Confianza ciega: encontró en el deporte su bastón para darle sentido a su vida

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Martín Kremenchuzky quedó ciego a los 34 como consecuencia de una enfermedad genética poco frecuente. Estuvo un tiempo deprimido, pero encontró en el deporte un refugio que le permitió salir de ese pozo, transformado positivamente y con muchos proyectos. Es el primer y único argentino en competir, en su condición, en un IronMan.  “Había ganado la maratón de Buenos Aires, pero necesitaba hacer un IronMan. Estaba con muchos temores, no sabía si iba a poder llegar a la meta. Largamos en el agua, tenía pensado los tiempos y estaba media hora adelantado de lo pensado, lo mismo en la bicicleta. No había tomado conciencia en ese momento de lo que había hecho, pero la semana siguiente empecé a darme cuenta por las redes sociales, todo lo que se hablaba de mí. Ahí empecé a estar con el pechito inflado, ese día sentí que me había recibido de deportista. Era una felicidad inmensa, había ido por la gloria, sentía que brillaba”, cuenta, muy orgulloso.

“Cuando me quedé ciego, los que me conocen hace tiempo lo saben, estaba angustiando, con nerviosismo, con mucha incertidumbre. Sentía que no había ninguna actividad que pudiera hacer. No tenía proyectos, no tenía ilusiones y realmente era imposible pensar que hoy estuviera acá contando todas las cosas que hice. Si me hacían firmar estar un  10% de como estoy hoy, lo firmaba”. Estas palabras las pronunció hace casi un año Martín Kremenchuzky (44) en la presentación de su libro “Confianza Ciega” en la feria del libro.

Martín padece el sindrome de usher, una enfermedad poco frecuente que producto de una rareza de origen genético le provocó hipoacusia, falta de equilibrio y pérdida progresiva de la visión. Pese a que le daba vergüenza en el jardín, a partir de los 5 años comenzó a utilizar audífonos. Cuando tenía 8 dejó de ver de noche, más adelante se le empezó a achicar el campo visual por lo que se sentaba delante de todo en el colegio para escuchar mejor a la profesora. El gran cambio llegó en la secundaria: compañeros nuevos, 35 en la división, diferentes profesores, ahí se empezó a perder por completo en las clases. “Me embolaba muchísimo, me perdía todo lo que se hablaba, tenía que pedir apuntes todo el tiempo. La realidad era que no la pasaba bien, me frustraba mucho porque me perdía de vivir muchas cosas, se me hacían larguísimas las clases, tenía que ingeniármelas para saber lo que explicaban para los exámenes”, recuerda Martín, a la distancia.

Fanático de Boca, mientras su vista se lo permitía miraba mucho fútbol y tenis por televisión. “Era un obsesivo con el tema deportivo, esperaba toda la semana para que llegara ´El Gráfico´ para leérmelo de punta a punta. Veía muy bien de frente, cuando jugábamos al fútbol, de arquero era imbatible, era muy difícil de que me hicieran un gol mano a mano, pero cuando venía un centro de un lado para el otro yo me sentía descolocado. También jugaba al tenis desde el fondo de la cancha, de esa forma podía seguir el foco de la pelotita, no tenía ninguna chance de adelantarme para bolear, si me adelantaba un poco perdía el registro de la pelota”.

Quedar ciego

             Martín cursó el terciario de Analista de Sistemas en ORT, después Administración Agropecuaria en el ICEA y se recibió de ingeniero en Sistemas en la UAI. En aquella época no tenía problemas para trabajar como programador ya que lo hacía mirando de frente a la pantalla. Sin embargo, a medida que iba transcurriendo el tiempo iba perdiendo un poco más la visión. Nunca pudo entender lo que se hablaba en la tele (especialmente en las series) hasta que en un momento le empezó a costar seguir los subtítulos, se le mezclaban las letras. Lo mismo le ocurría al intentar leer un libro.

Martín cuenta que no se quedó ciego de la noche a la mañana y que casi cuando no veía nada  seguía saliendo solo a la calle sin bastón, solo, como si fuera tratando de seguir la sombra de alguna persona. Estaba en una etapa de negación. No lo terminaba de aceptar. Tenía 34 años. Le costaba imaginarse cómo sería su nueva vida.

 “No quería que mi hijo me viera como un pobrecito

 “En ese momento cuando veía que no podía hacer las cosas que venía haciendo fue durísimo, no sabía qué hacer, los días eran interminables, por suerte estaba mi hijo que era chiquitito y me la pasaba con él jugando, teniéndolo, pero me daba vergüenza que me vieran como un pobrecito. Me juntaba con alguien y no tenía de que hablar, encima no podía ver los partidos de fútbol, las películas ni paisajes, en ese momento había perdido las ganas de vivir”. Sin embargo, su propio hijo fue lo que inspiró a  Martín a la hora de empezar a encontrar algunas de las respuestas que pasaban por su mente. “Me puse a pensar en que no quería que mi hijo me viera como un pobrecito o que tuviera que estar pendiente de mí, yo quería que él estuviera jugando con sus amiguitos. Y eso me tocaba mi orgullo, no podía dejar que mi hijo tuviera un padre perdedor. ´Toto´ me va a necesitar, tengo que salir adelante, no sé cómo, pero tengo que salir adelante´”.

De esa forma fue cómo empezó a hacer un montón de actividades Lo primero fue salir a remar con un amigo.  Después se animó a nadar, anduvo en bicicleta de dos asientos, fue a aprender a bailar tango, teatro, hizo cursos de masajes, percusión, y hasta se permitió catar vinos y perfumes. Eso lo mantenía activo y le permitía tener temas de conversación.

Al poco tiempo un amigo le propuso salir a correr. El primer día realizó dos kilómetros y sintió que estaba fundido, pero había disfrutado de la experiencia de salir un rato y compartir una charla. Poco a poco su autoestima se iba levantando. Este muchacho, que era profesor, lo invitó a que formara parte de su equipo de runner y, de esta manera, comenzó a correr acompañado de un grupo de atletas.

Empezó corriendo 10 kilómetros. Después 21, 42, carreras de aventura, triatlón, y se dio el lujo de ser el primer y único argentino en competir, en su condición, en un IronMan (una prueba deportiva que consta de tres disciplinas: natación, ciclismo y running considerado uno de los deportes más duros que existen en el panorama competitivo internacional actual) en Florianópolis, Brasil, en el año 2015.

“Había ganado la maratón de Buenos Aires, pero necesitaba hacer un IronMan. Estaba con muchos temores, no sabía si iba a poder llegar a la meta. Largamos en el agua, tenía pensado los tiempos y estaba media hora adelantado de lo pensado, lo mismo en la bicicleta. No había tomado conciencia en ese momento de lo que había hecho, pero la semana siguiente empecé a darme cuenta por las redes sociales, todo lo que se hablaba de mí. Ahí empecé a estar con el pechito inflado, ese día sentí que me había recibido de deportista. Era una felicidad inmensa, había ido por la gloria, sentía que brillaba”, cuenta, muy orgulloso.

A medida que fue superando metas y se empezó a conocer más sobre su historia de superación personal, Martín se fue dando cuenta que podía transmitir su experiencia a mucha gente. En el año 2014 tomó un curso de oratoria ya que él mismo consideraba que era “atolondrado” para hablar. Necesitaba saber cómo estructurar las charlas, cómo hacer las pausas, de qué manera podía llegarle mejor a su audiencia.  Al principio, fueron charlas ad honorem en clubes y fundaciones hasta que con el tiempo lo fueron contratando para brindar sus conferencias motivacionales a empresas, fundaciones, colegios primarios, secundarios, universidades y hogares de ancianos a lo largo y a lo ancho de todo el país. Ya lleva dictadas más de 120 charlas. “La gente capta mi onda enseguida. Me dicen que se transmitir, destacan la sencillez de mi lenguaje, además no utilizo palabras raras y les gusta mucha mi humor, como aprendí a reírme de mí mismo”.

 “Toto”

 Su hijo “Toto”, que actualmente tiene 11 años, es su fiel compañero. Donde está Martín, está su hijo, como si fuera su sombra. “Estoy orgulloso de la relación que tenemos, somos muy cómplices, charlamos de todo, tiene una obsesión en ser el mejor asistente mío, me acompañó él solo a los viajes, se encarga de poner los videos en las conferencias. Es más, hay empresas que me pusieron como condición que fuera con mi hijo. Le encanta mandar, le gusta subir conmigo cuando hago podios, es muy figuretti, le fascina hablar si me hacen alguna entrevista”, dice Martín. “Cada tanto salimos a caminar, yo lo voy guiando en la calle, a todas partes y estoy muy orgulloso porque creo que soy el único guía que con él nunca se cayó”, cuenta “Toto”. “Cuando yo era chiquito e íbamos por la calle, me sentaba en sus hombros y la gente no entendía como lo guiaba desde arriba, pero yo le agarraba la cabeza y lo movía para que fuera para el lado que tenía que ir”.

Siempre que puede, “Toto” acompaña a su papá en las carreras: estuvo presente en el IronMan de Sudáfrica, en Nueva Zelanda y también lo acompañó al maratón de Nueva York.

“Confianza ciega”

Tras haber completado su primer IronMan mucha gente le decía a Martin que tenía que escribir un libro. Al principio no estaba muy convencido porque no le encontraba el sentido, hasta que se dio cuenta que con su experiencia personal podía ayudar a mucha gente. Fue así que un amigo suyo le recomendó que se contactara con la periodista y escritora Cecilia de Vecchi. Tras una primera reunión donde pegaron muy buena “química” comenzó el proyecto donde De Vecchi realizó un trabajo de campo que duró más de un año.

“Como Martín es extremadamente inquieto me di cuenta desde el principio que con las entrevistas no alcanzaba para poder entender y conocer su mundo. Nunca estuve cerca de una persona no vidente, y la verdad al principio tenía muchas dudas. Martín me convenció gracias a su humor, y ahí nos embarcamos en una aventura que incluyó competencias deportivas, charlas por el interior, reuniones familiares, entregas de premios e infinidad de proyectos. Fue una experiencia enriquecedora porque si bien Martín necesita de tu ayuda para trasladarse o caminar, sacarse una foto o que le acerquen la comida, tiene un potencial enorme que a mí me dejó una gran enseñanza y es que nada tiene que ver un sentido “apagado” con las capacidades que una persona puede desarrollar. A un año de su presentación pienso que fue una locura armar este libro, volcar todo lo vivido sin perder la poética, consensuar sin perder la objetividad, escribir en un lenguaje simple y claro, producir, corregir, entrevistar a más de 50 personas, transcribir horas y horas de reporteo, cubrir tantos eventos, elegir el diseño de tapa y las fotos. Creo que lo logramos y sobre todo nos divertimos”, dice De Vecchi.

A mediados del año pasado Martín recibió un mail desde la Legislatura con la propuesta de nombrarlo como Personalidad Destacada de la Cultura y el Deporte de la ciudad de Buenos Aires. Al principio le parecía que era una broma. El 2 de noviembre salió la distinción y lo llamaron para ver cuando podían hacer la ceremonia de entrega de la plaqueta.

-No, yo no quiero ir a la Legislatura – le dijo Martín a la persona que lo contactó por teléfono.

-Como que no, si te vamos a entregar la plaqueta –le respondió ese hombre.

-Sí, yo quiero la plaqueta, pero quiero que me la entreguen en “La Bombonera”  a estadio repleto junto a mi hijo.

Finalmente el 19 de noviembre, en el partido que Boca disputó ante Racing, Martín cumplió el sueño de que su hijo pisara el césped de “La Bombonera”. “Y recibimos con un fuerte aplauso a Martín Kremenchuzky, acompañado de su hijo “Toto” se escuchaba el anuncio de la voz del estadio que les daba la bienvenida. “Estuvo genial, estar ahí sintiendo como ´Toto´ estaba excitado y emocionado, para mí era lo más”.

Martín se siente orgulloso se poder experimentar correr aliado con otras personas con discapacidad. Su idea es integrar capacidades y demostrar que se puede, dando el ejemplo con acciones y no con palabras. Ser solidario es una de sus metas y lo demuestra con hechos. También colabora con diferentes grupos de corredores con discapacidad visual, en los que la principal misión es incentivar y concientizar a todos aquellos discapacitados visuales que por ignorancia, sobreprotección u otros motivos no saben todo lo que pueden hacer para vivir plenamente.

Cuando aún podía ver, Martín confiesa que era una persona quejosa, que no disfrutaba de lo que hacía, que no valoraba lo que tenía y que la discapacidad le brindó la posibilidad de vivenciar y aprender muchas. “Aprendí a valorar las cosas importantes de la vida, antes me quejaba por cualquier pavada, hoy se diferenciar qué es importante y qué no. No pierdo tiempo en hacerme malasangre quejándome por cosas que no valen la pena. Todo el tiempo estoy pensando en sacar el lado positivo a las cosas”.

 

PUBLICADO EN INFOBAE.COM

 

 

 

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