Isabel Yaconis, madre del dolor

“Ni morís, ni te volvés loca, estás de pié” 

 

 A nueve años de la muerte de su hija Lucía, Isabel Yaconis ya no tiene la esperanza de encontrar al asesino. En la entrevista cuenta cómo cambió su vida tras ese suceso y cómo ayuda a otras madres que pasan por situaciones similares.

“Lucila era un canto a la alegría, quería cantar y ser actriz. Tenía gracia, comicidad y era muy fina es sus modales. Tenía un arrastre tremendo con los niños y con los ancianos. Era, según sus compañeros, la líder de la división y la que ponía los paños tibios cuando había algún enfrentamiento”. Las palabras emanan de la boca pero fundamentalmente del corazón de Isabel Yaconis, la mamá de Lucila, la joven que fue asesinada el 21 de abril de 2003 en un intento de violación, en un paso a nivel del barrio de Núñez, a sólo 50 metros de su casa. Lucila tenía 16 años, una vida llena de sueños y tras ocho largos años de sufrimiento sus padres aún no tuvieron el consuelo de hallar al asesino que les permita que su hija descanse en paz.

En el living-cocina de su casa de la calle Vilela al 1800 permanecen las fotos de Lucila en su cumpleaños de 15 posando con una dulce y angelical sonrisa junto con su hermana Analía que hoy tiene 30 años.

Antes de empezar la charla, Isabel recoge una carpeta que tiene a su alcance donde guarda cada una de las notas que dio a los medios tras el asesinato de su hija. Repasa cada uno de los titulares con mucha vehemencia como si con esa descarga pudiera mitigar el dolor por la pérdida de esa hija que hoy cumpliría 25 años.

“Estos diarios los puedo abrir. Y esto es la muerte de Lucia. Y no puedo ver los retratos de cuando era bebé, está todo como quedó en la casa. Algún día, tal vez, tenga la necesidad de verlo. Nunca reconocí que Lucila estaba muerta”, arranca.

Aquel día fatídico

En la época que mataron a Lucila, su madre tenía dos trabajos. Por la mañana se desempeñaba como empleada en una mueblería en la avenida Cabildo y por la tarde colaboraba en un estudio contable.

Esa fatídica tarde, Lucila salió del colegio y se dirigió a lo de su abuela en donde se encontró con su madre. Por esas cosas del destino, Isabel debíó trasladarse hacia Villa Crespo para visitar a un cliente y le pidió a su hija que no la esperara para regresar porque ella volvería de noche.

Entonces le dijo que se volviera sola a casa, ubicada a solo ocho cuadras de la de su abuela. “A las ocho de la noche me llamó mi marido diciéndome que viniera pronto para mi casa. Pedí hablar con mi otra hija y me dijo que habían traído la mochila de Lucila y que no sabían nada de ella”, cuenta sin olvidarse un sólo detalle.

Isabel cuenta que Lucia “era imposible” que se fuera sin avisar y menos que deje la mochila tirada. Al regresar a su casa, en lo que para ella fue el viaje más largo de su vida (de Villa Crespo a Nuñez) se enteró de la peor de las noticias.

Cuando llegó observó a casi un centenar de personas en la puerta de su casa y pensó que algo grave estaba pasando. En la cocina de su casa, una psicóloga poco amable y menos acogedora para este tipo de situaciones le dijo: “Pregúnteme lo que quiera”, recuerda Isabel. “Yo fui muy directa: Lucila está muerta? Ella me confirmó que si. Es el día de hoy que no lloré y no grité. Necesitaba ponerme adentro de una coraza, y me fui a dormir, algo me dieron”, recuerda.

Transformar el dolor en acción

Al día siguiente Isabel no quería que le contaran nada sobre cómo había muerto Lucila. No vio televisión porque no podía aguantar enterarse del sufrimiento por el que había pasado su hija. A los pocos días se informó por la fiscalía que no llegó a ser violada, pero que como se resistió el atacante la golpeó y la asfixió tapándole la boca y la nariz.

Al principio, sintió culpa por no haber vuelto con su hija como casi todas las tardes, aunque con el correr de los días ese dolor lo fue transformando en acción.  Sólo se quedó con su trabajo en la mueblería de Cabildo y pasaba la mayor parte de su tiempo entre la fiscalía, la policía y las entrevistas con los distintos medios.

“Empecé a tener contacto con los vecinos, con la prensa. Me llamaban a las seis de la mañana de las radios, le puse todo el cuerpo a esto porque la memoria de Lucila siempre va a estar presente a través de lo que yo haga”, dice.

Isabel cuenta que los detectives primero investigaron la vida de su hija, luego al entorno, la familia y después al barrio. Sin embargo, después de ocho años el crimen continúa impune.

“Parece que este asesino cometió casi un crimen perfecto aún existiendo el ADN del homicida por corrimiento de semen en la ropa de Lucila. Empezaron a ver todos los delincuentes sexuales que habían quedado libres en ese momento, a cruzar datos, pero no se encontró nada. Es como buscar una aguja en un pajar”, se queja Isabel que reclama insistentemente la creación del banco de datos genéticos para empezar a “cercar” a los violadores.

La idea de este proyecto (hay algunos similares dando vueltas porla Cámarade Diputados y el Senado que aún no fueron aprobados) es contar con una base genética de los condenados, pero también con un registro especial de los ADN de los delincuentes sexuales no identificados.

Una aparición muy valorada

Uno de los momentos más emotivos para Isabel Yaconis fue cuando a los pocos días de la muerte de su hija, golpeó las puertas de su casa Juan Carr, titular de Red Solidaria, siempre comprometido con las personas que necesitan un abrazo y principalmente las fuerzas para seguir adelante reclamando justicia.

Él la contactó con algunas otras madres y al poco tiempo formaron Madres del dolor, una ONG entre cuyo objetivos figura brindar servicios de asistencia y contención integral a victimas y familiares de hechos de violencia .

Aunque esperó en vano muchos años por justicia, una de las cosas que la emocionaron tras el asesinato de su hija fue la creación de una plazoleta en 2004 en la calle Comodora Rivadavia (a metros de su casa) donde resalta una placa que los vecinos levantaron en honor a Lucila.  “Lucila nos recuerda que los jóvenes deben ser cuidados y protegidos para vivir seguros, para vivir libres, para vivir”, es la frase esperanzadora que emociona a Isabel cada vez que se acerca a la plazoleta.

“Me encantó, no le agregué nada. Ahora estoy en contacto conla Legislatura para que el año que viene oficialmente la plazoleta se llame Lucila Yaconis. Son pequeños mimos y es honrar su memoria todos los días”, se emociona Isabel mientras apoya su mano derecha en la placa.

Es el día de hoy que Isabel no bajó del placard de la pieza de Lucila el álbum de fotos de la infancia de su hija. “Es como que me involucré con la muerte para acá. Me duele todo, especialmente cuando sus amigos suben fotos de chiquitos y la veo de chiquita a ella”, dice entrecortado.

A ocho años de la muerte de su hija, Isabel ya no se ilusiona con encontrar al asesino de su hija porque considera que en el país no hay gente capacitada para investigar este tipo de delitos. Encima, sólo quedan cuatro años por delante antes de que la causa prescriba. Sin embargo, se permite unos segundos para pensar cómo sería hoy Lucila, a sus 25 años. “Me la imagino con un empleo, quizás de novia, todavía soltera, con ganas de formar una familia, viviendo con nosotros”, aventura.

Si hay algo que la caracterizó a Isabel desde los primeros días tras la muerte de Lucila fue el ímpetu y el corazón que le puso a la hora de reclamar justicia y ayudando a mamás que pasaron por su misma situación.

¿Cómo se sigue adelante después de semejante dolor? “Seguís viva. Desgraciadamente sería muy fácil morir porque ahí se termina el sufrimiento. Pero ni morís, ni te volvés loca, estás de pie. Le agradezco a Dios haberme brindado el razonamiento. La mejor forma de cuidar a mi marido y a Analía es estando yo de pie”, responde.

Y antes de guardar la carpeta que marca el antes y el después de su vida, Isabel tiene unas palabras de aliento para aquellos padres que, al igual que ella,  no pudieron ver crecer a sus hijos.

“No hay que encerrarse, ni aislarse. Hay que salir a pedir ayuda. Hay mucha gente generosa en este país. Si querés que a tu hijo se lo recuerde, la única formar de honrar la memoria es con la acción”.

Quienes quieran contactarse con Madres del dolor para hacer donaciones o por otros temas pueden comunicarse llamando al 4953-3412/3482 o visitando la web: www.madresdeldolor.org.ar

Publicado en la revista Mía.

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