“Ahora que me curé puedo disfrutar de salir a pasear con mis hijas”

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Durante cuatro años Silvana Gotuzzo sufrió ataques de pánico que le impidieron poder transitar su vida de manera natural a medida que sus miedos irracionales casi que no le permitieron salir de su casa. Una vez que se recuperó volvió a disfrutar de su familia y a creer en ella misma. El antes y el después de una mujer que se volvió atrever a soñar.

Silvana Gotuzzo (36) se prepara para llevar a su hija menor a un cumpleaños a unas cuadras de su casa. Lo que para cualquier madre puede parecer una rutina, para ella es una vez más la confirmación de que está recuperada de una enfermedad que la llenó de temores, privándola de disfrutar de su familia.

En su casa de Balvanera, muy amablemente prepara café mientras Oriana (7) se engancha en alguna foto y escucha –en silencio- lo que cuenta su mamá. Al finalizar la charla, le da un beso diciéndole al oído que se emocionó al escucharla. Claudio, su esposo, y Sofía, su hija adolescente de 13 años, también son protagonistas de esta historia por el amor incondicional y el apoyo que siempre le brindaron para verla feliz.

Los primeros síntomas

A los 17 años, Silvana padeció episodios esporádicos que pudieron tener alguna relación con los trastornos de la ansiedad. En algunos momentos sintió mareos y tuvo presión baja. Esos síntomas le volvieron a aparecer cuando nacieron sus hijas. Manifestaba una “preocupación irracional” sobre lo que podría acontecer con las niñas si a ella le ocurría alguna tragedia. Siempre anticipándose a algo catastrófico.

Sin embargo, los indicios comenzaron a aparecer con mayor frecuencia en el año 2006 cuando su esposo se quedó sin trabajo al quebrar la empresa en la que se había desempeñado durante 18 años.

“Empecé a tener síntomas físicos como dolor de estómago, puntadas, ahogos y a sentir miedos irracionales como no querer salir sola a la calle por temor a descomponerme o a perder la memoria”.

Desde ese momento, cuenta que se volvió sumamente dependiente de su marido, que no se animaba ni siquiera a salir a comprar una leche enfrente de su casa y que llegó hasta a cambiar los turnos con los médicos para que él la pudiera acompañar.

“Yo estaba de muy mal humor, no quería salir si no estaba acompañada. Como esposa estaba siempre exasperada. Se caía un papel y me ponía loca, les gritaba a las nenas si no hacían la tarea. Tenía miedo a morirme, a que me ocurriera un paro-cardíaco o un desmayo fuerte y no haya nadie cerca para auxiliarme”, ilustra.

Silvana comenta que su marido le proponía salir solos a cenar y ella se negaba permanentemente. Y que cuando alguna vez, muy de vez en cuando, aceptaba ir a la casa de una pareja de amigos debían volverse muy temprano porque, generalmente, le agarraban fuertes dolores de cabeza o tenía dificultad para tragar lo que comía.

Lo único que no dejó de hacer durante esos cuatro largos años fue cumplir con su trabajo como docente en una escuela primaria durante la mañana y en otra de adultos por la noche. Sin embargo, seguía con todos esos pensamientos que no le permitían disfrutar de su profesión ni mucho menos del amor de sus seres queridos.

“Mi esposo me preguntaba qué me pasaba, me decía que yo no era así, me preguntaba por qué no salía con las nenas. Y yo le respondía que no lo podía controlar, que me venían esas sensaciones catastróficas que no podía manejar”.

Cuando peor estuvo de salud, Silvana comenzó a delegar muchas cosas, especialmente las referidas al dinero ya que no tenía idea de los gastos de su casa y sólo manejaba plata para viajar en colectivo para ir a su trabajo, las veces que se animaba a hacer la cola en la parada. “Me veía mal, deprimida, me dejé estar. No me maquillaba, me había oscurecido el pelo y ya no sonreía en las fotos”.

 Un click llamado Sofía

Una tarde de lunes de fines de mayo del 2010, Silvana tenía que llevar a su hija mayor al dentista y como tantas otras veces, antes de salir de su casa, comenzó a dar vueltas y vueltas para tratar de bajar la ansiedad. Cuenta que en ese momento Sofía le dijo “Mamá: quedate tranquila que estás conmigo”. “Cuando ella me dijo eso hice el click porque pensé que yo soy la que me tengo que encargar de mi hija, no ella de mi. Le voy a arruinar la vida y eso no es justo”, pensó en aquel momento.

Aconsejada por una amiga que se había tratado por ataque de pánico, al día siguiente decidió ir a una de las charlas de la Fundación Fobia Club, institución cuyos objetivos fundamentales son la docencia, investigación y orientación a  personas que padecen trastornos de ansiedad  y a sus familiares.

Esa tarde escuchó una charla orientativa grupal a cargo del director general, el Dr. Gustavo Bustamante,  se sintió totalmente identificada con sus palabras y se puso a llorar cuando comprobó que no era la única que pasaba por esos padecimientos.

Silvana cuenta que lo que más le impactó de esa primera reunión fueron los testimonios de personas que ya habían pasado por esa situación y relataban que, al principio, no podían cruzar la calle ni tomar un colectivo. En ese momento pensó que si esas personas se habían curado, ella también podía hacerlo.

Al día siguiente llamó al Fobia Club, se entrevistó con el Dr. Bustamante, quien luego de realizarle exhaustivos estudios médicos y un test psicológico determinó que padecía Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG), un cuadro que se presenta como una ansiedad y preocupación excesiva, con relación a una situación, eventos o a otras personas.

Desde ese momento, tomó mucho impulso y decidió comenzar el tratamiento, apoyada y contenida desde muy cerca por su esposo, sus hijas, sus padres, su hermana y su cuñado, a quienes agradece enormemente por la contención y el amor que le brindaron en los momentos más difíciles de su vida.

Tras completar tres sesiones individuales con una psicóloga, la derivaron directamente a las charlas grupales de los días sábados, donde tuvo que exponer y anotar cada una de las situaciones de la vida cotidiana que no podía realizar.

Al principio, detalla, empezó a viajar con un coordinador (es una persona ya recuperada) en colectivo. Y aunque confiesa que las primeras veces “fue bravo”, reconoce que de a poquito fue tomando confianza. “Yo veía que cada sábado iba progresando y a la segunda vez me acuerdo que viajé sola desde casa hasta Recoleta. Después me animé a ir caminando esas 12 cuadras hasta el colegio y pensar que cuando estaba tan mal, aún sin estar bien de plata, me tomaba un taxi para no tener que estar esperando en la parada”.

Después de largarse a viajar sola otra vez en colectivo, Silvana volvió a caminar, a trasladarse en subte y a hacer salidas un poco más extensas. No por casualidad, recuerda que una mañana –mientras hacía el tratamiento- tuvo que viajar a la ciudad de La Plata sin la presencia de su esposo y de sus hijas. “Al principio me angustié, pero una vez que subí al micro se me pasó todo. Una va adquiriendo confianza y te das cuenta que podés”.

En algún momento del tratamiento, los médicos le recetaron unos ansiolíticos para poder dormir mejor, cuya dosis se fue reduciendo a medida que se iba mejorando.

Volvieron los proyectos

Desde que se curó, Silvana comenzó a comprometerse mucho más con sus clases y con sus alumnos ya que antes se limitaba a preparar la clase como un mero hecho de rutina. “Cuando me animé a contarles lo que me pasaba a mis compañeros de trabajo ellos me apoyaron y me contuvieron. Querían saber cómo estaba, ver mis progresos. La verdad que son de fierro. También mis amigos íntimos me ayudaron enormemente”.

Por su enfermedad, toda la familia estuvo cinco años sin irse de vacaciones ya que Silvana sentía que no podía estar alejada de su hogar por muchos días. Sin embargo, tras su recuperación el verano pasado se fueron 15 días a Villa Gesell, lo que resultó una experiencia inolvidable. “Fue estupendo, unas vacaciones que las disfruté a pleno. Desde tirarme en la arena con las nenas hasta salir a caminar sola por la playa 30 cuadras ida y vuelta y decir puedo”, expresa, mientras en su rostro se le dibuja una hermosa sonrisa.

Ahora va sola al supermercado y llena de productos su changuito, hace la cola para abonar en la caja, va al banco y disfruta cuando sale con sus hijas de shopping. Y ya recuperada, tiene metas que antes ni siquiera se las podía imaginar.

“Quiero hacer capacitaciones para abrir otras opciones en lo laboral y me encantaría escribir un libro de literatura infantil”, se ilusiona.  “Me gustaría mudarme de departamento y conocer otros lugares como Roma. Ese sería un gran sueño”.

 

ESTA ENTREVISTA SE PUBLICÓ EN LA REVISTA MÍA Y ES UNA DE LAS 25 HISTORIA QUE COMPONEN “VIDAS QUE ENSEÑAN”, MI PRIMER LIBRO QUE PUBLICÓ LA EDITORIAL DEL NUEVO EXTREMO.

 

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