No se pueden desenchufar ni en las vacaciones

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Predominantemente son hombres y mujeres de entre 28 y 55 años de clase media que quieren ascender y más en las grandes ciudades que en las pequeñas. Estas personas no sólo se hacen un daño muy grande a sí mismos, sino que esas conductas también influyen en su vínculo familiar.

Son personas que durante el año se llevan el trabajo a su casa y que manifiestan la imperiosa necesidad de colocarlo siempre como su prioridad número uno. La familia y los amigos ya no los esperan que lleguen a tiempo a nada. Son competitivos y energéticos en su actividad laboral y en su hogar se muestran apáticos y deprimidos. Son adictos al trabajo. Sin embargo, el sentido común podría suponer que durante las vacaciones estos individuos se podrían animar a tomar un merecido descanso junto a los seres queridos disfrutando del sol, del mar o de las sierras. Pero esto es apenas una ilusión óptica porque el escenario se repite una y otra vez en los momentos donde el relajo y el goce deberían estar al tope de las elecciones.

Muchas veces se planifican vacaciones porque la persona que sufre este trastorno siente y comprende que necesita el descanso. La familia, además, insiste en pasar tiempo con él y está convencida que esto será posible. No obstante, resulta cada vez más común observar como tanto hombres como mujeres llevan consigo todos los días a la playa su notebook y no paran de hablar por su celular.

El Dr. Roberto Sivak, presidente del Capitulo Estrés y Trauma de la Asociación Argentina de Salud Mental y coordinador del Grupo de Estrés Postraumático y Psicosomática del Hospital Álvarez, explica que las causas de esta adicción al trabajo también en épocas de descanso se deben, en primer lugar, a factores bio-psicosociales.

“En lo social se favorecen tecnologías que permiten conectarse en lugares cada vez más distantes. Hay una presión generalizada para no perder el tren de la conexión permanente. Se supone que debemos estar siempre listos y responder rápidamente a cualquier demanda. Va disminuyendo el tiempo de tolerancia a la espera.  A esto se agregan rasgos de personalidad previos de ansiedad y obsesión. Todos estos factores estarían cambiando modos de procesamiento cerebral muy parecidos a la adicción a la velocidad, el cigarrillo o el alcohol”, explica Sivak.

En determinadas oportunidades lo laboral sirve de escudo, de refugio para evitar la intimidad y el contacto con las personas más cercanas. Durante el año, la mayor parte del tiempo las personas ocupan su tiempo en su actividad laboral y las relaciones personales quedan relegadas a unos pocos momentos del día, mayormente ocupados de las cuestiones prácticas de la vida en común. Es por eso que las vacaciones los enfrente, en esos casos, a un terreno desconocido, a veces temido, de pasar más tiempo, y sobretodo tiempo desestructurado con la pareja o los chicos.

“En el trabajar nos sentimos valorados, importantes, útiles, que sacamos provecho personal por nuestro esfuerzo.  Cuando en lo familiar no nos sentimos así de valorados, sino requeridos, exigidos y con dificultades para responder, entonces es cuando no podemos dejar de lado el trabajo para dedicárnoslo a nosotros o a la familia. Muchas veces, el sentir que el tiempo libre y las actividades no planificadas son una pérdida de tiempo a veces encubre enormes inseguridades a nivel afectivo o de compensación narcisista, explica Patricia Feldman, psicóloga clínica de adultos y niños y directora de “Vida Viva-Espacio de Psicoterapia Dinámica.

Las últimas vacaciones no fueron la mejor experiencia para Mariana (37) ya que se la pasó discutiendo con su marido porque éste pasó más tiempo conectado a su notebook que a su familia. “Nos fuimos 15 días a Mar de las Pampas con las nenas y la verdad que fueron unas vacaciones muy estresantes. Él estuvo muy cerrado y pendiente todo el tiempo de su trabajo y me sentí muy desvalorada”, cuenta.

Es importante entender que estas personas, llamados trabajólicos o workahólicos, están muy abocadas al trabajo obsesivamente al punto de llegar a estar ‘quemados’. Y que no sólo se hacen un daño muy grande a sí mismos, sino que esas conductas también influyen en su vínculo familiar.

Es por ello que se recomienda que inicien una consulta con especialistas que establezcan un plan de tratamiento en el que se incluyan técnicas cognitivas y conductuales y que además traten el probable problema de fondo del paciente, como podrían ser dificultades para el contacto y la entrega afectiva, falta de autoestima, la ambición como tapadera de inseguridades.

“La sensación de estar ‘on line’ es sentirse unido a algo de manera intangible pero consistente, como una protección que libra de amenazas que lo imprevisible y lo espontáneo del mundo circundante pueden traer aparejadas. El miedo a desconectarse es un generador de ansiedad que colisiona con la fantasía y la necesidad de un legítimo descanso.  Esta confrontación prolifera en una sintomatología cuasi- neurótica que repercute en la pareja y en la familia eclosionando verdaderas crisis”, explica Harry Campos Cervera, médico psiconalista y miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

Consecuencias

Jorge (51) es contador en una empresa multinacional y se autodefine “como adicto al trabajo”. Confiesa que trabaja más de 60 horas a la semana en la compañía y que muchas veces lleva tareas a su casa. Hace cinco meses consultó con un psicoanalista cuando regresó de sus vacaciones por el nordeste brasilero junto a su mujer y a sus tres hijos.

“La verdad que habíamos gastado mucha plata en el viaje y sentí que yo arruiné todo. Estaba muy tenso, ansioso, llamaba todos los días desde el celular y hubo varias veces que tuve que solucionar varios inconvenientes vía skype desde el hotel. Discutí mucho con mi mujer y mis hijos adolescentes me dijeron que era la última vez que se iban con nosotros de vacaciones”, dice Jorge.

Feldman sostiene que en los últimos tiempos aumentó la consulta en su consultorio sobre este tema ya que, especialmente, la mujer siente que su pareja no está emocionalmente disponible ni al alcance por pasar largas horas refugiados en el trabajo. “Por afluente que pueda ser un hogar, se hace difícil disfrutar de las cosas buenas de la vida pues la obsesión por el trabajo va debilitando el contacto humano, se va creando una brecha en la intimidad que con el tiempo va separando afectivamente a sus miembros.  Ya la mujer y los hijos van dejando de contar con él”, expresa.

“Estas situaciones afectan a toda la familia. Los primeros que reclaman son los niños.  Hay que saber escucharlos. La postergación de la relación con los hijos puede llevar a problemas escolares, cambios de ánimo o crisis de ansiedad.  Las decisiones laborales o las vacaciones deben incluir una serena evaluación de las prioridades entre ellas la familia y la propia salud”, finaliza Sivak.

Identikit

-Predominantemente son hombres de entre 28 y 55 años, aunque cada vez hay más mujeres con estos síntomas.

-Suelen ser abogados, médicos, contadores, periodistas, ingenieros en sistemas y los ejecutivos que quieren ascender y también los ya establecidos en cargos muy altos sobre todo de empresas privadas.

-Se da sobre todo en la clase media que quiere ascender y más en las grandes ciudades que en las pequeñas.

-Hay en general dos tipos de adictos al trabajo:

-El complaciente: temerosos de perder el trabajo y para quienes la aprobación del jefe y de los compañeros es de gran importancia. Son personas que se callan sus problemas y tienen más posibilidades de caer en una depresión.

-El controlador: es más independiente y ambicioso, cuya ansiedad e irritación se incrementan cuando siente disminuir su eficacia laboral.

-Otros comportamientos: rasgos obsesivos, ansiedad, compradores compulsivos, autoexigentes, pocos hobbies, niveles aumentados de estrés, riesgo de colesterol alto.

 

PUBLICADO EN REVISTA VIVA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FOTO: mexico.cnn.com

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