El legado de su hija, un pilar fundamental para transformarse y ayudar a los niños más vulnerables

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A mediados del 2017 Clarita comenzó a estudiar la carrera de Acompañante Terapeútico y en una jornada conoció a esta organización comunitaria de Latinoamérica sin fines de lucro que nuclea a operadores y trabajadores de la salud mental con “vocación solidaria”, estudiantes y egresados de Psicología y carreras afines, abarcando los ámbitos educativos, de Ciencias Sociales y Humanidades. “Esa tarde me enamoré de ellos a primera vista, hicieron una dinámica de grupo con la gente, permitieron que nos expresarámos desde el niño que uno tiene adentro, me sentí muy feliz”.

“Soy cariñosa, media payasa y no me cuesta integrarme. Soy movediza, voy de un lado para otro, siempre estoy pendiente de que a nadie le falte nada, me encanta estar con los nenes. Y eso me hace sentir muy feliz”.

Clarita Vargas (58) se coloca su nariz de payaso, una peluca multicolor y una remera blanca. Está a punto de transformarse en “Payatuli”, mientras varios chicos la aguardan en un hogar a punto de recibir el cariño, los mimos y la contención de Payasólogos Sociales.

Trabajando sobre el desamparo y el abandono

A mediados del 2017 Clarita comenzó a estudiar la carrera de Acompañante Terapeútico y en una jornada conoció a esta organización comunitaria de Latinoamérica sin fines de lucro que nuclea a operadores y trabajadores de la salud mental con “vocación solidaria”, estudiantes y egresados de Psicología y carreras afines, abarcando los ámbitos educativos, de Ciencias Sociales y Humanidades. Trabajan con el emergente del desamparo y el abandono y están presentes en merenderos, hogares de niños, hospitales psiquiátricos, hogares de abuelos y comunidades indígenas.

“Esa tarde me enamoré de ellos a primera vista, hicieron una dinámica de grupo con la gente, permitieron que nos expresarámos desde el niño que uno tiene adentro, me sentí muy feliz. Fueron dos horas en la que todos nos reímos mucho”, recuerda Clarita, que desde joven participaba en obras de teatro para niños en una iglesia.

Los payasólogos sociales tienen sus raíces teóricas basadas en la psicología social de Pichón Riviere, cuyas  premisas conceptuales, entre otras, son la comunicación, el vínculo, la adaptación activa a la realidad, el grupo operativo y la necesidad.

Clarita cuenta, orgullosa, que Miriam Alberganti, directora de Payasólogos, le suele mandar mansajes de elogio cada vez que finaliza una de las misiones. “Me dice ´te destacaste´, siempre nos hace una devolución a todos y en mi caso parece que siempre caigo bien porque soy graciosa para bailar, para conectarme con el otro”.

También sus compañeros tienen palabras de elogio para ella. “PayaTuli me invitó un día a participar a Payasólogos. “En la primera jornada ya vi sus cambios personales, le vi jugar con su niño interior y hasta interpretó una canción muy bonita. Es una gran persona, muy compañera, que se hace un espacio para ir a las misiones payas. Siempre está con una sonrisa”, expresa Valeria Fernández, alias PayaPimpollo.

“A PayaTuli la conocía como compañera de estudios y cuando comenzó las capacitaciones se fue soltando y dejando salir a su niña tuli para jugar, divertirse y ayudar. Desde sus primeras misiones mostró compromiso y profesionalidad, no solo es hacer reír, también es acompañar y compartir respetando los tiempos de los demás. Es una gran compañera y la vi crecer durante el segundo semestre del 2018”, dice Lionel Patricio Viloria, alias Payalio.

“Tengo una parte histriónica que me gusta mucho”

Para formar parte de este grupo, Clarita (como todos sus integrantes) debió realizar jornadas mensuales utilizando diferentes técnicas comunicacionales que se complementan con técnicas artísticas, psicológicas, psicodramáticas, lúdicas, globología, teatro espontáneo, biodanza, y de clown teatral, entre otras, para incentivar el proceso de creatividad de las participantes, la posibilidad de re encontrase con el juego y su niño interior fomentando la pertenencia grupal. Y a medida que fue conociendo y descubriendo a sus integrantes y sus misiones no dudó ni un solo segundo en que debía formar parte del grupo.

“Tengo una parte histriónica que me gusta mucho, brindarle a la gente un momento en la vida que es de cambio. Ellos se sienten bien, queridos, se expresan. Vestido de payaso no solo le cambiás la vida al otro, sino que también una se va transformando a partir de cada una de las vivencias. Me siento como en las nubes”, se emociona.

Un dolor transformado

Florencia, una de las hijas de Clarita,  tenía cinco años cuando una tarde se cayó y comenzó con muchos dolores en todas las articulaciones. Inmediatamente, sus padres la trasladaron a su médico de cabecera quien les recomendó que la llevaran al Hospital Garrahan. Finalmente, los análisis que le realizaron arrojaron que tenía neuroblastoma metastásico, un cáncer muy grave.

“Fue todo muy difícil, de un día para otro, muy doloroso. La atendieron muy bien, iba muchos días en la semana, fueron muy contendores, a veces estaba internada 15 o 20 días, tenía maestras que le ensañaban a escribir y lugares donde ella se podía mover. La atención de los médicos y de las enfermeras fue buenísima, la trataban con muchísimo amor. Y ella se acordaba de todos los medicamentos que le daban. Decía: ´ibuprofeno, ah, es antifebril, anti alérgico y anti-analgésico´. Flor nos decía para qué servía cada de uno de los remedios”, recuerda su mamá.

Florencia llegó a cumplir sus seis añitos hasta que lamentablemente falleció. “Me dejó la enseñanza del amor, ella era una enamorada de la vida, por ahí no teníamos una muy buena relación con mi hija mayor y Flor me daba la manito, me ponía la mano de su hermana y hacía que nos tomásemos las dos. Siempre fue una luz muy importante para nosotros”.

No es causal que ese hecho traumático, inesperado y doloroso haya transformado la vida de Clarita cultivando aquellas enseñanzas que le dejó Flor. Por eso, quizás ni siquiera sea consciente de lo importante que resultan para esas personas vulnerables (tanto niños como ancianos) una palabra de amor, un tiempo de escucha, un abrazo o una sonrisa incondicional que ella les dedica en cada uno de los encuentros.

“Evidentemente, uno es un todo, seguro que tiene que ver con lo que pasó con Flor porque yo tenía momentos de mucho desamparo. Cuando estábamos en el Garrahan había un sector de mamás y de abuelas que cuidaban a pacientes oncológicos mientras las familias hacían trámites. Yo quería ponerme en ese lugar, como para tratar mi propia angustia. Principalmente pienso que soy una persona que da en todo momento, es mi manera de ser, es como un dolor transformado en estas cosas que hago”.

“Encontré mi lugar en el mundo”

Tanto el ex marido de Clarita como sus dos hijas y sus cuatro nietos la apoyan y la acompañan en esta noble tarea de ayudar y estar con quienes más lo necesitan. “Mis nietitos se ponen la peluca, sacamos fotos, hacen como si fueran de payasólogos, la pasamos muy lindo, son muy compañeros y compinches”, dice, orgullosa, su abuela.

Clarita se siente muy a gusto formando parte de este grupo de trabajo junto a sus compañeros y disfruta a pleno cada una de las misiones de las que le toca ser parte. “Siento que le cambiamos la vida a esa gente, tanto a los chicos como a los grandes. Es necesario que ellos tengan un referente que los trate con amor, que se sientan valiosos, que se diviertan, la risa es muy sanadora. Uno les da, pero recibe mucho más de lo que da. Yo me siento plena. En Payasólogos Sociales encontré mi lugar en el mundo”.

 

PUBLICADO EN LADO H

 

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