“Soy feliz aun teniendo HIV porque vivir de esta forma no nos hace diferentes a los demás”

CATALINA CASTILLO 3

“Katy” tiene HIV desde hace 10 años. Sin embargo, más allá del primer cimbronazo y los temores iniciales sigue adelante con su vida y con sus proyectos disfrutando de sus hijos y sus nietos. Y tiene como vocación asistir día a día a las personas que padecen su enfermedad. Un ejemplo de lucha ante la adversidad y amor al prójimo.

Hasta hace 10 años, todas las relaciones sexuales que había tenido en su vida habían sido sin protección sexual. Incluso, con su marido y padre de sus cinco hijos. Pero a partir del año 2003 su vida daría un vuelco de 180 grados. Catalina Castillo, “Katy”, tiene 45 años, 10 de ellos viviendo con HIV.

Para ese entonces, el único síntoma que visualizaba era que había descendido bruscamente de peso, pero hasta ese momento no había tenido ninguna enfermedad asociada al HIV, hasta el día de hoy que sigue siendo asintomática.

“Katy” cuenta que contrajo el HIV por vía sexual sin protección y que esperaba el diagnóstico positivo porque su marido, con quien llevaba “una relación estable” durante más de 10 años,  había recibido la triste noticia 15 días antes que ella.

“En el primer momento en que recibí el diagnóstico positivo sentí un impacto muy grande que me bloqueó. Al estar sola en mi casa me puse a pensar en cuánto tiempo de vida me iba a quedar, qué iba a pasar con mis hijos. Fueron días muy tristes, sentía mucha impotencia, mucho miedo. Yo misma me puse dos años de vida porque en ese momento no tenía la suficiente información sobre HIV”, confiesa a la distancia.

Tras ese primer cimbronazo, “Katy” y su esposo tuvieron una charla en la que ambos coincidieron en que el amor que se tenían era demasiado fuerte como para luchar separados contra la enfermedad. Entonces decidieron hacer un “pacto de amor” para seguir adelante juntos criando a sus cinco hijos.

En esos primeros momentos de soledad y angustia, sólo compartió su enfermedad con su esposo, más adelante con su cuñado y después de un tiempo con su hermano mayor. “Mi cuñado fue mi gran sostén en esos primeros momentos, mi gran compañero y ayuda que lo sigue siendo hasta este momento. Cuando se lo conté a mi hermano me causó mucho dolor decírselo, pero necesitaba contárselo a alguien de mi familia directo. Él fue muy contenedor,  me dijo que me quedara tranquila, me abrazó muy fuerte y ese abrazo fue lo más bello que él me dio”.

Inmediatamente, comenzó el tratamiento anti-retroviral para no perder tiempo en su lucha contra el HIV. Desde que se enteró que padece la enfermedad, ingiere todas las noches dos pastillas (Efavirens y Kivecsa)  y cuenta, orgullosa, que tuvo una gran adherencia al tratamiento.

Una de las mayores preocupaciones que atravesaron su cabeza y su corazón fue el temor a que sus hijos pudieran haberse contagiado el HIV mientras se encontraban en su panza. Gracias a Dios, los testeos realizados dieron negativo, lo que significó un gran alivio para ella y para su marido que además de cargar con la enfermedad propia ya comenzaban a castigarse con la culpa del posible contagio a los chicos.

Además de cumplir en un 100% con la medicación que le fue suministrada, “Katy” comenzó a asistir a una psicóloga que la escuchaba atentamente y que de a poquito comenzó a transformarse en un pilar muy importante en su lucha día a día. “La terapia me sirvió para superar el impacto que me produjo el diagnóstico y superar también todo lo que se me atravesó en el momento de comenzar con los testeos de mis hijos, el tratamiento y cómo ir llevándolo de una manera más tranquila. Me escuchaba mucho y me ayudaba a entender algunas reacciones negativas que se me cruzaban a diario”, dice.

Los altibajos suelen ser una característica común en las personas que padecen este tipo de adversidades. Y el caso de “Katy” no fue la excepción.  Más allá de las charlas semanales con su analista, necesitaba poder compartir sus tristezas y también alegrías con hombres y mujeres que afrontaran una situación similar. Fue así como al poco tiempo decidió formar parte de los grupos de autoayuda para las personas con HIV que funcionan en Morón, en la provincia de Buenos Aires. “Esa experiencia fue maravillosa  porque allí conocí  gente que tenía lo mismo que yo y pese a eso los veía felices,  hablando de amor, de parejas, de trabajo y estaban llenos de proyectos de vida. Y yo sinceramente me sentía muy dolida, sin ganas de nada, sin proyectos, solo llevaba conmigo una mochila llena de dudas y dolor”, confiesa. “Recibí la contención de compañeros que vivían con HIV desde las primeras épocas del SIDA donde no había medicamentos y donde contaban  que la gente se moría día a día y que tenían que luchar incidiendo políticamente y con marchas. Eso me ayudó a fortalecerme y a querer capacitarme e informarme más en el tema”, agrega.

A partir de ese momento comenzó a rondar por su cabeza la necesidad de ser parte activa en la lucha contra el HIV. Fue así que en el año 2005 conoció la Red Bonaerense de personas viviendo con HIV, que funciona en Morón, y desde ese momento no paró ni un segundo en ayudar a personas con su misma situación. “El 1 de diciembre de ese año conocí a Marcela Alsina que se me acercó y me invitó a participar de los grupos y nunca más me fui. Trabajo con ellos en prevención primaria, secundaria, terciaria, consejería, asesoramiento e incidencia política en políticas públicas.  En la red encontré lo que necesitaba: contención, integración y lo más importante: dejar de ser el problema para formar parte de la solución”.

Actualmente es coordinadora del área de género en la Red Bonaerense, miembro del movimiento latino y americano del Caribe de mujeres positivas y coordinadora regional del área mujer por la Red Latinoamericana de Acción Voluntaria en HIV/SIDA (REDLACVO).  “En lo personal no hay nada más grande que dar y recibir contención, poder brindarle una palabra de aliento o simplemente poner el oído cuando lo único que necesitás es que te escuchen y poder ponerse en el lugar del otro”, dice Katy que sueña día a día con ser feliz mientras agradece a Dios por un día más de vida disfrutando de ver crecer a sus hijos y a sus nietos.

Ella no deja de pensar en aquellas personas (jóvenes o adultos) que pueden recibir un diagnóstico positivo de HIV. Y tiene un mensaje de contención para ellos. “Lo importante es que se puede continuar viviendo con HIV cuidándose y cuidando al otro, que las expectativas de vida son mucho mejor que hace 30 años atrás cuando no había medicación, incorporando cambios para mejorar la calidad de vida. Siempre digo que el día es hoy y que ser feliz depende de cada uno, incluso de las personas que estamos enfermas. Yo soy feliz aun teniendo HIV porque vivir de esta forma no nos hace diferentes a los demás”.

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