“Haberme ido de mi casa me salvó la vida”

DSC09798Hace unos meses había enviado un mail a varias personas donde les preguntaba si conocían gente que superó distintos tipos de adversidades para hacer entrevistas en un programa de canal Metro, una sección que finalmente no se llevó a cabo. Una de las historias que más me impactaron fue la de Fabián Ferraro (43), un muchacho que había tenido una infancia muy dura, viviendo en la pobreza y con problemas de desnutrición. Se trataba de un pibe de la calle que gracias al fútbol había logrado transformar no sólo su vida sino la de muchos otros chicos con similares carencias. Me junté con él en una confitería en Corrientes y Pellegrini, a metros del Obelisco. Y a medida que avanzaba nuestra charla me fui sorprendiendo de todos los obstáculos que fue superando ese niño que, sin lugar a dudas, lo fortalecieron y lo convirtieron en un adulto que pese a haber rencauzado su vida y a haber formado su familia no puede ser feliz cuando otros tan cerca sufren por no tener para comer.

Fabián es el quinto de seis hermanos que se criaron en Sambrizzi, un asentamiento formado por casillas, de tres o cuatro manzanas,  ubicado en el partido de Moreno, en el Oeste del conurbano bonaerense. Mientras su padre cartoneaba y cada tanto le ofrecían un trabajo un poco más formal, su madre trabajaba como empleada en casas de familia. Ocho personas viviendo en una sola habitación, sin intimidad, teniendo que salir para hacer sus necesidades ya que el baño se encontraba afuera. Eso es la pobreza. No haberse bañado hasta los 17 años cuando empezó a jugar al fútbol en forma profesional. Porque hasta ese momento él y el resto de su familia se higienizaban en un fuentón donde depositaban el agua una vez que la hervían en la cocina. La pobreza también es tener hambre y no poder comer todos los días. Es tomar una leche e irse a dormir. Es estar desnutrido. Es no tener zapatillas para ir al colegio, es utilizar vestimenta heredada de primos o de los hermanos más grandes. Es estar condenado a vivir una vida sin tener oportunidades.  De esa manera fue criado Fabián, en ese entorno, con esas limitaciones, con sueños imposibles de hacerse realidad. Sumergido en la pobreza, como otros tantos chicos y adultos que no pueden conocer ni acceder a un mundo mejor.

Condenado a una vida de miseria y sin oportunidades a la vista, impulsado por el afán de tener una niñez un poco más digna, este chico inquieto a los cinco años comenzó a irse de su casa en busca de comida, de paz, de ser escuchado. Una fuerza interna lo movilizaba una y otra vez para intentar cambiar su destino. Para intentar estar cada día un poquito mejor. Entonces comenzó a subirse en la estación de Paso del Rey del tren Sarmiento, algunas veces acompañado de su hermano Rubén, a donde llegaba luego de hacer 25 cuadras caminando. Con cierta timidez durante los primeros días, se fue animando a pedir monedas a los pasajeros que generalmente satisfacían su pedido.

Generalmente se iba por la mañana de su casa y regresaba por la tardecita con la puesta del sol. Hasta que una vez, cuando ya tenía nueve años, decidió no volver más. Y estuvo hasta los 18 años sin ver a sus padres. “La situación es que empezás a encontrar más cosas afuera que adentro. Vos empezás a irte un día, volvés a la noche,  a los meses no volvés una noche y te das cuenta que sobrevivís y tenés libertad. Parábamos en las ranchadas debajo de la estación de once, después en los viejos galpones donde guardaban los trenes, pasábamos mucho frio pero no importaba porque lo importante era que todo valía la pena para comer. Cuando sos pibe y sos audaz no pensás en tener miedo. Desde ese momento que me fui nunca más volví a casa y eso me salvó la vida”, me dice convencido.

Uno de los momentos más duros que tuvo que afrontar desde que partió de su casa fue el hecho de ser testigo privilegiado cuando su hermano Eduardo caía reiteradamente preso por hurto. Esas situaciones se repitieron varias veces por lo que fue derivado a un instituto de menores. Fabián lo visitaba una y otra vez. Lo apoyaba, lo consolaba, lo contenía. Sin embargo, el cuerpo de su hermano no pudo resistir y falleció a los 15 años. Sufrió mucho su muerte. Se puso muy triste. Aunque no tuvo mucho tiempo para lamentarse. Tenía que continuar con su búsqueda diaria para sentirse un poco mejor, para sobrevivir.

Una familia nueva

A los 12 años conoció a “Quique” Villanueva, un busca del tren Sarmiento, que lo adoptó como un hijo y le enseñó el oficio de vendedor ambulante. Mientras tanto, su hermana Norma lo venía buscando hacía tiempo. Quería saber qué había sido de su vida, con quiénes se juntaba, si tenía para comer, si había podido sobrevivir al infierno de vivir en la calle. Ella siempre les describía la fisonomía de su hermano (a quien no veía desde hacía más de tres largos años) a la gente que deambulaba por la estación. Hasta que una mañana lluviosa de abril se encontró casi de casualidad con el hombre que había confiado y le había brindado una oportunidad a Fabián. Le preguntó a “Quique” si lo había visto pasar por la zona e inmediatamente lo fue a buscar para el tan esperado reencuentro. Fabián y Norma se volvían a ver las caras. Ambos estaban felices. Se extrañaban. Había pasado mucho tiempo sin verse, sin saber el uno del otro. Lo más importante para ella fue saber que uno de sus hermanos menores estaba con vida. Y que se esmeraba día a día para tratar de torcer el rumbo del destino.

Mientras su padre adoptivo lo mandaba al colegio para que pudiera terminar la primaria, por la tarde lo subía con él a los trenes y le enseñaba el oficio de vendedor.  Lapiceras, espirales y enanitos de jardín fueron algunas de las cosas que tenía para ofrecer en su bolso.

“De a poquito me fui convirtiendo en vendedor ambulante. Como el tren mucho no me gustaba “Quique” me recomendó que me bajara y vendiera en los barrios. Me gustaba mucho estar con la gente, creo que ahí empezó mi vocación social. Vendía de todo, era un gran vendedor, había aprendido el oficio. Iba mirando a los ojos de la persona y me iba dando cuenta quién me iba a comprar y quién no. Y comencé a vivir de eso, podía comprarme mis propias zapatillas, tenía plata para salir con mis amigos. Cuando empecé a generar mi propio ingreso ya no me sentía discriminado. Antes me sentía excluido por ser pobre, por no poder ir al colegio, ni podía entrar a lugares porque me veían mal”.

Mientras su vida lentamente se iba acomodando, al poco tiempo “Quique” y Norma se pusieron de novios y se fueron a vivir los tres juntos. Y a los meses se casaron. Fabián comenzó a disfrutar de su nueva familia: papá “Quique” y mamá-hermana Norma.

Bienvenido fútbol

A los tres años Fabián ya jugaba al fútbol en los potreros de su barrio. Le gustaba ser marcador de punta izquierdo o número cinco. Cuando ya tenía 15 un hombre lo venía observando cada vez que disputaba partidos entre amigos en Moreno. Ese buscador de talentos le propuso ir a Argentino de Merlo, un equipo que en ese momento se encontraba disputando el torneo de primera D. No lo dudó ni un instante. El fútbol era su gran pasión. Cuando comenzó con los entrenamientos se dio cuenta de lo difícil que le iba a resultar esa nueva empresa como consecuencia de la desnutrición que arrastraba de aquellos tiempos duros. Fue complicado al principio. Pero gracias a “Tití” González y a Sánchez, que más que entrenadores de fútbol eran trabajadores comunitarios, todo se fue haciendo más fácil. Más allá de formarlo como jugador de fútbol, estos técnicos no ahorraron energías a la hora de hacerlo mejor persona. Hasta le enseñaron a bañarse en una ducha, una práctica que podría ser algo banal pero que no había experimentado nunca hasta ese momento. Además, todos los días un médico lo revisaba y le indicaba cómo estaban sus músculos y qué ejercicios debía hacer para contrarrestar las deficiencias físicas que padecía.

Gracias al fútbol, Fabián había encontrado cariño, pertenecer a un grupo, abrazarse entre pares para festejar un gol, para hacerse cargadas. Se sentía observado, contenido, valorado, aceptado por mucha gente. Y de esa manera comenzó a amar al fútbol. A los 17 años ya entrenaba con la primera y a los 18 debutó contra Dock Sud, en lo que resultó un áspero partido, típico de las categorías menores del ascenso.

Además de entrenar y jugar profesionalmente todos los sábados, Argentino de Merlo le brindó la posibilidad de hacer una terapia que le permitiera poner en palabras lo bueno y lo malo que había vivenciado en sus 17 años. “La terapia me enseñó a vivir las cosas con menos dolor y a analizar cosas de la vida cotidiana que siempre me hacían revivir mi historia. Yo era un tipo audaz pero en la intimidad no tenía mi autoestima alta. Con la terapia empecé a disfrutar de las cosas. Antes hacía, hacía y la terapia me permitió además de proyectar disfrutar de cada momento y me alivió con esa sensación que tenía de que me iba a morir mañana”.

Casi al mismo tiempo que había debutado en primera se puso a pensar en la posibilidad de volver a ver a sus padres. Como ya no vivían en la antigua casilla de  Sambrizzi comenzó a rastrearlos hasta que descubrió que vivían en el barrio Matera de Merlo. Tenía curiosidad en saber qué había pasado con ellos, con sus hermanos, si habían podido salir adelante. Sin embargo, el reencuentro fue muy duro. A su padre lo vio en sus últimos días ya que estaba internado por un coma diabético y cuando fue a visitarlo ni siquiera pudo reconocerlo y falleció a los tres días. Con su madre tampoco pudo recuperar el vínculo. Cuando se vieron parecían dos desconocidos. Él esperaba su abrazo pero ella se encontraba muy afectada por la muerte de su esposo. No pudo ser. No fue el retorno ansiado. Al poco tiempo su madre también se fue sin poder recuperar algo de lo que el tiempo en esos nueve años había olvidado. Fabián estuvo triste, algo desilusionado. El tiempo, la terapia y la distancia le permitieron comprender sus historias, el origen de sus padres a quienes nunca les habían dado la oportunidad de estar mejor. Oportunidad que él sí pudo aprovechar desde que abandonó la situación marginal en la que se encontraba inmerso. Con los años comprendió que precisamente fue esa situación marginal la que lo llevó a superarse. Por eso, quiso ser el mejor vendedor ambulante y luego el mejor jugador.

Una aventura por el viejo continente

Su suerte como jugador de fútbol comenzaba a crecer. Su equipo había logrado el ascenso a la primera C y Fabián ganaba un dinero que le alcanzaba para vivir. Por aquel entonces un representante se acercó para comentarle que en la segunda o tercera división de algunos países de Europa buscaban  jugadores argentinos y que los sueldos eran de hasta ocho veces más que en el ascenso argentino. Otra vez fue al frente, no lo dudó. Un nuevo desafío estaba a la vista. Fue así como a los 21 años emigró al club Deportivo Andorra, de la tercera división de aquel país. Sin saber hablar inglés, se tomó en soledad el avión que lo trasladaría al viejo continente.  Y a un nuevo desafío, otro más en su vida.

Permaneció dos años y medio en Andorra y como el presidente del equipo también era el dueño de una importante cadena de pistas de sky, en el tiempo libre se hacía unos pesos extras trabajando en los Montes Pirineos. Pero llegó un momento en que comenzó a extrañar su país, a sus seres queridos, a sus amigos, a su barrio. Y se volvió a tomar un avión pero esta vez el de vuelta.

Al regresar a Moreno, junto a su amigo Julio Gimenez,  comenzó a notar que para esa época, año 1992, muchos chicos empezaban a parar en las esquinas, pidiendo “peaje” a los vecinos para dejarlos entrar o salir del barrio. Algunos de esos adolescentes portaban armas y eran muy mal vistos. Eran chicos que Fabián había visto crecer. Y pensó que la mejor forma de sacarlos de esa situación era jugando al fútbol. Entonces les propuso jugar un partido junto a un grupo de sus amigos. Ellos le tenían respecto porque habían visto como él había podido transformar su vida pese a tantas carencias. Sin dudarlo alquilo una cancha y jugaron. Como los chicos perdieron, se enojaron y rápidamente llegó la revancha. Y de esa forma los partidos cada vez se hicieron más asiduamente hasta que a Fabián se le ocurrió que si lograba tener un espacio con continuidad para estos chicos, ellos iban a dejar sus armas apostando por esta nueva actividad. De esa forma, al año siguiente logró anotar a ese equipo de 12 jugadores para los torneos bonaerenses. Los hacía correr en la viaja avenida Gaona (que ahora es autopista del Oeste) para que todos los vecinos pudieran ser testigos de ese cambio de actitud.

“Iban a correr conmigo, eso fue interesante porque iban a entrenar en jean y yo les llevaba shorts de fútbol. Les empezaba a decir cómo tenían que comer para entrenar, que no tomaran alcohol y los pibes se empezaron a entusiasmar, se empezaron a sentir jugadores en un barrio que los miraba mal. Yo quería que ellos revirtieran todo lo malo que se decía. Al principio, no terminábamos ni un partido amistoso porque se agarraban a trompadas. Entonces tenía que volver todo a foja cero y decirles que si se cagaban a trompadas no había más fútbol”, me cuenta emocionado. Finalmente el esfuerzo dio sus frutos y tras estar entrenando durante casi dos años lograron participar del torneo bonaerense de 1994. Tan mal no les fue: ganaron 50 partidos seguidos y salieron campeones invictos venciendo en la final al poderoso Deportivo Morón. Esa noche el vecindario se había reunido en una sociedad de fomento que él había alquilado para celebrar esa conquista. Lo que había comenzado como un sueño, se había hecho realidad. Fabián no podía sacarse de la cabeza que esos chicos que dos años atrás los iban a meter presos ahora se habían transformado en los campeones del barrio.

Un sueño llamado Polideportivo y Club Defensores del Chaco

Al poco tiempo de esa extraordinaria experiencia, Fabián se convenció de que era una oportunidad inmejorable para fundar un club para seguir transformando la vida de esos jóvenes y la de otros tantos chicos que estaban destinados a tener una vida sin infancia, sin proyectos, vacíos de esperanza. El lugar elegido fue un basural conformado en una cava de un metro de profundidad, compuesto por cuatro hectáreas, llenas de basura y con autos quemados. Y de esa forma surgió el Polideportivo y Club Defensores del Chaco donde los padres empezaron a llevar a sus hijos. Primero fueron 10, a la semana siguiente 50 y al poco tiempo ya tenían más de 100 chicos anotados. Como Fabián y Julio no daban abasto para entrenarlos, los chicos que de su mano habían salido campeones bonaerenses se ofrecieron a devolverle a esos niños parte de lo que ellos habían recibido meses atrás. Ese club que comenzó en un basural de 0, en la actualidad se compone de ocho hectáreas, de un teatro para 250 personas, una cancha profesional, dos canchas auxiliares, un centro cultural con cuatro salas de lujo y 4500 chicos y adolescentes que año a año disputan los torneos de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y los regionales.

Como si eso fuera poco, Fabián y su equipo de trabajo lograron construir un jardín en un edificio de lujo de dos pisos para 200 chicos con calefacción central, caldera y grupo electrógeno.

Los años fueron pasando y su vocación social y sus ganas de salvar a otros chicos condenados a la indigencia continuaban a la orden del día. Un nuevo enfrentamiento entre dos facciones que disputaban la venta de droga en la zona, lo impulsó para finales de la década del 90 a llevar nuevamente el fútbol a la calle y de esa forma surgió el fútbol callejero: una metodología nueva donde no había un árbitro y una de las reglas marcaba que el comportamiento dentro del campo del juego incidía sobre el resultado.  Y esas reglan sí o sí debían colocarlas los dos equipos  antes de empezar el encuentro. Un mediador intervenía solo ante los casos en que ambos conjuntos no podían solucionar los conflictos.

Con el tiempo esta disciplina comenzó a evolucionar y otros países empezaron a implementarla. Paraguay, Chile y Ecuador fueron los primeros que se fijaron en ese modelo. En el año 2005 se realizó el Primer Encuentro Latinoamericano de Fútbol Callejero en la avenida  9 de julio en el centro de la ciudad de Buenos Aires. Y el sueño de Fabián llegó más alto cuando en 2006 se realizó en Alemania el primer mundial de fútbol de esta disciplina en paralelo al mundial organizado por la Federación Internacional del Fútbol Asociado (FIFA).

La hora de formar una familia

Al tiempo que se ocupaba de brindarles una vida mejor a estos chicos de Moreno, Fabián estuvo en pareja con una mujer con quien tuvo dos hijos: Lucas (24) y Malena (18). Pero al amor de su vida la conoció recién en 2004. Rebeca estaba trabajando en institutos de menores, había conocido su historia y se había interesado por conocer los detalles del fútbol callejero. “La primera vez que nos vimos nos enamoramos y desde ese día nunca más nos separamos. Es la persona que en la práctica le pone palabras a lo que hago. Ella es una persona fundamental, me enseñó a generar profesionalismo en lo que hacíamos, a poder incorporar compañeros que venían de la academia”.

Fruto de ese amor llegaron Franco (12) y Lúcio (6) con quienes tiene una excelente relación, al igual que con sus hermanos mayores. Con los dos más grandes suele compartir algunas anécdotas de su atormentada niñez, mientras que en relación a los más chicos disfruta de cada regalo que les puede hacer, de cada gusto que logra cumplirles. Algo que él no pudo vivenciar en los tiempos en que casi nunca salía el sol.

Después del mundial callejero del 2006, Fabián conversó en una cena íntima con su mujer y le dijo que era el momento para dar un paso al costado. De esa forma decidió renunciar a su trabajo en Defensores del chaco. Había cumplido un ciclo y comprendió que eran los más jóvenes los que debían continuar con su obra. Pero no iba a desentenderse del fútbol ni de su trabajo social. Para nada. Desde hace varios años, junto a Fernando Leguiza  y a Julio Giménez, creó el programa FUDE: fútbol para el desarrollo con el objetivo de replicar en todo el municipio de Moreno lo que había hecho en el club que había fundado más de una década atrás. Y actualmente el proyecto abarca a 16 clubes de Moreno que cuentan con aproximadamente 600 chicos cada uno. Y orgulloso, me cuenta, que después de cinco años todos los centros están alambrados, iluminados, equipados con vestuarios y forman parte de una liga que tiene incorporados a 10.500 chicas y chicos en un ambiente de contención que los aleja del mundo de la calle y de la droga.

“Hoy me doy cuenta que todo lo que hago socialmente tiene que ver para que no les pase a ningún pibe lo que me pasó a mí. Todo lo que pueda aportar para que eso no suceda lo voy a hacer. Yo quiero un país mejor, yo sueño con que no se nos mueran los pibes de hambre. ¿Sabés que pasa? vos no podes ser feliz sólo. Yo soy feliz, tengo una esposa a la que amo, cuatro chicos hermosos que son mi vida, proyectamos tener otro niño, tengo trabajo y soy reconocido internacionalmente, soy un tipo feliz. Pero uno no puede ser feliz solo si hay chicos que comen salteado. Quiero un país en el que todos podamos ser felices”.

 

Después de pasar casi dos horas dialogando con Fabián descubrí a una persona audaz, sensible y luchadora que no paró ni un instante de su vida para poder superarse día a día. Y ese instinto de superación fue lo que salvó su vida. La terapia le resultó fundamental para entender algunas cosas de su pasado y para aprender a disfrutar y a apostar por la vida. Como así también la ayuda de sus técnicos en el fútbol, esos adultos significativos que lo escucharon, lo aceptaron, lo hicieron sentir parte y lo contuvieron. Pero lo más importante es que nunca se olvidó de sus orígenes y de sus padecimientos. Y una vez que logró superar esa situación traumática colocó toda su energía para ayudar a otros chicos sin oportunidades. Ese es su valor agregado y la ilusión que alimenta día a día su vida.

 

 

 

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