La dieron por muerta cuando nació, fue “vendida” a otra familia y a los 38 años se encontró con sus hermanos y sus sobrinos

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“Hubo un primer encuentro que fue como escalofriante. Vi que había mucha similitud genética, vi plasmada mi misma mirada, mis mismos ojos, la blancura de la piel, la forma de hablar. Cuando lo vi a mi hermano rompimos en llanto, hasta ese momento no me había permitido llorar”, recuerda, emocionada, Soledad Carrillo Piñero.

La tarde en la que a Soledad Carrillo Piñero (40) le contaron que era adoptada aún perdura bien grabada en su memoria. Tenía 5 años.  Sus padres la llevaron a una plaza, ella comía un helado mientras disfrutaba jugando en una de las hamacas. A unos metros, sentada en un banco, se encontraba su mamá, un tanto nerviosa y angustiada. “Mirá, nosotros somos tu papá y tu mama y te queremos mucho, pero no sos hijita nuestra, nosotros te recibimos  y te amamos”, le dijo su papá.  Soledad cuenta que a partir de ese momento no se volvió a mencionar el tema en su casa, aunque reconoce que tuvo dos o tres intentos de querer indagar un poco sobre sus orígenes, pero su padre siempre se mostró reacio.

Durante su adolescencia comenzó a hacerse preguntas y como las respuestas que buscaba no las encontraba en su hogar, en 1990 decidió visitar la sede de Abuelas de Plaza de Mayo ubicada en Córdoba Capital, su lugar de nacimiento y donde aún sigue viviendo. Por su edad, pensaba que tranquilamente podía haber sido hija de desaparecidos. Se realizó el ADN y a los pocos días el resultado dio negativo. Muy dulcemente, una de las abuelas le explicó que posiblemente iba a tener que recorrer un largo camino ya que no todas las familias de los desaparecidos habían donado su sangre para cotejarlo con aquellos que reclamaban su verdadera identidad. Esa tarde se sintió mal, tenía muchas expectativas, pero decidió bajar los brazos y por muchos años no volvió a indagar sobre el tema.

“Hermanos y hermanas del alma”

Con Emanuel habían sido amigos desde hacía 15 años. Hasta habían convivido bajo el mismo techo donde cada uno pagaba sus gastos. De hecho, él había estado muy presente en los momentos de mayor frustración cuando no lograba hallar las respuestas que buscaba. Pasó el tiempo y esa amistad se fue transformando en amor. Se pusieron de novios y más tarde quedó embarazada. Fue ahí que Soledad comenzó a plantearse cosas que hasta ese momento no lo había hecho. ”¿Por qué me gustaba la música?  ¿Quiénes habrán sido mis padres? ¿Me habrán dejado tirada? ¿Me estarán buscando? ¿Sabrán que existo?”

Una hermana de su mamá le entregó una tarjeta amarilla con el nombre de la partera que la había asistido a su mamá biológica durante el parto. Sin dudarlo entró a Internet, googleó su nombre y no pudo creer la cantidad de historias nefastas en las que aparecía involucrada Mafalda Journade , una mujer que se había dedicado durante muchos años al tráfico y robo de bebés no solo en la capital cordobesa, sino en diferentes localidades de la provincia.

A raíz de esa búsqueda se contactó con “Hermanos y Hermanas del Alma”, un grupo en FB conformado por mujeres y hombres que habían nacido en el mismo lugar y asistidos por la misma partera. Todos tenían el mismo objetivo: encontrar a su familia de origen. Les escribió por privado y María Gracia, psicóloga y coordinadora del grupo, la invitó a una primera reunión en la que conoció a todos sus pares. “Fue muy emocionante el encuentro, yo sentía que era una afortunada porque había tenido una linda niñez ya que me encontré con chicos que transmitían mucha tristeza y mucho odio hacia sus padres de crianza porque les habían ocultado la adopción o se lo habían contado de adultos”, recuerda Soledad.

En ese primer encuentro se enteró que la mayoría de las mujeres que habían sido engañadas por esta partera eran jóvenes, generalmente del interior de la provincia, muy humildes y que venían a estudiar o a trabajar a la Capital.  Y el modus operandi siempre era el mismo: una vez que daban a luz a todas esas chicas  les decían que sus bebes habían fallecido. En ese momento Soledad pensó que su mamá podía estar viva. Se ilusionó. Y empezó a tener sentimientos que no tenía ya que anteriormente su búsqueda había comenzado más que nada por una curiosidad.

Un juicio por mala praxis y el encuentro con su familia biológica

 A raíz de un juicio por mala praxis que cometió Journade (por el que fue condenada aunque no terminó cumpliendo la pena) Soledad fue atando algunos cabos sobre cómo fue su proceso de “adopción”. La partera le había dicho a su papá que ella había muerto al nacer. Y que a su mamá, Ana Beatriz, la habían enviado a su casa. Sin embargo, a los dos días empezó con una hemorragia muy fuerte por lo que decidió regresar a la clínica. La partera le dijo que era algo normal, que se estaba limpiando el organismo y le dio un analgésico. La verdadera historia era que a su mamá le habían dejado adentro parte de la placenta, situación que desencadenó en una infección que derivó en su muerte esa misma noche.

Abrazos y besos que llegaron tras 40 años

 A la primera persona que contactó la jueza que llevaba su caso fue a una de sus tías, Laura, hermana más grande de su mamá.

-Encontramos a su sobrina  -le dijo la jueza por teléfono.

-¿Qué sobrina? – le preguntó Laura.

-Su sobrina, la hija de Ana Beatriz –insistió la magistrada.

-¿Susana?

-No, Soledad.

-Pero yo no tengo otra sobrina.

 

A los pocos días de esa inesperada conversación, Soledad se encontró con su tía y con Daniel, su hermano mayor. También estaba presente María Gracia, que con su contención y su cariño fue muy importante en estos últimos años. “Hubo un primer encuentro que fue como escalofriante. Vi que había mucha similitud genética, vi plasmada mi misma mirada, mis mismos ojos, la blancura de la piel, la forma de hablar. Cuando lo vi a mi hermano rompimos en llanto, hasta ese momento no me había permitido llorar. La emoción de él me quebró porque me miraba, mientras le decía a María Gracia: ´´estoy viendo a mi mamá. A mí no me hace falta el ADN, esta persona es mi hermana´´ “, recuerda emocionada.

Al fin de semana siguiente, se sumó al encuentro Susana, otra de sus hermanas. Esa tarde vio las primeras fotos de su mamá y ahí entendió todo: “Era como el calco de mi mamá, dos gotitas de agua”. Además, le contaron que a su mamá le gustaba mucho cocer, bordar y que siempre estaba decorando muebles, además de ser muy coqueta. Ese día también se enteró que su papá biológico había muerto en el año 2010. “Lo que más me entristece es que mi papá se murió sin saber que yo existía porque si lo sabía él también me hubiera buscado”.

Además de esa similitud con su mamá, Soledad también encontró muchas cosas en común con sus hermanos y sus 15 sobrinos.  “A mis sobrinos los siento como muy propios, a veces uno no tiene el tiempo para estar con todos, pero los persigo para verlos, son como mis pequeños pollitos”. La relación más cercana, cuenta,  es con su hermano Daniel, con quien son “uña y carne” y no pasa una semana sin verse. A su hermana Susana la ve menos porque trabaja mucho y vive más lejos de la ciudad. Además, tiene otro hermano, José Luis, que vive en Bolivia, con quien se escribe y se habla permanentemente por WhatsApp. Ambos, dice, no ven la hora de conocerse personalmente para poder darse ese abrazo que se viene postergando hace 40 años.

 

“Entender y perdonar”

Soledad estaba viviendo una ambigüedad que era difícil de procesar: por un lado, la parte linda que era encontrarse con su familia de origen y, por el otro, un sentimiento raro hacia sus padres adoptivos. Sentía felicidad y odio a la vez. Necesitaba enfrentarse a su mamá, su padre ya había fallecido. Una tarde, al regresar a su casa, se encontró con su mamá que estaba cuidando a su bebé. Le manifestó que sabía toda la verdad, pero ella se lo negó. La discusión fue muy larga hasta que le tuvo que mostrar el expediente donde la partera confirmaba todo. “No te voy a juzgar, pero necesito ir con la verdad para saber cómo manejarme de acá hacia adelante”, le dijo Soledad. En ese momento la mamá quebró en llanto y le contó su versión de lo que había sucedido. Le dijo que había perdido tres embarazos que no llegaron a término y que estaba sumida en una profunda depresión. Por medio de una chica que trabajaba en esa clínica se habían enterado que había una beba cuya mamá había muerto y que no sabían que hacer porque no tenía familia. El papá adoptivo fue a hablar con la partera, quien le solicitó dinero para afrontar los gastos de la internación y del entierro. Y de esa forma Soledad había llegado a sus manos.

“Con mi mamá adoptiva recompuse la relación, es como que mi corazón decidió verlo de esta manera: ya me habían quitado una familia y no me iba a permitir perder a la otra familia, yo decidí entender y perdonar”, dice Soledad, que en ese tiempo contó con la ayuda de la meditación, con  la autoayuda y con la contención de su grupo de pares. A través del amor se dio cuenta que tenía dos familias y sus hermanos supieron entender que ellos también habían sido engañados.

En octubre de 2015 fue la primera vez que estuvo con sus hermanos y para el 31 de diciembre de ese año decidió invitar a las dos familias a su casa. Eran más de 60 personas. Soledad, confiesa, se sintió conmovida con las palabras de bienvenida que le brindó Susana a su madre adoptiva: “Le agradezco tanto que nos la haya cuidado y criado para que hoy Soledad sea la persona que es”. Fue una grata y emotiva sorpresa ya que su mamá había ido con el miedo de ser juzgada por la familia biológica de su hija, pero nada de eso había pasado. Desde ese momento, el último día del año los pasa con la misma gente, recibiendo el afecto y el amor de ambas familias.

Soledad tiene dos hijos: Máximo (de dos años y medio) y Mateo (de tres meses), se desempeña como estilista y esteticista, teniendo “la fortuna” de trabajar en lo que le gusta de forma independiente. En la actualidad brinda talleres para formar a muchas mujeres para que puedan tener un oficio y puedan valerse por ellas mismas. “A mis hijos los voy a criar desde la verdad y lo que me da mucha paz es saber que ellos ya están compartiendo y creciendo con su sangre, con sus dos familias, todo lo que yo no tuve. Ellos van a saber la historia y la importancia de crecer con la familia, conocer las raíces porque eso te ayuda a comprender muchas cosas”.

 

PUBLICADO EN LANACION.COM

 

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