Madres que compiten con sus hijas

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Son mujeres, generalmente, mayores de 45 años que en la mayoría de los casos no están en pareja porque se han divorciado, han enviudado y otras ni siquiera se han casado. Dedican gran parte del día a su cuidado personal, pasan muchas horas en el gimnasio y utilizan los últimos recursos en plaza para mantenerse eternamente joven. También hay casos en los que desean querer vivir la vida de la hija al no haber tenido una adolescencia como les hubiera gustado tener.

Se visten como si tuvieran 20 o 30 años menos, les gusta salir con gente mucho más joven. A veces van a bailar con sus hijas adolescentes y hasta le cuentan con lujo de detalle la intimidad de su última conquista. Esto que parece una simple relación de complicidad, se puede tornar patológico cuando las madres se ponen en un mismo plano que sus hijas, y dejan de ocupar su rol de contención para esa etapa fundamental de la vida.

Son mujeres, generalmente, mayores de 45 años que en la mayoría de los casos no están en pareja porque se han divorciado, han enviudado y otras ni siquiera se han casado. Dedican gran parte del día a su cuidado personal, pasan muchas horas en el gimnasio y utilizan los últimos recursos en plaza para mantenerse eternamente joven. También hay casos en los que desean querer vivir la vida de la hija al no haber tenido una adolescencia como les hubiera gustado tener.

“Son mujeres inseguras con dificultades de aceptar el paso del tiempo con naturalidad y sienten que el hacerse mujer y florecer” de sus hijas es la decadencia de ellas y de esta manera surge el malestar y la conducta competitiva”, explica Beatriz Bergman, especialista en vínculos. Y agrega:
“También la sociedad le da mala prensa al paso del tiempo y la belleza y juventud  es un privilegio de quienes lo tienen, aunque la duración sea efímera.
Cuando compiten, la mayoría de las veces es por las oportunidades que se presentan a las jóvenes en todos los aspectos de la vida, y por la frescura que tiene la juventud”.

Los especialistas sostienen que cuando la madre se pone a un nivel simétrico con la hija no funciona ni de madre, ni de amiga y de esta manera termina confundiendo el vínculo.

Mariela (22) tiene un grupo de amigas con las que suele salir a bailar los fines de semana. Como tiene muy buena relación con su mamá (tiene 47 años) cada tanto la invita al lugar que elige ella. “Con mi vieja compartimos la ropa, el maquillaje y algunas salidas. A veces siento que me quiere imitar y copiarme. Si bien eso no me molesta, no me gusta cuando se quiere levantar chicos en lugares públicos cuando estamos todas juntas”, cuenta.

Ana (42) es divorciada y todos los fines de semana sale con amigas de su  misma edad y de vez en cuando invita a su hija Florencia (19) y a sus compañeras de facultad a algún bar o boliche y comparten, ambos grupos, toda una noche. “La verdad que no lo veo mal. Cada una tiene su ambiente, sus amistades acorde a cada edad. De vez en cuando le pido consejos y le confieso sobre algún hombre que me gusta”, dice.

La psicoanalista Ana Delgado explica que es justamente en la adolescencia de la hija el momento en que suelen darse las mayores peleas y conflictos entre ambas, como expresión de la confrontación generacional, tan necesaria para el desarrollo. También explica que aceptar la pérdida de la juventud, juventud que la hija espeja, con la ilusión de las posibilidades infinitas que se le atribuye, requiere un grado importante de madurez e integración psíquica.

“Si la madre no cuenta con estas condiciones, y en lugar de reflejar un mundo adulto, le devuelve a la hija adolescente una imagen de par,  la competencia, la rivalidad, hasta los celos y la envidia pueden llegar a límites insoportables. Hacerse la amiga-compinche, o la hermana de la hija es una reacción desesperada, defensiva contra la rivalidad, que a la larga siempre es ruinosa para los padres. También es nefasta para los hijos que tendrán que redoblar el  esfuerzo para encontrar un sostén que les permita construir su identidad”, puntualiza Delgado, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

¿Consecuencias?

 Los especialistas sostienen que estas madres tienen perdida la batalla contra el paso del tiempo, de modo que tarde o temprano tendrán que elaborar la situación para no encontrarse con el costo negativo que lo vincular manifiesta en este tipo de competencia. “El costo es que estas relaciones competitivas carecen de construcción, de colaboración y fundamentalmente de amor, prevaleciendo el sentimiento de ver quién es más y mejor”, expresa el Dr. Pedro Horvat, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

En las hijas, el perjuicio es sentirse confundidas y hasta huérfanas de madres. Por un lado les resulta canchero, moderno y hasta divertido el hecho de compartir estas nuevas experiencias de igual a igual con sus mamás, pero por el otro manifiestan la carencia de un referente adulto que acompaña y contiene.

Desde el psicoanálisis, se desprende que es esperable que cada hijo “supere” sin culpa a sus padres y esa superación implica crecimiento y progreso precisamente por haber dejado atrás a sus padres. Y para los adultos, ese desafío de los hijos debe significar un logro y no un factor de depresión.

“Cuando esto no ocurre los hijos plantean dificultades en su crecimiento y muchas veces vemos madres de 45 que parecen de 25 e hijas de 18 con 20 kilos. En estos casos, la madre poderosa ocupa el lugar de la joven y la joven renuncia a su propia belleza por no poder competir con su mama”, explica Horvat.
¿Cómo se resuelve?

 “Una madre débil e inmadura, incapaz de tolerar que la hija le ponga de manifiesto el paso de los años, al sentir la presión social de exhibir juventud, puede caer en la ilusión que ella y su hija no tiene diferencias.

Resolver esta situación  requiere primero darse cuenta que se está atrapada en ella, para luego poder descubrir los motivos más profundos, y siempre subjetivos, del miedo a la adultez”, apunta Delgado.

Un tema clave tiene que ver con lograr que estas mujeres puedan abandonar esa preocupación que manifiestan por el paso del tiempo y lograr que esa experiencia pueda transformarlas y enriquecerlas para disfrutar sin recelos de la adultez. “Además de todos los arreglos estéticos tenemos que tener ese lifting natural con una buena autoestima para aceptarnos y mejorar lo que podamos en todas las áreas”, propone la licenciada Beatriz Goldberg, autora del libro “Mujeres en cambio”.

Es importante destacar que este tipo de conductas son tratables y muchas veces el sólo hecho de darse cuenta es el primer paso para el cambio. A veces con un diálogo y con una buena comunicación continua, se logra reubicar las necesidades y el lugar de cada una.

La  principal disyuntiva es la incapacidad para poner límites por miedo a perder el afecto. Por eso, hay que veces en que es conveniente que estas mujeres soliciten ayuda a un profesional para que les otorgará herramientas ya que en muchas oportunidades no saben de que manera dirigirse o manejarse con sus hijas adolescentes.

En todos los casos, lo más importante es que las madres respeten el espacio de sus hijas y viceversa, sin invasiones ni intromisiones. Y por sobre todas las cosas, la sinceridad, el respeto y el diálogo son la clave para establecer una relación lo más saludable posible.

 

IDENTIKIT

-Son mujeres mayores de 45 años.

-En la mayoría de los casos no tienen pareja.

-Les gusta vestirse como sus hijas y usan su misma ropa.

-Van a los mismos lugares y escuchan la misma música.

-Tienen disponibilidad de tiempo para colocar la energía en el cuidado personal.

– Pasan muchas horas en el gimnasio.

-Les gusta salir los fines de semana: van a bares, fiestas o boliches.

 

PUBLICADO EN REVISTA SUSANA

 

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