¿Cómo es la experiencia de pilotear un avión de 170 pasajeros?

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Mi primer despegue está a punto de arrancar. “Si yo pongo el freno del estacionamiento, como si fuera el freno de mano en el auto, quiero despegar y le doy potencia, empiezan a salir las turbinas y suena la alarma (como le ocurrió a los pilotos en la tragedia de Lapa en 1999). Eso quiere decir que el avión no está configurado para volar, hay algo que está mal. Automáticamente tenés que abortar el despegue”.

Una de las cosas que más me gustaba hacer durante mis primeros viajes en avión era ingresar a la cabina de los pilotos. Me fascinaba ver como ellos manejaban la nave, las luces, cómo se veía todo desde ese lugar. Lamentablemente, tras el atentado terrorista a las Torres Gemelas en el 2001 se prohibió el ingreso de todos los pasajeros a ese sector. Sin embargo, me encuentro a muy pocos minutos de vivir la experiencia de volar un avión como un piloto profesional en un simulador con comandos y visión real de un Boeing 737 800NG.

Christian Argañaraz y Roberto Ferreira me reciben en el Hangar Uno del Aeropuerto Internacional de San Fernando. Me cuentan que voy a volar este avión, que es la flota que hoy en día utiliza Aerolíneas Argentinas para vuelos de cabotaje, Brasil, Perú, Punta Cana, Cuba y Aruba. “Este es un entrenamiento de tierra (manejo, velocidades de despegue, pérdida y maniobrabilidad) con el escenario real, con las frecuencias y tiempos reales de vuelos. El piloto que quiere entrar a una línea aérea después de pasar por esta experiencia debe subirse al simulador en movimiento”, me aclara Ferreira.

Como copiloto, me siento en el avión a la derecha de Argañaraz que va a ser el Comandante. Me señala el panel de sistema automático, donde se puede ver el “horizonte natural y el horizonte artificial”. Me muestra a la izquierda una pantalla que indica la velocidad, a la derecha figura la altitud y me dice que “estamos con rumbo 352”. Yo le hago que sí con la cabeza, como si entendiera de lo que me está hablando. Enseguida me marca a lo alto un rectángulo cuadrado donde se observa todo el sistema del avión: las luces exteriores, las dos palancas que se utilizan para la puesta en marcha de los motores, el sistema de bombas eléctricas y el de presurización que puede ser manual o automático. Hasta ahí mucha teoría y muchas cuestiones técnicas. Pero yo estoy ansioso por hacer mi primer vuelo. Mi primer despegue está a punto de arrancar. “Si yo pongo el freno del estacionamiento, como si fuera el freno de mano en el auto, quiero despegar y le doy potencia, empiezan a salir las turbinas y suena la alarma (como le ocurrió a los pilotos en la tragedia de Lapa en 1999). Eso quiere decir que el avión no está configurado para volar, hay algo que está mal. Automáticamente tenés que abortar el despegue”. Justo me lo dice cuando estoy por tomar el comando del avión. ¿Se habrá acordado que soy un principiante?

Argañaraz repasa todas las cosas que tienen que estar en condiciones para el despegue. Me indica que coloque la mano izquierda en la potencia de los dos motores, que lo voy a acelerar hasta el fondo y que con la mano derecha voy a manejar el comando, que es lo más parecido que vi a un joystick de la Play Station. Estoy acelerando las turbinas, velocidad activa 120 nudos. “Tirá hacia atrás sin miedo, ya estamos a 600 pies de altura. Ascenso positivo. Agarrá el comando. Tenés que estar flojo, no te pongas tenso”, me dice. “Vamos a hacer un viraje por derecha y sacarle un poco de potencia, le subimos la nariz: hacia adelante el avión desciende y si le doy hacia atrás, sube”, me explica.

Para ese entonces estamos estabilizados en el horizonte a 2100 pies. Volamos desde Ezeiza hacia Aeroparque. Argañaraz me señala un punto rojo y me dice que tengo que ir hacia arriba. Trato de estar siempre derecho. Se viene la aproximación a Aeroparque, escucho una voz que dice que estamos a 2500 pies. “Vamos por izquierda, sin miedo, vos dale tranquilo que cualquier cosa yo te corrijo. ¿Ves? esa avenida es Maipú y la otra es Libertador”. Estamos bajando, el punto rojo está cada vez más cerca, lateralmente hacia mi izquierda. Giro hacia ese lado y lo enderezo muy suavemente. Cada vez estoy más cerca de aterrizar. “Vamos a empezar a bajar el flap para empezar a frenarlo y a hacer un viraje hacia la derecha cuando yo te diga. Subile un poquito la nariz, ahí nomás”. Falta poquito. En ese momento se me viene a la mente que hace justo 20 años saqué el registro de conducir, que manejé casi nada, que nunca más fui a renovarlo y que ahora estoy a punto de aterrizar un avión con 170 pasajeros. Una locura total por donde se lo mire. Sin embargo, estoy a cargo de este Boeing y no me puedo hacer el desentendido. Si despegué, tengo que aterrizar. Un ruido me indica que estoy cerca del piso. Me pongo más nervioso. Ahí es cuando diviso el Aeroparque. Estamos listos para el aterrizaje. Casi. Me concentro. Hago movimientos con la boca como si estuviera masticando un chicle. Escucho que el avión toca la pista de aterrizaje. Impresionante la sensación de alivio que siento. Solo faltan los clásicos aplausos de los pasajeros alegrándose por haber llegado a destino.

 PUBLICADO EN CLARÍN
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