Roberto Piccardi, ex combatientes de Malvinas que fundó un museo de ex Veteranos: “Mi familia ha sido el pilar fundamental de todo esto”

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Como los bolsones de equipaje donde cada uno de los soldados llevaba algo de abrigo, entre otras cosas, eran muy pesados, les habían ordenado dejarlos en el campamento por lo que los primeros días Roberto sufrió en carne propia las consecuencias de la inclemencia del tiempo. “Los primeros días llovió mucho y nos mojamos un montón. Estábamos con la ropa que llevamos puesta en un galpón que secaban pieles de oveja y ahí nos apiñamos entre dos o tres para tratar de darnos calor y secarnos porque estábamos empapados y congelados. Recibíamos una sola comida diaria que al principio era guisos con carne pero con el tiempo ya no nos dieron más carne. Entonces empezamos a matar ovejas y las cocinábamos a escondidas”.

Roberto Piccardi (55) toma el micrófono y les cuenta su experiencia de haber luchado en Malvinas a un grupo de alumnos que lo visita en el Museo de ex combatientes en Lomas de Zamora. Más tarde les muestra un video con imágenes y testimonios, ante la atenta mirada de los niños y sus maestros. A su derecha, se exhiben diversas condecoraciones, trofeos, y ropa del ejército de un compañero que peleó a su lado. Minutos después, guía a los chicos hasta un cañón verde, símbolo vivo de esa guerra cruel e injusta. Mientras ellos juegan,  una persona les toma la tradicional fotografía que en unos días cada uno podrá llevar a su casa como souvenir de la visita.

Roberto hizo el servicio militar en el Regimiento 7 de La Plata y se desempeñó como chofer de camiones y ambulancia. A tan sólo siete días de salir de baja, su tropa se había acuartelado porque el ataque a las Islas Malvinas parecía inminente. En ese momento, un superior les dijo que debían prepararse para viajar a combatir.

“Tenía 19 años, al principio estábamos eufóricos, pero también había una cantidad de dudas inmensas. Me acuerdo que el domingo anterior a partir, tuvimos la oportunidad de despedirnos de nuestros padres en una misa que dio un cura. Te imaginarás la poca atención que le dieron a ese sacerdote. Nuestros viejos querían vernos, tocarnos, estar con nosotros”, recuerda.

Roberto cuenta que el 13 de abril de 1982 partieron rumbo a Malvinas, pero que esa tarde no pudieron aterrizar por la presencia de un viento en pista de más de 100 kilómetros y que recién pudieron hacerlo dos días después.

Desde el momento en que llegaron a Malvinas, él y sus compañeros comenzaron a darse cuenta que el panorama no era tan alentador como se lo pintaba en el continente y ni bien tomaron posición fueron testigos de los impactos de balas, señal de que ya se había combatido y bastante.

Herido en combate

Como los bolsones de equipaje donde cada uno de los soldados llevaba algo de abrigo, entre otras cosas, eran muy pesados, les habían ordenado dejarlos en el campamento por lo que los primeros días Roberto sufrió en carne propia las consecuencias de la inclemencia del tiempo. “Los primeros días llovió mucho y nos mojamos un montón. Estábamos con la ropa que llevamos puesta en un galpón que secaban pieles de oveja y ahí nos apiñamos entre dos o tres para tratar de darnos calor y secarnos porque estábamos empapados y congelados. Recibíamos una sola comida diaria que al principio era guisos con carne pero con el tiempo ya no nos dieron más carne. Entonces empezamos a matar ovejas y las cocinábamos a escondidas”.

Roberto se había desempeñado en el continente como chofer de la Compañía Servicios, pero como en Malvinas no tenía que conducir ningún vehículo pasó a ser infante donde realizó guardias y caminatas. Posteriormente colaboró en tareas de logística en el Aeropuerto: su función era descargar las municiones y las armas que llegaban desde el continente. Trabajaba entre ocho y 10 horas, luego dormía dos y de vuelta volvía a sus obligaciones laborales. Sin embargo, cuando no quedaron más tareas de logística para desarrollar, lo colocaron en una compañía de infantes casi sin resguardos y a la espera del bombardeo naval y aéreo y del combate cuerpo a cuerpo.

“Estábamos expectantes, éramos la fuerza de reserva por si atacaban los ingleses. Esa noche no se durmió. Se apreciaban todos los gritos, las descargas de ametralladoras.  De repente, empezamos a recibir a nuestros compañeros heridos y los ingleses nos comenzaron a tirar con todo. Primero hirieron a un par de compañeros y cuando venía la bomba nos tiramos cuerpo a tierra y cayó justo al lado mío, hiriéndome en la pierna. Me acuerdo que tenía un calzoncillo largo y arriba la bombacha de campo y  me encontré con un pedazo de hierro y cuando me lo estaba sacando recibimos una bomba más que por suerte cayó delante de una piedra a la que nos habíamos tirado”, relata con lujos de detalle. “De ahí me llevaron al puesto de enfermería y cuando me trasladaron al hospital fui testigo de las peores cosas de la guerra: un gran salón con alambres de lado a lado con los sueros colgados, tipos tirados en el piso, los médicos operando y yo tuve que esperar porque lo mío no era de gravedad”.

A los pocos minutos, recuerda, lo subieron, junto a los otros heridos leves, a un camión y lo trasladaron en avión primero a Comodoro Rivadavia (Chubut) y más tarde fue atendido en un Hospital en Bahía Blanca, donde se reencontró con sus padres después de dos meses. “Fue realmente emocionante. Yo no sabía que iban a estar ahí. Nos abrazamos, lloramos, y después almorzamos juntos”.

Volver a empezar

Tras permanecer internado un tiempo en Campo de Mayo, Roberto comenzó a buscar trabajo. Por aquel entonces, cuenta, algunas empresas del estado como Segba, Obras Sanitarias o el Banco Nación tomaban como empleados a los ex combatientes. Pero como permaneció un tiempo internado, se vio impedido de esa posibilidad. Al poco tiempo, comenzó a trabajar como chapista, junto a un tío suyo, y en forma paralela recibió agasajos de vecinos y de ex profesores del colegio. En unos de esos encuentros conoció a una mujer cuya hija le había enviado una carta cuando él estaba en Malvinas. Como la señora trabajaba como mucama en la casa del interventor del PAMI de esa época, logró que le tomaran una prueba dactilográfica y en octubre de 1982 ingresó en la obra social de jubilados y pensionados. A los pocos meses participó de un Congreso para Veteranos de Guerra y presentó un proyecto para crear en el PAMI un área de atención para todos los sobrevivientes de Malvinas. Nueve meses después recibió el ok a su propuesta y lo trasladaron de la seccional de Lanús a casa central.

Por aquellos años, Roberto fue testigo del suicidio de algunos veteranos y vio como muchos de ellos se encontraban incapacitados para trabajar y sin recibir subsidios. “Queríamos conseguir prestaciones médicas para los heridos y familiares de los caídos que no tenían obra social.  Por suerte logramos la sanción de la ley 24310 de reconocimiento de incapacidad. El PAMI recibió a todos los veteranos de guerra”, cuenta orgulloso.

Paralelamente, junto a otros ex combatientes, fundó el Centro de Veteranos de Malvinas de Lomas de Zamora en 1984 en un terreno que le cedió la municipalidad de ese distrito. Posteriormente, comenzó a dar charlas en los colegios con la clara misión de contar lo que había vivido en la guerra. “Notábamos que los chicos se interesaban, nos hacían preguntas. Llevábamos recuerdos y afectos personales,  medallas, latas de raciones de comida, tierra de Malvinas, ropa con la que habíamos combatido”.

Como el programa fue creciendo, Roberto y sus colegas hablaron con el ministerio de Educación de la provincia de Buenos Aires y de esta forma se creó el programa “Malvinas: historia viva en la aulas” otorgándole un marco y un programa oficial a estas charlas orientadas a alumnos de los últimos años del secundario para el que confeccionaron especialmente un video institucional.

Unos años después, envalentonado por el éxito de este nuevo programa, a Roberto se le ocurrió armar un museo de Veteranos de Guerra en Lomas de Zamora “atendido por sus propios dueños”. “Todo lo que tenemos en el museo tiene un significado. Cada cual eligió que cosas podía donar: hay  condecoraciones, medallas, vestimentas del ejército, botas, esquirlas, cartas con mucho afecto que mandaban los viejos, fotos, réplicas de armas, balas desactivadas, cuadros de los caídos”, describe.  Roberto cuenta que los chicos hacen muchas preguntas, se sacan fotos y que él les dice que nunca deben olvidarse de la historia de Malvinas.

A raíz de todos estos logros, visitó en el vaticano al Papa Juan Pablo II y participó en congresos y conferencias junto a veteranos de guerra de Vietnam, Portugal, Polonia y la ex Unión Soviética, entre otros países.

Todo esto que consiguió Roberto se lo debe al amor y al apoyo que le brindó desde siempre su familia: tanto sus padres, como su mujer Alejandra y sus hijas Luciana (21) e Ivana. “Mi familia ha sido el pilar fundamental de todo esto. Si hay algo a lo que yo estoy agradecido del post Malvinas es haber tenido la familia que tuve. Mis dos hijas son muy defensoras de todo esto e incluso me acompañaron a Bahía Blanca a buscar un cañón gris que exhibimos en el museo”.

Actualmente trabaja en PAMI como responsable del área de Veteranos de Guerra de la zona sur luchando para conseguir atención médica, odontológica y social a sus colegas y continúa dando charlas en los colegios. Y, obviamente disfruta de la gran familia que formó.

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