“Hoy tengo mucho más de lo que siempre quise”

 

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Matías Rosa fue adicto a las drogas desde los 14 años. Comenzó a consumir desde muy chico hasta que la adicción se hizo insostenible. Robó a mano armada para conseguir más y más droga. Sus padres lo echaron de la casa e intentó quitarse la vida. Sin embargo, en el peor momento entendió que su vida debía tener una segunda oportunidad. Decidió volver a internarse en una Fundación y está en recuperación. Una vez que le dieron el alta comenzó a recuperar el vínculo con su familia y empezó a trabajar en el mismo lugar que lo devolvió a la vida ayudando a otros chicos que atravesaron el infierno de la droga.

Criado en una familia de clase media de Campana, una ciudad ubicada al nordeste de la provincia de Buenos Aires, desde muy chico Matías se sintió muy diferente a su entorno familiar (conformado por sus padres, un hermano y una hermana) y a sus amigos del colegio. Consideraba que no formaba parte de ninguno de los ambientes que frecuentaba. Le gustaban las cosas que a los demás ni siquiera le llamaban la atención como, por ejemplo, pasar mucho tiempo en la calle con chicos más grandes.

En un contexto en el que nunca le había faltado nada, se había empecinado en que sus padres querían más a sus hermanos que a él. No se sentía parte de ese mundo ni tenía mucha comunicación con sus seres más íntimos. Por momentos se sentía sólo, aislado, sin participar de las conversaciones o dilemas familiares. Tal vez, era solamente una idea equivocada que daba vueltas por su mente. Pero nunca exteriorizaba todo eso que pasaba por su cabeza. Sin embargo, esos sentimientos de a poquito lo fueron alejando de las personas con las que más confianza debía tener.

Cuando los demás chicos jugaban, él quería estar con una chica, cuando sus amigos no sabían lo que era el sexo, él ya lo había experimentado. Siempre fue el diferente de todo. Mientras sus hermanos eran muy buenos alumnos, Matías siempre se llevaba materias.

Cuando Matías estaba logrando armar un buen vínculo con sus compañeros de colegio, su papá que es ingeniero lo sorprendió con la noticia de que debían mudarse a Venezuela por una propuesta laboral a la que no le podía decir que no. Los primeros meses en aquel país demoró en adaptarse a la nueva vida, a los nuevos amigos, a la nueva escuela. Cuando, por fin, logró estrechar lazos afectivos a los dos años debieron hacer las valijas para regresar a la Argentina. Y después de un tiempo en Buenos Aires otra vez retornaron al país caribeño. Pero con tan sólo 16 años él se puso firme y decidió quedarse en su país, en su ciudad. Estaba cansado de tantas idas y vueltas. Y finalmente permaneció un tiempo en la casa de su abuela.

A los 12 años comenzó a ir a bailar a la matinée. Y mientras la mayoría de los chicos de su edad tomaba coca cola y comía algún pancho o hamburguesa dentro del boliche, Matías se juntaba con unos muchachos más grandes y los acompañaba en el consumo de alcohol en petacas. De esa forma pensaba que las demás personas lo iban a aceptar. Y desde ese momento no paró de tomar, al tiempo que continuaba con una vida que poco tenía que ver con la de un chico de su edad. Una tarde le ofrecieron probar marihuana y casi instantáneamente comenzó a fumar. Tenía apenas 14 años, estaba entrando en la adolescencia, pero sin darse cuenta también estaba ingresando a un mundo desconocido, a un infierno del que le costaría muchísimo salir.

Al principio sólo fumaba los fines de semana, pero con el correr de los días se transformó en una costumbre. “Era levantarme y fumar, acostarme y lo mismo, llegué a fumar hasta 30 porros por día, estaba totalmente sedado y sin ver la realidad de la vida. Creía que lo hacía para sentirme parte y hacerme el rebelde, me sentía con más poder. No hacía nada, comía mucho y me quedaba viendo televisión todo el día. Iba al colegio y me iba, no entraba. O asistía, daba el presente y me iba para no quedar ausente. Quizás mis padres sabían de mi consumo pero lo ocultaban, no querían ver la realidad. Siempre conviví con el sentimiento de vacío y soledad. El único registro que tengo de que fui feliz era de niño porque no consumía y recuerdo haber reído y jugado con mamá y papá. Pero desde los 15 años lo único que llenaba ese vacío era la droga”, me dice.

Con las únicas personas con las que tenía un diálogo abierto era justamente con quienes consumía. Pero las charlas sólo giraban en torno a las drogas. Cuándo iban a comprar, cuánta cantidad, dónde y cómo la iban a repartir eran algunas de las preguntas que se hacían en grupo.

Luego de fumar marihuana por un largo tiempo, irremediablemente empezó a consumir cocaína. Desde ese momento no pudo dejar de hacerlo. Al principio, fue sólo durante los fines de semana y Matías estaba convencido de que esa sustancia era lo más grande que le había pasado en la vida. Se sentía muy satisfecho porque la cocaína le quitaba la vergüenza y lo desinhibía a la hora de encarar a las chicas. Esas circunstancias hicieron que en adelante no parara de consumir. Después de los viernes y los sábados, empezó a consumir cuatro veces a la semana, después cinco y luego seis hasta que sin darse cuenta hubo un momento en que no pudo dejar de hacerlo. Se acostaba con la bolsa de cocaína en la mano, se levantaba de la misma forma y cuando abría los ojos lo primero que pensaba era dónde y cómo iba a poder conseguir más de esa sustancia porque ya no tenía más dinero. Hacía lo que sea para proveerse de más y más droga. Al principio, les robaba dinero a sus padres, pero cuando ellos se dieron cuenta no le quedó otra opción que ir vendiendo algunos objetos valiosos que tenía como la Play Station o su guitarra eléctrica.

Una oportunidad perdida

Cada vez su adicción iba en aumento y cada día le resultaba más difícil poder terminar con esa locura. Se sentía tan sólo, triste y desesperado que una mañana

llegó a cortarse los brazos y las manos. Había perdido el control de su vida y de sus actos. Sentía una desesperanza muy difícil de explicar con palabras. Quizás, sin darse cuenta, estaba pidiendo ayuda a los gritos. Inmediatamente volvió a su casa y le suplió llorando a su papá que lo internara porque no daba más. No podía más con su vida.

Alertado por el cuadro de situación que tenía su hijo, a mediados del año 2010 su padre decidió internarlo en la Fundación Identidad, un centro para el tratamiento de diversos tipos de adicciones. Permaneció allí nueve meses y se sintió contenido por los especialistas y por sus compañeros. En ese lugar le enseñaron mucho de la vida, a cómo ser feliz, a cómo hacerse responsable. Sin embargo,  Matías pensó que ya estaba bien, que podía salir y se olvidó que tenía una enfermedad. Y al poco tiempo volvió a consumir. Con el tiempo comprendió que lo peor para un adicto era creérsela. Y él se la creyó.

Antes de internarse para su rehabilitación, Matías trabajaba como empleado en una empresa metalúrgica internacional  y pese a la gran cantidad de ausencias que tenía seguía cobrando el sueldo ya que su padre tenía un alto cargo en la compañía. Por eso, al salir de Identidad tenía ese dinero fresco a su disposición que no dudó en utilizarlo para volver a consumir. Una y otra vez. Pero luego de un período no muy largo, la cuenta de su bancó se quedó en cero. Y la desesperación por seguir drogándose continuó en aumento. Fue en ese momento que la impotencia lo llevó a robar en casas. Estaba totalmente entregado y jugado. No tenía miedo a lo que pudiera pasarle. Sólo quería cocaína, esa era su única preocupación, su única meta por aquellos tristes días de su vida. Permaneció detenido varias veces por tenencia de drogas y disturbios. Iba de comisaría en comisaría, aunque nunca llegó a estar preso en un penal. Y fueron varias las veces en que fue recibido a los tiros en las villas cuando iba en búsqueda de su cometido.

Hubo un momento en que los padres dijeron basta, le pusieron un límite y lo echaron de su casa. Era el mejor recurso que encontraron para evitar que su hijo siguiera con ese calvario. Matías reconoce, con el tiempo, que esa decisión le salvó la vida porque lo hizo darse cuenta que tenía que cambiar, que tenía que darse una nueva oportunidad, que de esa forma se estaba muriendo. Pero en ese entonces sólo veía a la cocaína como su único camino para seguir vivo.

Cuando se vio obligado a abandonar su hogar, Matías deambuló por las calles de Campana hasta que se instaló en la estación de trenes de esa localidad. Los sentimientos de soledad y vacío se hacían frecuentes una y otra vez. Sentía que nadie lo quería. Su abuela era la única que le ofrecía un plato de comida. Durante esa recaída, varias veces intentó arrojarse a las vías del tren. “Lo que siempre me acuerdo son los horarios de los trenes, los tengo fijos en mi cabeza porque siempre pensaba que en el próximo tren me tiraba, pero evidentemente no tenía el valor para hacerlo. No quería saber más nada con mi vida. En ese momento estaba tan loco que la verdad no sabía por qué nunca llegué a tirarme. Tengo un poder superior gigante que me cuidó y que no quería que me muera. Creo que finalmente no lo hice porque yo sabía que había algo que me podía cambiar la vida porque lo había vivido durante el tiempo que había estado internado. Sabía que se podía vivir mejor pero no tenía el coraje ni la voluntad para volver a pedir ayuda porque tenía que volver con la cabeza gacha, con el fracaso encima”.

 Una segunda oportunidad

 Tras esos intentos por acabar con su vida, Matías se dio cuenta que finalmente estaba completamente derrotado, cansado de estar cansado, de tanto sufrimiento. Una tarde tomó su celular y se comunicó con la fundación donde se había tratado la primera vez. Pidió hablar con uno de los consejeros (son las personas que guían a diario el tratamiento y la contención afectiva de los adictos) y le rogó que lo dejaran volver. También le aclaró que no tenía dinero para afrontar los gastos. De repente, la comunicación de cortó y a los 15 minutos recibió un mensaje de texto de Trinidad, la consejera que había estado muy pendiente de él durante los tiempos de la internación.

– Matías: soy Trinidad. Te estuve llamando varias veces. Por favor, atendeme porque quiero ayudarte- le puso.

Mientras iba leyendo esas líneas, se le iba dibujando una sonrisa en su rostro. En ese momento se le apareció la imagen de esa mujer que tan bien lo había tratado y que tanto había hecho por él, por su recuperación. Ese instante tan solo fue interrumpido por la melodía de su teléfono que le anunciaba que una segunda oportunidad podía ser posible, que sólo dependería de él, de sus ganas de cambiar, de su intención de conectarse con la vida. Esa charla no duró más de 10 minutos, lo suficiente como para que Matías se diera cuenta que desde la fundación iban a volver a confiar en él. A los cinco minutos la voz de Trinidad lo volvió a sorprender.

– Hola Matías: te cuento que tu papá está yendo a buscarte para traerte de nuevo a la fundación, así que te esperamos. Te mando un beso y nos vemos en un rato-le expresó.

Matías estaba muy emocionado, ansioso, mientras aguardaba por la presencia de su padre a quien hacía un largo tiempo que no veía. Inmediatamente lo pasó a recoger por la plaza en Campana donde vivía. Sin hablarle, le hizo señas de que subiera al auto. Estaba serio. En todo el viaje ni le dirigió la palabra. Al llegar al destino lo dejó en la puerta y se fue. Y estuvo meses sin volver a verlo. No bien ingresó a Identidad por segunda vez se dio cuenta que debía hacer el cambio por él mismo ya que estaba cansado de vivir la vida que estaba llevando. No quería seguir condenado a vivir consumiendo y a morirse joven.

 Ese recordado 26 de junio de 2011 se encontró con un lugar  maravilloso que ya conocía. Al principio, pensó que lo iban a juzgar, pero no bien lo vieron lo abrazaron y le dijeron que ya nada malo le iba a poder pasar. Él estaba derrotado, entregado. Los primeros días le costó meterse de lleno en el tratamiento. Y hasta pensó en volver a irse. Uno de esos días su nuevo consejero se acercó a hablarle.

-Te ofrezco mi corazón, te lo entrego  y cuídalo que yo voy a cuidar del tuyo cuando vos estés dispuesto a ofrecérmelo- le propuso.

Esa frase lo conmovió. No entendía cómo alguien le iba a dar su corazón a él que  se sentía que era un desastre. Lo que más lo marcó de esa charla fue que una persona que casi no lo conocía estaba confiando en él cuando ni siquiera él tenía esperanzas en sí mismo.

La rutina comenzaba a las 8:00 al despertarse, luego desayunaba y más tarde limpiaba el cuarto que compartía con otros chicos. A las 10:00 se sentaba a escribir planes terapeúticos (talleres de escritura donde cada uno expresa  situaciones y anécdotas de sus días de consumo que sirve para tomar conciencia de la enfermedad) y al mediodía disfrutaba de un rico almuerzo para luego asistir a los talleres de meditación en los cuales los profesionales que lo trataban les hacían devoluciones de cómo iban evaluando su recuperación. Además, compartían charles y mates con amigos y los clásicos partidos de fútbol.

El proceso de internación fue algo “maravilloso”, “único” y recibió más amor que el que había recibido en toda su vida. Matías disfrutó plenamente de los seis meses que permaneció internado y definitivamente se enamoró de cada uno de los rincones de ese lugar que lo ayudó a salvar su vida.

“Me sentía identificado con otros, el adicto siempre se cree diferente y el hecho de que una persona comparta su situación fue muy importante para sentirnos que éramos parte de lo mismo, a pesar de que nuestras historias eran diversas. Yo escuchaba a uno de mis compañeros y pensaba que los dos veníamos del mismo lugar, lo que te está pasando a vos es los mismo que me pasó a mí. Ahí veo que alguien sufrió, que se frustró como yo y me doy cuenta que no estoy solo. Eso era lo más lindo: el compañerismo, la ayuda, hablar con la gente cuando terminaban las charlas, contarnos nuestras experiencias”.

 Mientras realizaba su tratamiento, Matías no tuvo la suerte, a diferencia de la mayoría de sus compañeros, de poder contar con la visita de sus padres y otros familiares cercanos. Su mamá y su papá solo fueron a verlo cuando restaban muy pocas semanas para que le otorgaran el alta. Ese encuentro fue seco, aunque con el correr de los días comenzó a dialogar con ellos, al menos, telefónicamente.

Si bien no fue a buscar amigos a Identidad sino a pedir ayuda para dejar de consumir, además de contención, amor, cariño, compromiso, dedicación y esperanza también se llevó la amistad de mucha gente con quienes compartió una trascendental parte de su vida. Una vez que recibió el alta médica se fue a vivir a un departamento con Nahuel y Leandro, sus dos mejores amigos, a quienes define como dos personas maravillosas con quienes compartió momentos únicos, con quienes lo une una relación honesta, personas que saben todo de su vida y él de las suyas. Pero si de agradecimiento se trata no puede dejar de nombrar a las cuatro personas que lo marcaron en su camino hacia la recuperación: Walter y Celeste (directores de la fundación) que en todo momento le brindaron su corazón y le abrieron las puertas de su casa. Y Trinidad y Marcelo, sus dos consejeros, que fueron, son y serán partes de su vida.

Volver a empezar

Cuando recibió el alta, Matías todavía seguía perteneciendo a la misma empresa en la que trabajaba antes de su internación.  Pero como él les había comentado a sus consejeros que en ese lugar muchos de sus compañeros también consumían, le aconsejaron que lo mejor era cambiar de aire. Como quería mantenerse limpio, aceptó el desafío aunque al principio no le resultó nada sencillo. Y se volvió a frustrar ya que estuvo casi dos meses sin encontrar empleo. Hasta que terminó limpiando baños en un bar con un salario de apenas $ 2500, una cuarta parte de lo que obtenía en su anterior trabajo. Fue duro al principio, pero tuvo que aprender que era un trabajo con el que no se iba a casar pero que le resultaba fundamental para mantener una responsabilidad y un horario. A los pocos meses lo llamaron para ser asistente de logística en una empresa, fue a la entrevista y volvió a tener una recaída de actitud cuando le dijo a la persona que lo entrevistó que se encontraba estudiando logística en la universidad cuando en realidad no lo hacía. Como la mentira tiene patas cortas, al poco tiempo lo descubrieron y apenas duró tres meses. Por aquellos días pensó que no servía para nada, que era un desastre, que le habían enseñado a ser honesto y que él había mentido. Se sintió fracasado, una vez más. Y lloró mucho. Pero esta vez el llanto fue más cortó. Una noche se quedó recordando todos los dulces momentos que había vivido mientras estaba internado y sacó fuerzas de donde no las tenía porque si algo sabía era que deseaba verse bien, honesto, saludable, feliz. Mientras vendía ropa en la calle, una mañana recibió el llamado de Celeste quien le ofreció realizar unas guardias nocturnas como consejero en la fundación asistiendo a chicos que querían dejar de consumir. No lo dudó ni un instante. Al principio lo hizo sólo algunas horas y con el tiempo se fue transformando en un trabajo de tiempo completo. Y ese trabajo le llena la vida porque para él es muy gratificante que una persona pueda dejar de consumir gracias a que él aportó su granito de arena.

Hace más de tres años que Matías no consume y en todo este tiempo nunca pensó en hacerlo, aunque si en algún momento esos pensamientos llegan a invadir su cabeza no va a dudar a la hora de pedir ayuda. Una de las cosas más importantes post internación es que de a poquito está logrando generar confianza con su familia, a quienes engañó durante 15 años. Si bien no cree que les pueda devolver a sus padres el dinero que les robó en esos tiempos en que su enfermedad dominaba su vida, está convencido que en el día a día puede realizar diferentes cosas para enmendar sus errores y acompañarlos. “La relación con mis viejos ahora es maravillosa a partir del hecho de que yo cambié, los puedo abrazar, decirles te amo, contarles qué me pasa. Hoy puedo compartir con mi papá una charla de fútbol y ver los partidos de Boca. Y eso me encanta”. Salidas los fines de semana, ir a cenar, a ver una película o simplemente pasar un rato juntos son algunos de sus planes preferidos a la hora de vincularse con su familia.

Gracias a su vuelta a la vida, pudo comprarse un auto, alquilar una casa y está muy contento a pesar de que sus ingresos son inferiores a los de su antiguo trabajo porque en sus peores momentos de consumo y locura el dinero sólo le duraba hasta el tercer día del mes. Si de sueños se trata, Matías anhela con que todas las personas de su entorno sean felices a su lado y con poder mantenerse siempre limpio y en recuperación. Y entre la lista de los sueños más “egoístas” figuran tener una casa propia, poder crecer personalmente, en lo económico y formar una familia ahora que aprendió lo valioso que significa quererse primero a sí mismo para amar luego a otras personas.

“Estoy agradecido de ser un adicto en recuperación porque gracias a eso me puedo reconocer como un hombre honesto, responsable, amoroso, valioso, cariñoso, dador, comprometido, todas virtudes que nunca había visto en mí. Siempre había sido seco, egoísta, vacío. No pretendo más de lo que tengo. Hoy con lo que tengo me llena el corazón, nunca pensé que iba a tener todo esto y si me hubieran dicho hace tres años atrás que iba a tener lo que hoy tengo no lo hubiera imaginado. Hoy tengo mucho más de lo que siempre quise, no me puedo quejar de nada”.

 

Matías es una persona franca, sincera y su mirada nostálgica irradia una energía positiva para el que tiene la suerte de conocerlo. El mayor legado de su historia es que siempre existe una segunda oportunidad para hacer cambios en nuestras vidas. Y que para tener esa nueva posibilidad es necesario tomar conciencia de que estamos ante una situación límite para la cual debemos pedir ayuda y confiar en las personas más cercanas que nos pueden brindar las herramientas para empezar a sentirnos mejor. El hecho de haber compartido entre pares su historia, su dolor y su tristeza fue trascendental para sentirse identificado y comprender que no era la única persona en el mundo que padecía esa enfermedad. Y al salir transformado positivamente de su experiencia, todo lo aprendido y su historia personal le posibilitaron embarcarse en un trabajo en el que día a día ayuda a otros chicos a salir del infierno de las drogas. Sin dudas, una actividad que lo llena de orgullo y de felicidad.

 

 

 

 

 

 

 

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