Ayudan a chicos con cáncer para que jueguen, se diviertan y nunca dejan de soñar

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El  Programa  Recreativo- Educativo desarrollado por esta fundación brinda un espacio, coordinado por voluntarios capacitados, donde desarrolla talleres lúdico-educativos utilizando el juego y el arte como una herramienta para que los niños puedan descubrir sus propios recursos, conectarse con su creatividad, expresar sus sentimientos y socializar con sus pares. Entre las actividades que se dictan se encuentran los Talleres de Pintura, Música, Cuentos, Baile y Repostería. Además, festejan los cumpleaños de los chicos, el Día del Niño, Fin de Año y Reyes Magos.

Lo primero que se observa en la sala de juegos de la Fundación Natalí Dafne Flexer es un flyer donde, entre otras cosas, dice que los chicos con cáncer tienen derecho a la contención emocional, a la educación, a jugar y a seguir siendo niños. Las paredes están pintadas con mariposas rojas y naranjas. En este espacio todo es vida, todo es color, todo es juego. Está todo dado como para que los chicos puedan jugar, divertirse, compartir y reír.

La Fundación fue creada en 1994 por Edith Grynszpancholc en memoria de su hija y en la actualidad cuenta con 9 sedes donde ofrece asistencia gratuita a más de 1500 niños con cáncer y sus familias por mes.

Juegos y talleres para divertirse sin parar

El  Programa  Recreativo- Educativo desarrollado por esta fundación brinda un espacio, coordinado por voluntarios capacitados, donde desarrolla talleres lúdico-educativos utilizando el juego y el arte como una herramienta para que los niños puedan descubrir sus propios recursos, conectarse con su creatividad, expresar sus sentimientos y socializar con sus pares. Entre las actividades que se dictan se encuentran los Talleres de Pintura, Música, Cuentos, Baile y Repostería. Además, festejan los cumpleaños de los chicos, el Día del Niño, Fin de Año y Reyes Magos.

“La socialización con pares que comparten las mismas características situacionales (aquellas consecuencias de la enfermedad, estar pelados, tener ojeras, encontrarse hinchados, tener secuelas en su cuerpo), les permiten formar parte de algo, la pertenencia, un espacio donde lo diferente no son ellos sino el personal con quien comparten (médicos, psicólogos, enfermeros). Esto los ordena, les corta el día, les permite establecer una rutina ya que la de su vida se vio interrumpida por la enfermedad y el tratamiento. De esta manera, se instala un nuevo espacio donde pueden también pertenecer y, a la vez, sentir que hay algo más que no es solo el tratamiento de su cuerpo, sino el acompañamiento de personas con quienes pueden hablar, jugar, llorar y reír. Que no los lastiman, ni los pinchan, sino que los escuchan y los sostienen tanto a ellos como a su familia”, explica la licenciada Analía Almada, Consultora Integral en Psicología Laboral y Clínica que  durante dos años se desempeñó en la Sala de Juegos Terapéutica del Hospital Italiano.

Plato del día: trufas!!!

Una de las actividades que la fundación realiza para los chicos es el taller de cocina que se lleva a cabo todos los martes a las 10hs. Mientras los chicos van llegando, acompañados de sus mamás, Tamara Katz, pastelera profesional, y las otras voluntarias van preparando la mesa para que todo esté listo. Cada uno de los niños tiene a disposición un boul que adentro contiene un bizcochuelo de chocolate, un potecito de dulce de leche y una bolsita llena de granas.

“Estamos listos para cocinar”, les pregunta Tamara, muy cálidamente. “Hoy vamos a hacer trufas”.

-¿Todos se lavaron las manos? –les pregunta Tamara a los chicos.

-Sí, le contestan al unísono.

-¿Vos de qué cuadro sos? –le pregunta a Bryan.

-De River.

-¡Yo también, vamos!

“Hace 11 años que vengo a la fundación, mis dos hijos están en tratamiento, los dos están estables, pero siempre aparecen cosas. Para los chicos esto es un lugar fabuloso,  acá ellos están distraídos, la pasan muy bien. Las clases de cocina les encantan a todos. Hoy le comenté a Diego que íbamos a venir más tarde y lo primero que me dijo fue que no se quería perder el taller, estaba enojado pero al final llegamos”, dice Andrea, mamá de Camilo (11) y de Diego (7).

Adriana es una de las voluntarias y reparte sonrisas para todos lados. Y los niños lo perciben y le responden con gestos similares. “El vínculo con los chicos es fabuloso, es emocionante que entren y que te reconozcan, cada logro que tienen es lo más reconfortante que me puede pasar. Los chicos se super entusiasman, este taller es uno de los que más éxitos tiene porque Tamara es muy amorosa con ellos. A los chicos les gusta esto de manejar los materiales con sus manos, aprender a hacer cosas. Yo tengo la visión de que si uno viene pensando en que son chicos enfermos no les podés enseñar mucho, la idea es venir a jugar, aprendiendo de sus limitaciones. Uno viene a jugar con ellos y a hacerles olvidar un poco lo que les está pasando”, cuenta.

La sonrisa de Zoe

Al momento que la clase está comenzando aparece Zoe, una hermosa nena de apenas 4 añitos, con su bella sonrisa y luciendo una remera rosa y un pantaloncito negro haciendo juego. Malena, su mamá, tiene un tatuaje en uno de sus brazos con el nombre de su hija y una mariposa a su lado. Ambas preparan las trufas, mientras su mamá le alcanza las granas azules y amarillas porque toda la familia es fanática de Boca.

“Zoe ya es famosa acá, ella hace el tratamiento desde que tiene un año y medio. Siempre que la llevo al control en el Hospital de Niños aprovecho para traerla a la fundación. Ella se siente muy cómoda, a veces llora porque tenemos que estar mucho tiempo en el hospital y ella quiere venir acá. La adoran todas las voluntarias, está muy contenida, la conocen desde muy chiquita, la siguieron en todo el proceso”, expresa Malena, mientras Zoe le muestra sus dos manos completamente cubiertas de dulce de leche.

 “Las luchadoras”

Las mamás que no están cocinando junto a sus hijos están hablando en otra de las mesas de la sala de juegos.

“Con las otras mamás compartimos experiencias, nos acompañamos entre todas, somos una familia, nos pasamos los teléfonos, nos pusimos “Las Luchadoras” en el grupo de whatsapp, estamos siempre en contacto, hablamos de nuestros hijos”, dice Andrea, la mamá de Camilo y de Diego.

“Todas sentimos lo mismo, nosotras podemos hablar y nos entendemos porque sabemos por lo que estamos pasando, nos sentimos muy acompañadas, nosotras aprovechamos para desahogarnos”, agrega Malena, la mamá de Zoe.

“La sala de espera de las áreas de tratamiento de estas enfermedades se encuentran llenas de historias. Las familias tienen muchos meses por delante frente a estos tratamientos que requieren muchas horas de espera. Así como también, para quienes asisten de otras provincias, deben instalarse en hoteles, pensiones o fundaciones que reciben a familias en tratamiento. Poder escuchar historias similares, desarrolla la empatía con el otro que nos permite pensar que no somos los únicos que atravesamos este tipo de situaciones. Acompañarse y escuchar, darse aliento, proveer información, adelantar experiencia permite la anticipación, el mecanismo que nos baja la ansiedad ante situaciones de adversidad o crisis”, dice Almada.

Y entre trufas, dulce de leche, bizcochuelo y granas, el taller, que dura unos 45 minutos, está llegando a su fin. Los chicos van colocando todas las trufas que hicieron en sus respectivos bouls que más tarde se llevarán cada uno a su casa. Pero a pesar de que la clase está terminando, todavía tienen algo de tiempo para seguir jugando con algunos de los juguetes que están en la sala. Y, obviamente, no se van a perder la oportunidad de poder disfrutar, correr, saltar y reír.

 

PUBLICADO EN LADO H

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