“Nunca había levantado un cuerpo muerto y menos de chicos de 13 años”

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Bernabé Galera, sobreviviente de la tragedia de Cromañón en diciembre de 2004, cuenta cómo fueron los duros momentos que debió atravesar tras el accidente que dejó el saldo de 194 víctimas fatales. La importancia de la terapia y de compartir los sentimientos entre pares.

Bernabé Galera (32) conversa con los vecinos de Villa Devoto. Se muestra amable a la hora de contestar alguna de las preguntas que le hacen los jubilados, como así también con los niños que lo saludan y le piden que se sume al picado de fútbol. Él toma mate y vigila que todo esté en orden en la Plaza Teniente Gral Richieri, donde trabaja como guardián de ese espacio público desde 2008.

Hasta el fatídico 30 de diciembre de 2004, día en que se produjo el incendio en el boliche República de Cromañón que se llevó la vida de 194 personas, Bernabé era un ciudadano común que trabajaba en una empresa multinacional y que compartía el tiempo libre entre sus dos pasiones: alentar al club Quilmes y asistir a diversos recitales de rock siguiendo a “La Renga”, “Jóvenes Pordioseros”, “Viejas Locas” y “Callejeros”, entre otros grupos.

Aquella noche fatídica

El anteúltimo día del 2004, Bernabé había ido a Cromañón junto a su pareja de aquel entonces y a una amiga de ella. Llegaron más temprano que de costumbre porque en el primer turno tocaba “Ojos locos”, un grupo de Tapiales que él también seguía.

Bernabé recuerda que esa noche hacía mucho calor y que le había dicho a su  novia que iban a estar mejor ubicados en la parte de abajo del local. En un momento, cuenta, ella quiso subir para ir al baño pero él le manifestó que esperara unos instantes. Y dos minutos después comenzó el incendio.

“Cuando ví que las dos candelas se clavaron en la parte de arriba agarré a esta chica y a su amiga y salimos por una puerta muy angosta que yo sabía que era la única salida disponible porque conocía muy bien el lugar. Hicimos siete u ocho pasos y vimos como el fuego amarillo se había apoderado de toda la media sombra. En ese momento se cortó la luz y fue un griterío total. El aire estaba caliente y yo empecé a gritar para que la gente saliera y no se quedara en la puerta. Muchos no sabían para donde correr”.

Bernabé explica que si bien nunca antes había vivido una situación semejante, había pasado por experiencias de riesgo en la cancha o en otros recitales que le resultaron muy útiles a la hora de  ayudar a sacar a otras personas del boliche en esa inolvidable y triste noche.

“Pude sacar a varias personas pero se me murieron tres chicos en la mano. Cuando llegaron los bomberos logramos abrir una puerta que estaba atada con un candado y en ese momento observamos un montón de personas apiladas, uno arriba de la otra. No sabíamos para donde ir. Éramos cuatro pibes dando indicaciones mientras la policía te miraba con el palote sin ayudar. Era todo un completo caos”.

En esas primeras horas, recuerda que ingresó unas ocho o nueve veces para tratar de rescatar con vida a la mayor cantidad de jóvenes que se encontraban dentro del lugar, mientras su novia y la amiga de ella ya estaban a salvo.

Cuando reingresó por la puerta que habían logrado destrabar los bomberos, Bernabé fue testigo del aglutinamiento de decenas de personas que yacían desmayados en el piso, la mayoría ya sin vida. “En ese momento no me puse a pensar en qué era lo que sentía. Después partí en un llanto desconsolado porque era muy fuerte lo que estaba viviendo. Nunca había levantado un cuerpo muerto y menos de chicos de 13 años”, señala.

Aproximadamente a las tres de la madrugada del 31 de diciembre, Bernabé cuenta que se retiró de Cromañón y que en ese momento no supo cómo apareció cuatro horas más tarde en Constituyentes y General paz. En ese momento, al notar que estaba perdido, un empleado de una pizzería lo llevó en auto hasta su casa en Mataderos.

Cuando ese mismo día volvió a abrir los ojos, pensó que había vuelto a nacer. Por un lado, sintió alegría por estar vivo, pero por el otro una profunda tristeza por todos los chicos que habían fallecido y por los que aún continuaban internados. Los días posteriores también comenzó a sentir una gran culpa y a preguntarse por qué el había sobrevivido y otros no habían corrido con la misma suerte.

Como estaba deprimido y con ataques de pánico, su papá lo convenció para que iniciara una terapia. Fue así que consultó con la licenciada Angela Ponce, en el Hospital Álvarez,  en quien depósito toda su confianza y, según dice, ella lo escuchó y lo guió para escribir su historia, pese a tanto dolor.

Cuando regresó de vacaciones, en marzo del 2005, Bernabé comenzó a darse cuenta que las consecuencias de haber sobrevivido a Cromañón no sólo se limitaban al plano psicológico, sino también en lo laboral.

“Me comenzaron a hostigar en el trabajo y pensar que unos meses atrás me habían dado un premio por haber sido el único que no había faltado ni un sólo día en el 2004. Me empezaron a perseguir hasta que me echaron”.

Como ese trabajo le permitía mantener su tiempo ocupado varias horas al día, una vez que fue despedido los ataques de pánico fueron más constantes y al ser medicado hubo días en los que durmió hasta 17 horas. En esos momentos, confiesa, estuvo cuatro veces a punto de tirarse bajo las vías del Ferrocarril en Liniers ya que sintió que su vida no tenía sentido.

La tarde en que escuchó por la televisión que Omar Chabán, gerenciador de Cromañón, quedaba libre mientras continuaba su procesamiento por la causa, Bernabé comenzó a hacer el click que fue fundamental para seguir adelante con su vida.

“Eran las cuatro de la tarde, tenía sólo dos pesos en el bolsillo, me levanté de la cama y fui hasta Tribunales. A él ya lo habían sacado y también se habían ido los padres de las víctimas. A partir de ese momento pensé si me había levantado una vez, no podía volver a estar tirado en una cama porque yo no era así. Me estaba apagando cada vez más”.

El sentido de la vida

Para volver a intentar a apostar por la vida, Bernabé contó con el apoyo y la contención de sus padres, pero especialmente con el amor que le brindó su abuela,  a quien consideró como su mamá desde que era chiquito. “Ella se aguantó todo: toleró mis patadas, que la tratara mal, que me quiera dar de comer y no acepte nada. Mi abuela fue un pilar gigante”, reconoce.

Ayudado por la terapia, empezó a buscar trabajo y a las pocas semanas entró como cadete en la Comisión de Transporte, donde gracias al destino conoció a una mujer que también había sido sobreviviente de Cromañón. Luego de unas charlas en las que ambos se apoyaron y se contuvieron por lo que habían padecido, se pusieron de novios y fruto de ese amor nació Agustina, que hoy tiene cinco años.

“Cuando ella me dijo que estaba embarazada me empezaron a cerrar un montón de cosas y entendí por qué razón nos quedamos acá. Mi hija me cerró el círculo, ella le dio un sentido muy grande a mi vida.  Esa noticia me puso muy contento, me cargó mucho de energía”, se emociona. “Agustina es preciosa, alta, grandota, hablamos de todo y tenemos una relación hermosa. Va al jardín y también hace natación”, dice Bernabé, que vive en su casa de Mataderos junto a su hija, su madre y su abuela.

A medida que se fue recuperando, se fue acercando a las marchas que realizaban los padres de las víctimas y los sobrevivientes de la tragedia. En los reclamos conoció a mucha gente con la que compartió el pedido de justicia para los culpables y con muchos de ellos inició una gran amistad.

De ese momento, marcha todos los días 30 y colabora con la organización 30 de diciembre, junto a otros sobrevivientes. “Esto nos sirve para estar todos juntos y hacer catársis. Compartir estas charlas me ayudó mucho a seguir adelante”.

Bernabé dice que una de las enseñanzas que le dejó haber estado en Cromañón el 30 de diciembre del 2004, es valorar las pequeñas cosas de la vida que anteriormente le parecían insignificantes. También aprendió a apreciar a la gente que está a su lado, especialmente a su familia con los que puede contar tanto en las buenas, como en las malas.

Desde hace tres años trabaja como guardián de la plaza Teniente Gral Richieri cuidando que no se rompan los bancos, estando atento a que la empresa encargada de hacer la limpieza cumpla con sus obligaciones y preocupándose de que haya seguridad en los juegos para no tener que lamentar ningún accidente con los chicos.

Si bien la relación con la mamá de Agustina no duró mucho tiempo, desde hace un año y medio está en pareja con otra mujer que también tiene un hijo. Y su idea, en el mediano plazo, es poder juntarse los cuatro y formar una familia.

Además, próximamente Bernabé piensa retomar el profesorado de Historia que dejó en 2003 y que nunca pudo retomar tras la tragedia. Y principalmente, sueña con poder seguir brindándole día a día todo el amor a su hija, su bien más preciado que le develó el sentido de su vida.

ESTA ENTREVISTA FORMA PARTE DE MI PRIMER LIBRO: VIDAS QUE ENSEÑAN (EDITORIAL DEL NUEVO EXTREMO)

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