Tuvo cáncer de mama y ahora ayuda a otras pacientes con la misma enfermedad

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María Alejandra Iglesias recibió 6 sesiones de quimioterapia no “tan fuertes” y al mismo tiempo se sometió a otras 38 de rayos. “En la sala de espera yo empezaba a hablar, lo importante era darme cuenta que no era la única que se encontraba atravesando esa situación”, dice.

Para mediados del año 2002, María Alejandra Iglesias tenía 39 años, trabajaba como profesora de Educación Física y vivía junto a su marido y a sus dos hijos. Todo parecía funcionar sin ningún tipo de dificultad. Sin embargo, al poco tiempo su marido se dio cuenta que tenía como “una bolita” en su seno izquierdo. En ese momento se palpó pero no le dio mayor importancia, aunque igualmente pidió turno con el médico. “Pero como no estaba muy preocupada el día que tenía que ir cancelé por cuestiones laborales”, recuerda María Alejandra, a la distancia.

La primera ginecóloga que la atendió desestimó que pudiera tratarse de un cáncer de mama por su corta edad y por la falta de antecedentes familiares. Pero como María Alejandra se dio cuenta que ese nódulo empezaba a crecer, consultó a otro especialista que en diciembre de ese año la mandó a hacerse estudios más importantes porque tenía la presunción de que podía tratarse de esa enfermedad.

En febrero del 2003, María Alejandra fue sometida a una cirugía donde le quitaron ese nódulo. Previamente, el patólogo mamario le había dicho que tenía un 50% de posibilidades de que tuviera cáncer de mama y otro 50% que no. “Después de la cirugía el médico me dijo que me habían sacado unas células medias feítas”.

Evidentemente, la presunción del especialista se había transformado en realidad. “Recién me cayó la ficha cuando me dijo que seguramente me iba a tener que hacer quimioterapia. En ese momento lloré y me imaginaba que me iba a quedar pelada y al borde de la muerte”, recuerda.

María Alejandra recibió 6 sesiones de quimioterapia no “tan fuertes” y al mismo tiempo se sometió a otras 38 de rayos. “En la sala de espera yo empezaba a hablar, lo importante era darme cuenta que no era la única que se encontraba atravesando esa situación. Fue un año en el que como estaba con licencia me encontraba con alguna amiga en el horario de almuerzo o venían a visitarme a mi casa. Tuve tiempo para reencontrarme con lo social, ese tiempo que antes no tenía. Me puse a pensar en todo lo importante que eran los afectos. Uno no se llega a dar cuenta hasta que te pasa una situación límite que te confronta con la posibilidad de la muerte”.

¿Qué harás con lo que te ha pasado?   

Una vez que terminó el tratamiento, María Alejandra sintió la necesidad de tomar contacto con lo que le había sucedido para que no quedara en el olvido. De esa forma comenzó a participar en los grupos de contención de MACMA (Movimiento Ayuda Cáncer de Mama). “Empecé a tomar consciencia de lo que me había pasado. Si el cáncer hubiera avanzado o si no hubiera ido al médico quizás hubiera tenido la enfermedad en un proceso más avanzado. Como yo soy muy activa, propuse armar jornadas recreativas, salíamos al aire libre a hacer algunas actividades. Y después me ofrecieron que coordinara un grupo”, cuenta.

En 2008 asumió como presidenta y recibió una beca para realizar un posgrado como especialista en Gestión y Dirección de Organizaciones de la Sociedad Civil. Se fue involucrando y apasionando cada vez más hasta que en 2012 se fue de MACMA y junto a un grupo de personas (una psicóloga, un médico y dos amigos) se ocuparon de la dirección de la Asociación Civil SOSTÉN (que ya existía) con la idea de poder brindar asistencia a personas que padecieran cualquier tipo de cáncer, no solo de mama.

Apoyados por la Asociación de Oncología Clínica y por el Instituto Nacional del cáncer, fueron armando un grupo de admisión y contención para pacientes y familiares en el Hospital Rivadavia. También brindan clases de reiki, terapia individual,  cursos de capacitación como complemento a los tratamientos y capacitación para enfermería en Oncología, entre otras actividades.

“Yo atiendo los llamados y les doy mi celular para que me escriban por WhatsApp, muchas veces tienen la necesidad de contar lo que les pasa, hablamos un rato y se sienten más aliviados. A mí me gusta este rol de contención, cuando uno da, creo que recibe más. Me reconforta mucho, me hace sentir plena y todo lo que encaro lo hago con mucha pasión. Obviamente que hay situaciones tristes, gente que uno sabe que no la está pasando bien y quizás no tenga una buena resolución. En esos casos me quedo con una sensación amarga, pero a su vez siento que les di algo”, asegura.

En el futuro,  a María Alejandra le gustaría seguir con las capacitaciones en localidades que están más alejadas de la ciudad de Buenos Aires para continuar con las charlas sobre detección temprana del cáncer y, además, reunir a organizaciones locales con la idea de poder realizar intercambios de experiencias. “Estoy con la idea de armar redes y conocer lo que hacen los otros porque estoy convencida que entre muchos podemos hacer lo que una persona sola no puede”.

Por último, María Alejandra, que actualmente se desempeña como Vicerrectora en una escuela pública de la ciudad, siente que hay un antes y un después de su enfermedad. “No es que lo sentí inmediatamente. Me fui dando cuenta que no estaba mucho con mi familia, que si bien me ocupaba de mis hijos después empecé a sentir que podía disfrutar más del tiempo que estaba con ellos, aunque sea sentarme un ratito en el piso a jugar, ver una película juntos o entretenernos un rato en la plaza. Ahora trato de tener momentos para mí, que los fines de semana sean para la familia, si queremos salimos o sino nos quedamos en casa. No estaba yendo a hacer ninguna actividad física y ahora lo estoy haciendo. Ésta vida no es un entrenamiento para otra vida, hay que vivirla de la mejor manera posible y para mí esa forma también implica ayudar a otros. Estoy muy satisfecha con lo todas las cosas que me fueron pasando”.

 

PUBLICADO EN CLARÍN.COM

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