David Galante, sobreviviente del Holocausto

“Al principio sentía culpa por haber sobrevivido”

Tras sobrevivir al horror de Auschwitz se instaló en la Argentina, pero recién en 1995 pudo contar las atrocidades que vivió durante la Shoá. Está feliz por poder relatarlo las veces que sean necesarias.

Al ingresar al departamento de David Galante, sobreviviente del Holocausto, inmediatamente uno se topa con una mesa redonda que oficia de vitrina donde se exhiben como trofeos cada uno de los reconocimientos y obsequios que recibió en cada sitio dela Argentinay del mundo al momento de compartir su historia de vida.

Una foto con los reyes de España que le regalaronla Constituciónde aquel país, diplomaturas en relaciones internacionales, plaquetas con su nombre, pequeños y grandes relojes son algunas de las distinciones que viene recibiendo David desde el año 1995, cuando después de pasar 50 años en silencio pudo contar por primera vez las atrocidades que vivió durantela Shoá.

  De Rodas a Auschwitz

Para el año 1943, David Galante tenía 18 años y vivía junto a sus padres y sus cuatro hermanos en la isla de Rodas (Grecia) donde la comunidad judía sefaradí alcanzaba aproximadamente las 1.800 personas, la gran mayoría descendientes de quienes habían sido expulsados de España durantela Inquisición.

Si bien existía algún que otro problema racial, los judíos vivían en Rodas “como reyes, en un paraíso” como él mismo lo describe. Sin embargo, cuando a mediados de 1944 el ejército alemán ocupó la isla obligó a todos los judíos a recluírse en un edificio, despojándolos de sus documentos, dinero y joyas.

A los pocos días a David y a su familia los embarcaron hacia Atenas y desde allí fueron trasladados en trenes de carga directamente hacia el campo de exterminio de Auschwitz en Polonia.

“Íbamos 80 personas por vagón, todos hacinados en un viaje que duró 12 días. No teníamos comida ni agua y cada tres días paraba el tren y teníamos que arrojar al vacío a quienes se iban muriendo”, relata David a la distancia.

Una vez que llegaron a Auschwitz comenzó la verdadera pesadilla para David y para cada uno de los prisioneros que descendía de ese tren y de todos los trenes que llegaban a todos los campos de exterminio con el propósito de cumplir conla SoluciónFinal, el plan de Adolf Eichman para aniquilar a todos los judíos de Europa.

“Nos hicieron descender a los palazos e inmediatamente nos colocaron en dos filas: una de mujeres y otra de hombres. Mientras tanto los oficiales alemanes decidían mediante señas quienes iban directamente a la cámara de gas y quienes eran enviados a trabajar”, recuerda.

Con un nudo en la garganta, David cuenta que ese día fue el último que vio a sus padres y a sus hermanas. Y desde ese momento en lo único que pensó fue en salir con vida de ese infierno llamado Auschwitz. Y sabía que cuanta más fuerza tuviera para poder trabajar, más tiempo podría permanecer con la ilusión de seguir viviendo.

“Uno tenía que buscarse siempre el trabajo menos duro, menos fuerte, tratar de pasar los días sin desgatarse porque cuando ya no dabas más te liquidaban. Pasábamos mucha hambre, mucha gente moría de tifus. Sólo nos daban una rebanada de pan y un tazón de caldo por día”.

Al borde de la muerte

En su primer trabajo en una de las barracas, a David le llamó mucho la atención que había chicos de entre 8 y 10 años. Con el tiempo se enteró que estaba en el lugar donde Iosef Mengele experimentaba con los órganos que les quitaban a los niños una vez que los asesinaban.

Durante el tiempo que estuvo en Auschwitz muchas veces su vida corrió serios peligros. Una noche regresaba de una de las barracas donde estaba trabajando y los nazis –como siempre- los contaban y él recién se estaba incorporando a la fila. El oficial le empezó a dar golpes en la cara, le rompió dos dientes y cayó desmayado en la nieve y se salvó de morir congelado por un muchacho francés que lo levantó y lo ayudo a recomponerse.

“Una vez íbamos llevando unos tablones por la nieve con otro compañero que se resbaló y se fue el suelo. En ese momento el oficial nazi agarró un revolver y le pegó un tiro. Yo pensé que me iba a pegar un tiro a mi también pero me salvé de milagro porque finalmente él llamó a otro prisionero para reemplazar al joven que había asesinado”, expresa.

Uno de los peores momentos para David fue cuando estaba en el baño y no podía abrocharse los pantalones por el frío que hacía. Entonces se acercó a un fuego que estaban armando los nazis para calentarse las manos. “Un nazi me pegó una patada y me tiró adentro del fuego. Me quemé los pies se me había pegado la piel con el curo de una botas que tenía puestas. Las heridas iban empeorando hasta que en un momento se me infectó, tuve mucha fiebre y ya no podía trabajar y decidí ir a la enfermería que era la antesala de la muerte”, confiesa.

Sin embargo, la suerte otra vez lo estaba acompañando. Una orden de Berlín de enero de 1945 obligaba a los alemanes a destruir las cámaras de gas y los crematorios para no dejar evidencia porque los rusos estaban muy cerca de la liberación de los campos.

Volver a vivir

Después de unos días, el ejército soviético llegó para liberar Auschwitz.  “Cuando se acercaron y vieron la cantidad de muertos que habían quedado desparramados por la nieve, los mismos rusos de descomponían, no podían aguantar ver ese espectáculo”, rememora.

Una vez que fue liberado, David fue llevado a un hospital porque tan sólo pesaba 38 kilos,  “era piel y hueso”, confiesa.  Después de pasar dos meses internado y cuando aumentó 20 kilos fue enrolado en el ejército ruso aunque logró escapar en Breslau una vez que finalizó la guerra.

En ese momento regresó a Rodas y no encontró a nadie de su familia y de sus amigos. En esos días mezclados de felicidad y tristeza, se enteró por la radio del Vaticano (donde daban a conocer los nombres de los sobrevivientes) que su hermano –Moshé– estaba vivo y que se encontraba en Roma. Tras un interminable y emotivo abrazo, se enteró que sus tres hermanas habían fallecido en el mismo campo donde ellos habían sobrevivido.

Como David y Moshé tenían otro hermano mayor que vivía enla Argentinadesde antes del inicio de la guerra, pudieron venir clandestinamente desde un barco que salió desde el puerto de Bari (Italia).

“Desde el momento que llegué ala Argentina di una vuelta de hoja, no quise saber más nada de lo que me había pasado. Quería rehacer mi vida”, cuenta David, que al principio trabajó en un negocio mayorista de tejidos para luego desempañarse durante 50 años en una fábrica de bicicletas.

Fue en un casamiento de un amigo en común, donde conoció a Raquel con quien se casó hace 54 años y con quien tuvo dos hijos: Sandra y Ezequiel, quién también le regaló dos nietos que viven en Israel: Daniel y Yamit. Todos ellos, asegura, son los responsables para que él haya podido salir adelante y disfrutar de los afectos y de la vida.

50 años después

Tras haber pasado 50 años sin contar ni una sola palabra sobre sus vivencias en Auschwitz y después de observar la película “La lista de Schindler” (dirigida por Steven Spielberg), David comenzó a pensar en la posibilidad de contar todo el horror que vivió para transmitir a los más jóvenes para que hechos aberrantes comola Shoáno vuelvan a existir nunca más.

“Fuimos ala FundaciónMemoriadel Holocausto con otros sobrevivientes. Nos juntamos, empezamos a conversar y vimos que no nos hacía tanto daño recordar, contar y vas sacando todo el veneno que tenés adentro porque en un principio nos sentíamos culpables por haber sobrevivido”, dice.

Desde 1995 David recorre universidades, colegios, iglesias, legislaturas y comisarías dela Argentinay del mundo contando su experiencia de vida ante miles de espectadores que le hacen preguntas. Él está feliz por poder contarlo una y otra vez y las veces que sean necesarias para que el mundo entero conozca cómo fueron aquellos días tristes que vivió la humanidad.

ESTA ENTREVISTA SE PUBLICÓ EN LA REVISTA MÍA Y ES UNA DE LAS 25 HISTORIA QUE COMPONEN “VIDAS QUE ENSEÑAN”, MI PRIMER LIBRO QUE PUBLICÓ LA EDITORIAL DEL NUEVO EXTREMO.

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