“Siempre hay una salida, lo importante es encontrar a las personas que te pueden brindar una mano”

CECILIA GALAN 1

Cecilia Galán padeció durante muchos años bulimia. Se sintió discriminada por sus compañeros de colegio, se deprimió y hasta pensó en quitarse la vida. Sin embargo, pese a todo el dolor y la tristeza que tenía se aferró a la vida. El antes y el después de una mujer que ahora puede animarse a soñar.

A los cuatro años a Cecilia Galán (30) le diagnosticaron hipoacusia, un trastorno sensorial que consiste en la incapacidad para escuchar sonidos, y que dificulta el desarrollo del habla, el lenguaje y la comunicación. Ella cuenta que con el tiempo se enteró que su madre había deambulado por diversos consultorios médicos tratando de alcanzar un diagnóstico, asustada por un posible cuadro de retraso mental que finalmente se descartó. A sus seis años falleció su papá y al poco tiempo su mamá le confesó que su progenitor no la aceptaba a raíz de ese problema de salud.

Durante sus primeros años de vida ella acaparó la atención de su mamá a pesar de tener otros cuatro hermanos varones. Sin embargo, ese privilegio lo fue perdiendo desde el momento en que conoció a un hombre con el que se casó y tuvo otro hijo. “Nadie me explicaba lo que estaba pasando. Yo había perdido parte del lenguaje y necesitaba que estuvieran más conmigo. Tampoco fue grato enterarme de que mi papá no me aceptaba como era”, rememora a la distancia.

Desde ese momento, sintió que le tenía que ir muy bien en la escuela para no traerle problemas a su mamá porque pensaba que ya le había ocasionado muchas preocupaciones a raíz de su enfermedad. Y se empezó a obsesionar con su rendimiento escolar, al tiempo que comenzó a sufrir la discriminación de los compañeros que la burlaban cada vez que ella no respondía ante el llamado del docente. “De chiquita me gustaban los chicos y había tenido noviecitos, pero en ese momento comencé a pensar que no le iba a gustar a nadie. Me decían que era gorda y la más fea del curso. Me hacían sentir distinta”.

Desde ese momento decidió que lo mejor no era llevarle más inconvenientes a su mamá por lo que prefirió no contar todo lo malo que le hacían sus compañeros en el colegio. Se tragaba todo lo que vivenciaba. Y, además, era muy introvertida.

“A los 11 años, después de que nació mi último hermano, casi no tenía atención en mi casa, pasé a un quinto plano. Pensaba que si tenía esa discapacidad, tenía que ser perfecta por fuera. Y empecé a dejar de comer. Tenía una obsesión por la balanza, me pesaba todos los días. Y empecé a restringirme en las comidas. Si antes comía pan con dulce, en ese momento comencé a comer galletitas de agua, también reemplacé la chocolatada x el té. O si cenaba dos panchos, tal vez elegía comer uno solo”, ejemplifica. “En mi casa todos hablaban al mismo tiempo y no podía seguir la conversación. Directamente era como que no existía para mi familia, me decían que tenía que prestar más atención en lo que sé hablaba, pero yo no podía escuchar bien”.

Cecilia no compartía la angustia con nadie.  Prefería retraerse. Ya entrada la secundaria, su rendimiento escolar no era como el que había sabido mostrar durante la primaria. Y como cada vez se sentía peor, faltaba casi todos los días. Su autoestima era cada vez más baja hasta que se fue quedando sin amigas.

“Me atraconaba todos los días, por lo general con galletitas que era lo que más había en mi casa y en el viaje de egresados me la pasé vomitando. No tenía vínculo con mis compañeros. Para la fiesta de egresados habían hecho una previa en la casa de una chica y yo no estaba enterada, estaba como en otro mundo. Además me sentaba atrás de todo, trataba de no existir”, confiesa Cecilia, que por las faltas quedó libre durante los últimos tres años del secundario y debió rendir las materias a fin de año.

Una vez que logró terminar el colegio, intentó comenzar una carrera universitaria pero como el hecho de estudiar estaba siempre relacionado al estrés y a la presión que traían como consecuencia los atracones y los vómitos fue dejando uno a uno todos esos intentos, siempre en el primer cuatrimestre.

“Yo no contaba las cosas en la familia. Sentía mucha impotencia,  estaba muy sola, no era una persona, no vivía, no tenía vida como ser humano, sí estaba viva o muerta era lo mismo. Estuve mucho tiempo con depresión, no veía a nadie, no iba a fiestas, me abandoné a mí misma. Pensaba que yo no valía la pena”.

A los 21 años Cecilia conoció a un chico suizo que había venido a Buenos Aires para estudiar y al poco tiempo se pusieron de novios. La relación iba tan bien que hasta incluso habían acordado que ella viajaría una vez que el retornara primero. Estaba entusiasmada con esa relación. Pero no pasó mucho tiempo para que esa ilusión se convirtiera en una frustración. “Cuando se fue, de repente, me dejó de llamar, me desesperé, no sabía qué hacer. En ese momento lo primero que se me pasó por la cabeza fue asociar esta situación de vulnerabilidad con el rechazo de mi papá por mi problema de hipoacusia. No podía entender cómo todos los que me deberían amar me trataban como una basura”.

En ese momento, Cecilia cayó en un pozo depresivo muy importante que la llevó a permanecer encerrada en su casa durante tres meses. No quería bañarse, ni vestirse. Se sentía sola, desolada. Sin amigas. Sin motivaciones. Sin proyectos, sin expectativas. Sin vida. 

Sin embargo, una situación casi fortuita le permitiría, al menos, darse una nueva oportunidad para intentar ser feliz. Una tarde tocó el timbre una doctora de guardia que venía a atender a su padrastro. En piyama y con su carita triste y solitaria le abrió la puerta. Al verla, la médica pensó que ella era su paciente. Cuando le dijo que no, enseguida la especialista se dio cuenta que, de todos modos, Cecilia necesitaba ayuda. “Ella me vio tan mal y se dio cuenta que tenía alguna enfermedad relacionada con los trastornos de la alimentación porque me dijo que cuando era joven había sufrido de anorexia y que había ido a ALUBA y que estaba muy contenta porque se había recuperado, había formado una familia y era feliz”, recuerda Cecilia de aquella charla.

Esa misma tarde, junto a su mamá, buscaron información sobre ALUBA en internet y a los pocos días empezó el tratamiento esperanzada en que podría ser, quizás, la última oportunidad para poder curarse e intentar hacer una vida normal.

Durante el primer mes de tratamiento varias veces pensó en quitarse la vida arrojándose a las vías del tren. De hecho, había escrito una carta de despedida para su familia. Pero su mamá se dio cuenta de sus planes suicidas y le solicitó de urgencia una entrevista a Mabel Bello, directora de ALUBA.  “Tuve una charla muy intensa con ella, me dio mucho ánimo y decidió medicarme porque se trataba de un caso muy extremo de intento de suicidio. Desde ese momento no volví a vomitar más”.

A partir de ese episodio, con altas y bajas en el tratamiento, Cecilia se convenció que estaba frente a una gran posibilidad para tratar de cambiar 180 grados su vida. Pensaba que, costara lo que costara, debía aferrarse a esa ilusión. Y no le resultó sencillo el tratamiento. “Yo pensaba que no iba a estar más de dos meses. A mi mamá le había caído la ficha que yo estaba enferma y que ella tenía que ponerse más firme. Yo al principio no quería ir, no quería contar lo que me pasaba. Mi padrastro también ayudó y ambos me acompañaron las primeras veces para darme fuerza”.

Comenzó el hospital de día de 8 a 17 y de lunes a viernes. El primer módulo que debió pasar estaba relacionado con superar el miedo a comer. Al principio, confiesa, se mostró muy agresiva con sus compañeras y con su familia y tuvo miedo de avanzar hacia la segunda parte del tratamiento que se trata de asumir responsabilidad y de relacionarse mejor con sus seres queridos y con sus compañeras de tratamiento. Finalmente, con alguna recaída en el medio, a los dos años pudo dar ese primer paso.

“Lo que más valoro es la terapia de grupo, tanto contar lo que me pasaba como verme identificada con otras personas. Eso fue muy fuerte, aprendí mucho,  las otras compañeras me llamaban sin importar la hora que era. También aprendí a desarrollar la empatía y a querer y valorar mucho a mis nuevas amigas que hice ahí como Ana y Belén que me ayudaron mucho a poder superar la enfermedad”, dice.

Tras casi siete años de tratamiento, en agosto del 2012 finalmente recibió su alta. Como se acostumbra en ALUBA, tuvo que leer en público una carta resumiendo su historia. “ALUBA me devolvió la vida. Antes no existía y ahora existo”, fue la última frase que salió de sus labios ante el estallido de aplausos de los presentes.

Durante el tiempo que duró su tratamiento, también comprendió que lo importante es estar sano de la cabeza, sin importar los “rollitos” de más o de menos que uno tenga en el cuerpo. “Lo importante es cómo te relacionás con los demás y que la persona sea bella por dentro y que transmita felicidad. Ahora valoro el hecho de sonreir, se trata de ver las pequeñas cosas de la vida que uno tiene para disfrutar”.

Actualmente, Cecilia cursa la licenciatura en Políticas Sociales en la Universidad Nacional de General Sarmiento (en el partido de Malvinas Argentinas) y también milita en una agrupación en el Centro de Estudiantes donde se desempeña brindando charlas con la temática de discapacidad y adicción haciendo hincapié en la anorexia y en la bulimia. Y también retomó uno de sus viejos amores: el hockey, que lo había dejado en tiempos en que creía que carecía de talento y de físico para jugar y competir con otras chicas.

Y si de amor se trata, hace un año está en pareja con un chico con el que convive desde hace seis meses. Y esta vez sí cree y apuesta por esta relación y sueña, en algún momento, con formar una familia.

Desde que se recuperó, también mejoró la relación con su madre y con sus hermanos aceptando que cada uno de sus seres queridos dio lo que podía dar y que no todos tienen las mismas facilidades para entender las cosas y ponerse en su lugar.

“No tengo palabras para agradecer como estoy ahora. Me siento plena, completa, y feliz porque me devolvieron la vida”, insiste. Siempre hay una salida, lo importante es saber encontrarse con las personas que te pueden brindar una mano y alejarse de los que no te van a ayudar”.

PUBLICADO EN PHARMAREPUBLIC.NET

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