Tras una espera de 9 años para adoptar, llegaron 3 hermanitos que buscaban una mamá y un papá

 

thumbnail_HIJOS12801311_10208866134881187_1571417459694664645_n

“Me dijeron mamá desde ese primer día, uno va cayendo después, te emociona pero te sentís con mucha responsabilidad sobre el cuidado de ellos que corrían por toda la casa, no quería que se lastimaran. Las primeras noches lloraba, se me juntaban todos los sentimientos, los abrazos, los besos, los dibujitos, era un constante torbellino de emociones”.

Desde que Georgina Chaar (36) y Marcelo se pusieron de novios supieron que en algún momento iban a querer formar una familia. En el año 2003 empezaron a buscar ser padres de manera natural, pero la situación no resultó sencilla. Mientras seguían intentando de la manera tradicional, consultaron con especialistas en fertilidad y llegaron a realizar tratamientos que tampoco arrojaron resultados positivos. Esa situación les generaba angustia y estrés.

Como la mamá de Gergina es adoptada y era un tema muy hablado en la familia, comenzaron a pensar en la posibilidad de adoptar para poder cumplir el sueño de tener hijos. “Los trámites también nos generaban estrés y ansiedad.  Lo primero que les sucede a los padres que están esperando una adopción es el mes a mes, uno va contando los meses, los años. Cada fin de año nos dábamos cuenta de que habían pasado 12 meses y no habíamos recibido ni un solo llamado que nos generara esperanza”, recuerda Georgina. Y así pasaron nueve años de intentos fallidos y de esperas eternas.

El 5 de febrero de 2014 a las 8 de la mañana los despertó el ruido del teléfono. Como era muy temprano decidieron no atender la llamada. E inmediatamente se activó el contestador automático. Era un mensaje del juzgado donde les comentaban sobre la posibilidad de adoptar a tres hermanitos y los citaban para el otro día para brindarles más detalles. En ese primer encuentro no les dijeron los nombres de los chicos, pero sí las edades y que eran dos nenas y un nene. “Desde ese momento ya nos embalamos. Nos habían dicho que los nenes estaban en un hogar hacía dos años y medio y que hacía tiempo le habían pedido a la jueza que deseaban tener una familia. No dudamos ni un instante, le dijimos a la jueza que nos queríamos hacer cargo de los chicos. Esa noche no pudimos dormir”.

 La primera vez con sus hijos

 Casi sin horas de sueño, al otro día fueron a visitar el hogar donde vivían los chicos. Era un día de mucha lluvia y los esperaba un salón con muchos juegos. Pero el encuentro no iba a ser privado ya que estaban presentes unas 20 personas, entre asesores de menores, abogados, la jueza y miembros del hogar. De pronto, Georgina escuchó unas voces que venían de un pasillo. La primera que ingresó fue Carolina, la del medio, que en ese momento tenía 5 años.

-“¿Ustedes tienen hijos?” – les preguntó.

– “No, pero estamos buscando tener hijos” -le contestó, entusiasmada, Georgina.

-“Nosotros estamos buscando tener una mama y un papá” –murmuró Carolina.

En ese momento aparecieron los otros dos hermanos: Celeste (6) y Oscar (4) y empezaron a jugar con los juguetes que ellos les habían llevado. “La despedida fue muy rápida, yo no podría describir el tiempo que pasamos juntos, para mí fue como un minuto de lo rápido que pasó, pero el encuentro  habrá durado una hora. En ese momento que me los desprendían yo sentía que ya eran mis hijos”.

Como el vínculo había sido tan positivo, al día siguiente les permitieron llevarse a los chicos a pasar el día a su casa.  Cuando llegaron, Georgina preparó milanesas con puré y jugaron hasta la noche, momento en que los tuvieron que llevar de vuelta al hogar. Gracias a toda esa hermosa experiencia la directora del hogar se comunicó con el juzgado y al otro día les dieron la autorización para vivir en su casa.

El sueño de tener una familia

 Fue todo tan rápido que no les dio tiempo a preparar la casa. Mientras imaginaba y soñaba con el momento en que se convertiría en mamá, Georgina se pasaba las noches pensando en cómo iba a diseñar el cuarto el día que se concretara la adopción, pero la realidad los terminó sorprendiendo y llenando de alegría. “Marcelo salió a comprar tres colchones, tres juegos se sábanas y tres almohadas. Cuando él volvió, yo me fui a buscar ropa para chicos, mientras me peguntaba cuánto calzaban y qué talle tenían de ropa, éramos inexpertos en todo”, cuenta. Y agrega: “Me dijeron mamá desde ese primer día, uno va cayendo después, te emociona pero te sentís con mucha responsabilidad sobre el cuidado de ellos que corrían por toda la casa, no quería que se lastimaran. Las primeras noches lloraba, se me juntaban todos los sentimientos, los abrazos, los besos, los dibujitos, era un constante torbellino de emociones”.

Al principio, los dos tuvieron una contención psicológica que los ayudó en el vínculo con los chicos. Les habían dicho que al inicio no era conveniente que los niños conocieran a mucha gente para que no se marearan. “Me acompañaban a hacer las compras pero tardaba como una hora entre bañarlos, vestirlos, lavarles las manos. Y tuvimos que salir a buscar en febrero un colegio porque en marzo comenzaban las clases”.

Y a medida que fue pasando el tiempo la casa comenzó a tomar más color y principalmente el amor de esos tres pequeños que día a día les alegran la vida a sus padres. “Celeste es reservada, muy inteligente, muy cariñosa, observadora y muchas veces se comporta como un adulto porque ha vivido cosas fuertes, es muy adulta para tener 10 años. Carolina es muy charlatana, muy dulce, muy apasionada por lo que le gusta, es de dar muchos abrazos, muy demostrativa. Y Oscar es picarón, hiperactivo, le gusta jugar mucho y es muy cariñoso”, describe Georgina a sus hijos.

 Reencuentro con otros de los hermanitos

 En el juzgado les habían comentado a Georgina y a Marcelo que los chicos tenían varios hermanos y que por diferentes situaciones la justicia los había apartado de su progenitora y los habían llevado a diferentes hogares. Una tarde les presentaron a Silvana y a Antonio que habían adoptado a Juan, que ahora tiene 14 años, hermano de sus tres hijos. “La idea era que se re-vincularan con su hermano. Cada tanto, Juan hace piyamada con sus hermanos en casa o nos vamos todos juntos a Chascomús a pescar y si no nos juntamos a tomar mate o a cenar las dos familias, siempre buscamos la manera de que los chicos se puedan ver”.

Georgina confiesa que no se imagina la vida sin sus tres hijos. “Ellos automáticamente empiezan a tener los gestos de uno, tienen las mismas salidas, las formas de hablar, las miradas picaronas que una lo ve tan propio que me cuesta pensar que ellos vinieron hace solo cuatro años. Lo que se construyó después de tantos años de espera fue mucho mejor de lo que una soñaba”.

 

PUBLICADO EN LANACION

 

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