“La primera visita fue horrible porque mi abuela quería restituirme mi historia y lo único que yo quería era seguir con mi vida”

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Mariana es una mujer simpática, sensible y divertida que primordialmente manifiesta un gran amor por su familia. Lo más importante de su historia fue el click que pudo hacer en el momento en que logró colocarse en el lugar de sus familiares biológicos que no pararon ni un segundo hasta poder encontrarla. Esa empatía que comenzó a gestarse, gracias al amor y a la comprensión de su marido, fue el factor primordial que le posibilitó entender el porqué de las cosas que habían sucedido en su vida y el interés que le generó conocer de dónde venía. Y es precisamente esa empatía la que después de un largo tiempo le permitió ir sanando poco a poco sus heridas.

Leyendo en el sitio web de las Abuelas de Plaza de Mayo la síntesis de las historias de los nietos recuperados una vez que finalizó la última Dictadura Militar, me llamó mucho la atención el caso de Mariana Zaffaroni Islas (39). De muy chiquita había sido arrancada de los brazos de su mamá en el Centro Clandestino de Detención “Automotores Orletti” para ser apropiada por un matrimonio que tenía contacto con los militares y que no podía tener hijos. Una doble escalera caracol me lleva al quincho cubierto de su casa en el Bajo Flores, en pleno corazón de la ciudad de Buenos Aires. Una larga mesa con cuatro bancos se ubican por delante de la parrilla que se encuentra pegada a la mesada de la cocina. A la derecha me llama la atención una ventana que permite salir y disfrutar de un hermoso día soleado en la terraza. No bien nos sentamos a conversar, Mariana me dice que su vida no fue traumática. Sin embargo, su caso evidencia el antes y el después de una persona que, con muchas idas y vuelta, disfruta el hecho de haber recuperado su verdadera identidad.

 

 

Los primeros años de vida recién los pudo reconstruir de adulta cuando su familia biológica comenzó a contarle la verdadera historia. Sus padres eran uruguayos y en el año 1973 habían recalado en Buenos Aires para refugiarse de la dictadura de ese país junto a otros militantes que querían formar un partido político para contrarrestar al gobierno antidemocrático desde el exilio. En ese contexto, el 22 de marzo de 1975 nació Mariana, la primera hija de ese matrimonio. En el marco del plan Cóndor y con el objetivo de desmembrar esas células que combatían contra los gobiernos de facto, se produjeron dos redadas en 1976. La primera fue un junio y los padres de Mariana lograron salir con vida. Sin embargo,  el 27 de septiembre de 1976 su papá fue sorprendido y secuestrado a unas cuadras del de la casa donde vivían en Vicente López. Cuando Mariana llegó a upa de su mamá las interceptaron y los tres fueron trasladados a “Automotores Orletti”. A los tres días de estar arrestados una compañera que luego fue liberada declaró haber interactuado con ella y con su mamá. Hasta el 30 de septiembre se supone que los tres habrían estado en ese sitio y se especula que entre los días 5 y 6 de octubre sus padres habrían sido llevados detenidos a Montevideo en un vuelo de la Fuerza Aérea uruguaya.

Como Mariana se había quedado “huérfana”, unos compañeros del agente de inteligencia Miguel Angel Furci le propusieron que se quedara con la niña ya que junto a su esposa, Adriana,  hacía tiempo que venían buscando tener familia con resultados negativos. A partir de ese momento los apropiadores la anotaron como hija propia, falsificando la partida de nacimiento con una fecha seis meses posteriores al día que había venido a este mundo.  Todo en condiciones muy irregulares, como cientos de casos en aquella época negra que afrontó nuestro país. Con apenas un año y medio de vida Mariana pasó a llamarse Daniela Furci y desde ese día tuvo una mamá y un papá nuevos. Sin embargo, siendo tan pequeña no era consciente de que la habían arrancado de los brazos de su madre y que ambos progenitores ya se encontraban desaparecidos.

Una foto contra la mentira

A partir de ahí “Daniela” comenzó una vida normal como cualquier nena de su edad rodeada del cariño de sus padres y del resto de la familia. Muy buena alumna en el colegio, disfrutaba mucho de las clases de piano, de gimnasia y de natación, mientras que la fallida y estúpida Guerra de Malvinas entre abril y junio de 1982 comenzaba a marcar en la Argentina un quiebre hacia la tan necesitada y aclamada vuelta de la Democracia.

Una mañana de mayo de 1984, cuando Raúl Alfonsín llevaba apenas cinco meses en su gobierno con la esperanza de dirigir un país mejor pero sin el olvido de los que habían causado tanto terror y derramado tan sangre injusta,  una mujer se le acercó a “Daniela” mientras ella jugaba a la rayuela junto a una compañerita.

-Que lindas chicas que son, ¿les puedo sacar una foto?- les preguntó.

-Sí, no hay problema– contestó “Daniela” que para ese entonces tenía ocho años.

-¿Cómo se llaman? – preguntó la misteriosa mujer.

-Ella se llama Valeria y yo soy “Daniela”– le contestó.

La mujer acomodó su cámara, tomó unas cuantas fotos ante la tímida mirada de las chicas que sonreían ante casa flash. Antes de irse les preguntó qué día cumplían años para llevarles de regalo los retratos a sus casas. Cuando esa tardecita regresó a su hogar, “Daniela” les comentó a sus padres de crianza aquella anécdota en el colegio mientras se quitaba la mochila para disfrutar de una leche chocolatada. No había terminado de decir la frase que su padre se mostraba muy exaltado, exacerbado, enojado, casi furioso. En ese momento entró a la cocina y se puso a dialogar muy verborrágicamente con su esposa mientras ella los miraba desde el living sin comprender el porqué de esa discusión.  A los 15 minutos, algo fastidioso, Miguel salió de la cocina  e inmediatamente le preguntó a su hija cómo había sido el diálogo con la fotógrafa, en qué momento había sido y por qué había fotografiado a ella y no a otras nenas. Todas respuestas que desde su inocencia ella no le supo dar, mientras continuaba sin entender qué había sido lo malo al dejarse tomar esas fotos junto a una de sus mejores amigas y dentro del ámbito del colegio. Sin embargo, a las pocas semanas empezó a comprender, a cuentagotas, lo que estaba sucediendo cuando una mañana la ciudad amaneció con afiches en los que se encontraba su foto y una leyenda que daba cuenta de que la estaban buscando desde el Uruguay. Muchos años después se enteraría que la persona que tan amablemente se había acercado a sacarle las fotos era la esposa de un compañero militante de sus padres biológicos que tenía la información de que una nena con características muy similares a las suyas podría estar viviendo con el matrimonio Furci. Además sabían que Adriana nunca había estado embarazada. Y como solamente tenían una foto suya de cuando era bebé quisieron chequear personalmente esa probabilidad. Y al poco tiempo apareció, y no solamente en la calle sino además en los medios de comunicación, una foto del álbum de su comunión que había tomado ese mismo año en su colegio. En ese retrato, en el que se encontraba acompañada por Miguel y Adriana, se la veía con la cara algo demacrada y fue difundida con el objetivo de causar impacto público.

A partir de ese momento, me cuenta, ella y sus padres comenzaron a tener que asistir al juzgado porque su caso empezaba a ser judicializado. “Daniela” nunca había sospechado nada sobre su origen y para ella Miguel y Adriana eran sus padres. Hasta ese momento nunca le habían dicho que era adoptada. Por aquellos días de muchas corridas, su padre le explicó que una familia de uruguayos estaba buscando a una nena que pensaban que era ella, pero le dijo que se quedara tranquila porque no se trataba de ella. Sin embargo, como la situación con la justicia se hacía cada vez más complicada a mediados de 1985 “Daniela” tuvo que dejar el colegio y para noviembre de ese año sus padres decidieron viajar con ella a Paraguay, en forma clandestina. Por razones que desconoce, a principios de 1987 regresaron a Buenos Aires y para no generar sospechas sus padres decidieron que rindiera libre quinto, sexto y séptimo grado en un examen integrador que le permitió comenzar la secundaria en 1989.

Parte de le verdad

Una tarde de mediados de 1989 un amigo íntimo de su familia de crianza sorpresivamente la fue a buscar al colegio. Al principio le pareció sumamente raro ese encuentro.

-Hola “Daniela”, ¿cómo estás? tengo que hablar con vos- le dijo.

-Hola! todo bien, no me esperaba que vinieras a verme a la escuela. ¿Pasó algo?

– Miguel y Adriana me pidieron que yo te contara una noticia, una decisión que ellos habían tomado- continuó el familiar.

-¿Pasó algo malo con ellos?- le preguntó.

-No, “Daniela”. Lo que tengo para decirte es que Miguel y Adriana no son tus papás biológicos. Ellos me pidieron a mí que te lo dijera.

“Daniela” se quedó dura, perpleja. Al rato logró reaccionar.

-Si ellos no son mis papás, ¿yo soy esa nena que estaban buscando desde Uruguay?– le preguntó.

– No sé esa información, es posible que si o tal vez no.

Después de esa charla “Daniela” sintió que nada iba a cambiar en su vida en relación al amor que sentía por sus padres y al vínculo de cariño que los unía.

Tras reconocer que no eran sus padres biológicos, a Miguel no le quedó otra opción que comenzar a vincularse por correspondencia y luego personalmente con unas tías de “Daniela” que vivían en Montevideo para negociar su libertad con una salida lo menos dolorosa posible para ellos y para su hija. Lo que él no quería era que se siguiera judicializando la situación. A los pocos meses su tía Cecilia viajó hasta Buenos Aires para conocerla. Del encuentro, que se realizó en la confitería Richmond, también participó su padre de crianza. En esa primera reunión, que fue muy corta, “Daniela” no manifestó sentimientos de cariño hacia su tía. Simplemente no le salió, no lo sintió.

En medio de cuatro largos años de negociaciones entre ambas partes, entre 1988 y 1992, sorpresivamente una noche ingresaron tres agentes armados de interpol al departamento en el que vivían en el barrio de Flores.  “Yo tenía terror cuando los vi que entraron. Me acuerdo que estábamos los tres en piyama para irnos a dormir. Me quedé quieta sentada en el sillón, mientras mi corazón no paraba de latir. Adriana estaba muy nerviosa, yo trataba de contenerla, de que se quedara tranquila. A ellos dos se los llevaron detenidos al departamento de policía mientras que a mí me dejaron en la sede de Interpol junto a uno de mis abuelos de crianza. Me acuerdo que había un oficial de guardia que me decía que tenía que esperar a que me llamara  el juez porque quería hablar conmigo luego de entrevistarse con mis padres”, me cuenta.

Al día siguiente, a eso de los siete de la tarde, fue trasladada al Juzgado Federal de San Isidro donde el juez que entendía en su causa, Roberto Marquevich, la puso al tanto de cómo venía la investigación para conocer su verdadera identidad. Mientras su señoría le hablaba, “Daniela” casi que no le prestaba atención. El magistrado le comunicó que debía realizarse los análisis de ADN para comprobar si efectivamente era la persona que estaban buscando hacía tantos años del otro lado del Río de La Plata. No obstante, en lo único en que ella pensaba era en cuál iba a ser el destino de sus padres de crianza. Esa era su única preocupación: que sus padres estuvieran bien, que no les pasara nada. Esa noche volvió a su casa en un patrullero acompañada de una asistente social y a los pocos días fue testigo de cómo su caso comenzó a tomar estado público y a figurar en la agenda de los principales medios de comunicación del país.

A mediados de 1991, mientras Miguel y Adriana estaban presos, a “Daniela” se le realizaron los análisis inmunogenéticos en el Banco Nacional de Datos Genéticos. A los pocos días se confirmó fehacientemente que se trataba de Mariana Zaffaroni Islas, hija de María Emilia y de Jorge. Y en 1993 la justicia le restituyó su verdadera identidad. A los pocos días le quitaron su documento y le entregaron un certificado que daba cuenta de que su anterior DNI había sido retenido, al tiempo que la mandaron a tramitar una copia de la partida de nacimiento para luego ir a buscar su nuevo documento. Sin embargo, ella solo seguía pensando en sus padres de crianza, estaba muy preocupada por ellos. Se mostraba furiosa y se rebelaba contra su verdadera identidad. No quería saber nada con usar su nuevo documento ni mucho menos con que la llamaran Mariana. Pero, sin embargo, Mariana ya no podía hacer demasiado para evitar que su familia biológica soñara con conocerla, con acercarse, con brindarle todo su cariño en pos de recuperar todo ese tiempo que no les habían permitido pasar.

El encuentro no fue para nada propicio. La antesala del despacho del juez, que tenía unos sillones y una mesa ratona, fue el lugar elegido para la reunión. Estaban sus dos abuelas y dos de sus tías, una de ellas Cecilia, con quien ya se había visto hacía un tiempo atrás. Mariana se mostró fría y muy distante, solamente atinó a darles un tibio saludo de compromiso ante las enormes expectativas con las que habían viajado sus familiares desde la banda oriental. Mariana estaba como con una coraza y no les permitió que se acercaran demasiado a ella. Solamente les preguntó por qué habían hechos las cosas de la manera que las hicieron (exponiendo sus fotos y su historia ante la opinión pública)  sin conocer el contexto histórico en el que se habían desarrollado los secuestros, los asesinatos, los robos de bebés y las desapariciones.

Por decisión del juez la guarda provisoria se la otorgaron a la mamá de Adriana por lo que Mariana se fue a vivir a la casa de su abuela de crianza, con la condición de que aceptara las visitas de su familia biológica. Mientras tanto, hacía su vida normal. Cuando terminó el secundario, arrancó la carrera de Derecho en la Universidad de Buenos Aires al tiempo que comenzó a vincularse muy lentamente y casi sin ganas con su familia de origen.

“La primera visita fue horrible, espantosa, en la que mi abuela materna lo primero que hizo fue sacar un sobre de madera con fotos y decirme: bueno, esta es tu mamá, este es tu papá. Yo agarré las fotos y le dije que no me interesaba verlas. La intención de ella era restituirme mi historia, pero yo no quería saber nada. Lo único que quería era seguir con mi vida. Cuando me escribían o me llamaban por teléfono se quejaban y me reclamaban que yo nunca las llamaba o que tardaba mucho en responder las cartas que me enviaban. Una vez les dije que no esperaran otra cosa porque el hecho de que me llamaran o me escribieran significaba que eso me estaba pasando a mí. Era mi forma de resguardarme, era un acto egoísta”.

Sentido común y empatía

Esa “comunicación” entre Mariana y su familia biológica duró ocho años, entre 1992 y 2000, mientras ella seguía más preocupada por la suerte de sus padres de crianza (Miguel permaneció preso tres años y medio por supresión de la identidad y falsificación de documento público mientras que Adriana estuvo en la cárcel sólo nueve meses) y por continuar con su vida normalmente. Pero cuando se puso de novia con Daniel (su esposo y padre de sus tres hijos) desde el sentido común él logró hacerla correr de su posición intransigente hasta que lentamente se fue colocando en el lugar de sus abuelas y de sus tíos. Después de varias charlas su marido logró que Mariana se pusiera a pensar en lo que sus familiares habían sufrido, primero con la desaparición de sus padres y luego batallando durante años para dar con su paradero. Después de mucho tiempo pudo lograr esa empatía necesaria para poder vincularse con ellos desde otro lugar.  Pero el click finalmente lo hizo cuando nació su hija Agustina (14). En ese momento sus abuelas y sus tías viajaron desde Uruguay para conocer a su bebé y Mariana comprobó que en esos encuentros la relación ya pasaba por otro lado y que ella ya no era el centro de atención. Le preguntaban por su hija, si dormía bien, si tomaba la teta, cómo se comportaba de noche. En los encuentros anteriores Mariana se sentía muy observada por sus abuelas que trataban de encontrarle un parecido físico con sus progenitores. Pero desde ese momento, se empezó a vincular desde otro lugar y comenzó a cambiar la actitud, a no cerrar más las puertas. Y al año siguiente viajaron con Daniel y con su pequeña hija para reencontrarse con su familia en Uruguay y con los otros parientes que habían llegado desde los Estados Unidos y de Brasil. Esa reunión se llevó a cabo en la casa de una de sus tías en Punta del Este en un clima de vacaciones y mucha distención. Y lo que más le llamó la atención fue que estando en ojotas charlando con sus tíos y con sus primos, comprobó que todos tenían los pies de la misma forma, evidentemente un rasgo genético imposible de disimular.  Y a partir de ese momento todos los veranos los pasa junto a su familia en Uruguay en un marco cada vez más cariñoso y fluido.

“Con el tiempo les empecé a preguntar de mis padres y ellos, con gusto, me empezaron a contar. Me dijeron que mi vieja tocaba el piano, era hija única y que estudiaba en el magisterio. Mi viejo venía de una familia bastante acomodada que vivía en un barrio de clase alta. Era muy inteligente, Iba a un colegio irlandés, bilingüe, pero después pasaron a ser de clase media. Los dos empezaron muy jóvenes su militancia en la secundaria, se pusieron de novios y al poco tiempo se casaron y se vinieron a Buenos Aires. Tengo rasgos de mi vieja como, por ejemplo, la boca, los ojos redondos y de mi papá tengo parecidas las orejas, la nariz y los pies”, me cuenta, mientras una sonrisa insoslayable se dibuja en su rostro.

En el año 2009 a Mariana la invitaron a Uruguay para la presentación de un libro de la periodista Analía Argento sobre la recopilación de historias de hijos de desaparecidos. Y el viaje también incluía la entrega de una plaqueta en la que se la nombraba ciudadana ilustre de Montevideo. Esa noche la intendencia de esa ciudad se encontraba colmada de gente que quería saludarla y abrazarla ya que su historia, sin que ella lo supiese, se había transformado con los años en un caso paradigmático en la búsqueda de los hijos de desaparecidos. Entre tantos presentes, muchos militantes que habían conocido de cerca a sus padres no pudieron contener la emoción de tenerla tan cerca tras tantos años de lucha.  En ese momento comprendió que su historia no era solamente de su familia, sino que había cientos de protagonistas que del otro lado del charco habían peleado por restituirle sus verdaderos lazos afectivos.

 “Los padres de Mariana”

A raíz de su inquietud de conocer más sobre la vida de sus padres, un sociólogo decidió realizar una investigación y escribió un libro luego de entrevistar a muchas personas que los acompañaron hasta los últimos minutos que se tienen registro de ellos. Gracias a los “Padres de Mariana”, ella tuvo la suerte de conocer a María Emilia y a Jorge en un aspecto más relacionado a la vida cotidiana. Se enteró que imprimían panfletos, hacían pancartas y que pese a que no participaron en la lucha armada fabricaban bomba lanza panfletos. En el libro también figuran las canciones que su papá le cantaba a su mamá cuando ella estaba en su panza y las cartas que ambos les escribían a su familia en Uruguay cuando se encontraban en Buenos Aires. Mariana considera este legado como un privilegio que no tienen todos los hijos de desaparecidos pero, por otro lado,  también la enfrenta con la descripción de los últimos días de sus padres y con la angustia y la incertidumbre con la que ellos vivían. “Hay partes en la que me pongo muy triste, el final no es feliz porque desde que empieza ya sabés cómo termina, pero para mí es bueno tenerlo armado en un solo relato que es consistente y si hay algo que no me acuerdo, voy y lo busco”.

Actualmente, Mariana es profesora de Derecho en la Universidad Kennedy y en la Universidad Abierta Interamericana (UAI) a las que concurre entre tres y cuatro veces por semana. En el resto del tiempo hace de “remisera” de sus tres hijos: además de Agustina tiene a Lourdes (9) y a Augusto (8). Los lleva y los trae del colegio y durante la semana también los traslada a fútbol, a gimnasia, a inglés y a la casa de los amigos. Junto a su marido, tiene un grupo de amigos con los que asiduamente se juntan los fines de semana para ir a comer afuera.

También disfruta mucho del torneo de vóley que disputa todos los domingos por la mañana en la Asociación Cristiana de Jóvenes y cuando el tiempo se lo permite, generalmente durante el verano, se pone a leer Best sellers, especialmente novelas.

 

Cuando cumplió 35 años sintió que era el momento de festejar realmente el día en que había nacido, es decir, el 22 de marzo y a partir de ese momento se presentó como Mariana ante todas las personas que empezó a conocer.

A medida que fue teniendo más claro su origen, la relación con sus apropiadores no fue la misma de antes. Y a mediada que fue comprendiendo y compartiendo su historia con los demás, empezó a cuestionarlos y a hacerles reclamos que no siempre fueron atendidos. Adriana, me cuenta, no entiende en qué se equivocó y Miguel le pide disculpas por todo lo que pasó aunque le dice que el cariño que siente por ella no lo cambia por nada.  Actualmente él sigue preso y Mariana lo visita muy de vez en cuando mientras que con su esposa habla por teléfono y la invita para los cumpleaños de los chicos, en una relación dominada más que nada dentro de la formalidad. Por otro lado, con su familia biológica el vínculo es “excelente” y con la mayoría de sus parientes se encuentra en Uruguay todos los veranos cuando se va de vacaciones con Daniel y los chicos.

En uno de los viajes que realizó a Montevideo se enteró por unos compañeros,  que habían estado detenidos junto a sus progenitores, que su mamá estaba embarazada de tres meses, un dato que su familia conocía pero que nunca antes se había confirmado.  “Yo siempre había pensado que el embarazo no había llegado a término por las condiciones de detención y porque siempre pensé que la  habían matado antes. Pero cuando empecé a conocer las historias de otros nietos vi que había una metodología de que a las mujeres embrazadas las dejaban tener familia. Entonces, desde ese momento no puedo descartar la posibilidad de tener un hermano”, se ilusiona.

El 24 de marzo pasado, en el marco del día de la memoria, Mariana por primera vez fue a dar una charla a la escuela de su hija. Y al salir hizo una reflexión para sí misma. Recordó que a su mamá le gustaba tocar el piano y que a su hija le fascinaba la música. ¿Quién sabe si mi sobrino no era un alumno de ahí? ¿Por qué no, se preguntó? Preguntas que todavía no tienen respuestas. Sin embargo, ahora que logró recuperar su historia robada no pierde las esperanzas de que el destino le vuelta a regalar, otra vez más, el milagro de poder estrecharse en un interminable abrazo con ese pedacito de su historia que todavía queda por resolver. Un encuentro que ni el triste pasado ni las barreras del tiempo podrán impedir.

 

Mariana es una mujer simpática, sensible y divertida que primordialmente manifiesta un gran amor por su familia. Lo más importante de su historia fue el click que pudo hacer en el momento en que logró colocarse en el lugar de sus familiares biológicos que no pararon ni un segundo hasta poder encontrarla. Esa empatía que comenzó a gestarse, gracias al amor y a la comprensión de su marido, fue el factor primordial que le posibilitó entender el porqué de las cosas que habían sucedido en su vida y el interés que le generó conocer de dónde venía. Y es precisamente esa empatía la que después de un largo tiempo le permitió ir sanando poco a poco sus heridas. Relatar una y otra vez su historia ante diferentes interlocutores, como así también el hecho de poder compartir su vida con otros nietos recuperados, le brinda la posibilidad de sentirse contenida y esperanzada.

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