El drama de una mujer golpeada y violada por su ex al que logró denunciar y ahora duerme tranquila

“Desde que él está preso me levanté y mi vida cambió”

Marisa R, vivió un infierno , por lo que aún no puede mostrar su rostro. Su ex, un golpeador y abusador, la tuvo años aterrada. Ahora que él está tras las rejas, cuneta cómo pudo por fin, llevar su drama a la justicia.

“Por el momento no quiero estar con otro hombre, no tengo ganas, tengo miedo de que me vuelva a pasar lo mismo. Fue una experiencia que no me voy a olvidar nunca”. Marisa R. es contundente. Está aliviada porque después de mucho sufrimiento pudo denunciar al hombre que le arruinó la vida. Después de pasar los peores años de su vida, hoy siente que la vida le dio una segunda oportunidad. Una nueva chance para disfrutar de sus hijos y para ayudar con su testimonio a las muchas mujeres  de todas las clases sociales que son abusadas a diario y que aún no sacaron fuerzas para decir basta.

Proveniente de Paraguay, Marisa (34) llegó a Buenos Aires a los 19 años. Al poco tiempo se puso en pareja con un hombre y fruto de esa relación nació Micaela, su hija que hoy tiene 14 años.

Después de cuatro años de convivencia, decidió separarse. Sin embargo, al poco tiempo conoció a Gustavo, un hombre 12 años mayor que ella con quien al poco tiempo se puso de novia.  Y al principio de esa relación nada hacía prever que podía ocurrir lo peor.

“Él se mostraba como una persona buena, seria y responsable. En un comienzo yo no quería convivir porque él no era el padre de mi hija y tenía miedo de que la cosa no funcionara. Pero él me sedujo con formar una familia y yo acepté”, recuerda Marisa, que a los ocho meses de relación se fue a vivir con su nueva pareja y su hija a una casa humilde en Villa Lugano.

Pero al poco tiempo descubrió la peor cara de ese hombre con el que dormía todas las noches.  Las agresiones verbales y físicas no tardaron en llegar. Marisa mantiene su mirada triste y cuenta que ella siempre pensó que en algún momento podían cesar y supuso que la llegada de su hijo Nicolás sería una esperanza para terminar con ese sufrimiento.

“Me decía que era una inútil, que no servía para nada y que era una puta porque demoraba en regresar del trabajo y en pasar a buscar a mi nene por el jardín. Me revisaba los mensajes de texto y mi cartera, era muy desconfiado”.

Instinto de madre

Como los golpes y los gritos eran cada vez más frecuentes, cuando podía Marisa se encerraba en el baño con la llave para evitar que sus dos hijos fueran testigos de toda esa ola de violencia. Por aquellos días de sufrimiento su instinto de madre le aconsejó trasladar a su hija a un colegio pupilo por temor a que su concubino le hiciera daño también a ella.

Por un instante Marisa baja su mirada. Cuenta que desde un primer momento quería hacer la denuncia pero que no se animaba por sus amenazas: “Era una situación insostenible. Él me decía que se iba a llegar a mi hijo a un lugar donde no lo iba a poder encontrar y que se iba a desquitar con mi familia. Me alejó de mis hermanos, yo tenía mucho miedo”, dice algo entrecortada.

Por todo ese temor que tenía, aprovechó una tarde en la que Gustavo estaba trabajando y decidió trasladarse, junto a su hijo, a una vivienda en el barrio Ramón Carrillo en Villa Lugano. Sin embargo, él logró ubicarla nuevamente y comenzó a abusarla sexualmente.

“Una tarde se trepó por el paredón de mi nueva casa, yo estaba sola y me violó. En ese momento sentí mucho asco, quería morirme, no tenía más fuerzas para seguir viviendo”, dice con un nudo en la garganta.

Cansada de los abusos que se repetían a diario, le rogaba una y otra vez que la dejara tranquila criando a sus dos hijos. Marisa no daba más. Entre mayo y julio de 2010 pensó en quitarse la vida para no tener que seguir viviendo ese infierno. “Estaba decidida a matarme pero se me apareció la carita de mi nene y pensé que no podía dejarlo sin la mamá a esa criaturita tan linda”, confesó mientras sus ojos se pusieron rojos sin poder contener el llanto.

Sin embargo, lejos de apichonarse su pareja hizo caso omiso a sus súplicas y una noche la sorprendió en la calle cuando ella regresaba de trabajar en una de las casas de familia como empleada doméstica.

“Me esperó en la estación, se puso detrás mío. Me tomó del pelo y me arrastró unos 30 metros. Estoy segura que me quiso llevar a un baldío para violarme otra vez, pero por suerte pasó un chico en una moto que nos alumbró y él me dejó tirada y se fue corriendo”, recuerda.

Al día siguiente, un 28 de agosto de 2010, fecha que nunca olvidará Marisa, sacó fuerzas de donde no las tenía y decidió hacer la denuncia por violencia verbal, física y sexual enla Oficinas móviles de Asistencia ala Víctimade Ramón Carrillo.

“El hacía lo que quería conmigo. Me tenía como un juguete, no podía salir de mi casa y hasta tuve que cambiar al nene del jardín porque me perseguía todo el tiempo. Por suerte fui a pedir ayuda y me la dieron”.

Al momento de la denuncia, constaba que Gustavo era alcohólico, portaba un arma blanca y contaba con causas judiciales anteriores. El fiscal que atendió la causa pidió su detención y tras estar unos meses en prisión preventiva fue llevado a juicio donde fue condenado en diciembre último a dos años de prisión efectiva por violación de domicilio y daño, y otros cinco días más por hostigamiento.

Por primea vez en muchos años, Marisa ahora llora pero de alegría porque sabe que el hombre que le arruinó su vida estará muchos años tras las rejas porque en los próximos meses comenzará a ser juzgado por abuso sexual en el ámbito de la justicia dela Nación.

“Ahora duermo bien porque tenía miedo de que se apareciera por la noche en cualquier momento, estaba siempre alerta. Ahora me despierto en paz, llevo a mi hijo al jardín sin tener que estar mirando a los cuatro costados”, resume.

Después del infierno

Con el padre de su hijo preso, lentamente Marisa va reacomodando su vida. Continúa como empleada por hora en casas de familia, aunque sueña con poder tener un trabajo fijo como peluquera o cocinera, sus dos oficios para los que se formó.

Micaela continúa en el colegio pupilo porque su madre entiende que de esta forma está “contenida” y “protegida”. Los lunes por la mañana la acompaña hasta el establecimiento y los viernes por la tarde la pasa a buscar para pasar juntas todo el fin de semana.

“Mi sueño es que mis hijos crezcan bien, felices. Quiero que estudien y que sean buenas personas. Quiero lo mejor para ellos porque son las luces que guían mi camino”, se emociona.

Y por último, repite algo que manifiesta durante la media hora que dura la charla. Fehacientemente hace hincapié en que en todos los casos de abuso siempre hay una salida.  “Les digo que tengan fuerzas, que no se encierren en ese mundo que están viviendo. Tienen que saber que hay personas que tienen corazón y que las van a ayudar sin importarles de qué país son o cómo se visten”, aconseja. Y finaliza: “Piensen en los niños que necesitan a su mamá. Yo estaba mal y me levanté arrastrada. Y desde ese momento mi vida cambió y cada día me siento un poquito mejor”.

PUBLICADO EN REVISTA MÍA

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