El relato en primera persona de una joven que lucha para superar la anorexia

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Tatiana se obsesionaba  con las comidas y con el gimnasio hasta que se dio cuenta que lo único que le esperaba era la muerte. “Hice el click en el momento en que ya no tenía fuerzas para caminar desde el sillón hasta mi cama. Ni hablar de que tampoco tenía las fuerzas para ir al gimnasio. Manejaba hasta la universidad y me mareaba”, dice.

“Recuerdo que me pesaba semanalmente. Si no bajaba de peso, había sido una semana desperdiciada. En el gimnasio me encargaba de superar mis capacidades. Levantaba unos 130 kilos con las piernas. El cardio lo hacía hasta el agotamiento, todo para quemar unas calorías extras. Los síntomas aumentaron, ya que todo esto era cada vez más obsesivo, y llegué a pesar 45 kilos, con 1,61 metros de altura. Ese fue el punto máximo. Ahí fue cuando me dijeron que si bajaba un gramo más, me internaban”. Así arranca a contar su historia Tatiana Numerosky, que tiene 20 años, es Argentina y estudia Psicología en la Universidad del Desarrollo en Santiago de Chile.

En el último año de su vida fallecieron una abuela, un abuelo y un tío suyo. Se cambió de país dejando atrás una historia formada.  La adaptación fue extremadamente difícil, cuenta Tatiana. Luego, ingresó a la Universidad, situación que le generó un fuerte estrés para una persona “obsesiva” y “perfeccionista”, como ella se define. Mientras tanto, su madre trabajaba la mitad de la semana en la Argentina y la otra en Chile, y su padre se había quedado en su país. Entonces,  tuvo que ser independiente y juntar fortalezas para enfrentarse, prácticamente sola, a los desafíos que el cambio implicaba. Todos estos acontecimientos implicaron grandes pérdidas que le generaron mucha angustia.

Tatiana comenzó con una rutina obsesivamente planificada. Recurría todos los días al gimnasio. Le ofrecieron que la entrenara un personal trainer y accedió ya que pensaba que era la mejor forma para alcanzar  su objetivo, “ser una chica fit”. “Me levantaba todos los días, y sea la hora que sea, estuviera enferma, cansada, o desmotivada, iba igual al gimnasio. Comencé a ver los cambios en mi cuerpo y me di cuenta que efectivamente esforzándome podía tener el cuerpo soñado. Entonces, empezó la restricción de alimentos. Así, deje de salir a comer afuera con mi familia y amigos, seguí una dieta limitadísima, de aproximadamente 800 calorías, siendo que quemaba otras 800 en el gimnasio. Me aislé cada vez más y llegué al punto en que no podía seguir así”, recuerda.

“Un círculo de obsesiones desagradables y enfermizas”

 Por aquellos días, Tatiana no asistía a las fiestas ni a las previas a las que sí iban sus amigas.  “Tomar alcohol significaba echar a perder todo mi esfuerzo. Comer algo extra era terriblemente malo. Ni siquiera quería salir a cenar con mi novio. Me aislaba, y cuanto más lo hacía más me obsesionaba con el tema. Lo peor de todo, era que lo lograba. Lograba bajar el peso que quería, lograba ver los abdominales con los que había soñado y cuanto más lo lograba, más creía que tenía razón y más me aislaba. Era un círculo vicioso. Un círculo de obsesiones desagradables y enfermizas”.

Llegó un momento en que Tatiana se dio cuenta de que su cuerpo no podía seguir aguantando tales circunstancias.  Era el momento en que de alguna forma debía sacar fuerzas, quizás desde donde nos las tuviera, para darse una segunda oportunidad. De esa forma no podía seguir. “Hice el click en el momento en que ya no tenía fuerzas para caminar desde el sillón hasta mi cama. Ni hablar de que tampoco tenía las fuerzas para ir al gimnasio. Manejaba hasta la universidad y me mareaba. Recuerdo un día que tenía que caminar desde el auto hasta la sala para dar una presentación y no tenía fuerzas para caminar. Me puse a llorar en el auto, pero sabía que tenía que ganarle a la enfermedad. Mi mamá no se daba cuenta que era una enfermedad, lo negaba porque ella había pasado por lo mismo. Y eso me ayudaba menos a ser consciente de lo que estaba pasando. Pero cuando ya no me quedó ni media fuerza, decidí que si no empezaba a tratarme lo único que me esperaba era la muerte”.

La importancia de pedir ayuda

 Fue así que Tatiana tomó ese coraje que necesitaba y fue, sola, por primera vez a una psicóloga, especializada en trastornos alimenticios. Durante toda la sesión, dice, se la pasó llorando y cada palabra que salía de su boca iba acompañada de interminables lágrimas. “Se trata de una vida de dolor, dolor oculto, enfrentado en la soledad, y que al salir sale con más sufrimiento por haber estado tanto tiempo guardado. Luego, al salir, mientras manejaba,  seguía llorando. Llegué a mi casa, y no podía parar de llorar. Me preguntaba cómo había llegado a algo así, me culpaba, sentía que no iba a poder enfrentarlo”.

El tratamiento que empezó Tatiana era interdisciplinario: la atendían una nutricionista, una psicóloga y una psiquiatra. “Compartir con un otro lo que está pasando por nuestra cabeza siempre es sacarse un peso de encima. Siempre hay un otro dispuesto a prestarnos una oreja y a ayudarnos. Pedir ayuda no es de débil, apoyarse en los otros no es ser un peso para ellos. Cuando pedí ayuda, en mi familia y amigos, descubrí una vida totalmente diferente. Cuando empecé a hablar con más fluidez de mis conflictos internos, de mis dificultades, de mis miedos, aprendí que apoyarse en las personas que uno quiere es lo mejor que se puede hacer. Al principio, es muy difícil aprender a hablar, a pedir ayuda, a refugiarse en el otro, pero cuando uno encuentra la magia que ocurre en esos intercambios sinceros entiende que la vida es hermosa cuando se encuentra a personas que están dispuestas a estar en los momentos más duros”.

A medida que fue avanzando con el tratamiento, Tatiana comenzó a darse cuenta y a tomar consciencia de la importancia que es vivir la vida, que es única e irrepetible. Y no se trata de una frase cliché, sino de preguntarse, como le ocurrió a ella, ¿qué queremos hacer con nuestra vida? “Cuando entendí que podía haber muerto, empecé a ser más transparente, más relajada, a cumplir con mis deseos, y a enfocarme en mí, porque al fin y al cabo, lo que importa es quién y qué queremos ser”.

“Era mía pero no era yo”

Tatiana cree que su enfermedad no es algo que se termine, ni que se cure para siempre. Pero está convencida que a medida que se está tratando, de a poco va descubriendo los motivos por los cuales comenzó con esas conductas obsesivas que tanto daño le habían causado. “Entonces, es allí cuando se puede dar vuelta la página y modificar el estilo de vida. Ahora no veo el gimnasio como una obligación, y mucho menos voy estando enferma o sin fuerza, sino que cuando creo que me haría feliz ir. Aprendí a aflojar con mi auto-exigencia y perfeccionismo, salgo a comer sin culpa, y vivo de una manera totalmente diferente.  No puedo decir que esté curada, creo que nadie lo hace, pero sí puedo decir que mi vida cambió, y que poco a poco aprendo a vivir mejor, más tranquila, menos exigida”.

En los últimos tiempos, Tatiana descubrió la pasión por la escritura. Y ganó tres concursos de cuentos (uno de ellos sobre la vida de su abuela que es sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial) en la Universidad, por lo que la invitaron a compartir algún proyecto para realizar en dicha casa de estudios. “Así fue como llegamos a la idea de armar un espacio literario, en donde todos los estudiantes puedan publicar sus escritos, y yo personalmente envío un escrito mensual en relación a distintas temáticas”.

Hace unos meses escribió  “Era mía pero no era yo”, un poema donde relata en primera persona el antes y el después de su enfermedad. En los últimos párrafos puede leerse:

La vida que vivía era un infierno. Buscaba apagar mi cabeza, en vez de dejarla pensar. Quería cerrar los ojos, no verme. Me asustaba… O mucho peor, me decepcionaba. Vivía en la oscuridad. Desvanecida en un rincón del mundo. Desperdiciando mis talentos, matando mi pasión, ahogando mi voz.

Pero entonces me pregunto, ¿Por qué elegí y elijo vivir? Y es ahí cuando intento salir de esa burbuja. Es en ese momento en que algo cambia en mi cabeza y la amenaza parece ser un poco más amigable, legible.

 Mi vida de antes no era vida, y ahora puedo verlo. No salté del tren, no estoy afuera mirándolo pasar. Aún me encuentro en el vagón. Pero ahora miro por la ventana, y observo lo que tengo por delante. Luego de asfixiarme, respiro nuevamente. Después de tanto blanco y negro, veo color. Un rayo de sol que apunta mi mirada. Mis ojos luminosos brillan”.

¿Qué consejos les darías a otras chicas y chicos que pueden estar atravesando una situación similar a la que pasaste vos? “El primero de todos es hablar. Todos merecemos ser escuchados, y en la palabra está la vida. Pedir ayuda no es de débil ni de molesto, es de ser humano. Entonces les pido de corazón que no se callen. No son raros por padecer algo así, no son enfermos, no son extraterrestres. Todos somos potencialmente algo, y depende de características personales la predisposición a desencadenarlo o no. En segundo lugar, les diría que sin fuerza propia nada es posible. Algunos pueden empujarnos por la espalda, otros aconsejarnos, escucharnos, pero al fin y al cabo el que camina y recorre esta lucha es uno mismo. Tengan fuerza, perseverancia, y esperanza, pero luchen por el cambio, luchen por su vida. Hay momentos en que uno quiere tirar el trapo, en que se cansa de tanto dolor, y aunque les diga y no les haga sentido ahora, la vida vale la pena, y van a ver que cuando salgan de este agujero van a entenderlo”.

 

PUBLICADO EN LADO H

 

 

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