“Conocer gente con el mismo problema fue una salvación”

 

 

Florencia Dietz-09

Florencia Dietz, quedó parapléjica a los seis años y en la actualidad compite en tenis adaptado en silla de ruedas. Una historia conmovedora y que demuestra que, pese a todo, siempre se puede salir adelante.

Los ocho grados de frío polar en la Ciudad de Buenos Aires no le impiden a Florencia realizar sus primeros movimientos de entrada en calor en la cancha de tenis adaptado del Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (CENARD). Con una tímida sonrisa, coloca las pelotitas de tenis en la rueda izquierda de su silla de ruedas, toma su raqueta y comienza a dar unas vueltas por la cancha. Uno de los profesores le arroja balones que ella devuelve con la notable precisión y potencia de su mano derecha.

 “Me acuerdo que estaba jugando con mi primito en el negocio de mi papá en José C Paz cuando, de repente, sentí corridas y unos gritos que venían desde la calle. A los pocos segundos escuché varios tiros, yo pensé que eran cohetes, y uno de ellos impactó en mi médula. En ese momento mi mamá me sacó de la mano y me dijo que corriera, pero yo no podía, tenía toda la espalda llena de sangre”.

Florencia recuerda ese triste día de su vida donde una bala perdida la dejó parapléjica y en silla de ruedas cuando apenas tenía seis años. Cuenta que la noche en que le dispararon por error, la llevaron inmediatamente al Hospital Mercante de José C Paz, y luego al Posadas.

Estuvo más de tres meses internada y recuerda –orgullosa- que la fueron a visitar los compañeros del colegio y su maestra de primer grado. Al poco tiempo de abandonar el hospital, un hecho similar de violencia volvió a sacudir su barrio. “Una noche se tirotearon dos bandas por mi casa,  yo estaba asustadísima y tenía miedo de que me volviera a pasar algo malo”.

Pese a todo el cambio brusco que vivió desde tan chiquita, pudo volver a la escuela y recibió, otra vez más, el cariño de todos los chicos. “La segunda semana me acuerdo que ellos me querían llevar con la silla y sin querer me tiraron y me caí al piso”, recuerda hoy entre risas. “Ellos siempre me ayudaron, se ofrecieron a acompañarme a todos los lugares y jamás me discriminaron”.

Durante la escuela secundaria, Florencia se perdió de vivir momentos especiales junto a sus compañeros a causa de su discapacidad. Si bien tenía la posibilidad de viajar a Bariloche decidió no hacerlo porque supuso que iba a estar incómoda por su silla de ruedas.

Si bien su adolescencia no fue del todo fácil, contó con el amor de sus padres (Norma y Fabio) y de sus hermanos Damián (25), Lara (14) y Ariana (11) que siempre estuvieron al pié del cañón para sus necesidades.

“Tenía mis días en que estaba mal. A veces me sentía un tanto frustrada y me ponía a llorar. Pero enseguida tenía la contención de mi familia que me alentaban para seguir adelante. El accidente me marcó para toda la vida, pero se puede salir adelante con el amor que te dan sus seres queridos”.

El deporte y su primer amor

A los 17 años, mientras hacía rehabilitación en un centro de Esteban Echeverría, conoció a una persona que le ofreció practicar básket adaptado para personas en sillas de ruedas. En ese momento no le disgustó la idea, pero por problemas económicos su papá no la pudo trasladar a las prácticas.

Sin embargo, a los pocos meses se acordó de aquella invitación y en compañía de su papá fue a ver a ese hombre al club AMIDA y desde ese momento comenzó a entrenar.

A los pocos minutos, cuenta, le dieron una silla pare probar y su papá se quedó a jugar como si fuera un discapacitado más. Era algo nuevo para ella y cuando conoció a sus nuevos compañeros se sintió reconfortada al ver que no era la única que tenía ese problema.

Para el primer partido oficial no pudo ser de la partida porque recién se había incorporado al equipo, aunque para el segundo juego –disputado en San Justo- pudo saborear desde el rectángulo su primer triunfo. “Estaba re nerviosa, había mucha gente y como yo era la única nueva sentía que tenía todas las miradas encima. Pero me fue bastante bien, me sentí muy cómoda en la cancha y defendí muy bien”, dice.

Mientras entrenaba y competía conoció a Agustín, un joven que juega tenis adaptado con el que estuvo de novia nueve meses. Durante la relación –al principio fueron amigos- él le enseñó muchas cosas, entre ellas a viajar en colectivo en silla de ruedas.

Ella lo iba a ver a Agustín al CENARD todos los días y como no se animaba a decirle a su papá que la acercara, una mañana su novio le dijo que lo esperara en la estación de tren Federico Lacroze y juntos tomaron el colectivo hacia Nuñez. “Esa experiencia fue genial y él estaba ahí para ayudarme. Después empecé a viajar sola y lo iba a ver todos los días”, dice Florencia sobre Agustín con quien actualmente son nuevamente “grandes amigos”.

Un profesor del CENARD, que la veía todas las mañanas, le preguntó si se animaba a jugar al tenis adaptado como Agustín. Florencia confiesa que al principio no entendía como se podía manejar una silla con una raqueta en la mano y cómo se hacía para pegarle a la pelota.

Pese a esas dudas iniciales, comenzó a asistir a la escuelita los días sábados por la mañana y como observaron que tenía muchas posibilidades a futuro, le  ofrecieron becarla para poder entrenar todos los días y terminar la secundaria en la escuela que funciona en el CENARD y que depende del Gobierno de la Ciudad.

Luego de consultarlo con sus padres, respondió con un fervoroso sí a la propuesta y desde hace dos años vive en el hotel del CENARD. Comparte la habitación con dos atletas y otra tenista,  cursa por la tarde quinto año y por la noche entrena.

El colegio le puso una celadora que la asiste en el horario de clases. “Con Valeria charlamos mucho, chusmeamos, es mi confidente, en el recreo tomamos mate. Me acompaña al hotel si tengo que ir y a las cuatro merendamos juntas. Si la necesito la llamo o le mando mensajitos”.

En abril de 2010 tuvo su primer torneo de tenis, el Argentina Open, y pese a que perdió en primera ronda, destaca que fue una experiencia muy interesante. “Estaba muy nerviosa porque estaban mis padres y sentí mucha responsabilidad, pero a pesar de eso logré enfocarme en la cancha y meterme en el partido”, explica.

De lunes a sábado Florencia vive en el CENARD y el fin de semana lo pasa con su familia. Se toma el colectivo 15 y su papá la espera en Pacheco para llevarla hasta la céntrica casa de José C. Paz, a la que se mudaron hace cinco años para evitar más disgustos.

Si no hace frío, sale a manejar su cuatriciclo -junto a sus hermanas- y por la tarde suele visitar a su abuela, con quien toma unos mates y le cuenta sobre su semana en el colegio y en los entrenamientos.

Los domingos se junta toda la familia a comer un asado en su casa y reciben la visita de su hermano, su cuñada y sus dos sobrinos de seis y tres años. “En la semana los extraño mucho y siento mucha nostalgia. Quiero estar en mi casa y es complicado, aunque en el CENARD la paso muy bien y estoy muy contenida”.

Florencia quiere terminar la secundaria para empezar la licenciatura en Obstetricia, seguir jugando al tenis para participar en más torneos y en el futuro le gustaría volver a tener novio y en unos años formar una familia.

“La verdad que cuando me pasó el accidente no pensé que iba a poder salir adelante. Haber conocido gente con el mismo problema fue una salvación. Agradezco todo el amor y la fuerza que me brindó mi familia”.

 

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