¿Qué es y cómo se combate el estrés posvacacional?

posvacacionalLa insatisfacción laboral genera cansancio, desgano y angustia, síntomas que pueden aflorar en el regreso de las vacaciones. ¿Cómo tomar esta crisis para convertirla en oportunidad?

Melisa (32) es abogada y trabaja desde hace seis años en un estudio jurídico. Recientemente estuvo de vacaciones 10 días en el Uruguay y durante los días previos a retomar su rutina laboral se sintió muy angustiada porque no quería volver a un empleo en el que nunca había sido valorada.

Lo que le ocurrió a esta joven se denomina estrés posvacacional,  un cuadro que genera cansancio, desgano y se observa cada más con mayor frecuencia entre la población laboralmente activa de los adultos jóvenes de entre 25 y 40 años.

Desgano, desmotivación, angustia, ansiedad, dificultades para dormir, falta de energía, depresión, pérdida de peso, cambios en la alimentación, irritabilidad, tristeza, mal humor y falta de capacidad de concentración son algunos de los síntomas que generan esta insatisfacción laboral.

 Para  Mariana Gilbert, licenciada en Psicología de la UBA, existen tres causas que pueden originar este tipo de cuadros.  La primera de ellos está relacionada con el hecho de colocar muchas expectativas e idealizar las vacaciones porque a veces se espera mucho de las mismas, y la vuelta a la rutina puede marcar que no se concretó todo aquello que quiso o que no se regresó tan renovado como se esperaba. Otra de las razones la puede explicar una crisis laboral, producto de una mala relación con el jefe, con los compañeros, con el salario o con el tipo de tareas realizadas.

“También puede deberse a una crisis personal o estado de ánimo depresivo anterior a las vacaciones. Esto a veces es lo más difícil de detectar para las personas, porque generalmente se hace una atribución externa de las causas del malestar. Es decir, es más fácil a veces pensar que “no me pasa nada a mí, sino que es mi trabajo, mi pareja, mis hijos”. Por eso, es importante evaluar, en que grado está presente la dificultad de retomar el trabajo y reflexionar que necesidades tiene en la actualidad la persona en distintas áreas de su vida. Muchas veces se tratan de cuestiones más profundas”, explica Gilbert, especialista en clínica de adultos en el Servicio de Salud Mental del Hospital Penna.

La licenciada Carolina García, Psicóloga Laboral, propone otras razones que justifican este estrés posvacacional. Muchas veces las vacaciones no fueron planeadas como un descanso saludable sino como un “escape” a una situación de insatisfacción laboral cuando el trabajo es relacionado sólo con obligaciones y no como una posibilidad para el desarrollo personal y como generador de logros y metas.

“Actualmente las condiciones laborales exigen cada vez más altos niveles de atención y concentración, elevada responsabilidad y sobrecarga de trabajo, lo que genera que muchos trabajadores discriminen el trabajo del placer, cuestión no menor ya que muchas personas generalmente destinan más horas a sus trabajos que al resto de sus actividades”,  explica García.

Otra de las causas, según García, es que muchas personas ya vienen estresados desde las vacaciones ya que hacen un mal uso del tiempo de esparcimiento, apuntando a la hiperactividad y el aturdimiento, llenándose de estímulos y evitando, de esta forma,  situaciones de descanso y distensión lo que provoca que se sientan más tensos y cansados que cuando partieron.

Existen casos en los que las personas experimentan sentimientos de culpa o temor a que se descubra que no son imprescindibles en sus trabajos por el sólo hecho de no estar por unas semanas. Esto significaría una necesidad de desarrollar una hiperactividad para reparar la ausencia por lo que genera un conflicto.

“Cuando el proceso de adaptación fracasa se generan una serie de síntomas físicos y psíquicos que si perduran en el tiempo pueden repercutir en la calidad de vida de quien lo padece. El cuadro también presenta somnolencia durante el día, falta de concentración, apatía, dolores musculares y tensión. En cuanto a lo laboral también disminuye el rendimiento, productividad y esto se ve reflejado en la calidad del trabajo realizado”, dice García.

Uno de los dilemas más frecuentes que se plantean este tipo de personas radica en compartir o no esta angustia con sus empleadores o compañeros de trabajo. La licenciada Carina Hirschhorn, Psicóloga Cognitiva, sostiene que esa decisión es única y personal y propone intentar sincerarse con uno mismo y aceptar los obstáculos reales, pero también aceptar los miedos e inseguridades de uno poniendo en funcionamiento la autocrítica e introspección.  A partir de entender dónde uno está parado, explica Hirschhorn,  con toda su historia e inserto en el contexto que se encuentra; recién ahí se podrá evaluar los posibles caminos a seguir.

“Lo importante es plantearse metas laborales claras a corto, mediano y largo plazo y pensar en objetivos alcanzables y no quedarse en meras especulaciones de situaciones ideales o imposibles ya que a medida que vamos cumpliendo los objetivos que tenemos, vamos ganando cada vez más confianza en nosotros mismos y se crea una retroalimentación de motivación que nos empuja a seguir hacia el paso siguiente”, afirma Hirschhorn.

También es aconsejable pensar en nuevas alternativas de cómo solucionar los problemas del trabajo diario si en el corto o mediano plazo no resulta posible cambiar de empleo. Una de las posibilidades radica en buscar la forma para mejorar la convivencia con los compañeros, e imaginar cómo evitar cruces con el jefe y cómo optimizar los tiempos para lograr ser más eficiente en el quehacer laboral de todos los días.

Muchas veces, en diversos ámbitos, se  suele escuchar la típica frase de que toda crisis lleva a una posibilidad de replantarse qué cosas no están resultando de manera positiva como para transformar ese compás de espera en una situación mucho más agradable y deseada. Y la faz laboral no está exenta de este tipo de cuestionamientos.

“La crisis convoca a hacer una revisión de nuestra situación actual. Pensar qué nos hace sentir desganados, malhumorados y empezar a planificar cómo armar una situación laboral, en este caso, donde podamos sentirnos mejor. Para planificar dicho cambio primero hay que registrar la necesidad. Luego plantear dicha necesidad como una meta a cumplir, gradualmente. Pensar que conductas son necesarias para lograr dicha meta. Es importante mantener una actitud optimista ante el cambio y ser tolerante con uno mismo”, afirma Gilbert.

“Con las crisis pueden advenir las posibilidades de que la persona sea consciente de que necesita realizar cambios en determinadas conductas que afectan negativamente su calidad de vida, como lo son, sobre-exigirse laboralmente, no alimentar los vínculos sociales, no desarrollar actividades de ocio, llegar de las vacaciones y sobrecargarse inmediatamente de obligaciones, sin dejarse un tiempo para aclimatarse nuevamente con las tareas diarias y el día a día”, agrega García.

En medio de la crisis el entorno más cercano puede ayudar a que la toma de decisiones sea lo más adecuada posible a las necesidades de quien sufre estos síntomas.

 “El sólo hecho de darle a la persona un espacio para hablar y ser escuchado, hace una gran diferencia. Si puede interesarse e interiorizarse sobre la realidad laboral de esa persona y dar su opinión desde su punto de vista, mejor aún. Otro aspecto que puede aportar es la motivación; ayudar al otro con un empujoncito; recalcarle aquellas cosas positivas de sí y de la situación, animarlo a buscar el cambio. Además sentir que uno tiene el apoyo (económico y/o psicológico) de su entorno ayuda a que uno se anime a tomar decisiones”, concluye Hirschhorn.

QUÉ HACER

-Respetar el tiempo de adaptación entre la etapa de relax (vacaciones) y tareas rutinarias que comienzan a aparecer cuando la persona se reincorpora de ese proceso.

-Fomentar cambios de hábitos y costumbres.

-Respetar las necesidades del propio cuerpo.

-Apelar a una relación distendida con el entorno.

-Reinventar periódicamente el trabajo para que sea fuente de satisfacción.

-Prestar atención a aquellas cosas que nos hacen sentir bien.

-Hablar con otros para no encerrarse en un sólo punto de vista e intentar logara una mirada lo más objetivamente posible.

-Entender que los cambios pueden llevar tiempo.

-Plantearse qué está al alcance de uno y que no.

-Hacer una autocrítica para valorar y capitalizar los recursos que cada uno tiene y trabajar sobre los puntos débiles.

 

QUÉ NO HACER

  No recargar la agenda con demasiadas actividades y obligaciones.

-No retornar al trabajo al día posterior al periodo vacacional.

-No postergar aquellas actividades que funcionan como válvula de escape contra la rutina.

-No idealizar las vacaciones como un período en el que se solucionan mágicamente los problemas.

-No tomar decisiones de manera impulsiva sino intentar planificar el cambio lo mejor posible.

-No magnificar ni generalizar el malestar a otras áreas; intentar detectar la fuente especifica que lo produce.

-No plantearse objetivos inalcanzables ni pretender situaciones irreales.

-No conformarse ni quedarse en el sufrimiento.

 

PUBLICADO EN LA REVISTA VIVA

 

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