“Quiero dejar mi huella”

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María tiene HIV desde hace 20 años y asiste a pacientes en la Fundación Huésped. “El tema de las relaciones sexuales fue complicado al principio porque él no estaba acostumbrado a usar preservativo. Hubo muchos temores, fuimos hablando, discutiendo porque había cosas que él no me quería decir para que yo no me sintiera mal”, confiesa.

María conversa por teléfono en su oficina, mientras termina de escribir un trabajo en la computadora que le había quedado pendiente. Es simpática, tiene una sonrisa muy bonita y por sobre todas las cosas se muestra muy comprometida a la hora de contar su historia para poder ayudar a otras personas que padecen su misma enfermedad.

A los 22 años, María llevaba una vida normal como cualquier adolescente de su edad. Estudiaba en la universidad (Derecho), salía a bailar con sus amigas y estaba de novia. Sin embargo, una mañana de julio de 1992 su vida cambió completamente.

Estaba en pareja desde hacía dos años, comprometida con anillo y convencida de que su primer novio iba a ser el padre sus hijos y el amor de su vida. Un día, él comenzó a sentirse mal, con extraños síntomas que lo llevaron a abandonar su trabajo.

A la distancia, María cuenta que el médico que atendió a su novio le preguntó si era adicto intravenoso y confiesa que esa fue la “primer bomba” que recibió porque no estaba al tanto de esa conducta. Esa misma tarde le  dijeron que era HIV positivo.

“Yo estaba preocupada pero hasta ahí era un tema de él. Lo acompañaba como la novia. Mi única pregunta a la doctora fue cuánto tiempo de vida le quedaba, me respondió que aproximadamente seis meses y que yo también debía hacerme el chequeo”, recuerda.

La peor noticia

Apoyada por sus padres y sus dos hermanas, se realizó los análisis en un laboratorio privado y como era de esperar también dieron positivo. “Esa noche estábamos comiendo y yo no reaccionaba hasta que de repente exploté. Tiré los cubiertos por el aire, grité por qué me pasaba esto a mi y dije que no iba a poder con esto”.

La semana siguiente se la pasó todo el tiempo en la cama y sólo se levantaba para hacer pis. No comía y no quería hablar con nadie. “La idea era: me duermo y me muero. En ese momento el SIDA era algo terrible. Sentía que no tenía la fuerza para soportar eso y no quería que mis viejos me vieran así”.

Sin embargo, una noche hizo el clic cuando su mamá subió a la habitación, se sentó junto a ella y se le escapó una lágrima que calló en su cara. “Eso no me lo olvido nunca más. “Por esto me voy a levantar y voy a seguir adelante”, se dijo para si misma esa noche.

 Desde ese momento contó con la compañía y el amor de su  familia y también se refugió en la contención de una iglesia evangélica, mientras que los médicos del Hospital Fernández consideraron que en ese momento no debía recibir medicación.

 “La idea era alimentarme bien, cuidarme del frío. Mi viejo me iba a buscar todas las noches a la parada del colectivo cuando volvía de la facultad y también estuve muy contenida por mis dos amigas de toda la vida”.

Sin embargo, más allá de todas las ganas que puso para luchar día a día contra la enfermedad, a María le costó reinsertarse en la sociedad y hasta los 27 años prácticamente estuvo recluida en su casa sin ir a bailar ni buscar trabajo por miedo a que fuera discriminada.

“Cuando conocía a alguien y estaba la posibilidad de seguir esa relación se me venía el mundo abajo. Yo misma me trataba de boicotear y hacer lo posible para que me dejara hasta que una vez conocí a un chico que me gustaba, le dije lo que pasaba, él no me dejó y estuvimos tres años de novio”, cuenta, aunque esa relación finalmente no prosperó porque ella no aceptó su propuesta de casamiento.

Vientos de cambio

Los años fueron pasando y María se animó a retomar viejos anhelos. Si bien no terminó la Facultad, se recibió de Bachiller en Abogacía y comenzó a trabajar en la misma iglesia con un grupo de adolescentes a los que les enseñaba sobre la importancia del cuerpo de cada uno. Con eso mismos jóvenes comenzó a colaborar en un instituto de chicos huérfanos.

Desde ese momento también tiene la misión de contener a los pacientes que se encuentran en la sala de espera del Hospital Fernández, quienes inician por primera vez el tratamiento contra el HIV.

Más allá de esta labor social que ejercía no se sentía del todo bien porque tenía 28 años, no trabajaba y sus padres debían mantenerla. “Tuve una entrevista en un estudio jurídico, estaba todo bien para entrar y sin ninguna necesidad  se me ocurrió blanquear mi enfermedad y me metieron el verso de la contención, que no querían que me enfermara y finalmente no me tomaron”, rememora con bronca.

Sin embargo, esa frustración no golpeó del todo su ánimo y en 1998 comenzó a trabajar como voluntaria en la Fundación Huésped (Fundación en acción contra el SIDA) hasta que en 2008 dejó ser voluntaria para trabajar como asistente en el área de legales.

“Es mi primer trabajo en blanco desde que tengo HIV. Y lo importante es que desde este lugar puedo educar a mis pares porque hay mucho desconocimiento, muchos derechos que se avasallan, existe la discriminación y los despidos en forma arbitraria”, analiza.

Hace tres años María tuvo que ser medicada porque sus defensas comenzaron a bajar y aunque admite que esta situación la bajoneó al principio, para nada incidió en su estado de ánimo.

“Empecé a venir a los grupos de contención porque no quería tomar medicación porque había sido todo muy fácil sin ella, pero tuve que aceptar que era necesario”, recuerda y agradece a su médica y “compañera”  Alicia Sisto que nunca la abandonó en la pelea contra el HIV.

 Un nuevo amor y  otros sueños

En los cursos que dicta para futuros voluntarios de la Fundación Huésped conoció a Javier, con quien al principio intercambió charlas de amigo aunque al poco tiempo ambos se dieron cuenta que querían compartir otros momentos que excedían esa mera amistad.

“El tema de las relaciones sexuales fue complicado al principio porque él no estaba acostumbrado a usar preservativo. Hubo muchos temores, fuimos hablando, discutiendo porque había cosas que él no me quería decir para que yo no me sintiera mal. Fue un proceso de a poquito, ver hasta adonde se iba llegando hasta que nos relajamos. Fuimos descubriendo la forma de pasarla bomba sin tener temores, lo que nos puede ocasionar miedo preferimos no hacerlo y no quita que tengamos una viuda sexual plena”.

A la hora de pensar en el futuro y de cumplir objetivos, María y su novio tienen muchas ganas de adoptar un bebé al que si el destino quiere que se una nena, llamarán Catalina.

Otra de sus metas es estudiar la Licenciatura de Ciencias Jurídicas y Sociales  para presentar proyectos de incidencia política pública y privada. “Quiero hacer historia por todos, porque no todos tuvieron la suerte de tener una familia que te contiene para salir adelante. Dios no me permitió llegar hasta acá para ser una mera espectadora. Tengo ganas de dejar una huella importante. Lo único que me importa es que si yo dejo de existir siga habiendo algo que yo haya dejado”.

 

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