Tras conocer su diagnóstico se acercó al mundo espiritual y cumplió el sueño de llegar al Cerro Uritorco

Foto Cima Uritorco 1

En el año 2013 a Rosana Batalla le descubrieron un cáncer de mama. Pese al cimbronazo de la noticia y al miedo que sintió en aquel momento, aprovechó la oportunidad para dar un giro a su estructurada vida. “Comprendí que debía recibir, agradecer, dar, liberar y aceptar todo lo que la vida me ofreciera como aprendizaje con amor”, dice.

“No sé por qué el día que fui a buscar el resultado me había vestido de blanco y con unas plataformas que no acostumbro usar. Cuando la doctora me leyó el diagnóstico con el combo completo: operación ganglio centinela, quimio, rayos y tamoxifeno por 5 o 10 años, sentí que me caía, no sólo por los tacos sobre los cuales me costaba mantenerme en pie, sino por las palabras que estaba escuchando: quimio me sabía a cáncer y cáncer era sinónimo de muerte en mi imaginario del terror. Los días posteriores no pude conciliar el sueño, no podía estar horizontal en la cama porque eso me remitía también al fantasma de la muerte y a mis miedos frente a ella. Así pasaba las noches en vela, tomando litros de té de tilo y escribiendo para liberar algo de todo ese terror”.

Esas fueron las primeras sensaciones que recorrieron el cuerpo de Rosana Batalla (48) cuando a mediados de agosto del 2013 se enteraba que tenía cáncer de mama.

Rosana, que trabaja como Profesora de Literatura desde hace 25 años, se venía realizando todos los controles anuales por un nódulo en la mama izquierda. Por ese entonces sus estudios eran por octubre., pero en julio de ese año realizó una consulta con una mastóloga porque, además de ese nódulo, “sentía en mi ser, que toda esa estructura que era mi vida se estaba moviendo y que el cuerpo me lo iba a decir de otro modo para que por fin escuchara, viera y en consecuencia accionara”, recuerda, a la distancia.

“Sentí un terror que me fue hundiendo en un abismo de oscuridad”

La doctora Silvia la revisó y palpó una “bolita” pero en la mama derecha. Después de esa palpación y de los estudios pertinentes, había que operar y sacar ese nódulo. “Cuando finalmente estuvo el resultado patológico y efectivamente se confirmó que era cáncer de mama confieso que sentí un terror de esos que te van hundiendo en un abismo de oscuridad y donde toda esa estructura de vida armada finalmente se empezaba a desmoronar”.

Hasta ese momento su rutina era sinónimo de tener una vida organizada, acompañada del amor de  su marido y de sus dos hijas y trabajando en dos escuelas todos los días, incluyendo los fines de semana.

Al tercer día de enterarse de su diagnóstico apareció en su vida Paola, una mujer que había tenido cáncer de mama el año anterior. “Con su voz de ángel,  su inteligencia práctica, su sabiduría de la vida, su don de persona dispuesta a dar siempre con amor me dijo muchas cosas pero dos o tres fueron como el madero al cual debía aferrarme en medio de mi naufragio: ´Todo lo que tengas que hacer de ahora en más, hacélo paso a paso, cada resultado positivo es para festejar y cada día encierra un mundo de posibilidades´”, le dijo.

Los caminos de la vida

A partir de ese momento, Rosana sintió que estaba renaciendo, que empezaba a encontrar su propia luz. Si bien la familia, los amigos y los médicos la acompañaban, la abrazaban, le daban consejos e instrucciones, en ese tiempo, cuenta, aparecieron nuevos caminos que se abrían amorosamente y que la convirtieron en el barco más poderoso y seguro que le permitía navegar en la tormenta: dos operaciones en un mes, 6 meses de quimioterapia y 2 meses  de rayos.

“A partir de ese tercer día comprendí que debía caminar paso a paso. Aprendí que el miedo ante ese diagnóstico me había acercado a la muerte tanto que ahora me alejaba de ella. Y que entonces tenía que generar recursos más poderosos que el cáncer. Comprendí que este cáncer no ponía en riesgo mi vida, sino mi salud, y entonces mi calidad de vida. Comprendí, en algún alto de este viaje, que debía recibir, agradecer, dar, liberar, aceptar todo lo que la vida me ofreciera como aprendizaje con amor”.

Estos nuevos caminos que comenzó a transitar Rosana fueron el reiki, la meditación y la homeopatía que la ayudaban a ver y, principalmente, a sentir de un modo diferente lo que le estaba pasando. Y cuando finalizó con el tratamiento probó con la acupuntura, mientras  continuaba con sus encuentros semanales de terapia.

Si se trata de nuevos caminos y de compartir experiencias, en 2014 Rosana se sumó al nacimiento de Enlazadas, una organización social formada por mujeres que han transitado el cáncer de mama, acompañadas por un equipo interdisciplinario de profesionales que brinda herramientas y contención a quienes tienen o tuvieron un diagnóstico de cáncer de mama y a su entorno.

“Nuestra misión es que todas las mujeres con cáncer de mama puedan mejorar su calidad de vida y transitar la experiencia como posibilidad transformadora, aumentando su bienestar y ejerciendo sus roles con plenitud en compañía de su entorno”, expresa.

Un ascenso por la vida

Hacía tiempo que Rosana venía escuchando historias sobre el misticismo y la energía especial de Capilla del Monte (Córdoba). Su plan era viajar y subir al Cerro Uritorco. Tenía la plena convicción de que era algo pendiente en su vida y en noviembre del año pasado sintió que era el momento exacto de cumplirlo.

Si bien pensaba en viajar sola, finalmente la acompañó Mariana, una gran compañera de vida que desde el comienzo de su enfermedad había sido un lazo de suma importancia. “Fue un lindo re descubrirnos, como personas, como mujeres. Me encargué de toda la logística: pasajes, estadía, pequeña valija con elementos necesarios para la travesía. Y lo demás quedó en manos de la magia que envuelve el lugar: encuentros y sorpresas con personas que conocíamos y nos dieron la bienvenida. Tuvimos tiempo de charlar, de caminar nuevas calles, conocer rostros nuevos, comer muy rico y saludable, meditar y reírnos”.

El día del ascenso se levantaron temprano y a las 9 ya estaban al pie del Cerro. Por momentos se hizo complicado, recuerda Rosana, ya que en su caso le recordaba los tramos difíciles que había afrontado durante el tratamiento de su enfermedad. Sin embargo, esas imágenes que se le iban apareciendo en medio del ascenso se transformaron en energía para sus músculos.

Después de 4 horas, 7 descansos (los que están marcados en el Cerro) y miles de pasos y piedras de todos los tamaños y colores pisadas con seguridad para no caerse, finalmente llegaron a la cima del Cerro. Fue ese instante en que las dos se fundieron en un hermoso abrazo. Lloraron, gritaron, pidieron y agradecieron con la fuerza necesaria para que hiciera eco en muchas personas.

La enfermedad como camino

Rosana dice que actualmente su vida tiene un nuevo formato donde las personas y las situaciones tienen un nuevo orden, nuevas prioridades. “Practico vivir en presencia. Proyecto, por supuesto, organizo, pero después dejo que las cosas sucedan como tengan que suceder”.

Además, continua alimentando nuevos lazos desde Enlazadas y generando espacios para compartir con otras mujeres que lo necesitan. A la hora de hablar de cosas que tiene pendientes, dice que le gustaría adentrarse en el mundo de la escritura y también tiene planes de comenzar a estudiar nuevamente, seguramente para seguir apostando por este camino espiritual que eligió transitar como modo de vida.

¿Hay un antes y un después del cáncer de mama? “Claro que sí. Una enfermedad o cualquier situación traumática en la vida viene para alertarnos sobre algo, para darnos la posibilidad de elegir nuevos caminos, de poder encontrar la luz en la oscuridad que, por otra parte, es ahí donde podemos verla. De transformarnos y de aprender que esta metamorfosis es un ciclo natural del cual formamos parte”.

¿Qué nos deja la historia de Rosana?

Una de las cosas que me parecen más interesantes es que Rosana tomó la enfermedad como una señal de que algo no estaba funcionando del todo bien en su vida. Ese cimbronazo le permitió salirse de la rutina y la estructura en la que estaba sumida para poder conocer, entre otras cosas, ese lado espiritual que tan bien le hace. Y la decisión de llegar a la cima del Cerro Uritorco tiene que ver justamente con escalar y animarse a ir hacia adelante en pos de cumplir un sueño. Seguramente no será la última cumbre que vaya a subir.

PUBLICADO EN ONCOLOGÍA ESPERANZADORA

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