Vivió 8 años abusada por un hombre hasta que tomó el coraje para echarlo de su casa

26992591_10214697999500617_3982772244615729532_n

Un tiempo después de que logró echar al padre de sus dos hijos menores de la casa, tuvo dos historias con dos hombres pero la cosa no pasó a mayores porque ella, hasta ese momento, no permitía ningún contacto íntimo. Sin embargo, más tarde se reencontró con su primer novio (con el que solo se habían dado picos) y de a poquito él la fue llevando para que ella pudiera confiar para volver a tener relaciones sexuales, en este caso consentidas. Sin embargo, se dio cuenta que él era posesivo. “Yo había decidido después de tantos años de estar con ese hombre que no iba a estar mal con nadie. Aunque no me gusta estar sola, sin pareja, no voy a estar con nadie por el solo hecho de estar”.

A principios de los años 90´ Mariela De Doménico Outón (45) vivía en Santa Teresita junto a su pequeño hijo de un año y trabajaba en una oficina de turismo en Costa del Este. Una tarde, una compañera la invitó al cumpleaños de su hijo y como la señora no se daba mucha maña en la cocina, ella (que cocinaba desde chica) la ayudó a preparar la cena. De repente, observó que un hombre la miraba insistentemente, situación que la ponía incomoda.

-Mira como me mira ese hombre, -le dijo Mariela a la anfitriona del evento.

-No, pero es buenísimo –le contestó.

Mariela se sentía algo intimidada por su mirada.

-Dale, andá a bailar con él –insistió la dueña de casa.

A Mariela, que en ese momento tenía 22 años, ese señor le había caído simpático, pero no le había gustado como hombre. A los pocos días, sin previo aviso, la pasó a visitar por su trabajo, situación que se repitió más de una vez. Una tarde ella perdió el colectivo, él se apareció en el lugar y se ofreció a llevarla hasta su casa. A partir de ese momento salieron algunas veces como “amigos”, él había conocido a su hijo, fruto de un matrimonio anterior, y ella a los suyos. Pero no había pasado nada entre ellos. Y una mañana se le apareció con un bolsito por su casa.

-Las cosas no van nada bien con Marta (su esposa) y me vengo a Santa Teresita – le dijo

-Yo no quiero vivir con vos –le respondió Mariela.

-Es solo por un par de días hasta que encuentre algo para alquilar, duermo en la habitación del nene –insistió él.

Golpes y violaciones

Ese par de días finalmente se convirtieron en ocho años. Al poco tiempo este hombre consiguió trabajo y una tarde, cuando volvió a su casa, Mariela estaba con un “camisoncito” y no bien abrió la puerta le metió un sopapo que le rompió la nariz y la boca. “Hasta ese momento no éramos pareja ni había pasado nada. Ante mi asombro me dijo que yo tenía que esperarlo cambiada y pintada como todas las mujeres.  Me llevó al baño, me empezó a dar la cabeza contra la pileta, yo lloraba, me lavaba la cara y me lastimaba más. Esa noche tuvo relaciones conmigo y de ahí en más no se fue más de mi casa”, recuerda Mariela.

El hombre con el que vivía la forzaba para que le dijera que lo amaba, tenía que escribirle cartas de amor y no podía sacárselo de encima en público si delante de la gente él le quería dar un beso. Tenía que actuar, literalmente, como si estuviera totalmente enamorada y ninguna de las relaciones sexuales eran consentidas. “Yo tenía terror, mucho miedo, me daba mucho asco verlo y hoy en día recuerdo esa terrible tristeza que sentía”.

Durante un tiempo tomó pastillas anticonceptivas a escondidas hasta que él la descubrió y se las hizo dejar. Y al poco tiempo quedó embarazada de su segundo hijo. Enseguida se fueron a vivir a Dolores, en la provincia de Buenos Aires,  y Mariela aprovechó para visitar a una ginecóloga que conocía para decirle que quería volver a tomar pastillas, pero así y todo quedó embarazada y tuvo otra hija.  “Cuando veía que mis hermanos o mis viejos me veían toda morada, embarazada y toda, y nadie hacía nada eso me desgastaba más. El único que me defendió una vez fue un primo mío que vivía en Chile y cuando vino a Dolores lo agarró del cuello frente a un portón y le dijo que si me llegaba a tocar otra vez lo destrozaba a palos”. Sin embargo, a los pocos días su primo volvió al país trasandino y las represalias, como era de esperar, las recibió ella. En ese momento no existían las Comisarías de la Mujer como ahora y, cuenta Mariela, en Dolores había una sola comisaría y casi todos los parientes del padre de sus dos hijos menores eran policías. Por eso, nunca intentó hacer la denuncia.

                

Celos, violencia y más vejaciones

 Al jardín y a las fiestas del colegio prácticamente iba Mariela sola, aunque en algunas oportunidades él aparecía para “figurar un poco”. Las pocas salidas en “familia” eran para llevar a los chicos al corso de Dolores. “Él iba más que nada porque se moría de celos, yo no podía dirigirle la palabra a ningún hombre y eso que tengo amigos varones desde los 14 años. Una tarde, estaba embarazada de 8 meses, fuimos a una confitería y me encontré con un amigo gay y éste hombre ya sabía de su condición sexual. Cuando nos vimos,  nos abrazamos muy fuerte y cuando salimos del lugar me dio una paliza muy grande porque lo había abrazado a mi amigo y a él no lo abrazaba así, con ese cariño. No le podía contestar porque me había dejado moretones en todos lados y me pegaba hasta en la panza ante la mirada de mucha gente que no hacía nada”.

A medida que fueron pasando los años con este hombre, Mariela empezó a tener desmayos. Luego, comenzó a padecer ataques de pánico, no quería salir de su casa, veía cosas por el techo, figuras negras. Entonces, fue a una médica clínica que dio en la tecla con la medicación porque con lo que le había recetado un psiquiatra no podía conciliar el sueño en toda la noche. Estos ataques de pánico duraron casi dos años. “Durante todo ese tiempo si yo estaba dormida (por el efecto de las pastillas) me despertaba y me violaba igual. O yo me despertaba y veía que lo tenía encima o dentro de mí”, confiesa.

 

Sacar fuerzas desde donde sea

Su hijo del medio tenía un problema en uno de sus testículos por lo que tuvieron que operarlo. Mariela permaneció 24 horas seguidas en el sanatorio. Al día siguiente se fue a su casa a dormir en compañía de su hijo, pero tuvo que interrumpir el descanso para recibir a las visitas que venían a verlo. Esa noche tomó las pastillas para poder dormir plácidamente. “El tipo conmigo dormida profundamente me comienza a manosear, apretándome los pechos muy fuertes, estaba medio boleada y no sé de dónde saqué fuerzas pero le dije que se fuera, ´ándate, ándate, ándate o llamo a la policía´. Finalmente se terminó yendo con lo puesto y mi nene más grande, que escuchó los gritos, se levantó y me ayudó a tapar todas las puertas con muebles por si volvía”. Esa noche Mariela se fue a dormir a la habitación con sus hijos, con los ojos entreabiertos por el temor de que ese hombre regresara. Sin embargo, a la noche siguiente Mariela se olvidó de tomar su medicación y durmió tan bien que no necesitó tomarla nunca más.

Pese a que él intentó volver, Mariela ya estaba más fuerte y sus hijos  también cobraron ese coraje para impedir su retorno. Sin darse cuenta, había tomado una decisión que cambiaría por completo su vida.

 

“Empecé a sentir libertad”

 A partir de ese momento Mariela comenzó a retomar sus amistades y a buscar trabajo. El primer empleo que tuvo fue limpiando baños en una parrilla, pero al poco tiempo empezó a cocinar, uno de sus hobbies favoritos. “Empecé a sentir libertad, el trabajo me quedaba lejos pero me iba en bicicleta, no me importaba nada, me perdí cumpleaños por estar trabajando de noche pero me sentía muchísimo mejor. Los chicos, gracias a Dios, se criaron conmigo y pese a todo esto tuvieron una infancia feliz”. También aprovechó su don en la cocina y empezó a cocinar para eventos privados, además fue moza, cuidó chicos pequeños y preparó a alumnos para rendir materias en la secundaria.

Mariela dice que aprendió a administrar el dinero que iba cobrando por su trabajo y, cuenta, orgullosa, que nunca adeudó el pago de algún impuesto y que siempre pudo mantener el servicio de cable y de Internet para que pudieran disfrutarlo sus hijos que hoy en día tienen 24, 19 y 17 años.

“Sentía felicidad de poder estar con mis hijos. Pero como a mí me gustan los chicos, muchas veces venía algún vecinito a merendar o algún compañero de los chicos a cenar, me los traía del jardín, jugábamos con tierra, luego los bañaba y se los entregaba limpitos a sus padres. También los llevaba a un lago cerca de casa a hacer un picnic o a jugar a la pelota. Y eso es lo que más se acuerdan ellos. En ese momento comencé a valorar otras cosas, a ser feliz con poco, con momentos, viendo reír a mis hijos, bailando con ellos, jugando y pudiendo criarlos sola, pero sin violencia. Y me siento orgullosa de lo que logré: que ellos sean muy buenas personas, eso es lo que importa”

Un tiempo después de que logró echar al padre de sus dos hijos menores de la casa, tuvo dos historias con dos hombres pero la cosa no pasó a mayores porque ella, hasta ese momento, no permitía ningún contacto íntimo. Sin embargo, más tarde se reencontró con su primer novio (con el que solo se habían dado picos) y de a poquito él la fue llevando para que ella pudiera confiar para volver a tener relaciones sexuales, en este caso consentidas. Sin embargo, se dio cuenta que él era posesivo. “Yo había decidido después de tantos años de estar con ese hombre que no iba a estar mal con nadie. Aunque no me gusta estar sola, sin pareja, no voy a estar con nadie por el solo hecho de estar”.

 

Tranquilidad y paz

Actualmente Mariela está tranquila y en paz. Y con todo lo que pasó durante esos ocho años no es poca cosa. Trabaja en una escribanía en Dolores que es de sus primos y aunque no gana mucho dinero, lo hace en blanco. “Con mi hijo del medio nos levantamos a la misma hora, tomamos mate. Con la nena miramos series o películas en la cama y el más grande vive con mis padres pero me viene a visitar seguido a mi trabajo”.

Hace unos años se compró una cinta para hacer gimnasia en su casa, además de otros ejercicios con pesas, ruedas y colchonetas donde hace abdominales. También retomó tejido y actualmente está tejiendo una cortina para su cuarto, le encanta y disfruta de cocinar todos los fines de semana para tener el freezer lleno ya que de lunes a viernes sus horarios libres están más acotados. “Mi sueño es viajar, desde los 14 años que no me fui más de vacaciones a ningún lado. Éste fue el primer verano que fui unos días a Mar del Plata y puede llevar a los chicos”, expresa orgullosa Mariela, que cada tanto suele venir a Buenos Aires para pasear y caminar por la ciudad.

De chica y de adolescente Mariela era la que maquillaba siempre a sus amigas y a medida que fue creciendo uno de sus sueños era poder dedicarse al “Make up”. “Nunca pude hacer ni un curso porque el dinero que ingresaba a casa era para las necesidades de los nenes. Sin embargo, hace unas semanas los chicos me animaron a hacer algo que amo y estoy fascinada, las clases son muy cálidas y la profesora, Georgina, es espectacular enseñando. El grupo que me ha tocado es muy lindo y nos divertimos, espero llegar a ser muy buena para poder dedicarme  a esto”, se ilusiona.

 

Mientras atravesaba el peor infierno cuando vivía con ese hombre en su casa, y especialmente cada vez que él la violaba, Mariela solía mirar hacia el techo y deseaba que ese calvario terminara lo antes posible. “Ya pasa, ya termina”, pensaba para sí misma. Hace dos años decidió que era momento de tatuarse la frase  Esto también pasará en uno de sus pies. “Sentí realmente que se cerraba algo en mi vida. Y cada vez que me lo veo siento una enorme sensación de paz”.

 

PUBLICADO EN LANACION.COM

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s