AMIA: transformó el dolor en poesía para honrar la memoria de su hija

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 La historia de Sofía Guterman y su necesidad de humanizar el número 85. “Yo escribo todos los días, para mi es una forma de canalizar el dolor y los libros es sirven para que las historias trasciendan. Aquellas personas que han leído algunos de mis libros me han dicho que se han emocionado. Noto que la gente me respeta, me da muchas fuerzas para seguir adelante, me acompaña con lo que siento”.

Andrea Guterman tenía 28 años. Era de carácter alegre, de fácil risa, pero también de fácil llanto. Se preocupaba por sus padres porque era única hija, pero al mismo tiempo hacía una vida muy independiente. Le gustaba mucho compartir momentos con sus amigas mientras escuchaban jazz y comían maní. Trabajaba en doble jornada como maestra jardinera en Obras Sanitarias, pero cuando se privatizó se quedó sin empleo. Convivía con su novio con quien tenía pensado casarse para diciembre de ese año. Por eso, quería conseguir  un trabajo de doble turno que le permitiera tener otra entrada de dinero.

Para abril de 1994, Sofía, su mamá, la notaba pensativa y si bien su hija siempre estaba con los pies bien puestos sobre la tierra, decía que la vida era para bailar y para cantar. Por eso, le dedicaba mucho tiempo a componer canciones para sus alumnos en la flauta dulce. Sin embargo, su mamá la notaba preocupada.

-¿Qué te pasa Andrea? –le preguntó su mamá, mientras tomaban algo en una confitería.

-Hace bastante que vengo teniendo el mismo sueño –le contestó.

-¿Qué es lo qué soñás?

-Qué me quieren matar.

-Puede ser que cuando te relajás tu subconsciente te hace soñar cosas.

-No, no, no, es siempre el mismo sueño.

Para los primeros días de julio a Andrea la habían llamado para trabajar en un jardín solo medio turno.

-Me voy a ir a anotar a uno que está en Tucumán y Callao que es de jornada completa –le comentó Andrea a su mamá.

-Mirá, yo sé que en la AMIA funciona una bolsa de trabajo. ¿Por qué mientras tanto, no te anotás, decime un día y yo te acompaño –le sugirió Sofía.

El domingo 17 de julio Sofía estaba en su casa junto a su marido, a su hija y a su futuro yerno viendo la final del mundial de fútbol.

-Mamá, sabes que anoche volví a soñar lo mismo.

-¿Y qué soñaste? ¿qué caras tienen? –le preguntó su mamá suponiendo que Andrea se refería a cómo se imaginaba a sus futuros hijos, un tema de conversación en la familia.

-No tienen caras, son todas piedras –le respondió.

-Me dejas sorprendida –contestó su mamá.

-Puede ser que mañana vaya a la bolsa de trabajo de AMIA, pero no estoy segura porque como se acerca el día del amigo quizás aprovecho y voy a la avenida Corrientes así le compro regalos a mis amigas.

“Esa noche me quedó picando lo que me había contado Andrea de los sueños y no pude dormir, me había sentido descompuesta. A la mañana me levanté para preparar los trabajos para mis alumnos y decidí llamarla para decirle que no fuera. Pero cuando la llamé me atendió el contestador de su casa”, recuerda Sofía.

-Me voy para Pasteur –le dijo su marido por teléfono.

-¿Para qué vas a ir a Pasteur? –le preguntó Sofía.

-Porque explotó la AMIA y quiero saber cómo están nuestros vecinos.

-Pero Andrea también se fue para allá –le dijo, desesperadamente, Sofía.

Enseguida, su casa se llenó de gente mientras Sofía logró comunicarse con el jardín de infantes donde Andrea había ido a dejar su CV. La persona que la atendió del otro lado del teléfono le comentó que en ese momento no había nadie, que Andrea había dejado sus antecedentes y que se había ido del lugar una hora antes de que explotara la bomba.

“Como durante el día no supimos nada de Andrea nos dimos cuenta que había entrado a la AMIA y ahí empezó una pesadilla que duró 7 días porque no se la podía encontrar. En las radios habíamos entregado fotos suyas, también en la morgue. Pero en ese momento yo tenía la esperanza de que estuviera viva porque decían que había mucha gente shockeada deambulando por la zona. Yo decía que no importaba que estuviera muy herida o muy quebrada, solamente deseaba que estuviera con vida”. Sin embargo, en la madrugada del séptimo día la llamaron de la morgue porque habían identificado su cuerpo.

“Lo que vos no hagas por tu hija no lo va a hacer nadie”

Fueron días en que Sofía no quería saber absolutamente nada con la vida. Se sentía en soledad y sin saber que iba a suceder de allí en adelante. Tampoco se arreglaba, no se fijaba si se peinaba o no las pocas veces que salía de su casa, cuenta.  Una mañana, ya habían pasado unos cuatro meses del atentado, salió a hacer un trámite y se encontró con una vecina que la vio pasar y la llamó.

-Yo no puedo entender lo que estás pasando, pero tampoco puedo entender verte con esta pinta. ¿vos te querés morir? –le preguntó la señora.

-¿Por qué me decís eso? –le preguntó Sofía, sin entender lo que estaba pasando.

-No te vas a morir hasta que no te llegue el momento. Yo tengo cáncer y no me quiero morir, pero sé que me voy a morir. Lo único que yo puedo decirte es que lo que vos no hagas por tu hija no lo va a hacer nadie.

La necesidad de humanizar el número 85

Sofía se dio cuenta de que debía hacer cosas para honrar la memoria de su hija. Como era docente se presentó en diferentes escuelas, un poquito más arreglada de como salía los primeros meses de su casa, y en cada encuentro con los directores les transmitía quién era y les pedía que le permitiera hablar con los chicos. Poco a poco comenzaron a cederle los salones de actos de diferentes establecimientos educativos  donde se juntaban varios cursos. “A los chicos les contaba lo que había pasado pero no sobre los temas de la investigación porque en ese entonces mucho no se sabía y porque tampoco quería enredarlos con temas jurídicos. Les explicaba la necesidad de humanizar el número 85 porque yo no quería que mi hija formara parte de una estadística matemática. Empecé a interiorizarme sobre la biografía de las demás víctimas y a cada charla que iba tomaba un ramillete de víctimas y les contaba a los chicos las cosas que les gustaban y lo que soñaban de manera de que ellos se pusieran en el lugar del otro”.

 Transformar el dolor en poesía

Al poco tiempo de la muerte de su hija, Sofía comenzó a ir a una psicóloga que le proveyó AMIA. En aquel entonces iba todos los días al departamento donde vivía Andrea. Cada vez que entraba, abría la puerta, los ventanales, limpiaba y se sentaba. “Cuando veía que las cortinas se movían pensaba que la casa todavía tenía vida, esperando un milagro de que me devolvieran a Andrea. Me ponía a mirar una planta y, de repente, empezaba a escribir algunas preguntas dedicadas a mi hija y como ella no aparecía yo mismo me las contestaba”. Un día le llevó a la psicóloga un borrador con algunas cosas que había anotado.

-Yo te puedo recomendar una sola cosa: escribí libros –le sugirió la psicóloga, totalmente emocionada.

-Pero yo no soy escritora, se me da bien escribir pero no soy escritora –respondió, tímidamente-Sofía.

-No importa.

De esa forma nació Más allá de la bomba, un libro testimonial donde una madre a la que le cambió totalmente la vida le hablaba a su hija que siempre le había tenido espanto a la muerte.

“Un día me senté y puse un título: ´mataron a mi hija´, me quedé pensando y salió el primer poema. Y a lo mejor en un día escribía otros tres poemas, pasaba dos semanas y no escribía ninguno. Y, luego, volvía a escribir.  Y así surgió: Poemas del corazón al cielo”.

Andrea y Sebastián

Uno de los poemas del corazón al cielo se titula Andrea y Sebastián. “Cuando los familiares nos reuníamos todos los meses en la calle Pasteur decidimos más adelante llevar pancartas con los rostros de cada una de las víctimas y con la palabra justicia. Yo llegué con la pancarta de Andrea y estaba dando vueltas porque no sabía dónde ubicarme. Y, de golpe, observé a una señora de edad paseándose con una pancarta dada vuelta que me llamó mucho la atención.

-Abuela: ¿no sabe dónde poner la pancarta? –le preguntó Sofía.

-Es que él era tan chiquitito que no sé dónde colocarla –le contestó.

“Cuando la mujer dio vuelta la pancarta sentí el impacto de ver ese rostro del chico que quería tener Andrea que era Sebastián Barreiro (el nene de tan solo 5 años que falleció en el atentado). Y le propuse a la mujer que pusiéramos las dos pancartas una al lado de la otra para que, imaginariamente, Andrea y Sebastián estuvieran juntas. Cuando llegué a casa, abrí la puerta e inmediatamente escribí el poema Andrea y Sebastián”.

 No se conocían en la vida terrenal,

Maestra jardinera ella,

con muchos niños a quien amar,

con muchos sueños de un hijo propio,

travieso, bueno y con una mirada angelical.

Él, pequeñito, muy apegado a su mamá,

hilaba sueños y fantasías,

mientras jugaba en su lugar.

Los asesinos, en su maldad,

hicieron volar sus almas

al inmenso campo celestial,

a la misma hora, desde el mismo lugar.

Desde aquel entonces, siempre juntos van,

mi hija Andrea y el pequeño de Sebastián.

En un jardín de infantes del Más Allá,

juega tranquilo, con mucha paz,

el pequeñito de Sebastián.

Una maestra sin delantal,

le cuenta cuentos, lo hace jugar,

caminan juntos, no sufren ya

porque en el cielo no hay maldad.

(Fragmento del poema Andrea y Sebastián)

“Yo escribo todos los días, para mi es una forma de canalizar el dolor y los libros es sirven para que las historias trasciendan. Aquellas personas que han leído algunos de mis libros me han dicho que se han emocionado. Noto que la gente me respeta, me da muchas fuerzas para seguir adelante, me acompaña con lo que siento. Yo he trabajado y sigo trabajando mucho, tomé la lucha como una forma de sobrevivir, renuncié a mis otros trabajos. El tener que ir a dar una charla o que me llamen del interior del país es una oportunidad de seguir estando con chicos y de seguir sembrando semillitas. Es una forma de aportar algo para la memoria”.

 

PUBLICADO EN LADO H

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