“Mis hijos le dieron un sentido a mi vida”

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Analía Gurri superó una historia familiar de enfermedad y muerte. Pudo poner el dolor en palabras, gracias a la terapia, y hoy lo cuenta en el libro “Historias de corazón: chicos que le ganaron a la vida”, del periodista Alejandro Gorenstein. Aquí, su relato en primera persona.   

A los 11 años me enteré que mi hermano Gustavo (con quien éramos muy compinches y me llevaba 10 años) tenía HIV. Por aquel entonces  ésta enfermedad prácticamente no tenía cura. No había medicación, sólo algunos comprimidos para regular las defensas de los pacientes que en ese momento no tenían una buena perspectiva. Y, lentamente, Gustavo fue entrando en una depresión de la que le costó un largo tiempo salir. A partir de ese momento yo pasé a ser su sostén. Y fui testigo de los varios intentos que tuvo por quitarse la vida.

 Era estar permanentemente vigilándolo, entrar a su habitación y ver qué hacía, qué no hacía. Una vez lo encontré queriéndose tirar del balcón, lo agarré de una pierna, empecé a llorar, a  gritar y a suplicarle que no me dejara sola. Él solo me gritaba que se quería morir pero yo le insistía en que no me podía quedar sola porque no tenía a nadie más que a él. Mi hermano se puso a llorar y no habló más. Por suerte, pude evitar esa tragedia. Pero siento que desde ese momento se perdió mi infancia.

 Hubo veces que ni siquiera me reconocía, parecía que él se encontraba en otro planeta. Sin poder controlar su cuerpo y su mente, él reaccionaba involuntariamente con violencia. Si bien sus golpes me dolían, yo trataba de aguantar la situación. Me iba a mi habitación, metía la cabeza debajo de la almohada y me ponía a rezar para que la noche terminara lo más rápido posible.

Una tarde mí papá se encontraba sentado en el sillón del living cuando, de repente, sintió que no pudo contener la orina. En el mismo momento se quejó de que le dolía fuertemente el pecho. Mi mamá llamó a la ambulancia y cuando estaba ingresando el médico, él se murió de un infarto en mis brazos. Los días posteriores solo sentí vacío y preocupación.

 Hubo un momento en que Gustavo comenzó a empeorar. Estuvo internado y falleció a los 32 años. Yo sentí mucha bronca, mucho odio por lo que había sufrido él desde tan joven. Y me volví a sentir sola, triste y desprotegida.

 Al poco tiempo hice terapia con un cálido especialista que me permitió abrir la puerta para confesar todas las emociones por las que estaba atravesando por aquellos largos días. Y también me ayudó a pensar en la posibilidad de darle un sentido a mi vida. Y sentí que pese a que aún era una adolescente era tiempo de empezar a pensar en la posibilidad de tener un hijo. Era hora de formar mi propia familia.

A los 17 me puse de novia y a los pocos meses quedé embarazada. Alan (15) llegó para brindarme ese amor incondicional que tanto buscaba. Al poco tiempo me separé de su papá, estuve sola un tiempo y años después volví a apostar por el amor. Y fruto de esa historia nació Nahuel (9), un hermanito buscado para acompañar en sus travesuras a Alan.

Yo creo que si no hubiera tenido a mis hijos quizás hubiera caído en una depresión y no sé si tal vez en las drogas o en un suicidio. Mis hijos son mis dos pilares, son todo para mí. Son muy distintos, son el día y la noche y cada uno tiene los dos contrastes de mi personalidad.

 Me recibí de profesora de Instructorado en Musculación y desde hace unos años trabajo en un gimnasio y priorizo mucho la relación con mis alumnos. Toda la experiencia vivida me sirve para poder escuchar a los demás e interesarme por los problemas de los otros. Y la verdad es que esto me hace disfrutar en el día a día de mi jornada laboral.

En un futuro sueño con tener mi propio gimnasio en Boedo pensado más en un lugar para la mujer, con un sector de estética más la clásica parte de complemento.

  

EXTRACTO DEL LIBRO DEL PERIODISTA Y ESCRITOR ALEJANDRO GORENSTEIN: “HISTORIAS DE CORAZÓN: CHICOS QUE LE GANARON A LA VIDA” (EDITORIAL DEL NUEVO EXTREMO)

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