El amor de su hija fue el motor para seguir adelante

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Como consecuencia de un accidente en el subte, Leandro sufrió la amputación bilateral de los brazos. “Tenía el recuerdo muy vivido de mis manos, el cuerpo empezó a hacer su aparición antes de que yo lo aceptara, a mostrarme que estaba más elástico, que podía hacer más cosas”.

 “Cuando miré adelante, la máquina todavía seguía pasando sobre mi humanidad sin interrumpir su marcha, pero por algún motivo ya no me arrastraba, no me tocaba. Quise incorporarme, había terminado acostado entre las vías boca abajo. Apoyé mis manos en la especie de carbón que recubría aquel suelo e hice fuerza para levantarme, pero en realidad ellas nunca se movieron. El hormigueo en mi cuerpo no me permitía concentrarme, y quise tocarme la cara, sacudirme. Sentía que mis dedos recorrían mis mejillas, los sentía, pero en realidad ellos tampoco se movieron, nunca aparecieron frente a mis ojos. Así mismo pasaba con el resto del cuerpo: me respondía, pero era solo eso, una sensación.

En ese momento pensé que había muerto y miraba desde otro sitio como pasaba en las películas, y fue entonces que un escalofrío me recorrió cada centímetro de alma y mi pie derecho movió algo ajeno a mí. Ahí entendí todo. No estaba muerto ni nada por el estilo; algo pasaba con mis brazos. Bajé la mirada hasta mi mano derecha y noté que estaba más abajo de lo normal y bañada en sangre, el motivo era una incógnita gracias a que la manga de mi campera se rehusaba a dejarme ver mi nueva realidad”. Así empieza “Las vías de la herida”, un libro autobiográfico escrito por Leandro Gil (33).

A raíz del accidente de subte que había sufrido aquel 16 de febrero de 2008, Leandro fue trasladado al Hospital Ramos Mejía mientras, a la par, un cirujano cardiovascular recorría la ciudad de punta a punta para atender su caso.

“Yo te voy a salvar la vida”

-Buen día, soy el doctor Carlos Marchese, yo te voy a operar –se presentó el especialista.

-Perfecto, pero no me saques los brazos –le pidió Leandro.

-Primero yo te voy a salvar la vida, después vamos a ver qué pasa –le contestó.

A partir de ese momento Leandro entró en coma. Él cuenta que tuvo un sueño en el que iba a dejar su moto en la casa de su papá y que se tomaba el colectivo 127 hasta el Hospital Ramos Mejía y que era consciente de que estaba viajando ya sin manos.

Como consecuencia del accidente, sufrió la amputación bilateral de los brazos y, además, tenía un tobillo fracturado que le impedía caminar.

Leandro permaneció cinco días en coma y una vez que despertó comenzó la rehabilitación en el hospital que duró unas tres semanas más. Cuando le dieron el alta volvió a la casa de su abuela donde estaba viviendo. Y de esa forma arrancó con una recuperación ambulatoria en la que tenía que seguir yendo a tratarse con diversos médicos. Además, comenzó a asistir al Instituto de rehabilitación psicofísica ( I.R.E.P.). “Ahí me enseñaron a manejar el cuerpo, me di cuenta que ellos me decían que me convenía agarrar un vaso de tal forma y, quizás, yo lo podía resolver de una manera más sencilla. Más que nada, ir a ese lugar me sirvió para conocer otras historias y entender que si bien lo que a mí me estaba pasando era un hecho grave, habían otras personas que también estaban en sintonía”.

Leandro cuenta que la adaptación fue paulatina y que la habilidad que tenía en aquellos tiempos no es la que tiene hoy en día, 11 años después del accidente. “Tenía el recuerdo muy vivido de mis manos, el cuerpo empezó a hacer su aparición antes de que yo lo aceptara, a mostrarme que estaba más elástico, que podía hacer más cosas”.

Encontrar el sentido a la vida

A finales del 2008 se puso de novio con Mariel y en 2010 nació Lis. Cuando la nena tenía dos años y medio sus padres se separaron. En ese momento Leandro tenía dos opciones: quedarse a vivir donde estaba y así permanecer a dos cuadras de donde vivía su hija para verla todos los días o mudarse con alguien que lo asistiera, pero esta segunda opción hubiera implicado alejarse un poco de Lis. “En ese momento tuvo que tomar la decisión de irme a vivir solo. Fue en ese instante cuando empezó a generarse el proceso más grande de cambio. Fue difícil porque me quemaba al cocinar, no me podía vestir, no podía abrir las puertas y era todo muy frustrante. El horizonte era que podía estar más tiempo con mi hija y eso hizo que empezara a poder sacarle la ficha a lo que me estaba pasando. El día que me pude bañar solo completamente fue muy fuerte. Después, aprendí que a mi manera podía hacer otras cosas”, recuerda.

Leandro es un hombre que suele utilizar mucho las metáforas y no resulta una excepción cuando tiene que contar de qué manera se las arregla viviendo solo. “A veces pienso que es como una suerte de danza porque si me ves vistiéndome acompaño la acción de vestirme con movimientos corporales que me hacen mover una pierna para acá, la otra para allá y es como que termina siendo todo un baile”.

En el baño, cuenta,  tiene cuatro ganchitos para hacerlo más accesible para subirse y bajarse la ropa y los pantalones que usa son elásticos para impedir que se la caigan (incluso cuando usa jeans). En la ducha tiene dos ganchos que sostienen esponjas y en vez de que la esponja vaya al cuerpo, el cuerpo va a la esponja. De esa forma también se lava la cabeza y utiliza las rodillas para lavarse los dientes. “Llega un momento en que es natural, me voy acostumbrando, tengo que hacer un gran esfuerzo para acordarme de mi vida con brazos”, expresa.

Pero sin lugar a dudas su hija, que actualmente tiene ocho años, es esa personita que logra robarle las mejores sonrisas y quien le brinda toda la fortaleza para seguir adelante. “Lis es el motor de la maquinaria, es claramente la fuerza vital que me impulsa. Es un ser de luz increíble. No hay nada que no hagamos juntos, tenemos nuestros tiempos, no tenemos horarios rígidos para cenar, tratamos de ser desestructurados porque tuvimos que romper estructuras para poder estar solos los dos sin asistencia. Hubo mucho diálogo con ella y si bien yo podía ayudarla y vestirla, claramente había algunas cuestiones como abrocharle botones que no podía en esos primeros momentos. Y ella tampoco. Y yo veía como ella se enojaba. Hubo un día que le dije: ´Bueno, hija, calmate, no te desesperes, siempre tiene que primar la cabeza´. Y ella respiraba y se sentaba. Tenía dos años y medio y era muy tierna verla en esa situación, me emociono mucho cuando recuerdo esos días”.

El oficio de ser periodista

Desde que Leandro tenía ocho o nueve años ya le gustaba escribir “pseudo-poemas”. Como en la primaria tenía el mejor promedio, le otorgaron una beca para que hiciera la secundaria en una escuela técnica, muy alejado de sus pasión por la comunicación y por las materias más humanísticas. Sin embargo, esos años le sirvieron para formar un muy lindo grupo de amigos, que en la actualidad se sigue manteniendo.

“Siempre supe que quería ser periodista. Entonces, como estaba sin trabajo mandé una carta a TEA y al día siguiente uno de los directores me llamó porque le había sorprendido la forma con la que escribía. Las autoridades de la facultad decidieron becarme y de esa forma pude estudiar los tres años y recibirme. Me fue bien, no me costaba nada, era ir, sentarme y escuchar”. Mariel, la mamá de su hija con quien ya no estaba en pareja, lo acompañó durante los primeros seis meses por si necesitaba que lo ayudara a tomar apuntes.

Al principio, Leandro diseñó un brazalete que le servía para comer o para usarlo con un palito de batería todo el teclado como si fuera a tocar con un dedo. Y de esa manera podía escribir sus notas. Sin embargo, dice que en la actualidad sus muñones ya no están como antes. “Me duele mucho más, no me banco el brazalete puesto, los músculos se fueron atrofiando, están más delgados y el brazalete se me cae. Por eso tuve que cambiar la forma de escritura y ahora estoy escribiendo en el celular utilizando la nariz. Tengo un grupo de whatsapp conmigo mismo y ahí me voy enviando la información, luego enciendo  la computadora y paso el contenido a un archivo de word”, explica.

Su pasión por la radio

Desde el año 2011 Leandro trabaja en el Ministerio de Educación de la Nación en el área de prensa y actualmente es el editor de la web, tarea que desarrolla desde su casa.

Además, conduce tres programas de radio y también escribe en las secciones Sociedad y Espectáculos del diario La Nación, sin dejar de lado la temática social y manteniendo su manera metafórica de escribir. También escribe en la revista de negocios Forbes. También hace nota para el programa de TV “Vidas Reales”. “Me gusta mucho la radio, es uno de mis lugares en el mundo, me encanta conducir, no puedo estar en otro rol que no sea ese, más allá de que también estoy en la producción”.

Discriminación

El primer acto de discriminación que padeció Leandro fue cuando los padres de Mariel la echaron de su casa por ponerse de novia con un chico al que le faltaban sus brazos. “No podía entender esas cosas porque yo era la misma persona de antes, si bien había perdido las manos y había adquirido una discapacidad, internamente uno es el mismo de siempre. A toda la angustia del duelo personal, anímico y corporal tenía que enfrentarme a este tipo de discriminaciones tan hostiles. Después, aprendés a mirar desde otro lugar esas situaciones y, quizás, es una limitación del otro y no tanto mía. Lo importante es el control mental personal: es levantarme y convivir con los dolores que tengo muy fuertes en los brazos. Mi día a día es sumamente doloroso, entonces mi energía está en controlar esos dolores, el poder convivir con mis limitaciones, mirá si voy a estar perdiendo el tiempo en esas personas, tengo que centrarme en quienes me quieren bien”.

“El reconocimiento más importante es el de mi hija”

A través de su historia de superación personal, Leandro se presentó en el concurso del Premio BIENAL  que todos los años organiza ALPI, una organización sin fines de lucro que desde hace más de 70 años se dedica a la rehabilitación neuromotriz de pacientes pediátricos y adultos. Y resultó ser uno de los 10 ganadores. “Tengo mucho cariño con la gente de ALPI porque los conocí haciendo notas. Claramente al venir de ALPI me sentí muy agradecido, pero la verdad es que no me mueven los premios (también tuvo otros reconocimientos anteriores), para mí el reconocimiento más importante es el de mi hija. Hace poco le preguntaron a ella qué veía en su papá y respondió que siempre consiguió lo que quiso hacer”, dice Leandro, mientras se le cae la baba.

“Todos en la vida tenemos adversidades para resolver, aunque hay situaciones más traumáticas que otras. Lo único que puedo decirles a esas personas es que si tienen miedos hay que animarse y cuando no podemos está bien que pidamos ayuda, no hay que demostrarle a nadie de que podemos todo el tiempo ni que somos superhombres ni supermujeres. Si hay angustia y miedo, miremos hacia el costado que alguien seguramente se va a sentir identificando”.

 

PUBLICADO EN LADO H

 

 

 

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