Sufrió violencia de niña pero descubrió el amor cuando conoció a su mamá del corazón

con su mama del corazon, su hermano luis y su hermana Alma del corazon

“Mi infancia no fue como la de un niño normal, inundó mis sueños y fantasías causando grandes problemas sentimentales, así fui perdiendo la fe no sólo en la humanidad, sino que incluso en mí misma. Un mundo vacío, hueco y frío es lo que veía en ése entonces, un lugar en dónde creía que el amor para mí no existía”, dice Laila, a la distancia.

“Lloro porque si la hubieras conocido cuando yo la conocí  te hubieras dado cuenta que ella no hablaba, contestaba mal, ponía mala cara, era desconfiada y la vez ahora y es un dulce de leche. Lo que ha logrado hacer Laila con su vida es increíble, yo la amo con todo mi corazón, es un orgullo para mí como ella se ha superado en todos los sentidos”, se emociona Claudia Fishman, su mamá del corazón.

Laila Zamudio (19) es una adolescente con muchos sueños que, sin embargo,  tuvo que sortear una infancia muy difícil en la ciudad de Roque Saénz Peña (Chaco) con una madre que la agredía y la descuidaba.

Una infancia signada por la violencia

“Mi infancia no fue como la de un niño normal, inundó mis sueños y fantasías causando grandes problemas sentimentales, así fui perdiendo la fe no sólo en la humanidad, sino que incluso en mí misma. Un mundo vacío, hueco y frío es lo que veía en ése entonces, un lugar en dónde creía que el amor para mí no existía”, dice Laila, a la distancia.

Laila confiesa que nunca intentó acercarse a hablar con su mamá biológica y que ella misma se preguntaba “¿por qué me dejó?”, “¿tan horrible soy como persona”?, “¿tan mala hija”? y un sin fin de cuestionamientos que atormentaron toda su infancia.

 Cuando todavía era una beba sus padres se separaron. Ella y su hermano Luis decidieron irse a vivir a Buenos Aires con su papá, pero al poco tiempo regresaron a Chaco porque su abuela le insistía que allí se vivía mejor y que, además, ella iba a cuidar de los chicos mientras él trabajaba. “Mi padre trabajaba día a día ausentándose por mucho tiempo para seguir dándonos lo mejor pero sin saber por el sufrimiento que pasábamos donde él creía que nos protegían, cuidaban y amaban. Mi padre es el hombre más bueno y sensible de la tierra y por esa razón decidimos no contarle sobre nuestro sufrimiento porque lo amamos, queríamos que siguiera creyendo en la familia”.

Lo que Laila no le contaba a su papá era que su abuela y sus tíos la trataban mal a ella y a su hermano, le mezquinaban la comida, mientras que a otra de sus hermanas le hacían limpiar toda los días la casa de manera sobrehumana. “Hacían diferencia entre mis primos y nosotros e incluso uno de mis tíos cuando bebía demasiado alcohol nos acosaba sexualmente a mi hermana y a mí. Lo peor de eso es que cuando quería acudir a los vecinos para pedir ayuda ellos se encargaban de decir que era todo mentira y volvían a pegarme. Es así como permanecí callada hasta salir de esa casa”, confiesa.

La llegada de su mamá del corazón

Claudia Fishman es masoterapeuta y a través de un paciente se enteró hace 12 años que junto a un grupo de personas estaban queriendo ayudar a niños de una escuelita rural del Chaco. Inmediatamente, le dijo que contara con ella. Con el paso del tiempo, este hombre le empezó a contar acerca de una nena a la que creía que Claudia podría ayudar ya que la veía muy maternal, justamente una de las carencias que tenía Laila. “Le dije que sí. Además, me gustaba la idea de que tenía una edad similar a la de mi hija Candela y proyectaba a futuro que compartieran cosas. Los primeros ocho meses la llamaba al celular del director de la escuela pero no recibía ninguna respuesta de ella. Yo le hablaba y ella ni ´a´. Pero yo seguía insistiendo, llamando y enviando cartas llenas de corazones, entre otros regalos. Más allá de todo eso, el director me contaba que ella había mejorado su conducta en la escuela, lo veía como un gran cambio y yo me ponía muy feliz”, dice Claudia.

Cuando Laila tenía 10 años viajó a Buenos Aires con su papá para conocer personalmente a Claudia. “La esperé con panchos y papas fritas como ella quería. Fue un momento mágico, pudimos ver que éramos reales y abrazarnos. Ese día se la pasaron Laila y Candela (la hija mayor de Claudia que actualmente tiene 17) bailando en la habitación y se re-engancharon. La relación fue creciendo día a día, con llamadas, mensajes, pero por sobre todas las cosas sabiendo que nos teníamos”.

“Debo admitir que pasé ocho meses sin hablarle porque sinceramente era muy cerrada con todos por miedo a salir lastimada, hasta que un día me di cuenta que ella quería ayudarme y aún sin ser correspondida por mí, me daba amor. Así fue que permití abrirme sentimentalmente. Lo que me mantenía firme en ése entonces era el amor y la adrenalina de mi mamá y de mis hermanos”, recuerda Laila.

¿Te puedo decir mamá?

Ya con 13 años, una tarde Laila y Claudia se encontraban compartiendo unos mates.

-¿Te puedo decir mamá? –le preguntó a Claudia mientras preparaba el mate de espaldas.

-Síiiiii –le contestó Claudia, con una emoción que desbordaba su corazón.

-¿Ahora podés ser mi mamá, no? –le volvió a preguntar Laila.

-Sí, claro, soy tu mamá.

-Sos mi mami.

“Recuerdo la sensación en la cual me encontraba en ése momento, era miedo a ser rechazada, nerviosismo, esperanza, alegría y más. Aún recuerdo que me temblaban las piernas fuertemente, el corazón quería salir de mi cuerpo hasta que terminé en un llanto de pura felicidad al recibir su aceptación”, se emociona Laila.

Laila está convencida que a partir de ese día cambió absolutamente todo en su vida. Y en gran parte es gracias a Claudia que le abrió las puertas de su casa, pero fundamentalmente su corazón. Y no ahorra elogios a la hora de hablar de su mamá del corazón: “Su resplandeciente ser iluminó mi oscuridad, ella es como mi ángel, llenó el vacío en mi corazón que en un momento pensé que jamás volvería a llenarse. Claudia ha mejorado no sólo mi vida, sino la de mis hermanos y sobre todo la de mi amado padre quién tanto luchó por nosotros de una manera solitaria. Ahora él dice: ´gracias a Claudia mis hijos tienen madre y son felices, además ya no lucho sólo, ahora somos dos´”.

“Laila es hermosa, parece dura pero es una dulce, buena alumna, muy inteligente, algo vaga pero después de pincharla y hablarle entiende y arranca de nuevo. Tiene muchas ganas de salir adelante, es solidaria, es tan mágicamente bella. Antes le costaba demostrarse afectiva, pero puedo decir que ya hace años que es muy demostrativa, abrió su corazón y me permitió entrar en su vida y que sea su mamá. Es mimosa y me encanta. Me peina, me hace mimos y yo a ella.

Nuestra comunicación es a diario, como mamá e hija, nos saludamos a la mañana, nos vamos mensajeando, me cuenta y me consulta. Nos vemos dos o tres veces por año”.

En cada uno de los encuentros no solo disfruta de su mama, sino de sus hermanas del corazón: Candela y Alma (7). ¿Qué es lo que más te gusta compartir con ellas? “Las risas, los abrazos y muchos mimos cuando nos vemos. Incluso, ni la distancia logra separarnos e igual disfrutamos de grandes momentos. Así que lo que más me gusta de compartir con ellas es el amor”, responde.

Su pasión por el clarinete

Hace unos años Laila se enamoró a primera vista del clarinete. “Siento que cuando estoy tocando este instrumento mi alma se libera y expresa cada uno de mis sentimientos. El clarinete es algo que mi ser necesita para liberar preocupaciones, frustraciones y malos recuerdos”.

A través de haber encontrado esa pasión, forma parte de “Vientos de Cambio”, la primera orquesta rural argentina. “Somos chicos responsables que amamos lo que hacemos y practicamos con el corazón. Sinceramente, me siento halagada y agradecida. Incluso, este año si Dios quiere me recibo de Técnica Superior en Ejecución de Instrumento Sinfónico y Directora Orquestal Infanto-Juvenil”.

El año que viene Laila va a arrancar la carrera de Técnica Óptica con las expectativas de poner una óptica en su ciudad y de esa manera poder a ayudar económicamente a su papá.

 

PUBLICADO EN LANACION.COM

 

 

 

 

 

 

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