Cumplir un sueño: son discapacitados y juegan al fútbol en silla de ruedas

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Ya hay dos lugares donde enseñan “powerchair football” para chicos y chicas de entre 6 y 24 años.  El apoyo y la compañía de los padres. La importancia de formar parte de grupos de pares.

Valentino Zegarelli tiene ocho años y sufre atrofia espinal muscular, una enfermedad degenerativa que lo tiene en una silla de ruedas desde muy chiquito. Su mamá, Lorena Lardizabal, imperiosamente deseaba pudiera tener alguna actividad deportiva, más allá de las horas que pasaba entre el colegio y las terapias de rehabilitación. Luego de investigar por varios países del primer mundo, encontró que en los Estados Unidos existían federaciones de chicos que jugaban al fútbol en sillas de ruedas eléctricas.

“Y así empezamos a cocinar la idea con mi marido. Nos invitaron al Mundial en Francia, nos dieron el reglamento. Y decidimos armar una fundación en nuestro país para que los chicos tuvieran la posibilidad de jugar al fútbol, lo que les permite no solamente divertirse y socializar, sino también poder compartir un espacio entre pares”, cuenta Lardizabal.

La Fundación Powerchair Football Argentina se fundó en noviembre de 2012 y hoy funciona en las instalaciones del Parque Sarmiento y el Polideportivo Nº 1 de Tigre . Allí, semana tras semanas chicos y chicas de entre seis y 24 años con discapacidad motriz que, por diferentes causas, utilizan silla de ruedas motorizadas.

“Se juega en un gimnasio de básquet con las marcas en el suelo de áreas y arcos específicos. Son dos equipos de cuatro jugadores: tres de campo más el arquero. Se utilizan sillas de ruedas motorizadas adaptadas con una protección de pies que sirve para controlar e impactar la pelota. La pelota que se utiliza es una de fútbol de cuero N° 10, de 33 centímetros de diámetro. Los partidos oficiales a nivel internacional duran dos tiempos de 20 minutos cada uno. Este deporte combina las habilidades de los deportistas sobre su silla, como así también las características de velocidad, potencia y versatilidad propias de la silla motorizada”, explica Mariano Rozenberg, profesor de educación física, médico deportólogo y director ejecutivo de Powerchair Football Argentina.

Es un martes con mucho frío en el Parque Sarmiento. A las 18 en punto, Rozenberg les brinda una cálida bienvenida a los chicos. Y ellos comienzan a esquivar unos conos naranjas, ante la atenta mirada de los padres, que entre mate y café, conversan entre sí alentando los movimientos y los amagues de sus hijos.
Eugenia Aloise (24) se caracteriza por su hermosa sonrisa, su simpatía y sus ganas de expresar las sensaciones de formar parte de este proyecto. “Juego desde abril porque una tía me comentó de este grupo. La primera vez no vine muy convencida, pero después le fui encontrando el gustito y ahora me gusta mucho”, confiesa Euge, que prefiere jugar como defensora antes que en los puestos de ataque.

Tras la entrada en calor se viene el partido. Dos equipos son separados por pecheras amarillas y rosas. A los pocos minutos, Valentino recibe la pelota de Sofía, una nena de 11 años que tiene parálisis cerebral, y le cometen penal. El mismo se acomoda para ejecutar, da medio giro y convierte a la derecha del arquero. Todos sus compañeros los felicitan, los del equipo y los que circunstancialmente son rivales.

“Como mamá me siento re feliz del proyecto, me siento plena, no sólo por Valentino. Siento que estoy colaborando con un granito de arena en algo que sé que va a continuar, que va a crecer”, dice Lardizabal, presidenta de la fundación.

Cuando termina la práctica, algunos de los chicos se acercan para darle un beso a al profesor, mientras que otros se quedan repasando alguna de las jugadas con sus padres y hermanos que no se pierden ninguno de los entrenamientos. “La idea de este deporte es la integración, la amistad, crear nuevos vínculos, generar una sensación distinta. Ellos se sienten más confiados jugando con deportistas en sus mismas condiciones. Van adquiriendo herramientas para desenvolverse en la cancha, lo que los hace sentirse más seguros. Y como tienen más o menos las mismas edades, comparten distintas experiencias, están a la par y se entienden. Para los chicos es muy natural integrarse”, concluye Rozenberg.

PUBLICADO EN CLARÍN.COM

FOTO: POWER CHAIR FOOTBALL

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