“Nunca miré para atrás”

DSC_0423s

Omar Castro, quedó ciego pero logró retomar la escuela secundaria. “Sólo lloré los primeros días, pero me dije a mi mismo que tenía que salir adelante porque mi vida no era solamente un par de ojos”, dice.

Omar Castro (59) desciende del colectivo 24 en Perú y Venezuela. Recoge su bastón y se dirige hacia la Asociación de Ayuda al Ciego (ASAC) donde realiza tres veces a la semana su rehabilitación y diversos talleres desde que perdió la visión en el año 2000. Saluda a dos compañeros que también asisten a la institución e inmediatamente apoya su mano derecha sobre uno de los hombros de una empleada que lo guía hasta la sala de reuniones. A los pocos segundos entra en confianza y cuenta que en algún momento, junto a otros dos colegas, va a escribir un libro sobre la vida de una persona que perdió la visión. Es uno de los tantos proyectos que tiene y que lo mantienen muy activo desde aquel entonces.

Omar cuenta que desde muy joven y hasta antes de perder la visión, siempre se dedicó a trabajar de gasista. Como habitualmente hacía planos, en el año 2.000 consultó con un especialista ya que otro profesional le había aconsejado que tenía que usar unos lentes. El oftalmólogo que lo revisó le realizó un campo visual, cuyo resultado arrojó que tenía presión ocular alta por lo que debió colocarse unas gotas.

Por aquellos días de finales del año 2.000 le habían entregado un automóvil 0 kilómetro y dice que hasta ese momento no tenía ningún tipo de complicaciones con la vista.

“Me fui de vacaciones con mi mujer y cuando volví el control arrojó que la presión había descendido. Sin embargo, al mes siguiente volvió a subir y me indicaron otras dos gotas. A los pocos días comencé a ver algunas luces cuando manejaba y era el agua que se acumula en el ojo cuando empieza a no drenar”.

A los pocos días, recuerda que iba manejando junto a su esposa a la altura de Camino de Cintura y que de repente se le cruzó una moto y que casi la pasa por encima porque no la había visto. En ese momento comenzó a perder la visión de su ojo izquierdo y en menos de seis meses tampoco pudo ver con el derecho.

Hasta último momento, cuenta que estuvo trabajando y recuerda que la última vez que pudo ver fue una noche en la que había invitado a un amigo a cenar a su casa. Él estaba en una punta, cuando de golpe levantó la vista y observó “como un color grisáceo”. Esa fue la última vez que pude ver.

“Para mi hubo mala praxis porque el mal uso indiscriminado de las gotas produce la presión ocular”, cuenta. “Sin embargo, nunca me desesperé y comencé a pensar en que iba  a hacer de mi vida ya que tenía que tomar una decisión, pero nunca estuve depresivo, ni enfermo, sino activo y con muchas ganas de hacer cosas”.

Omar dice que la que más sufrió su ceguera fue su mujer que se apenaba cada vez que él se llevaba las cosas por delante en su casa. Mientras tanto, él trataba de estar entero para contenerla. “Sólo lloré los primeros días, pero me dije a mi mismo que tenía que salir adelante porque mi vida no era solamente un par de ojos”.

Una puerta que se abre

 En esos primeros momentos de confusión, una amiga de muchos años lo invitó a participar de una reunión en una iglesia de Ezpeleta, cercana a la localidad de Quilmes donde él vivía. Si bien solía ir a misa algunos domingos, nunca había tenido un contacto tan cercano y directo con la fe y con la religión católica. Tras consultarlo con su mujer, respondió afirmativamente y formó parte de un “Seminario de vida” que duró seis semanas y que, según cuenta, le cambió la vida.

Desde ese momento comenzó a tener una participación mucho más importante en la iglesia que le sirvió de contención por su incapacidad para ver, pero que además le abrió las puertas para conectarse con la gente humilde y con la acción social.

A los pocos meses,  el párroco de la iglesia lo invitó a hacerse cargo del comedor, que abastecía a unas 200 personas todos los días. Al principio, Omar pensaba que no iba a poder hacerse cargo de esa tarea a causa de su ceguera, pero tras pensarlo unos días le dijo que si y durante dos años se ocupó de toda la organización de la mercadería y de las compras, junto a la ayuda de otras cuatro personas que lo acompañaban y guiaban.

Además, en la iglesia retomó una vieja pasión de su juventud: la guitarra. Y desde ese momento compartió su música con otras parroquias, con los vecinos y hasta se dio el lujo de hacer varias giras por la Costa Atlántica. “Me di cuenta que estaba muy integrado a la sociedad cumpliendo un rol y que podía dar cosas y no quedaba excluido”.

Hasta ese momento, Omar no usaba bastón y casi todos los días caminaba acompañado de los lazarillos de la iglesia que muy gentilmente ofrecían su ayuda.

Fue en el año 2005 cuando comenzó a asistir a ASAC donde aprendió a usar el bastón en los talleres de orientación y movilización. También le enseñaron el sistema braille y cómo manejarse de la mejor manera con las cosas que hace a diario como hacer una cama o lavar los platos. También aprovechó el curso de cerámica y hasta se recibió de Operador en Computación, título que depende del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y que le fue otorgado tras dos años de estudio.

Actualmente concurre a ASAC los lunes, miércoles y viernes de 13 a 17 y, entre otras actividades, asiste a las clases de canto y vocalización, a las de técnicas de respiración y a radioteatro. Y en el pasado también hizo natación y gimnasia.

Una profesora de la institución le indicó el nombre de las calles y le explicó cómo ir y venir desde su casa en Quilmes y de esa forma arrancó a viajar en colectivo. “Es un desafío día a día. Hace seis años que ando sólo y todavía me choco con cosas”, dice sonriendo.

Además de sus profesores, Omar cuenta que Enrique, un amigo no vidente, le enseñó muchas técnicas de cómo viajar. “Tenés que escuchar los pozos, las cunetas, las curvas”, dice que le aconsejó. “Yo vengo en el 24 y se cuántas curvas, cuántas cunetas hay y voy tomando referencia por la memoria visual”, dice.

Volver a empezar

Como tuvo que abandonar el colegio secundario de joven para dedicarse a trabajar, hace dos años retomó la escuela, un anhelo que siempre quiso concretar. Cursa en una escuela para adultos todos los días de 18:30 a 22 y se graba las clases con un grabador que posee un sistema especial para ciegos.

“Tengo aprobado primer año con nueve de promedio. Estudiar me abrió la cabeza. La escuela de hoy es totalmente diferente a la de los años 70 cuando yo estudiaba. Ahora te enseñan a pensar, antes era repetir todo como un loro. Tengo muchos profesores universitarios que nos dan muchas cosas para investigar y eso me motiva y me gusta mucho”.

La mayoría de sus compañeros son jóvenes y Omar cuenta que les aconseja de la importancia de estudiar y de ser alguien en la vida. Además, se enorgullece cuando la mayoría quiere tenerlo en sus grupos a la hora de realizar trabajos prácticos en equipos.

Actualmente está jubilado, aunque realiza algunas tareas de gasista en su casa. Y disfruta de su esposa y de todo lo bueno que le brinda la vida, más allá de su incapacidad para ver. Y además sueña con poder ayudar a mucha gente que tiene necesidades básicas insatisfechas desde alguna tarea que no se remita a ocupar un puesto en una oficina, sino que esté vinculada a escuchar y a hablar con las personas.

“Nunca miré para atrás, nunca me imaginé que podía hacer estas cosas sin la vista. Pero sigo para adelante. Todo lo que estoy logrando me pone muy contento en el día a día.  Sigo luchando y cambiando cosas y viendo que otras nuevas cosas puedo hacer”.

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s