Tras la muerte de su mujer, sus hijos fueron el motor para salir adelante

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Pablo se refugió en el amor y en la sonrisa de Alina y de Felipe. “Cuando la vida te golpea te hace ver cosas que otras personas no toman dimensión, creo que la vida hoy me la tomo con otra filosofía y trato de disfrutarla. Mis hijos sonríen y es mi mayor logro”, dice.

“Yo creo que nadie nace sabiendo las cosas, es un aprendizaje de todos los días y los que me terminan enseñando a mí son mis hijos. Ellos son el motor que me enciende todos los días con una sonrisa y es lo que me hace mirar hacia adelante”, confiesa Pablo Álvarez (34), jugador de fútbol, que hace dos año perdió al amor de su vida, madre de sus dos hijos.

Pablo y Anabel se habían conocido en el colegio secundario, se pusieron de novios y estuvieron 17 años juntos. Fruto de ese amor nacieron Alina (10) y Felipe (6). Luego de haber estado jugando durante siete años en Europa, en enero del 2015 había decidido volver para seguir jugando al fútbol en la Argentina para poder estar y disfrutar de su familia y de sus amigos. El destino elegido fue Rosario Central. Sin embargo, en marzo de ese mismo año a Anabel le detectaron un cáncer en el colon que se fue ramificando hacia otros órganos. “Ella fue una guerrera y yo le decía que siempre iba a estar a su lado. Hasta llegué al punto de replantearme de seguir o no jugando al fútbol porque no le encontraba un sentido, vivía dentro de las clínicas, en un sillón al lado de una cama en una habitación durante cinco meses”, recuerda Pablo, a la distancia.

Cuando Pablo le comentó a su mujer sobre la idea de abandonar su carrera deportiva fue ella misma, estando internada en medio del tratamiento, la que le pidió que no tomara semejante decisión por todo lo que significaba el fútbol en su vida. Le dijo que lo hiciera por ella, por él mismo, por los nenes y por sus amigos.

“Verlos a ellos felices es mi mayor logro”

Lamentablemente,  Anabel falleció en septiembre del 2016. “Mi vida cambió muy bruscamente porque me empecé a hacer cargo de cosas que antes no las hacía. Por momentos era avasallante  y necesitaba ayuda. Y esa palabra, necesito, la sentí muy reflejada en la mano que me brindaron mis padres, mis suegros, mis amigos. Comparto la vida con mis hijos, soy feliz, ellos alimentan mi felicidad levantándose todos los días con una sonrisa y eso no tiene precio. Verlos a ellos felices es mi mayor logro”.

No bien falleció su mujer, Pablo y sus hijos comenzaron a hacer terapia. Sin embargo, él está convencido que lo fundamental es el amor y la contención que reciben los tres de parte de la familia, de los amigos y del colegio que, dice, es un claro termómetro de cómo están Alina y Felipe ya que allí pasan la mayor parte del día.

Actualmente, Pablo juega en Huracán y su rutina gira en relación a sus dos pasiones: el fútbol y sus hijos. Todos los días se levanta bien temprano, deja a los chicos en el colegio y se traslada a “La Quemita”, el campo de entrenamiento que tiene “El Globo” en el Bajo Flores. Y una vez que finaliza la práctica retira a los hijos de la escuela y los lleva a las diferentes actividades extracurriculares. Cuando le toca hacerlo, va a cursar ya que a fin de año termina la carrera de Director Técnico.

“Cuando la vida te golpea te hace ver cosas que otras personas no toman dimensión, creo que la vida hoy me la tomo con otra filosofía y trato de disfrutarla. Mis hijos sonríen y es mi mayor logro, pero también poder venir a entrenar a Huracán, jugar al fútbol, compartir un vestuario con compañeros que después se transforman en amigos, entrenar bajo el sol, pisar el verde del césped, soy un privilegiado, no me voy a cansar nunca de decirlo y estoy eternamente agradecido al mundo del fútbol”.

Hace unos meses Pablo decidió tatuarse en su pierna izquierda la palabra resiliencia,  que es la capacidad que tenemos todos los seres humanos para superar situaciones traumáticos y salir fortalecidos. “Me sentí muy identificado con el significado, es algo que no se puede explicar, hay que vivirlo para poder sentirlo, aunque no se lo deseo ni a mi peor enemigo porque éstas cosas no tendrían que pasar, pero a mí me pasó y pude levantarme después de un golpe muy duro”. Y ejemplifica lo doloroso que fue salir adelante con una metáfora de otro deporte: el boxeo. “Me pegaron, me tiraron a la lona y los que me estaban contando eran mis nenes. Y me tuve que levantar antes de que llegaran a 10. ´Dale que nosotros te necesitamos´. No queda otra que levantarse”.

En un futuro Pablo se imagina siendo DT, pero por ahora quiere seguir disfrutando un tiempo más del fútbol, aunque hizo la promesa de que si el año que viene llega a salir campeón de la Copa Libertadores con Huracán se retira de la actividad.

Por último, Pablo tiene un mensaje para aquellas personas que como en su caso perdieron a un ser muy amado. “Que se aferren mucho a las personas que los quieren de verdad, que tengan esperanza porque con muchísimo amor y contención se puede salir adelante”.

 

PUBLICADO EN LADO H

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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