esos interminables episodios que la llenaban de impotencia y no le permitían disfrutar de su vida y de sus hijas. Sentía que había llegado a un punto en que peor no podía estar. La especialista la escuchaba mientras la miraba atentamente como entendiendo la sinuosa situación por la que estaba atravesando. Luego de varias sesiones le diagnosticó que padecía trastorno obsesivo compulsivo (TOC).

Recomendada por la psiquiatra, al mes comenzó terapia con una profesional que le ayudó a colocar en palabras todo su malestar y sufrimiento. “La terapia me ofreció las herramientas para conocerme, valorarme, aceptarme. Reconocí en mí, miedos, fortalezas; recuperé mi sensibilidad porque ya no sentía, estaba como anestesiada, mientras la medicación hacía su parte y a medida que recuperaba la voluntad sentía que nacía cada día, superando pequeñas metas”.

Nidia dice que después de dos años ahora está mucho mejor, aunque cada tanto suele tener alguna recaída, propia de este tipo de trastornos. Sin embargo, asegura que nunca más volverá a padecer lo que sintió en aquellos momentos en que no encontraba respuestas para salir adelante.

“Agradezco a Dios y a las dos profesionales (Margarita y Paula) porque más allá de ser buenas en lo que hacen son excelentes personas, siempre estuvieron, cualquier día y a cualquier hora”.

Nidia sostiene que muchas personas tienen un concepto erróneo de esta patología, ya que piensan que son TIC o manías, o que quienes lo padecen son locos, sin saber que son personas como cualquiera que manifiestan una compulsión por hacer algo. “Pero lo importante es que se sale. En mi caso, me di cuenta que me atormentaba un sentimiento de culpa, que por suerte puede controlar”, sonríe.

Hoy en día, ella lleva una vida normal en Nogoyá  (Entre Ríos) junto al amor de sus tres hijas. Hace aproximadamente un año que está en tareas pasivas, pero siempre con la idea de reincorporarse a su trabajo, aunque el estrés que sufrió derivó en una maculopatía, una patología ocular de origen aún desconocido que afecta a su retina generando una pérdida de la visión central y de la agudeza visual. “La diferencia es que hoy me encuentro fuerte, sin telarañas en mi mente, y cada día me asombro de sentirme aquella chica del secundario donde casi no se hacían sentir los trastornos. Volví a mi esencia, a mi ternura, a mi sensibilidad, a sonreír, a explotar mis potencialidades porque cada logro aunque parezca pequeño, me emociona. Soy consciente que en momentos de tensión habrá pequeñas recaídas pero como mi voluntad está fuerte las domino, y sino, me doy “un permitido” cuando estoy cansada….esa soy yo”, concluye.

PUBLICADO EN PHARMAREPUBLIC.NET

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