Perdió cuatro embarazos, se deprimió y salió adelante gracias a la pasión por la fotografía

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“Como no tengo todavía un estudio, por lo general mi mamá me presta su casa y saco las fotos en su comedor donde tengo las luces, los trípodes, los banner. Si bien lo tomo como un trabajo desde la responsabilidad de cumplir, es un hobbie y lo disfruto porque además soy maestra jardinera y entonces combino mis dos pasiones”, expresa Andrea.

Ya habían pasado cuatro meses desde que Andrea Ferrari (37) había perdido un embarazo de cinco semanas cuando debieron internarla y operarla de urgencia habiéndole tenido que quitar una de sus trompas. En ese momento su ginecóloga le dio el alta y le dijo que ya podía empezar a buscar nuevamente un bebé junto a Alejandro, su marido. Tenía el deseo de volver a ser madre porque Millie, su hija, ya tenía siete años.

Al poco tiempo, mediados del 2013, volvió a quedar embarazada. La primera ecografía arrojó que el bebé estaba bien ubicado y se quedó tranquila ya que el anterior embarazo había resultado ectópico. Un estudio posterior determinó que se trataba de un embarazo gemelar. Andrea no lo podía creer, estaba ilusionada, feliz. Sin embargo, su doctora le advirtió que estos tipos de embarazos suelen ser de riesgo y le aconsejó que no se emocionara tanto. “Vamos despacio”, le dijo.

“Ahí creí que me moría”

La Translucencia Nucal arrojó valores sorpresivamente altos en uno de los bebés por lo que a Andrea le realizaron una punción en la panza para descartar malformaciones genéticas. Durante esos días permaneció en reposo y con mucha carga emocional. “Cuando tuve que ir a hacerme el control me levanté y me sentí vacía, como si se hubiera detenido la vida. Y así fue porque yo veía en la pantalla  de la ecografía que no había movimientos. El médico me dijo que mis bebés no tenían latidos. Ahí creí que me moría, ya había visto a mis dos bebés moverse, venía con la carga de lo anterior, llevaba 18 semanas, tenía una panza importante”, recuerda, a la distancia.

En ese momento lo más difícil para Andrea era de qué manera le iba a contar la triste noticia a su hija. Toda la familia estaba ilusionada porque, a diferencia del anterior embarazo, ya se encontraba promediando el cuarto mes. En medio de una crisis de nervios, mientras ambos se trasladaban en un remis de la clínica a su casa, Andrea llamó a su psicóloga para que la orientara a la hora de hablar con Millie, pero no la atendía. Con los ojos llorosos Andrea le contó a su hija que había ido al médico, “que los bebés estaban enfermitos, que sus corazones habían dejado de latir y que Dios había decidido llevárselos al cielo porque acá no iban a estar bien”. Para su sorpresa, Millie lo tomó con mucha naturalidad, la abrazó y le dio un beso.

Ataques de pánico y depresión

Como su doctora le había dicho que no padecía trombofilia ni alguna enfermedad genética y que simplemente había tenido mala suerte en sus embarazos anteriores, Andrea volvió a quedar embarazada en 2016. En la segunda ecografía, cuenta, ya no se había detectado el botón embrionario. Había perdido su tercer embarazo. Sin embargo, este golpe no le había afectado tanto como los dos anteriores.

En febrero de 2017 se fueron de vacaciones a Córdoba después de muchos años de no poder tomarse un descanso. Andrea disfrutó de unos hermosos días acompañada por su esposo, su hija y sus padres.

Al regresar del viaje fue a la reunión de padres del colegio de Millie y, de repente, sintió que se quedaba sin aire, se sentía encerrada y le temblaba el cuerpo. Se levantó en medio del evento para ir al baño.

-¿Por qué lloras? –le preguntó otra mamá que la había acompañado.

-No sé –le contestó Andrea en medio del llanto.

Una amiga la pasó a buscar y la llevó a su casa para que su mamá le hiciera reiki.

-Vos tenés una angustia terrible, hay algo que no pudiste resolver, que no pudiste llorar, por eso te ataca el estómago. Te recomiendo que vayas a la psicóloga –le sugirió la mamá de su amiga.

-Muchas gracias, es sorprendente como siento tu energía. Voy a ir una psicóloga –le contestó Andrea.

Como tardaron mucho tiempo en conseguir un turno con la admisora de su obra social, Andrea fue a la sede de la Cruz Roja cerca de su casa. En ese lugar la atendió una psiquiatra y luego de escucharla durante un largo tiempo le explicó que probablemente estaba teniendo ataques de pánico y depresión.

A partir de ese momento le efectuaron estudios que determinaron el diagnóstico que presumía la psiquiatra. Y comenzaron a medicarla para los ataques de pánico y para la depresión. “Fue un antes y un después en mi vida, yo pasé de ser una mujer super activa que se llevaba el mundo por delante a estar sentada en una silla llorando sin parar y sin saber por qué. Y hasta que no lloraba el dolor de estómago no se me iba, fue terrible. Pensaba que mi marido me iba a abandonar. Tenía ganas de dormir todo el día, bajé 10 kilos, no podía comer porque estaba todo el tiempo con ganas de vomitar”.

El apoyo incondicional de su marido

En ese momento Andrea comenzó un tratamiento interdisciplinario junto a la psicóloga y a la psiquiatra. “Al principio es como querer darle marcha a un auto que no tiene nafta. Hasta que la medicación no empiece a hacer efecto y el cerebro empiece a producir las enzimas  que te están faltando, que te generan la depresión, no vas a poder hacer nada. Hasta que yo no te diga, vos podés dormir el tiempo que quieras. Si querés quedarte en la cama todo el día, hacelo. No vas a obligar al cuerpo a hacer algo que no va a poder, llorá lo que tengas que llorar. Cuando la medicación te empiece a hacer efecto, vos te vas a dar cuenta porque tu estado de ánimo va a ser otro, te vas a levantar diferente, ahí sí vas a tener que empezar a despegarte de la cama”, le dijo la psiquiatra al principio del tratamiento.

Durante ese lapso Alejandro, cuenta Andrea, se ocupó de todas las tareas domésticas como cocinar y lavar los platos, entre otras cosas. “Recibí de él un apoyo incondicional. Una vez entré a bañarme, lloraba desconsoladamente y cuando salí de la ducha no me podía mover. En ese momento él entró al baño, me agarró de las manos, me levantó, me sacó afuera del baño, yo me abracé a él y lloré más de lo que había llorado en la ducha”, recuerda, emocionada.

Pasión por la fotografía

Al mes de empezar a tomar la medicación, Andrea comenzó a sentir que ya no le dolía más el estómago. Además de la farmacología, los encuentros con su psicóloga la ayudaban a sentirse cada día un poquito mejor. En Julio de ese mismo año, dice, volvió a ser la que era. Y se reincorporó a su trabajo como administrativa en la escuela de Millie.

Casi en ese mismo momento empezaron a florecer aquellos bellos recuerdos que tenía de su adolescencia cuando a los 14 años había empezado a sacar fotos con una camarita digital y más adelante con los celulares. Y puso manos a la obra para comprarse una cámara profesional porque quería hacer algo que realmente le gustara. Era su gran pasión que hasta ese momento no había podido desarrollar.

-Te quería contar algo –le dijo Andrea por teléfono a su marido.

-¿Qué te pasa? –le preguntó Alejandro, algo preocupado.

-No, nada, estoy bien, quédate tranquilo. Quería avisarte que me compré una cámara de fotos.

-¿Pero qué cámara?

-Una cámara profesional.

-¿Y cómo la compraste?

-En 12 cuotas.

-¿Estás contenta?

-Sí, estoy recontenta.

“Puedo estar más de una hora porque me encanta sacar fotos”

A los pocos días, Andrea fue a buscar la cámara y como no sabía manejarla comenzó a disparar en automático y aprendiendo de manera autodidacta.

A mediados de diciembre estrenó formalmente la cámara en el acto de fin de año del colegio de Millie. Después de ese evento, la mamá de una compañera le preguntó si le podía hacer un book de fotos a ella y a su hija. Andrea estaba sorprendida. Pero no dudó ni un instante en contestarle afirmativamente. Y en febrero del 2018 hizo su primera producción en El Rosedal. Casi sin darse cuenta, había realizado su primer trabajo como fotógrafa.

A partir de ese momento, tímidamente, armó una página en Facebook (creartransmitiremocionar) para que sus amigos y conocidos pudieran ver sus fotografías. Y, paralelamente, comenzó un curso de Introducción a la Fotografía que duró seis meses donde fue aprendiendo a manejar la cámara ya que hasta ese momento solo sacaba en automático. Y, mientras tanto, empezó a hacer books de bebés, bautismos, comuniones, cumpleaños de 15 y retratos en diversos jardines de infantes. “Como no tengo todavía un estudio, por lo general mi mamá me presta su casa y saco las fotos en su comedor donde tengo las luces, los trípodes, los banner. Si bien lo tomo como un trabajo desde la responsabilidad de cumplir, es un hobbie y lo disfruto porque además soy maestra jardinera y entonces combino mis dos pasiones. Las sesiones normalmente pueden durar 30 minutos, pero yo puedo estar más de una hora porque me encanta sacar fotos y en vez de entregar 10 o 20 fotos, yo les entrego 50, pruebo poses, lo disfruto”, dice Andrea, que de a poquito ya fue comprando un banquito de plaza, una camita, mantas de piel y ramitos de flores para poder embellecer sus producciones.

“Fue una satisfacción enorme haber podido contribuir en algo”

En septiembre del año pasado quedó embarazada sin buscarlo, pero desde un primer momento no se hizo ilusiones, dice. Y otra vez volvió a perderlo. A raíz de ese último episodio está por empezar a realizarse estudios genéticos no para pensar en volver a intentar ser madre, sino para descartar que exista algún inconveniente hereditario que en el futuro pudiera perjudicar la maternidad de su hija.

“Ese último embarazo que perdí me sirvió para tomar la decisión de dejar mi trabajo en relación de dependencia para poder dedicarme de lleno a mi gran pasión que es la fotografía”, confiesa.

Hace unos meses, le apareció en Facebook una publicación que compartió una persona de un bebé que se llama Toto y tiene Atrofia Muscular Espinal, una enfermedad neuromuscular, de carácter genético, que se manifiesta por una pérdida progresiva de la fuerza muscular. En un video la mamá contaba que a su hijo le aplicaban una medicación que venía del exterior y que era imposible comprarla en la Argentina. Además, mostraba los beneficios que tienen los chicos que pueden hacer uso de esta medicación. “Se me ocurrió escribirle por privado para ofrecerle ir a sacarle fotos en forma gratuita para poder desde mi lugar ayudarlos a viralizar ese pedido. La mamá me contestó que sí, fui hasta la casa, hice las fotos, el nene es un sol, me seguía con la vista porque no puede girar la cabeza. Yo después publiqué esas fotos en mi Facebook, tuvo más de 16.500 ´me gusta´, más de 300 personas lo compartieron, otras 2000 interactuaron con la publicación y gracias a Dios la medicación ya fue aprobada en el país y pronto se va a empezar a producir acá. Fue una satisfacción enorme haber podido contribuir en algo”, cierra.

 

PUBLICADO EN LANACION.COM

 

 

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